agosto 25, 2022

¿La primera dama del cambio tiene que ser feminista?

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Foto de Alexa Rochi

La nueva primera dama de Colombia, Verónica Alcocer, vuelve a ser tendencia en redes sociales. El nuevo escándalo se refiere a un video indefendible en el que se le muestra condescendiente y colonialista entre misioneras religiosas y mujeres indígenas. Esto, tan solo unos días después de que publicara una foto secándole las lágrimas a una joven afro. En ambas publicaciones la vemos siguiendo el mismo guión de salvadora blanca, tan problemático y cuestionado a la luz de las conversaciones actuales de raza y clase, opresiones que no pueden ser atendidas con paños de agua tibia, palmaditas en la espalda, acciones lastimeras ni caridad asistencialista cristiana. Por supuesto la reacción inmediata de muchas feministas en redes no se hizo esperar y la conclusión, al unísono, fue mandar a Verónica a conseguirse una asesora feminista, antirracista y decolonial. Y eso es urgente, pero una asesora de comunicaciones no podría garantizar más que unos mensajes tal vez más pulidos que, si bien sentarían mejores precedentes considerando el alcance y la exposición de los canales de comunicación de la primera dama, no representarían cambios de fondo, así que vamos más allá.

Ya en campaña, Verónica prendía las alarmas de algunas feministas con sus posturas “provida” y sus comentarios misóginos y reprochables, filtrados de una reunión privada. Muchas la cancelaron, otras levantamos la ceja, torcimos el ojo y seguimos ocupadas conteniendo la posibilidad nefasta de que Rodolfo Hernández, un misógino, corrupto y antiderechos llegara al poder. Y es que algo de patriarcado habita aún en muchas de nosotras, aunque algunas luchamos a diario por abortarlo. Sin embargo, y a pesar de las justas críticas, Verónica no tiene la obligación de ser una feminista supersayayín, ni es lo que esperamos de ella, siendo realistas. Claro que eso nos gustaría, pero no es lo que hay. Verónica me recuerda más a mis tías, y quizás por eso me enfajarda tanto, pero lo cierto es que mis tías tienen más de 60 años, son de centro o derecha (la misma cosa) y no son primeras damas. 

Verónica del Socorro proviene de una región particularmente machista y conservadora de la Costa Atlántica colombiana (Sincelejo) y, aunque pertenece a la generación de la meritocracia y el humor nefasto de la pelota de letras, es una mujer joven y fresca, baila como ninguna otra primera dama se había atrevido a bailar en público y eso ya rompe, hasta cierto punto, con el estereotipo de la primera dama bien portada, casi ausente, “casi” decorativa. Pero el baile, aunque nos gusta, no alcanza, Verónica.

Mucho se ha dicho sobre lo estratégica que es la imagen que intenta proyectar para apaciguar los ánimos de la derecha religiosa y conservadora, desde su discurso provida, pasando por el traje obispal que lució en la posesión, porque si algo tenemos claro es que nada en términos de imagen política es fortuito: todo tiene una intención y quizás su intención es esa. Quiero pensar que no, y que el rol de primera dama, por defecto patriarcal y colonial, será otra de las cosas que va a cambiar en este gobierno. Pero ya no estamos en campaña y no podemos desaprovechar la oportunidad histórica de cambiar ese guión también.

No esperamos que Verónica sea una feminista certificada por la ISO FEMIMIL (y si lo fuera igual le quitarían el carné cada vez que se equivoque, porque igual se va a equivocar, como todas nosotras), pero sí esperamos que la primera dama del primer gobierno de izquierda sea distinta -y no solo en las formas- a la larga lista de primeras damas de derecha que han seguido siempre el mismo molde y que esté a la altura del cambio que elegimos. Eso implica revisar todas estas prácticas coloniales, racistas, condescendientes y asistencialistas tan ligadas a la iglesia y la religión, y actuar de acuerdo a estas nuevas reflexiones. 

