
En tiempos atravesados por lógicas individualistas y discursos de exclusión, recuperar el encuentro con los otros se vuelve un modo de resistencia. Desde esa perspectiva, la colaboración artística puede convertirse en un gesto afectivo y comunitario capaz de imaginar otros futuros posibles. Una forma de construir puentes entre territorios para acompañarnos en el arte y sostenernos en la vida.
Las escritoras y poetas Ursula K. Le Guin y Diana Bellessi hicieron de la traducción de poesía una práctica colaborativa y un refugio para la amistad. Las Gemelas, El Sueño (Rara Avis, 2025) reúne los poemas que se tradujeron mutuamente, en una edición bilingüe y ampliada. Publicada por primera vez en 1996, esta reedición incluye dos prólogos y un texto en los que las autoras reflexionan sobre la amistad, la poesía y la traducción.
Diana Bellessi es una de las voces más influyentes de la poesía argentina y pertenece a la generación de poetas surgida tras la última dictadura cívico-militar del país. A sus 80 años, su prolífica obra ha sido traducida y publicada en ocho idiomas. A finales de los años sesenta, la poeta emprendió un viaje a pie por todo el continente americano que se prolongó durante seis años. Esa travesía inspiró gran parte de su obra y, con el tiempo, también su labor como traductora de poetas estadounidenses como Muriel Rukeyser, Adrienne Rich y June Jordan.
Años después, Bellessi quedó conmovida por la literatura de ciencia ficción y fantasía de Ursula K. Le Guin. Fallecida en 2018, a los 88 años, la escritora estadounidense dejó un legado con más de veinte novelas, entre ellas La mano izquierda de la oscuridad y Los desposeídos, además de poesía, ensayos y traducciones. En una época en la que la ciencia ficción estaba dominada por hombres blancos, abrió un camino que transformó para siempre el género.
Diana decidió enviarle una carta, como quien tira una botella al mar. En esa correspondencia, le envió una cajita con capullos aterciopelados y perfumados que crecen entre las hojas de los plátanos del delta del Paraná, en Argentina. El tesoro estaba acompañado por una nota: “¿Qué estás haciendo conmigo?”. La respuesta de Ursula llegó con otra ofrenda: una pequeña rama del desierto de Oregón, en Estados Unidos. Cada una había enviado un fragmento vivo del lugar que habitaba.
El intercambio epistolar entre las escritoras se extendió por tres décadas y dio lugar a varios encuentros. El primero comenzó con una frase decidida de Bellessi:
–Voy a verte. Llego de Florida en avión.
La poeta nacida en Zavalla, provincia de Santa Fe, Argentina, aprovechó un viaje a Estados Unidos por una beca para conocerla. Años más tarde, Le Guin confesó los nervios que le había provocado ese primer encuentro por miedo a decepcionarla. Pero esa sensación se desvaneció apenas la vio bajar del avión. Aquella imagen quedó grabada para siempre en su memoria:
– La reconocí desde el instante en que la vi entre la multitud que bajaba del avión. Apiñonada, menuda, linda, una mujer medio felina, con una sonrisa llena de recato y dolor.
Durante esos días compartieron lecturas de sus poemas en un ritual en el que hubo lugar tanto para la risa como para el llanto. Nada de ese encuentro decepcionó a Bellessi: “Aquella persona graciosa y amable me recibió de tal manera que me hizo sentir una vieja amiga”. Luego de ese primer encuentro, comenzó el intercambio y el juego alrededor de la traducción: los ecos, las repeticiones y las resonancias posibles del poema.
Mientras Diana ya traducía algunos de sus poemas, Ursula comenzaba a enviar bocetos y ella se los devolvía con sugerencias y aclaraciones. “Nunca habría publicado esas primeras versiones si Diana no las hubiera trabajado conmigo (siempre a través del inconstante enloquecedor servicio postal), corrigiendo, aconsejando y finalmente aprobando (…) Estas traducciones mías-suyas, suyas-mías son colaboraciones en el máximo sentido de la palabra. Es un trabajo conjunto”, expresa Le Guin. Por su parte, Bellessi reflexiona que la traducción es “un lento proceso de ensimismamiento y de silencio, pesando a la vez la masa sonora de un canto, de un habla, originada en otra lengua y que no es la materna. La traducción de poesía es más intuitiva y menos derivada y lógica que otras tareas de traducción”.
Cuando se traduce de manera compartida, el proceso deja de ser una tarea individual para convertirse en una conversación. La traducción nace del deseo de acercarse a la sensibilidad de la otra persona, habitar su mundo y su lengua. En este caso, el libro funciona como un archivo, pero también como un testimonio para pensar la traducción del poema como gesto de amistad. Unidas por los ríos Klamath y Paraná, las poetas se supieron acompañar desde los dos extremos del continente. “Sos mi amiga, mi hermana mayor del Norte, y en algún lugar mi Twin dentro del Dream”, atesora Bellessi.