April 1, 2026

Contra la IAficación del pensamiento

¿Estamos ante la debacle del pensamiento y la creatividad humana? Sobre los problemas de delegar cada vez más procesos de pensamiento a la IA y el daño cognitivo que esto y el uso excesivo de otras tecnologías digitales produce, un manifiesto contra la IAficación del pensamiento, el lenguaje, la creatividad y la humanidad.

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La razón por la que últimamente todo parece hecho por IA es porque cada vez más lo está. Si antes no le cabía un video corto más a las redes sociales, con los mismos hooks y las mismas frases refritas, de un tiempo para acá no les cabe un artículo, carrusel, imagen, guion de video, hilo más hecho por ChatGPT o Claude. No le cabe más artificialidad a esta digitalidad sobresaturada ni le cabe más homogeneidad a un territorio de por sí aplanado por la dictadura de la brevedad y la disputa por atención y validación a cualquier costo, incluso si ese costo es el pensamiento propio y el colectivo.

Al ruido que nos hizo el uso de ChatGPT y otros chatbots con fines emocionales y la precarización afectiva que eso conlleva, le sobrevino el chiste, el autoengaño y la retórica de la innovación, el desarrollo tecnológico y la adaptación a ella como fin ineludible para acabar normalizando todo, como suele pasar. Pero esa primera IAficación de los afectos era el síntoma de algo más grande que hoy nos estalla en la cara. A riesgo de sonar apocalíptica, nostálgica o antipática (o las tres, ya que hablamos en triadas), vengo otra vez con mis intranquilidades sobrecargadas, porque ese libreto que evidentemente hizo ChatGPT está acelerando el deterioro cognitivo de quienes lo promptean y de quienes lo consumen, y cooperando a la colonización artificial del mundo y la distorsión de la humanidad, un video corto o carrusel a la vez.

El problema va mucho más allá del hastío de ver, leer y escuchar en todas partes la misma fórmula, sin personalidad, sin una mirada particular, que viene -ya ni siquiera bebe ni se alimenta porque es inerte- de la misma fuente: ChatGPT, Claude o cualquier modelo de lenguaje grande (LLM) que regurgita un texto predictivo con el mismo tono, estilo, patrones discursivos, paralelismos, triadas, oraciones adversativas del tipo “no es esto, es aquello” y otros recursos, como nuestro querido guion largo, ahora condenado a la sospecha. Porque, aunque la uniformidad es molesta, la inopia creativa es apenas la primera capa de este monocultivo de pensamiento artificial que se extiende más allá de las pantallas y del contenido. Esto que enfrentamos se traslada, a través de lo que estamos dando por cierto, a los lenguajes, formas de hablar y de “pensar”, a la vida material y a la pérdida de habilidades humanas. La capacidad de pensar, de cuestionar, razonar, y con ella el pensamiento colectivo, está siendo socavada.

Esta queja se entrelaza con una mucho más vieja: el desgaste de los formatos en que consumimos eso que llamamos contenido, que pasa también por la muletilla del hook, que si no es alguna frase condescendiente, infantilizante o arrogante, es una pirueta de esas que hacemos las tías cuando queremos que un bebé nos preste atención. A eso se ha reducido la experiencia de entrar a cualquier red social. A un montón de gente compitiendo desesperadamente por nuestra cada vez más escasa atención, brincando, bailando, aplaudiendo, chasqueando los dedos y haciendo ruiditos –hooks de audio-, esperando que alguien se detenga unos segundos en su parcela digital. He visto a mentes inteligentes descolgarse de sus pantallas cual marionetas por tres segundos de atención y me pregunto si realmente es necesario, si vale la pena y si esa es la única manera en que creen que pueden conseguir atención. No lo juzgo; hasta hace un par de años esos formatos seguían siendo innovadores y útiles para comunicar y había que ocuparlos en todas sus posibilidades, pero ese momento ya pasó. Hoy podemos confirmar que saturaron nuestra propia capacidad de procesar información y están provocando más daño que utilidad a nuestros sistemas nerviosos y procesos mentales.

