
Y vendrán más. Hay que empezar a admitir que nos prefieren muertas que gordas. Perdón: nos prefieren delgadas a gordas, a cualquier costo, incluso la vida.
Otra gorda con GLP-1 en sus redes sociales y vendrán más porque la gordofobia no se ha ido. Nunca se fue. Y con ella permaneció este sistema de muerte. Vendrán más porque sí es difícil ser gorda aun con todos los privilegios de clase, de belleza, económicos y culturales. Vendrán más porque tú, que lees esto, sigues deseando ser más delgada. Cada quien es libre de hacer lo que quiera con su cuerpo, ¿pero en verdad hay una decisión de libertad?
Esa es la pregunta que te invito a hacerte; si algún día piensas tomar GLP-1, lo confieso, yo también lo he pensado. Me lo han recetado sin solicitarlo, así: un día fui a hacerme mi papanicolaou y salí con una receta de Ozempic. Como si fuera tan fácil. Como si me hubieran recetado una aspirina. Invadida por una duda que sembraron en mí sin que yo la pidiera, decidí preguntarle a mi endocrinóloga, quien tiene una perspectiva no pesocentrista. Y sí: “Con resistencia a la insulina te puede ayudar para blah, blah, blah…”.
Si rastreamos la gordofobia, un trabajo que de hecho ya han hecho mujeres como Sabrina Strings en Fearing the Black Body, nos daremos cuenta de que la gordofobia es profundamente racista, no porque toda gordofobia sea necesariamente un acto racista ni porque las personas blancas no la sufran, sino porque la historia de qué cuerpos aprendimos a considerar excesivos, indisciplinados, enfermos o indeseables está atravesada por la raza.
Durante los siglos XVIII y XIX, como rastrea la investigación de Sabrina, Europa necesitaba justificar la esclavitud y el colonialismo, y ¿cómo hacía eso? si lograba probar diferencias entre los cuerpos. La delgadez comenzó a asociarse con autocontrol, racionalidad y civilización; los cuerpos y cuerpas gordas, con falta de disciplina y una supuesta inferioridad. Y esas características fueron instauradas particularmente sobre los cuerpos de las mujeres negras.
No hay mejor ejemplo que Sara Baartman, una mujer khoikhoi de Sudáfrica que fue llevada a Europa a principios del siglo XIX para ser exhibida públicamente por las proporciones de su cuerpo, especialmente sus grandes glúteos. Su cuerpo fue convertido en espectáculo; simultáneamente, mientras era exhibido como anormal, también era sexualizado: sus características físicas eran presentadas como supuesta evidencia de una sexualidad “excesiva” y “primitiva” que el pensamiento colonial atribuía a las mujeres africanas. Así, su cuerpo servía para construir una oposición: la mujer europea, blanca, delgada, sexualmente moderada, recatada, pulcra y civilizada frente a la mujer negra, representada como corporalmente excesiva, voluptuosa, gorda, voraz, hipersexual y primitiva.
Sí, mis amigas chichonas y nalgonas lo entenderán; desde aquí se empezó a nombrar que los glúteos grandes y las tetas enormes eran demasiado sexuales, indecentes, cuerpo de pecadora, diría la señora católica del TikTok. El tamaño nunca es solamente tamaño cuando se le atribuye moralidad.
Sara Bartman murió, pero siguió experimentando violencia después de su muerte. Científicos franceses diseccionaron su cuerpo, estudiaron sus genitales y conservaron partes de sus restos, utilizando su anatomía para alimentar las teorías racistas de la época. Sara Bartman, un ejemplo que duele, la prueba palpable de hasta dónde ha llegado la violencia sobre los cuerpos gordos, negros, grandes de las mujeres.
La gordofobia puede alcanzarnos a todxs y todas las gordas sin afectarnos a todas de la misma manera. Su origen racial no significa que solo los cuerpos negros sean castigados por ella. Significa que aquello que alguna vez sirvió para construir la diferencia entre cuerpos blancos y negros terminó convirtiéndose en una norma corporal para todas. Parafraseando a Sabrina, la razón de que la gordofobia afecte a las mujeres blancas es que la gordofobia está relacionada con el racismo y con ello con quién es inferior. Si el colonialismo necesitaba probar esta diferencia, necesitaba algo más que violencia y la exhibición de un cuerpo: necesitaba demostrar que esa diferencia era natural, biológica, científica. Y ahí entraron la ciencia y la medicina.
Ejemplos sobran: la craneometría pretendió demostrar jerarquías raciales midiendo cráneos; la eugenesia convirtió prejuicios sobre raza, discapacidad y pobreza en categorías de personas “aptas” y “no aptas”; la homosexualidad fue considerada durante décadas una enfermedad por la propia medicina, y durante siglos la llamada “histeria femenina” convirtió comportamientos y malestares de las mujeres en una supuesta patología ligada al ser mujer.
