Ago 3, 2021

¿Por qué los deportes no son mixtos?

Por Catalina Ruíz-Navarro

Ilustración de Carolina Urueta

En julio de 2018, durante el Mundial de Fútbol en Rusia, hice un video para mis redes sociales proponiendo que los equipos de fútbol fueran mixtos.  La reacción en redes fue muy diciente. La idea, para la gran mayoría, parecía inconcebible y sobre todo estúpida:

“Claro que sí, hay mujeres muy talentosas, y el fútbol femenino se debe fortalecer, pero jugar con equipos mixtos es un despropósito. Claro que nos gusta el fútbol ‘bonito’, pero no se puede desnaturalizar el fútbol”. 

“Es lo más estúpido que se ha dicho sin entender los fundamentos ni saber, por inercia, que por peso corporal morfológicamente y hormonalmente los hombres tienen un 40% más ventajas sobre las mujeres”. 

“Pero por que no parar ahí, demandemos cuotas de negros, asíaticos, latinos, mujeres, transexuales, musulmanes y por lo menos dos discapacitados. Porque así se supone que funciona el fútbol. pffff”.

“Ella pregunta que cuál es la diferencia… Hay algunas diferencias un poco bobas: fibras musculares, cantidad de testosterona, estructura ósea, estructura interna (hueso de la mujer es más esponjoso)”.

“Compartamos los hijueputas baños también, aguantense una cagada de un macho en un centro comercial, entremos a los mismos vestieres y que se putee este mundo más de lo que está”.

“Hasta cuándo joden las machorras? Por qué tienen que estar trtando de joder lo que está bien y polemizar? Todo el tiempo tratando de invadir espacios. Personalmente me gustan los tacones, que me abran las puertas y me envíen flores y no andar en un campo dándome patadas con hombres”. 

“Estas feministas modernas solo dicen cosas por decirlas, sin sentido ni fundamento, solo para fastidiar y crear mal ambiente entre hombres y mujeres. Deberían enviarlas por allá bien lejos para que entre ellas se fastidien”.

La segregación por género se ha abolido en casi todos los campos pero se mantiene, de manera anacrónica, en los deportes. Somos capaces de imaginarnos primero cualquier tipo de vida extraterrestre antes de considerar que las mujeres compartan cancha con los hombres. 

La mayoría de las objeciones a esta idea vienen empaquetadas en una supuesta preocupación por que las deportistas “tengan condiciones de competencia justas” pero, luego de un análisis riguroso, es evidente que la resistencia está compuesta de puros prejuicios machistas. Lo primero que hay que comentar, es que los tuits develan la rabia que produce la idea y los sentimientos racistas y misóginos que la acompañan. Con frecuencia parece que el fútbol es el último bastión de la masculinidad hegemónica, a donde no se han ido a meter las mujeres para no “arruinarlo”. 

La idea de que haya equipos mixtos se entiende como una “invasión”. Y de muchas maneras sí. Uno de los efectos del separatismo por género en los deportes, es que muchas veces en las dinámicas de equipos solo masculinos se replican y celebran comportamientos asociados a la masculinidad, que van desde dar tiros al aire (el Tino Asprilla), pegarle a sus esposas (Pablo Armero) o cometer una violación en grupo como hizo el Santafé en una celebración por ganar un partido en Bogotá. Pero sobre esos rituales de la masculinidad volveremos más adelante. No es casualidad que el término “locker talk” se haya convertido en sinónimo de comentarios sexistas que se hacen en un grupo de solo hombres. 

La pregunta sobre por qué los equipos deportivos no pueden ser mixtos se asume absurda por al menos tres argumentos:

  1. Las mujeres ya tienen sus ligas femeninas, ¿para qué quieren más?

En Latinoamérica hay un gran tabú social que impide que las mujeres pensemos el deporte como una opción profesional. Es más, cuando pensamos en “mujeres + deporte” las primeras imágenes que llegan al google search de nuestra memoria son de porristas o de chicas voluptuosas que asisten al estadio con versiones pequeñísimas y apretadas de las camisetas de su equipo. Por eso, aunque muchos de los equipos de fútbol femenino, y la gran mayoría de ligas deportivas femeniles en Latinoamérica, son muy buenos, no suelen recibir financiación ni patrocinios de la empresa privada y muy rara vez llenan estadios con sus partidos. 

