septiembre 20, 2022

¿Y si la rabia me ayuda a sanar?

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Ilustración de Lina María Rojas

Las mujeres, pagando para siempre el karma de la manzana prohibida. Traidoras de la perfección del paraíso e incitadoras del pecado. Siglos de persecución, de la instalación de infinitos sistemas de opresión para aplacar el fuego que nos habita. Causantes de guerras y del colapso de grandes imperios. Provocadoras. Perseguidas y quemadas en la hoguera. Lobotomizadas e institucionalizadas por “histéricas”. Silenciadas, anuladas y reducidas por “locas”.

El control, máxima del sistema patriarcal, parecía el único mecanismo para mitigar nuestro verdadero poder, uno que supera con creces el poder creador de la vida: el poder de no crearla. La capacidad para NO reproducirnos, más desafiante que la capacidad de hacerlo.

De la bruja seductora a la madre virginal. Que el cuerpo siempre esté dispuesto, que la penetración sea un mandato varonil, un derecho adquirido para garantizar que el poder ejercido sea el de perpetuar la especie, transformándolo así en el aniquilamiento de nuestra facultad decisoria. Parir bajo el manto de la pureza, que no se vislumbre el más mínimo deseo carnal en la misión reproductora. Que la emoción sea siempre la compasión. Que el tono sea dulce, tierno, empático. Que nuestro sumiso silencio inspire a grandes poetas y artistas, porque gustamos calladas, como si estuviésemos ausentes.

La rabia, la furia, la violencia: privilegio “biológico” y exclusivo del hombre. Hombre al que necesitamos fuerte, “protegiendo” a la manada y mitigando el hambre. Hombre al que adoramos en sus sanguinarias maneras de resolver conflictos y promover el orden. Para nosotras: dulces formas. Para ellos: una barbarie legítima y explosiva.

Porque si las mujeres tenemos el potencial de acabar con la reproducción de la especie, nos necesitan convencidas de que no tenemos ni el potencial, ni el propósito. Nos necesitan resignadas, emocionalmente mutiladas, encarnando las sensibilidades propias del ejercicio maternal y trasladándolas a todos los espacios de nuestras vidas y nuestra participación en la sociedad. La paciencia, el sacrificio, el perdón, tan naturales como expulsar leche de nuestros senos, tan exigibles a todas, incluso a las que no han parido.

Y entonces, la violencia. ¿Cómo se erigen estos imaginarios en las vivencias propias de hombres y mujeres? Pues, aunque la fuerza y la guerra hayan sido “conquistas” del hombre, la violencia ha sido ancestralmente familiar para nosotras las mujeres.

Hemos sido sobrevivientes milenarias. Desconocidas por todos los estamentos de la sociedad. Reprimidas de nuestro derecho a la indignación y a la rabia. La digna, dignísima rabia, de haber sido explotadas, esclavizadas, negadas en todo nuestro poder. Confinadas a la complacencia y a la contemplación. Obligadas a transitar la vida con miedo, a normalizar lo salvaje, lo innombrable, lo indigno. Apresuradas a perdonar sin haber sido siquiera reparadas, reconocidas, nombradas.

Pero el camino hacia la emancipación no es poca cosa ni misión sencilla. Reconocernos no es suficiente. Denunciar, tampoco. La mendicidad, tan antigua como la historia misma, engendro de la piedad redentora colonialista, nos obliga a conformarnos con migajas. Entonces una “liberación” posible seguirá estando en función de una nueva dependencia, de un nuevo colonizador. La revolución tendrá que reducirse a sus “justas proporciones”, la primitividad del hambre que habita nuestros cuerpos en inanición tendrá que tramitarse con discreción, bajo el rigor del protocolo, sin ánimos de incomodar. La furia tendrá que ser serena, pausada, sutil. Nos harán creer que nos defienden, mientras diseñan nuevas maneras de esclavizarnos.

 “La estética de la violencia, antes de ser primitiva, es revolucionaria, es el momento en que el colonizador se da cuenta de la existencia del colonizado.” Glauber Rocha, La estética del hambre

 Y de nuevo, y ojalá, las mujeres regresaremos a la rabia. La rabia indomable, orgánica y visceral. La que es legítima porque es nuestra. La que nadie nos dirá cómo tramitar. La que nos llevará a tomarnos las calles y los espacios cuantas veces sea necesario. La que nos librará de la humillante obligación de “poner la otra mejilla”, de agradecer por los ápices de consideración y reconocimiento, la que usurpará de regreso el placer y la indignación, pero sobre todo, el poder. La digna rabia que nos hizo conscientes de tantas cadenas y nos llevará a romperlas, así al hacerlo nos rompamos también la piel.

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Autor

  • Abogada, defensora de derechos humanos. Feminista y activista por la defensa de los derechos de NNA y Mujeres. Integrante del colectivo Yo Sí Te Creo que busca visibilizar y denunciar la violencia de género que se ejerce contra víctimas y madres de víctimas en las denuncias por violencia sexual. Defensora del “Escrache” como mecanismo alternativo de justicia y reparación. Sobreviviente. Mamá. Fan de David Bowie

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