Más que querer una primera dama feminista queremos que se replantee, desde el título hasta las funciones, la existencia y sentido de ese “cargo” protocolario. Algo ya está ocurriendo en Chile con Irina Karamanos, quien este año asumió el cargo con recelo – lo que le valió las críticas de algunas feministas-, modificando su función desde el nombre del Gabinete de la Primera Dama (inicialmente a Gabinete Irina Karamanaos y luego, por la polémica que esto provocó, a Coordinación Sociocultural de la Presidencia de la República) y poniendo el foco social en la visibilización de juventudes transgénero, las infancias migrantes, la interculturalidad y los pueblos originarios.  Pero claro, Irina viene directamente de la militancia feminista (y aún así, es criticada), hay un proceso de deconstrucción previo que es quizás por donde debemos comenzar acá. Y vuelvo a pensar que también hay un tema generacional, pero me repito que Verónica es una mujer joven: ¿por qué me cuesta leerla así y sigo pensándola tía? Todo apunta a que la razón puede ser su devoción religiosa y quizás ahí el prejuicio sea mío.

Pero realmente, ¿qué hace la primera dama en Colombia?. Si bien el cargo, que es más bien un título colonial tomado de Estados Unidos -modelo Jackie Kennedy-, no tiene funciones oficiales dentro del gobierno, participa de ceremonias públicas y está asociado a la organización de acciones sociales como eventos benéficos, campañas de caridad y voluntariado… asistencialismo, religión y condescendencia, justamente lo que nos perturba de las recientes publicaciones de Verónica. Hablamos de un cargo y funciones que devienen por ser “la esposa de”, una contradicción de base con lo que queremos las feministas, así que pedirle feminismo al cargo, quizás no sea la mejor aproximación. ¿Y qué pasa cuando el que asume el cargo es hombre? ¿Al marido de Ángela Mérkel también lo ponen en esas? 

El problema, amigas, no es Verónica. Despersonalicemos esta discusión. El problema es el cargo y si se abre la discusión justo con ella es por lo que representa este gobierno: CAMBIO. Votamos por un cambio o al menos por el inicio de un proceso de cambios estructurales, que garantice condiciones dignas para toda la población, de modo que el asistencialismo y la caridad no sean necesarios, mucho menos de la iglesia, una de las mayores violentadoras de comunidades indígenas en el mundo. Si no nos repensamos el cargo ahora, difícilmente se hará después. El cargo de primera dama es un cargo de un mundo que ya no existe, acabémoslo o reinventémoslo por favor.

Mientras eso ocurre, a Verónica no le pedimos ponerse nuestros pañuelos, ni salir a nuestras marchas, ni usar lenguaje incluyente, pero sí le pedimos comprometerse, como todas nosotras lo hemos hecho en algún punto de nuestras vidas (unas más tarde que otras), con  un proceso de deconstrucción que cuestione esos sistemas que ella, quizás por inercia o tal vez por convicción, ha decidido perpetuar en sus mensajes y que deje, cuanto antes, de hacerlo. Al final, ¿qué es ser feminista sino eso? Apostarle a la construcción de sociedades más justas, con condiciones de igualdad para todas las mujeres, y eso pasa, sí o sí, por luchar contra todos los sistemas de opresión y prácticas e instituciones que los sostienen, desaprendiendo y desnormalizando mucho -sino todo- de lo que nos enseñaron esas mismas instituciones. 

Querida Verónica, sobre ti recaen una carga mediática enorme y una responsabilidad y expectativas tal vez mayores a las que cualquier otra mujer en tu posición haya tenido que sostener antes, pero también tienes a una feminista cerquita y a muchas otras dispuestas a ayudarte y una de las formas más bonitas de acercarnos al feminismo es desde el cariño, te invitamos a hacerlo.

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Autor

  • Ita María Díez

    Feminista colombiana, autora del libro “Que el privilegio no te nuble la empatía” (Planeta, 2020) y cofundadora de la colectiva Las Viejas Verdes. Ita María es Economista de la Universidad Icesi (Cali, Colombia) y tiene un MBA de Esdén Business School. Desde 2007 ha ocupado cargos directivos en importantes compañías de la industria de moda y tendencias como experta en marketing y estrategia (INVISTA, 2007-2012), análisis de tendencias y comportamiento de consumidor (WGSN, 2013-2017) y más recientemente incursiona en la industria de los medios independientes y alternativos (VICE, 2019-2020). Cuenta con más de una década de experiencia en generación de contenidos, nuevas narrativas, construcción de comunidades virtuales y comunicación digital y ha sido tallerista y conferencista de mercadeo, redes sociales y tendencias en América Latina. Actualmente se encuentra dedicada a apoyar y asesorar en estrategia de comunicaciones a organizaciones con enfoque feminista y de derechos humanos.

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