Ser buena deportista tiene que ver tanto con las habilidades natas como con el contexto social. Por eso, en Latinoamérica, pocas niñas sueñan con ser jugadoras de fútbol profesional y no le hacen caso a nuestras futbolistas profesionales. Las deportistas, para ser exitosas, se tienen que enfrentar a los prejuicios sociales que les dicen que hay una disyuntiva -falsa- entre ser femenina y ser buena en los deportes, para luego descubrir que no tienen financiación, que sus sueldos son absurdamente exiguos en comparación con sus pares varones y que los patrocinios son tan escasos que a veces ellas mismas se tienen que costear los viajes para jugar en otros países. Lo que esto muestra es que las deportistas no tienen barreras físicas para practicar un deporte sino que son barreras sociales y culturales, que se acrecientan en deportes que se ven como típicamente masculinos. 

En Latinoamérica el fútbol es un símbolo central de la masculinidad hegemónica pero no es así en todas partes. En Estados Unidos las mujeres no están excluidas de jugar fútbol en recreo, ni les dicen “marimachas” en el colegio como sí sucede en Latinoamérica. Por un azar cultural: que el fútbol americano ya era entendido como el deporte “de los machos”, el fútbol (o soccer como le dicen allá) se entendió desde el principio como un deporte “más suave” y por eso lo ven como un “deporte de mujeres”. De hecho, tienen jugadoras de fútbol hasta en la ficción y estas son encarnadas por mujeres que se consideran hermosas como Keira Knightley en Bend it Like Beckham o Blake Lively en The Sisterhood of the Traveling Pants. Estas concepciones culturales tienen efectos reales: la selección de mujeres en Estados Unidos tiene un rendimiento mil veces mejor que sus pares varones. La idea de que el fútbol es “cosa de mujeres” ayuda a que haya mejores jugadoras. Y no solo eso, también las empodera. Por eso las jugadoras profesionales estadounidenses se animaron a poner una demanda (presentada por Alex Morgan, Carli Lloyd, Megan Rapinoe, Becky Sauerbrunn y Hope Solo) para que les pagaran lo mismo que al equipo de hombres. ¿El argumento? Que el equipo de mujeres ha ganado 3 mundiales y 4 medallas olímpicas consecutivas mientras que la selección de varones pierde el 60% de sus partidos. Las estadounidenses ganaron el último mundial de fútbol femenino y el equipo de varones de Estados Unidos ni siquiera pasó a este mundial. 

Si las selecciones nacionales de fútbol, y de todos los deportes, fueran mixtas no tendríamos que elegir entre las ligas masculinas o las femeninas y hasta los salarios lograrían equipararse porque literalmente hombres y mujeres estarían jugando “en la misma cancha”.

  1. Una mujer “nunca” ha superado en marcas deportivas a un hombre.

Esto es falso. Esta, por ejemplo la futbolista Marta Vieira Da Silva quien, en el Mundial Femenino de Francia 2019, se convirtió con 17 goles en la máxima goleadora de los mundiales de futbol, superando al Miroslav Klose. Viira Da Silva ha sido elegida 6 veces como Mejor Jugadora del Mundo. Sin embargo, serán pocos los casos en los que de verdad se puedan hacer estas pruebas en igualdad de condiciones pues, como se dice arriba, hay problemas estructurales y culturales que también afectan el desempeño de las mujeres en los deportes. ¿Cuál es el obstáculo para que haya equipos mixtos? Que no se ha podido probar que las mujeres tengan el mismo rendimiento que los hombres en un partido mixto. ¿Por qué no se ha podido probar? Porque a la gente le parece impensable que haya equipos de fútbol mixtos. Esto es lo que se llama una “Falacia circular”.  

  1. Hay diferencias físicas infranqueables entre hombres y mujeres que les impiden competir en igualdad. 

Esta es la objeción más difícil de rebatir, porque está anclada en creencias culturales que se toman por “biología” y porque en el deporte, como en ninguna otra actividad, las “diferencias físicas” importan. Nuestra cultura nos ha enseñado que de nuestros genitales se deriva que tengamos cuerpos fundamentalmente diferentes, y que esto está demostrado, porque en promedio las mujeres tenemos estatura más baja y pesamos menos que los hombres. Esa es una de esas creencias sociales que parecen una verdad tallada en piedra que está además ¡respaldada por la ciencia! 