Así, en distintos momentos de la historia, la ciencia convirtió prejuicios sociales en categorías que parecían objetivas, medibles y científicas. Y la gordura no fue la excepción. No estoy diciendo que la ciencia sea en sí misma racista, gordofóbica u homofóbica. Y lo anterior tampoco niega que existan enfermedades, riesgos metabólicos ni medicamentos que pueden mejorar y salvar vidas. Con todo esto vuelvo a la pregunta del inicio: ¿Dónde termina nuestro deseo y dónde termina nuestra libertad?
Otra gorda activista tomando GLP1 y vendrán más porque es difícil hacerle frente a la gordofobia, por eso nos necesitamos juntas, juntxs y juntos. Gordas, gordísimas, aplastando con nuestra carne la gordofobia. Incluso la propia. Recordarnos que detrás de la libertad de decisión sobre lo que consumimos hay una colectividad y también una farmacéutica ruin y cruel.
Detrás de la idea de que cada quien es libre de hacer lo que quiera con su cuerpo —una verdad absoluta e indebatible— existen empresas multimillonarias creándote inseguridades y bombardeándote con soluciones mientras se vuelven aún más millonarias con tu miedo a engordar. Lo sabemos y lo sabes; a ellas no les interesa tu salud y, para ejemplo, la historia (puedes saltarte los ejemplos y continuar con la lectura, pero si te quedas leyendo, te aseguro que no te arrepentirás):
Dinitrofenol (DNP), 1933
Su historia inició en la Primera Guerra Mundial, cuando los franceses utilizaron el DNP en fábricas de municiones, mezclado con TNP —trinitrofenol o ácido pícrico— para la fabricación de explosivos. Las autoridades notaron que los obreros expuestos al químico perdían peso de forma drástica, sufrían fiebre alta y algunos morían. En 1933, el farmacólogo Maurice Tainter (Universidad de Stanford) demostró que una dosis diaria elevaba el metabolismo y hacía perder entre siete y 9 kilos en semanas. Un año después comenzó a comercializarse de forma libre y masiva. Se estima que solo en el primer año, más de cien mil personas consumieron DNP en los Estados Unidos. Hay estudios que hablan sobre cómo la publicidad influyó en el consumo, sobre todo en mujeres.
Los efectos secundarios: podía producir hipertermia, cataratas, alteraciones sanguíneas graves y muerte. Una estimación histórica calcula que alrededor de 2 500 personas perdieron la vista tras utilizar DNP. Hay otros estudios que hablan de mujeres jóvenes y sanas que se quedaron completamente ciegas. Las muertes y los reportes de toxicidad continuaron hasta que, con la nueva legislación estadounidense de 1938, el DNP dejó de comercializarse legalmente como medicamento para adelgazar.
Anfetaminas, décadas de 1940–60
Cuando se descubrió que reducían el apetito, comenzaron a utilizarse ampliamente para tratar “la obesidad”. El problema era el potencial de dependencia, abuso y efectos cardiovasculares. Se retiraron tras demostrar un altísimo potencial de adicción, brotes psicóticos y graves complicaciones cardiovasculares.
Fen-phen
Considerado uno de los mayores fiascos en la historia de la industria farmacéutica moderna y la obsesión de los 90. El Fen-phen fue la combinación de dos medicamentos para adelgazar (fenfluramina y fentermina). Se recetó masivamente a millones de personas hasta que en 1997 se descubrió que el tratamiento deformaba las válvulas del corazón y destruía las arterias pulmonares, lo que obligó a su retirada inmediata del mercado y desató un escándalo judicial histórico porque la farmacéutica American Home Products (luego Wyeth) decidió ocultar reportes internos previos. La empresa decidió no reportar más de 100 alertas de efectos adversos al corazón para proteger sus ganancias, que superaban los mil millones de dólares anuales.
Redotex, auge en los 90 y prohibición en 2023
Apodado el “cóctel milagro”, este polémico fármaco mexicano combinaba de forma agresiva cinco sustancias: una anfetamina, una hormona tiroidea, un tranquilizante (diazepam), un laxante y atropina. El diazepam se usaba deliberadamente para enmascarar los ataques de ansiedad y temblores provocados por la misma fórmula. Tras registrar cientos de casos de adicción, arritmias cardíacas letales, psicosis y daño tiroideo permanente, la COFEPRIS prohibió definitivamente su producción y venta en México en mayo de 2023.
