
Lucrecia Martel entra a la sala para conversar después de la proyección de estreno de su documental Nuestra tierra (2025), basado en el crimen de Javier Chocobar, referente de la comunidad Chuschagasta, asesinado mientras resistía el violento desalojo de sus tierras ancestrales, en Tucumán, Argentina. “Ojalá la película sirva para tener un poco de paciencia antes de juzgar a una comunidad que reclama su territorio”, dice la directora.
Lucrecia lleva sus característicos anteojos y su bastón marrón, dos elementos que ya forman parte de la mística que rodea su figura. Es una de las cineastas más influyentes del cine latinoamericano contemporáneo y ha sostenido una posición crítica frente al racismo estructural, a la herencia colonial y a las desigualdades sociales en la región. En su primer documental, la cineasta reflexiona sobre el persistente y violento despojo territorial de las comunidades indígenas. Luego de la proyección, abre el diálogo sobre su reciente obra cinematográfica porque, al final, ese es su verdadero objetivo, como ha señalado en otras intervenciones públicas: “Las películas no son nada si no hay una conversación después”.
Nuestra tierra expone la herida que el colonialismo ha dejado en las comunidades indígenas y, al mismo tiempo, el racismo que persiste en la sociedad. La película comienza con la imagen de un satélite orbitando la Tierra, mientras la voz de Mercedes Sosa entona la Misa criolla. Luego, sigue una sucesión de imágenes aéreas sobre el territorio argentino hasta aterrizar en la comunidad Chuschagasta. A lo largo de dos horas de metraje, la cámara siempre vuelve a la belleza de la tierra que está en disputa: desde las alturas, con majestuosas tomas de dron, hasta los planos del camino recorrido a pie.
“El problema que da origen a esta película es el asesinato de una persona que está defendiendo lo que tradicionalmente es su lugar. En este contexto, es sumamente revelador el gran bien que es la tierra y la necesidad de la gente de defender el lugar donde vive”, señala la directora sobre un documental que llevó catorce años de realización e investigación y que cuenta con la participación de la comunidad Chuschagasta.
El cine de Martel siempre ha sido disruptivo frente a las narrativas hegemónicas: propone un lenguaje propio donde el sonido tiene un papel central y plantea, además, una forma de producir y de posicionarse dentro de la industria cinematográfica que desafía las lógicas dominantes. Nuestra tierra es su primer largometraje documental y se suma a una filmografía que incluye obras magistrales como La ciénaga (2001); La niña santa (2004), protagonizada por María Alché, la co-guionista de su nuevo trabajo; La mujer sin cabeza (2008); Zama (2017); y el mediometraje Terminal Norte (2021), protagonizado por su pareja, Julieta Laso.
La memoria y la lucha de una comunidad
Javier Chocobar fue asesinado en 2009, a los 68 años, por el terrateniente Darío Amín, quien ese día estaba acompañado por dos policías retirados. Desde entonces, la comunidad Chuschagasta inició un reclamo de justicia por su referente y autoridad indígena del pueblo, mientras los imputados permanecían en libertad y continuaban con sus amenazas. “La película refleja la espera de esta comunidad para resolver su conflicto de desalojo permanente y para resolver su segundo conflicto, que es el crimen de su líder”, explica la directora.
El asesinato de Chocobar quedó registrado en un video que se difundió en 2009. Ese archivo fue el que permitió a la directora descubrir la existencia de este conflicto indígena y decidir investigarlo en profundidad. “Estaba buscando material para Zama sobre Pueblos No Contactados y encontré este video en YouTube Recordé que ya lo había visto: fue muy escalofriante para mí. Ahí empecé a investigar sobre el tema”, relata.
Finalmente, en septiembre de 2018, el Tribunal de San Miguel de Tucumán condenó a Dario Amín a veintidós años de prisión, y dieciocho y diez años a los policías implicados. La película registra parte del proceso del juicio oral y público, que se extendió durante catorce jornadas e incluyó la reconstrucción de los hechos en el territorio Chuschagasta. “Tenía claro que quería filmar el juicio porque me parecía un hecho histórico que era necesario registrar para futuras generaciones. Uno puede tener dudas sobre la capacidad de leer su tiempo, pero es importante construir un archivo: es un aporte enorme para la cultura”.
La investigación del documental también estuvo a cargo de María Alche, actriz, directora y compañera de trabajo de la realizadora durante el desarrollo de Zama y de esta película. Además de los expedientes judiciales, los documentos y las entrevistas, el archivo familiar propio de la comunidad ocupa un lugar central en la narrativa. Las fotografías del pasado permiten hacer un ejercicio de memoria para reconstruir la genealogía ancestral de la comunidad.
“Tuvimos infinitas conversaciones sobre cómo organizar la estructura de la película. La primera parte del trabajo fue revisar la causa por las tierras que afectaba a esta comunidad. Después aparecen las fotos familiares, que restituyen una historia que no está narrada y en la que muchas personas se pueden reconocer. El objetivo de la película es abrir conversaciones, memorias y preguntas”, reconoce Alché.
Nuestra tierra interroga el modo en que el Estado-nación ha producido un relato que borra a las comunidades indígenas que aún habitan su tierra ancestral, mientras naturaliza la propiedad privada de la tierra. “Esto no es un problema de la colonia. La colonia fue un problema hasta 1810; después ya fue nuestra como nación. ¿Qué fue lo que inventamos? Una nación que despreció, con distintos argumentos, a lo largo de las épocas, al indio y a su descendencia”, concluye Martel.
Un destino común
El estreno de Nuestra Tierra coincide con la publicación de Un destino común (Caja Negra Editora), un libro que reúne charlas, conferencias e intervenciones públicas de Lucrecia Martel realizadas entre 2009 y 2025, en Argentina, Uruguay y España. La edición compila diez textos en los que la directora reflexiona sobre temas contemporáneos que van desde el rol de la narrativa audiovisual y la relación entre el espacio y el sonido, hasta la inteligencia artificial, la hiperconectividad, la figura del espectador permanente y el futuro de nuestra especie. El volumen incluye, además, conversaciones con el director y escritor argentino César González, la cineasta española Carla Simón y la periodista y escritora argentina Leila Guerriero.
El libro abre con un texto que la cineasta escribió especialmente para la edición: “He conocido muchísimos lugares con la excusa de las películas. Y puedo definir con total precisión lo que pretendo para la humanidad. Caminar sin miedo, desplazarse como se pueda y conversar con la gente”. La publicación transmite una convicción central en el pensamiento de Martel: el poder de la conversación y la potencia de la escucha. “Uno hace una película para que la gente después hable de cosas que tienen que ver colateralmente con la película. Eso es la cultura: las cosas que hacemos que generan conversaciones y nos vinculan, y después se quedan en la memoria”, afirma la autora.