Pero resulta que los y las deportistas no son personas promedio. Son personas con cuerpos extraordinarios que tienen particularidades que les permiten destacarse en un determinado deporte. Cuando miramos los cuerpos de manera individual nos damos cuenta de que puede haber hombres pequeñitos, como Messi, y mujeres grandotas como la surcoreana Park Eun-sun, delantera con una altura de más de 1.80 metros. El nadador Michael Phelps tiene ventajas extraordinarias en su cuerpo, por ejemplo, así lo explica un artículo del 2008: “El fenómeno de la natación es distinto en esto, ya que mide 1.96 cm y sus brazos abiertos alcanzan los 208 cm. Esto le ofrece unas palancas perfectas para impulsarse en el agua. Sus piernas nos permiten pronosticar una altura de 1.80 metros, pero en realidad su talla es superior y esto se debe a su enorme torso que le ayuda a superar lo que otros nadadores sufren, debido a que las piernas desaceleran el arrastre por el agua. A pesar de su dieta de 12.000 calorías diarias, Phelps sólo posee un 4% de grasa corporal, lo cual permite maximizar su esfuerzo y alcanzar mayor velocidad. Además, todos los deportistas producen ácido láctico y éste en exceso es responsable de fatiga. Pero Phelps tiene la mitad de cargas de ácido láctico de lo que es normal, y eso le brinda la posibilidad de recuperarse mejor tras el esfuerzo.” 

A pesar de todas estas particularidades, que nada tienen que ver con su sexo, nadie dice que Phelps tiene una ventaja inmerecida que amerita descalificarlo de las competencias. En cambio, si eres una mujer cisgénero, pero alta y grande, caerá sobre ti la sospecha de que “tienes mucha testosterona” y que eso te da una suerte de superpoderes que te descalifican para competir. 

Caster Semenya es una atleta sudafricana, corredora de media distancia que ganó en 800 metros lisos en los campeonatos mundiales de 2009​. Pero ganar no le fue fácil, Semenya era tan buena que los organizadores sospechaban que “era un hombre” entonces la sometieron a revisiones de sus genitales para comprobar que sí era una mujer. Semenya también ganó el campeonato mundial en 2017, y el oro en la misma categoría en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016, pero la sospecha sobre su sexo ha marcado toda su carrera. En 2019 Semenya ​​perdió un caso contra la Asociación Intencionalidad de Federaciones de Atletismo (IAAF), y este fallo reafirma una nueva norma que “pone control sobre los niveles de testosterona que pueden tener las atletas” y que habla de “deportistas con diferencias de desarrollo sexual” (DSD). Según esta lógica, a partir de x nivel de testosterona ya no puedes ser considerada una mujer. El fallo es aún más preocupante porque afirma que ella y “otros atletas DSD deberán tomar medicación para competer en los eventos de pista a partir de 400m hasta 1600m”.

Esto volvió a pasar este año con las atletas namibias Christine Mboma y Beatrice Masilingi, que habían logrando grandes marcas en las pruebas de 400 metros, y que no pudieron participar los juegos olímpicos de Tokio 2021 por decisión de World Athletics (WA).  El Comité Olímpico de Namibia dijo que no competirían “al superar los niveles de testosterona fijados para las pruebas entre los 400 y la milla”.

Pero resulta además muy interesante que esta sospecha por “tener demasiada testosterona” suele caer específicamente en atletas negras, convirtiéndose en una forma de discrimianción que mezcla la transfobia y el racismo. Pero a Phelps, que es un hombre blanco, nadie le dice que es un “deportista con diferencias de desarrollo”, aunque de hecho lo sea, y nadie le exige tomar medicamentos para supuestamente morigerar sus ventajas físicas, a riesgo de ser descalificado. Así que el problema no es que los atletas tengan ventajas particulares en sus cuerpos que les permiten ser mejores en el deporte que practican, el problema es la transfobia y el racismo.