En esa competencia voraz e individualista por mantener la rueda del algoritmo aceitada, cada vez más personas sucumben a las lógicas del contenido, que son las lógicas del consumo y rendimiento, y tropiezan con la misma trampa en el afán de producir más y más rápido, más a cualquier costo, más sin importar la calidad, pero más, que el algoritmo en algún momento te premia con una galletita de viralidad, porque debajo de la punta del iceberg que es el exceso de contenido creado con IA que pretende hacerse pasar por humano, está el mandato sobrehumano de la hiperproductividad y esta respuesta inhumana de falsa productividad creativa que está distorsionando nuestra humanidad.

Es en ese cruce que quiero situar esta queja y la desesperanza de ver a mentes creativas convertirse en prompteadoras de contenido, engañándose ellas primero y luego a sus audiencias, y diseminando una falsa noción de pensar, de hacer, de crear, que es en sí misma una más de las alucinaciones (o más bien confabulaciones) que estaría incitando la IA

No es solo la IA ni son solo las redes sociales o los videos cortos; es un metaproblema que nos está llegando diseccionado y a destiempo, con evidencia científica sobre cada fenómeno por separado, pero todavía no dimensionamos el daño conjunto del combo completo de adicción a las redes, consumo excesivo de videos cortos y delegación de procesos de pensamiento a la IA. En versión abreviadísima sería algo más o menos así: las redes afectan los procesos cognitivos básicos o fundamentales, que son la esencia del procesamiento de información (percepción, atención, memoria y emociones), mientras que la IA afectaría los procesos superiores, que requieren un mayor esfuerzo mental y determinan lo que hacemos con esa información (pensamiento, capacidad de razonar y formar ideas, lenguaje, inteligencia). El uso excesivo de redes y videos cortos, como han demostrado ya estudios y ahora también fallos judiciales, causa adicción y fragmenta la atención, y el uso de la IA para evadir procesos de pensamiento acostumbra al cerebro a no pensar por sí mismo, llevando a menores niveles de pensamiento crítico y menos habilidades para abordar materiales complejos o resolver problemas. Entonces, le pedimos a cualquier IA el resumen del resumen para aparentar inteligencia y la IA nos devuelve un texto predictivo con sesgos y errores, con el que seguramente vamos a seguir alimentando las redes con las que se informa un buen porcentaje de la población. Es un ciclo de atrofia colectiva que se muerde la cola y se alimenta a sí mismo.

No sabemos —pero intuimos— qué pasa con los cerebros que consumen esas respuestas predictivas que no han pasado por un cuerpo, por una experiencia vital ni por un marco ético y moral, como si fueran pensamiento humano. Tampoco sabemos qué pasa cuando la avalancha de información deshumanizada no corroborada choca con generaciones que no han tenido tiempo o han tenido menos posibilidades de desarrollar pensamiento crítico, ni qué pasa con el sentido de realidad cuando la velocidad a la que se está llenando internet de contenido no humano supera nuestra capacidad de distinguir lo veraz de lo engañoso. O hasta qué punto la IA está alimentando el efecto Dunning-Kruger y las redes amplificando esa incompetencia confiada. Ni sabemos si esos efectos son reversibles ni en qué ventana de tiempo. No lo sabemos porque todo esto está ocurriendo y cambiando mientras escribimos, lo conversamos, lo rumiamos y lo seguimos procesando, a velocidades y niveles de secretismo que nos sobrepasan. Lo único cierto es que seguimos siendo los conejillos de indias de este experimento social en tiempo real.

No es que todo el mundo de repente tenga TDAH no diagnosticado, es que tenemos la atención rota y el cerebro frito porque pasamos horas en modo atención fragmentada; dejamos de ejercitar la concentración sostenida, la memoria activa y el pensamiento crítico, y la IA se está aprovechando de esa fatiga cognitiva, de no querer hacer el esfuerzo de pensar por la falsa ilusión de que algo más “piense” por unx. En 2024 Oxford eligió “brain rot” como una de las palabras del año. La expresión se refiere a ese estado mental de agotamiento y deterioro cognitivo por la exposición excesiva al contenido digital basura y, al mismo tiempo, es el nombre dado a ese tipo de contenido. Son cerebros pudriéndose por desuso porque las conexiones y circuitos que ya no usamos, desaparecen. Por eso cada vez nos cuesta más recordar cosas sencillas, enfocarnos en tareas que requieran atención y concentración. Por eso habilidades como la comprensión lectora se están yendo a pique y están apareciendo cursos de “resiliencia lectora” para que la gente más joven, ahora acostumbrada casi que exclusivamente a textos cortos y a través de pantallas, pueda volver a leer y a desatorar sus cerebros. 