Rimonabant/Acomplia, 2006–2008
Fue aprobado en Europa para tratar “obesidad” y sobrepeso asociado con factores de riesgo. Poco después aparecieron señales de depresión y otros trastornos psiquiátricos graves. La Agencia Europea de Medicamentos informó que los problemas psiquiátricos graves parecían ser más frecuentes de lo observado inicialmente en los ensayos y que se habían reportado suicidios. En octubre de 2008 concluyó que los beneficios ya no superaban los riesgos, recomendó suspenderlo y finalmente su autorización fue retirada.
“Hace tres años critiqué fuertemente el Ozempic y hoy llevo un año usándolo (…) lo que yo no sabía es que el GLP-1 no fue creado para bajar de peso, critiqué algo sin conocerlo del todo basado en mis experiencias pasadas y cuando tuve la información cambié de opinión”, afirma en sus redes sociales La Fatshionista.
Sí, los GLP-1 tienen beneficios médicos, sí los tienen, al menos eso reportan los ensayos clínicos. No soy médica ni tengo formación científica; hablo desde lo social, desde lo que el periodismo me permite analizar. Los GLP-1 —como semaglutida, liraglutida y tirzepatida— pueden mejorar resultados metabólicos y, en determinados grupos, reducir eventos cardiovasculares y otras complicaciones. Así lo confirman ensayos clínicos y la propia Organización Mundial de la Salud, la OMS.
En septiembre de 2025, la OMS incorporó algunos medicamentos GLP-1 a su Lista de Medicamentos Esenciales para el tratamiento de la diabetes tipo 2 en personas con determinadas comorbilidades y alto riesgo cardiovascular. Es decir, estamos hablando de medicamentos que pueden mejorar y hasta salvar vidas. Pero la historia no termina ahí; la misma OMS en sus Primeras Directrices para el uso de GLP-1 afirma que su recomendación es condicional.
“La recomendación es condicional debido a la escasez de datos sobre su eficacia y su inocuidad a largo plazo, el mantenimiento y la suspensión del tratamiento, su costo actual, la insuficiente preparación de los sistemas de salud y las posibles repercusiones en materia de equidad.”https://www.who.int/es/news/item/01-12-2025-who-issues-global-guideline-on-the-use-of-glp-1-medicines-in-treating-obesity?utm_
Sí, la Fatshionista tiene razón en algo: estos medicamentos no pueden reducirse a “inyecciones para adelgazar”. Tienen usos y beneficios médicos reales. Hay personas que utilizan estos medicamentos, los necesitan y han visto mejoras importantes en su salud. Nada de lo que estoy planteando aquí pretende negar esas experiencias. Aunque sí creo que habría que preguntarnos quiénes y cuántos son, y alguien debería darnos esa respuesta.
Que un medicamento tenga beneficios no significa que debamos dejar de preguntarnos por la cultura, la industria y los intereses económicos que existen alrededor de él. Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo. Los medicamentos son otros, los beneficios son otros, los efectos secundarios —que los tienen y no son mortales y aquí diría: no son mortales por sí solos, pero si se empuja a alguien a no comer y solo usar Ozempic, hagan sus conclusiones… no son mortales, pero los hay— son otros, pero la cultura y el sistema muerte siguen siendo el mismo, quizá peor.
En 1996, el año en el que nací, se surtieron más de 18 millones de recetas tan solo en Estados Unidos de fen-phen. 18 millones de recetas son imposibles sin una cultura que convierte adelgazar en una necesidad lo suficientemente urgente como para medicalizarla masivamente. Durante casi un siglo hemos construido mercados enormes alrededor de una promesa: dejar de ser gordas. Una y otra vez hemos estado dispuestas a medicalizar ese deseo, asumir riesgos y pagar por él. Los GLP-1 son científicamente distintos y mucho más prometedores que muchos de sus predecesores; lo que no es nuevo es el mercado que encuentra en nuestro miedo a engordar una fuente extraordinaria de valor. Sostenemos la industria con nuestro deseo de ser delgadas, a su vez un deseo que ha sido implementado, a partir de otras industrias que insertan millones en que nos obsesionemos con él, y la industria se sostiene creándonos más y más inseguridades. Inseguridades que capitalizan.
En 2025, Eli Lilly, una de las farmacéuticas más grandes del mundo, fabricante de medicamentos como Mounjaro y Zepbound (tirzepatida), reportó 13 mil 542 millones de dólares de ingresos solamente por Zepbound. Eso significó un crecimiento de 175% respecto de 2024. Mounjaro generó otros 22.965 millones de dólares. Entre ambos productos estamos hablando de más de 36 mil millones de dólares en un solo año. Para ponerlo en perspectiva: SHEIN, el monstruo mundial de la moda rápida, salió a bolsa en 2026 con una valuación aproximada de 26 mil 500 millones de dólares. Es decir, en un solo año, dos medicamentos de Eli Lilly generaron ingresos equivalentes a casi una vez y media el valor con el que SHEIN llegó al mercado bursátil. Novo Nordisk reportó que sus ventas de productos para obesidad alcanzaron 82 mil 347 millones de coronas danesas en 2025, creciendo 31% a tipo de cambio constante. Además, el volumen del mercado mundial de GLP-1 creció 104% en un año. Wegovy ya estaba disponible en 52 países.
