February 26, 2026

La cultura como grieta: aprendizaje, poder y disputa simbólica

Tomando los casos recientes de "Cumbres Borrascosas", "Más que rivales" y el show de medio tiempo de Bad Bunny en el Super Bowl, la autora aborda la cultura como un catalizador de conversaciones a las que la pedagogía no llega.

COMPARTIR ARTÍCULO
Compartir en Facebook Tweet Enviar por WhatsApp Enviar por WhatsApp Enviar por email

La gran reflexión de las últimas semanas ha sido: la cultura llega a lugares donde la pedagogía sueña. Una frase con la que he tratado de resumir cómo ciertas movidas de las industrias musical y cinematográfica provocan una oleada de opiniones, disertaciones, videocolumnas, posts, por mencionar solo la punta del iceberg, que conducen a debates con valiosas ramificaciones que no debemos subestimar ante el panorama mundial de hoy. Como autora y educadora antirracista, veo en estas discusiones posibilidades. 

Gina Dent, durante su visita a Colombia, en el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer Afrodescendiente, aseguró que la academia, en especial los estudios de las ciencias sociales, tiene enormes limitaciones a la hora de combatir injusticias, inequidades, estigmatizaciones y violencias. En su libro Abolition. Feminism. Now (Abolición. Feminismo. Ahora), coescrito con Angela Davis y Beth Ritchie, sostiene que “la producción de conocimiento sobre la opresión no desmantela por sí misma los sistemas opresivos”, una afirmación que confronta muchas de las creencias sobre las que soportamos metodologías, textos, aulas, conversaciones y apuestas sociales. Dent fue un poco más allá de su propia obra y, durante su intervención en la conmemoración del pasado 25 de julio, agregó que incluso dicha producción de conocimiento puede ahondar las brechas que busca eliminar. En otra conferencia, Celebrating Black Feminism (Celebrando el Feminismo Negro) en el 2019, se refirió a esa ampliación de brechas: “con demasiada frecuencia, la investigación académica extrae historias, dolor y supervivencia de las comunidades negras sin producir cambios materiales”. O, en palabras de mi gran amigo Edward Salazar, la herida se convierte en boca. 

Pero, frente a este panorama tan inquietante, para Dent no todo está perdido; de hecho, apunta a que en el arte está la respuesta: “El arte trata de crear condiciones de posibilidad para nuevas formas de vida”. Yo, de manera muy atrevida, quiero ampliar esa perspectiva y decir que en la cultura está la respuesta. El problema con esta afirmación radica en la naturaleza misma de lo que llamamos cultura, pues bajo este concepto podemos estar hablando de todo y no llegar por eso mismo a nada. Empecemos entonces por partes:

En primer lugar, para plantear el problema necesitamos vincularnos a una definición; en esta oportunidad quiero traer a la mesa a Stuart Hall, para quien “la cultura se ocupa de la producción y el intercambio de significados —el ‘dar y recibir significado’— entre los miembros de una sociedad o grupo”. En otras palabras: la cultura es todo lo que hacemos para darle sentido al mundo y para compartir ese sentido con otras personas. Lo que entonces puede llevarnos a pensar que hay en las manifestaciones culturales posibilidades de transformación. Quiero que veamos lo que ha ocurrido con algunas de las últimas movidas culturales y cómo estas se ramifican y expanden en conversaciones que terminan procurando lo mismo que procura la pedagogía: cambios, debates, toma de conciencia y reflexiones. 

En segundo lugar, es fundamental que usemos algunos ejemplos que nos permitan ver las ramificaciones de lo cultural y lo que termina suscitando, donde ese crear condiciones toma forma, de una manera u otra.

La romantización de la interpretación vacía

La más reciente película aclamada por el mainstream (corriente principal), “Wuthering Heights” (“Cumbres borrascosas”), dirigida por Emerald Fennel y protagonizada por Margot Robbie y Jacob Elordi, ha sido un catalizador de numerosas conversaciones sobre racismo que, de nuevo, no logran instalarse en lo masivo desde las propuestas que hacen las diversas ciencias sociales. No obstante, el séptimo arte sí logra ser la chispa de diálogos interesantes; las películas y las series tienen una manera de provocar a las audiencias. Las personas se acercan a comentar o debatir sobre ellas para entender cómo operan ciertas elecciones narrativas, cómo estas importan y funcionan; no por la representación necesariamente, más bien por la lectura política del momento en el que está el mundo. 

Es necesario recordar que “Wuthering Heights” (“Cumbres borrascosas”) no es una adaptación fidedigna de la obra de Emily Brontë; más bien, “se trata de una recreación de la memoria, una evocación estilizada de la experiencia que tuvo la directora al leer el libro cuando era una adolescente de catorce años, llena de idealismo”, anota Jackson Weaver para la CBC. Lo que ha sido claro y merece nuestra atención es que la audiencia ha utilizado toda la movida cultural que empieza por la película, para analizar y denunciar las elecciones racistas que hizo la directora y los guiños a la supremacía blanca de parte de toda la producción y promoción de la misma. Lo que se quiere con el estudio de la teoría crítica de la raza se logra en dimensiones masivas desde el terreno cultural.  