 Así mismo La FIFA  tiene una vieja cláusula que hoy en día no puede leerse sino como transfóbica: en el punto 4 del reglamento se exige una “verificación de sexo”, un criterio arbitrario y veterinario porque el fútbol ¡no se juega con los genitales!. Estas divisiones por género pueden ser desde ridículas hasta violentas. El 8 de junio de 2011 la FIFA anunció: “El sexo y la identidad sexual son resultado de un proceso de desarrollo físico y psicológico complejo, hasta el punto de que la diferenciación aparentemente clara entre hombres y mujeres puede resultar difícil en ciertas situaciones. Por lo tanto, junto con la garantía de un cartel de participantes igualitario y parejo para todos los jugadores, uno de los principales objetivos que persigue el Reglamento de la FIFA para la Verificación de la Identidad Sexual consiste en proteger la dignidad y la intimidad de las personas. Por eso, la normativa define unos trámites de gestión tipificados para la verificación de la identidad sexual de todos los futbolistas, siempre que exista una duda bien fundada.”Pero, ¿qué es lo que exáctamente quieren decir con “una duda bien fundada”? ¿Que un jugador o jugadora no se ajuste en su apariencia a lo que se espera de su juego? ¿Con base en qué criterios va a determinar el experto si el o la jugadora es un hombre o una mujer? ¿Le van a inspeccionar los genitales? ¿No es eso una froma de violación? ¿Le harán un análisis cromosómico? ¿Cuánta testosterona tienes que tener para que te crean que eres un hombre y cuánta para que te crean que eres una mujer? 

Los hombres se sienten muy orgullosos de su testosterona porque, en el mito popular, es una especie de poción mágica que da fuerza y agresividad. Algo así como Popeye cuando se come sus espinacas en lata. Un símil más siniestro, es que esos efectos que se le atribuyen a la testosterona se parecen mucho a los efectos de la cocaína. A la testosterona hasta le adjudican ser la causa de la violencia de los hombres, una idea desafortunada, porque siguiendo esa línea argumentativa… ¿La solución a la violencia machista sería la castración? ¡Ouch! 

Pero, si bien es evidente que la testosterona tiene un impacto en los cuerpos, sus efectos no son tan sencillos. Cordelia Fine, filósofa de la ciencia australiana, explica en su libro Testosterone Rex que “la cantidad de testosterona circulando en el torrente sanguíneo es solo una parte de un sistema altamente complejo. La testosterona es simplemente el factor más fácil de medir. Los muchos otros factores y cofactores del sistema (los niveles de estrógeno, el número de receptores de andrógenos y estrógenos, dónde están localizados, qué tan sensibles son) hacen que la medida de la  testosterona en la sangre o en la saliva” no sea un predictor confiable para todo el sistema. Fine también cita un estudio que mostró que uno de cada seis atletas de alto rendimiento, hombres cis, tiene niveles de testosterona por debajo del rango de referencia: “Dado que las muestras en estos hombres fueron tomadas justo después de participar en una competencia internacional, sería erróneo decir que atletas con niveles moderados de testosterona (a veces hasta por debajo del promedio de testosterona de las atletas mujeres) son menos competitivos.”

Durante el Hay Festival de Cartagena del 2014, tuve la suerte de entrevistar en persona a Paul. B. Preciado y tuvimos una conversación sobre la testosterona que creo que vale la pena reproducir aquí, pues es el testimonio de una persona que puede explicar de manera empírica y teórica cuales son sus efectos reales. A Preciado, quien documentó su proceso de ingesta de testosterona en su libro Testo Junkie, le pregunté si la ingesta regular de testosterona modifica la percepción. Respondió que “claro que modifica la percepción, pero no modifica tu modo de pensar. La testosterona es un compuesto químico y produce un conjunto de variaciones endocrinológicas de temperatura, de masa muscular, pero lo mismo podemos decir del LSD, del MDMA o de la insulina o del Prozac. Es una sustancia que obviamente pasa por tu metabolismo, es una tecnología de la subjetividad, pero no modifica tu postura ideológica. Sobre todo con esa relación construida e imaginada entre violencia y testosterona. Yo no soy nada violento y la testosterona no me ha vuelto más violento en absoluto. Por ejemplo, lo que sí me dio, fue un hambre tremenda. También excita sexualmente, o la excitación sexual aumenta, pero puede ser como la de ciertos momentos del ciclo menstrual. Me gusta mirarlo de una manera más transversal y más amplia. En realidad todos los cuerpos producen testosterona, progesterona y estrógeno, y trazar el límite de dónde termina un hombre y dónde comienza una mujer es muy difícil. La píldora también modifica la percepción del cuerpo que la toma”.