Y hay más. Morgan Stanley, una de las empresas de servicios financieros y bancos de inversión más grandes del mundo, proyectó en abril de 2026 que el mercado mundial de GLP-1 podría alcanzar aproximadamente los 190 mil millones de dólares para 2035. Y, en su escenario más alto: 240 mil millones de dólares. ¿Entendemos esas cifras? En 2025, el Producto Interno Bruto de Colombia —es decir, el valor de todos los bienes y servicios producidos por todo un país durante un año— fue de aproximadamente 457 mil millones de dólares. Morgan Stanley proyecta que el mercado mundial de GLP-1 podría alcanzar los 190 mil millones de dólares anuales.
Estamos hablando de un solo mercado farmacéutico que podría mover en un año una cantidad de dinero equivalente a más del 40 por ciento de toda la economía anual de Colombia; en 2025, toda la economía de Guatemala produjo alrededor de 123 mil millones de dólares; la de República Dominicana, unos 127 mil millones. Morgan Stanley está proyectando un mercado de GLP-1 que podría mover, en un solo año, bastante más dinero que todo lo que producen países como Guatemala durante el mismo periodo.
Los GLP-1 son, sobre todas las cosas, una industria y un negocio. Es verdad que nuestra salud puede ser un objetivo médico y, simultáneamente, nuestro deseo de adelgazar puede ser un mercado extraordinariamente rentable. De hecho, la OMS estima que, aun aumentando rápidamente la producción, para 2030 los GLP-1 podrían llegar a menos del 10% de las personas que podrían beneficiarse de ellos.
La gordura se patologiza globalmente, y sin embargo, padecimientos crónicos que necesitarían los GLP-1 no pueden adquirirlos. Los GLP-1 están disponibles principalmente para quienes pueden pagarlos, no para quienes puedan necesitarlos.
Cuando la salud se vuelve una industria, un negocio, paradójicamente dejamos de hablar de salud y comenzamos a hablar de dinero. Dinero a costa de la misma salud que nos prometen y ahí sí los efectos secundarios podrían ser los mismos de siempre. Nos prefieren muertas que gordas, pero no solamente porque sí, sino porque nuestro deseo de adelgazar sostiene su sistema. Y han aprendido a insertarnos ese deseo en lo más profundo.
Los medicamentos cambiaron, los efectos secundarios del mercado son los mismos: millones en una publicidad que se inserta sutilmente en todos los ámbitos: las redes sociales, las escuelas, la política, la medicina—; cuerpos del “antes y después”, influencers, clínicas de pérdida de peso y algoritmos, todo recordándonos simultáneamente que deberíamos y podríamos ser más delgadas. Y mientras vivimos crisis humanitarias, guerras y genocidios, nuestra preocupación es adelgazar. Es fácil controlar personas que están cansadas y ocupadas tratando de cambiarse a sí mismas.
Otra gorda con GLP-1 en sus redes sociales
y vendrán más.
Otra gorda con GLP-1
y vendrán más.
Otro gordo con GLP-1
y vendrán más.
Mi amiga con GLP-1.
Otra gorda con GLP-1.
Y vendrán más; quizá seré yo.
Porque es difícil resistir cuando hay toda una industria operando para que le consumas. ¿Por qué es difícil hasta la médula desprenderse del deseo de adelgazar? ¿Alguien lo ha conseguido sostener en el tiempo? Estoy segura de que se puede, lo he visto, lo he palpado. Pienso en ellas, las gordas que no temen a mostrarse gordas, a reivindicar la gordura. Por eso más que nunca nos necesitamos gordas, gordes, desbordadas de la carne, el acompañamiento y la resistencia gorda y otras más. Mientras más comunidad gorda tengas, se volverá menos difícil.
Magda Pineyro, de quien tomé la frase “otra gorda con GLP-1 en sus redes sociales”, afirma que nadie va a parar el activismo gordo. “Logramos que la palabra gordofobia, que hace 15 años ni siquiera existía, fuera conocida en el mundo entero. Nadie va a parar el activismo gordo y menos una farmacéutica”.
Nadie va a parar el activismo gordo, ni siquiera las gordas. Aquí seguiremos por tu derecho a ser gorda.