Y aun así, seguimos respondiendo al impulso/necesidad creada de exhibirnos en esos escaparates, al estímulo de la dopamina y la ilusión de relevancia, porque no estar ahí, es también una renuncia a una forma de voz pública, a promocionar nuestros trabajos, libros, conciertos, cursos, y ahí nos tienen en la rueda de hámster, huyendo para volver a entrar y hacer contenido del hartazgo, entre el hartazgo, contra el hartazgo, pero contenido, a fin de cuentas, que es lo que sostiene esas dinámicas y el negocio que hay detrás, lucrando con nuestros miedos e inseguridades y haciendo más ricos a los tecno-ricos dueños del mundo. Y a la frustración de tener que seguir entrando en este bucle interminable de ansiedad —seguro ustedes también están leyendo esto fragmentado en las 20 piezas de carrusel que le caben a Instagram y no leyendo la columna completa de 14.000 caracteres—, se suma el desborde de IA, que aumenta exponencialmente la velocidad a esta rueda de hámster. Entonces reducimos nuestro tiempo en pantallas y presencia digital, hacemos “detox” palitativos, nos vamos parcialmente de algunas redes para irnos a quejarnos a otra, dejamos de hacer videos cortos y nos explayamos en conversaciones de podcast, dejamos X para irnos a Bluesky y a Threads y migramos de Instagram a Substack en una suerte de nostalgia dosmildiecera, como cuando teníamos blogs, para volver del exilio a las redes abandonadas a avisar que escribimos algo en Substack.

Quizás el tiempo de crear contenido ya pasó y sea tiempo de crear nuevos sentidos y darle algo de orden a este mundo convulso, al que ya no le cabe un contenido falseado, falso, fingido, más. Quizás urge redefinir lo que entendemos por contenido. ¿Qué es, a todas estas, contenido? ¿Cuándo se consensuó que todo lo que creamos y producimos para la inmaterialidad digital era contenido? ¿El arte es contenido? ¿La instrumentalización de la vulnerabilidad y la intimidad por unos likes y algo de engagement es contenido? ¿La violencia es contenido? ¿Grabarse llorando es contenido? ¿La manipulación es contenido? ¿Un carrete de recuerdos es contenido? ¿La autoexplotación de la imagen y la vida privada es contenido? ¿Los deepfakes son contenido? ¿El brain rot es contenido? ¿Nosotrxs somos el contenido? ¿Qué NO es contenido? ¿Cuál es la frontera? Si todo y cualquier cosa es contenido, ¿cuál es el fin del contenido? O quizás, simplemente, hay que abandonar toda lógica del “contenido”, frenar un poco, aceptar el fracaso de la cada vez más diluida promesa de democratización de la información, porque el contenido no garantiza el acceso a información de calidad, y llegar a nuevos consensos que apunten a recuperar la capacidad de atención y creativa como urgencia humana vital, porque están en crisis. 

Deterministas y tecnooptimistas dirán que esto ya pasó antes con otras tecnologías y que la adaptación es inevitable, y quizás sí, y en ese proceso de probar y ver lo que pasa, alertamos que esta tecnología no es como las anteriores. Hablamos de agentes y sistemas aduladores, sicofantes, capaces de confirmar las ideas más erróneas y delirantes, de mentir y manipular, de reproducir violencias, de inducir al suicidio, de crear su propia red social y su propia religión, que aprenden, se adaptan y están empezando a ejecutar acciones para las que no fueron programados; hablamos del riesgo de estandarizar y aplanar el lenguaje, reforzando sesgos y patrones dominantes, y con ese aplanamiento viene también el del razonamiento, la toma de decisiones y el curso de la humanidad. Este es mi miedo en voz alta al colapso creativo y a la debacle del pensamiento humano; a ceder, asimilar y seguir como si nada de esto estuviera pasando ya. 