Entonces, para ser bueno o buena en un deporte, y más en un deporte de equipo como el fútbol, no basta con ser el o la más fuerte o la más rápida. Hay variaciones entre los cuerpos de los deportistas que conforman un mismo equipo, porque usualmente cada posición necesita unas cualidades diferentes. En el fútbol, por ejemplo, hay habilidades unisex que son claves para ser un buen jugador o jugadora: controlar la pelota, tener conocimientos tácticos, ser capaz de trabajar en equipo. Ninguna de estas habilidades tienen género. 

Si no fuera por una barrera social y cultural – el machismo- todas las competencias deportivas serían mixtas y, aunque tal vez estarían divididas en categorías para asegurar que las competencias sean justas, los criterios serían otros: la altura, el peso, o la rapidez, pero no la identidad sexogenérica. 

Además, algo han avanzado las disciplinas deportivas desde los Juegos Olímpicos de la antigua Grecia y hoy se diseñan entrenamientos específicos para que cada cuerpo, desde sus particularidades, desarrolle cada habilidad. Y no solo eso, es el siglo XXI y hoy la tecnología, que modifica o altera los cuerpos, tiene un papel clave en los deportes. Estamos a un paso de que los y las deportistas puedan usar gafas de cristal inteligentes que les den información para tomar mejores decisiones tácticas, y eso que no hemos hablado del doping, del permitido y del ilegal, o de los avances tecnológicos en ropa o zapatos que permiten efectivamente un mejor performance. Parece increíble que podamos imaginar e inventar todas estas cosas pero no seamos capaces de imaginar hombres y mujeres jugando un partido de fútbol juntos como iguales. 

Es hora de que empecemos a discutir la posibilidad de que los deportes sean mixtos porque el criterio de segregación por sexo está mandado a recoger y está sujeto a una gran ironía: que de todo nuestro cuerpo, la parte que menos usamos cuando hacemos cualquier deporte, son nuestros genitales. 

Feminista colombiana autora del libro “Las mujeres que luchan se encuentran”, columnista del diario El Espectador desde 2008. Co-fundadora y directora de Volcánicas (volcanicas.com), fundadora y directora de Creadoras Camp, y una de las fundadoras del colectivo feminista colombiano Viejas Verdes. Ha sido columnista de el portal Sin Embargo y Vice en México, Univisión en Estados Unidos y el periódico El Heraldo y la revista Razón Pública en Colombia. Su trabajo como periodista ha sido publicado en periódicos internacionales como The Guardian y The Washington Post. En noviembre de 2016 dictó el TEDx Talk “Hablemos de feminismos” en la ciudad de Bogotá. Es una de las expertas en género y feminismo del SheSource de el Women’s Media Center y hace parte del Consejo Consultivo de la ONG alemana Centre For Feminist Foreign Policy. Ha sido consultora en comunicación estratégica y derechos humanos para la Foundation for a Just Society (FJS) y el Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (CEJIL) y el Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH). Ha trabajado con organizaciones internacionales como Oxfam y Planned Parenthood en el diseño de estrategias digitales para la promoción de los derechos de las mujeres. En 2017 fue co-fundadora de la revista Volcánica, la revista feminista latinoamericana de Nómada y fue su directora hasta 2019. Fue cofundadora del proyecto de Youtube Estereotipas (2015-2017), que recibió los premios Chiuku de MTV Agentes de Cambio, en la categoría de “Equidad de género”; el premio #LeadHers de Marie Claire América Latina en la categoría de “Políticamente incorrectas”; el premio Ciudad de México a la Acción Ciudadana del Año por la campaña #MiPrimerAcoso en 2016. Ha trabajado como Oficial de Comunicaciones en Women’s Link Worldwide bajo la mentoría de Mónica Roa y como Coordinadora de Comunicaciones para JASS Mesoamérica (Asociadas por lo justo) en donde trabajó con defensoras de derechos humanos indígenas y rurales en Centroamérica. También fue profesora de Periodismo de Opinión en la Facultad de Comunicación de la Universidad Javeriana y de Periodismo Digital en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Es maestra en Artes Visuales con énfasis en Artes Plásticas y Filósofa de la Universidad Javeriana, con Maestría en Literatura de la Universidad de Los Andes. Ejerce estas disciplinas como periodista.

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