Merecemos más y mejor, no una humanidad que se entrega a sí misma a espirales delusionales, algoritmos y chatbots mientras nos embuten invasiones, genocidios y guerras que hacen uso de esa misma IA que estamos ayudando a entrenar. Me rehúso a aceptar el estado lamentable de las cosas. Me niego a legitimar que textos que no pasan por un cuerpo dotado de memoria afectiva, de emociones, de un compás moral, de humanidad, se entiendan como pensamiento, porque no se puede desligar el cuerpo, la memoria emotiva, ni el misterio de la humanidad de la producción de conocimiento. Y, sobre todo, no pretendo normalizar la desafección que resulta de tanta inercia creativa ni la posibilidad de un nuevo fracaso humanitario derivado de un razonamiento desafectado. El cerebro humano, chicx, se nota cuándo estás pensando por tu cuenta y cuándo no. 

Quiero creer que estamos a tiempo de una regulación que ya ha tardado demasiado y que todo este hartazgo y agotamiento será el impulso para un giro desdigitalizador autogestado, que nos devuelva a la búsqueda de todo lo que sigue existiendo por fuera de esas lógicas: lo sensorial, lo táctil, la otredad, la cercanía, el abrazo, el encuentro, la calle, la fiesta, la música, el baile, la lectura, la escritura humana, la conversación, los cafés, mirarnos a los ojos, pensar juntxs, el amor, el afecto, por encima de todo, por delante de todo, siempre el amor y el afecto, como fuente inagotable creativa y de conocimiento.

Yo no quiero que me expliquen lo sobreexplicado. Quiero leer y escuchar cómo eso les atraviesa, cómo se les cruza con la vida y la existencia; quiero sentir algo de humanidad entre tanta imagen engañosa y texto predictivo y poder encontrarnos en ella y aferrarnos a esa memoria compartida, a esas emociones y sentimientos que nos separan de lo artificial, a esos circuitos cerebrales que conectan lenguaje y emociones e imaginación con el misterio de estar vivos, a los olores, los sabores, las sensaciones, las descripciones de las emociones que nos acercan porque las sentimos y, solo por eso, las podemos narrar. Supongo que compartir eso con el mundo es, al final, la chispa que enciende eso que entendemos por creatividad.

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Autor

  • Feminista colombiana, cofundadora de la colectiva feminista Las Viejas Verdes y autora de los libros "La suma de todos los afectos" (Planeta, 2025) y “Que el privilegio no te nuble la empatía” (Planeta, 2020). Es economista de la Universidad Icesi de Cali y tiene más de una década de experiencia en análisis de tendencias sociales y culturales, cambio narrativo, creación de comunidades y comunicación digital. Desde 2018 se dedica de lleno al trabajo por los derechos humanos y es, actualmente, la editora general de Volcánicas.

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Comentarios

2 thoughts on “Contra la IAficación del pensamiento

  1. Qué bonito fue leer esto. Justo estos días me había sentido muy perdida y consumida por todo el contenido alrededor que a su vez me hace sentir bien, pero a la vez me deja un sentimiento de soledad, remordimiento y vacío. Justo como dices, sentía algo que se pudre por dentro. Me hace mucho sentido que eso que se pudre sea mi cerebro.

    Antes de leerte, justo había pensado en que tenía que hacer un cambio de hábitos y uno de ellos era dejar la IA, el consumo de reels y bajarle al tiempo que le dedico a estar en redes sociales para dedicar más tiempo para mí. Comenzar a leer más, ejercitarme y reintegrarme de alguna manera a mi círculo de amistades, que aunque yo pensaba que estaba presente, he estado muy ausente.

    Gracias por tu artículo, me gustó mucho.

  2. Que importante discusión.

    Quisiera sumar, la importancia de conocer también el neocolonialismo ecocida de las big tech en territorio, poco se habla de como se ha venido afectando a las comunidades y a los recursos que habitan en zonas donde se tumba naturaleza, se expulsan personas de territorio, se utilizan masas de aguas para seguir funcionando. Espero se entienda el punto…

    De nuevo, gracias por la reflexión!

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