Nos encontramos en redes y medios un llamado a entender por qué, en pleno año 2026 y con una evidente alza de la derechización, Fennel realiza una película que ignora por completo una parte esencial de la trama del libro, que se relaciona de manera directa con el hecho de que Heathcliff, el protagonista, es un hombre descrito como “un gitano de piel oscura” en la versión original y un hombre “moreno que por el color de su tez parecía un gitano” en la versión traducida al español. Aunque la directora de Saltburn ha insistido en que el título lleva comillas justo porque no es una adaptación, sino más bien su interpretación personal, la gente ha salido a mostrar lo mucho que eso dice a nivel político. Una contienda que se libra gracias a que la movida cultural dio paso a la lectura no solo del largometraje, también del tour promocional y de la obra de Brontë.

La discusión que se ha abierto no gira únicamente en torno a la fidelidad literaria ni a la libertad creativa, más sí sobre las implicaciones políticas de borrar la racialización del personaje central, a la vez que se vacía de contenido una de las tensiones más profundas de la novela: la relación entre raza, clase, exclusión y deseo. En Cumbres borrascosas, Heathcliff no es solo un amante atormentado; es una figura construida desde la otredad, marcada por su piel, por su extranjería y por su lugar subalterno dentro de la jerarquía social inglesa. Su deseo de ascenso, su violencia, su resentimiento y su obsesión no pueden comprenderse sin esa condición de racialización que lo sitúa desde el inicio fuera del mundo del que anhela ser parte.

Al eliminar esta dimensión, la película no solo reinterpreta el texto, sino que neutraliza su potencia crítica, convirtiendo un relato feroz sobre la estratificación social, el castigo y la venganza en una historia que responde solo a demandas del mercado, políticamente desprovista de garra. La transformación de Heathcliff en un objeto romántico deseable, interpretado por un actor que encarna los ideales hegemónicos de belleza contemporáneos, no es una decisión inocente; en cambio, responde a una larga tradición cultural que ha blanqueado sistemáticamente las figuras más incómodas del canon, para hacerlas consumibles y digeribles.

Lo que emerge entonces es una disputa que va más allá de lo cinematográfico. La conversación que se despliega en redes, columnas, podcasts y videos revela una conciencia cada vez más aguda y democrática sobre la manera en la que opera la supremacía blanca en la producción simbólica, en los espacios que se definen como progresistas, transgresores o disruptivos. En este caso, la controversia funciona como una grieta pedagógica: obliga a releer a Brontë, a interrogar la historia de sus adaptaciones, a revisar críticamente los mecanismos de representación y a registrar cómo es que la negritud y la alteridad racial continúan siendo relegados cuando conviene y por qué esto habla de un sistema que se fortalece con el racismo y la exclusión simbólica y otras numerosas formas de exclusión. 

La cultura demuestra su capacidad para producir escenas de aprendizaje colectivo. La polémica no nace en el aula ni en el seminario universitario; nace en el tráiler, en el casting, en el póster, en la entrevista promocional. Es innegable que, a partir de ahí, se generan millares de ramificaciones que muestran, al menos, una mutación que vale la pena: el racismo no puede seguir siendo discutido solo entre las personas que lo padecen. En definitiva, que las personas puedan señalar que el cine es un motor de creación y tiene el potencial de proyectar mundos posibles es un alcance positivo. Así mismo, algo ha cambiado cuando las masas logran leer que personas como Fennel usan este dispositivo social, solo para replicar dinámicas de poder que obedecen a los estándares de la blanquitud. 

La calidad sí puede vencer al mercado

Otro ejemplo que puede darnos luces sobre el impacto de la cultura en la manera en que terminamos integrando el aprendizaje o, al menos, cómo terminamos encontrando el lenguaje para hacer lecturas críticas, es la afamada serie Heated Rivalry (Más que rivales). Aquí no pretendo hablar de la serie en sí, pero sí del comentario político que hace con la manera diametralmente opuesta a “Wuthering Heights” (“Cumbres borrascosas”) en que fue producida, pues: “Lo que Tierney quería hacer era una adaptación increíblemente fiel de esta novela, increíblemente fiel; fiel a un grado que creo que nadie jamás imaginó”. A la vez que se propuso dejar toda la carga en las actuaciones del elenco y no en la popularidad de este. Y en efecto, el fervor que eso suscita en redes es evidente. Las personas de nuevo responden de maneras viscerales o analíticas, pero no indiferentes. Ahí, en estos fenómenos culturales, vemos una especie de cuerdas que jalan más de lo que jalan otros lenguajes. Heated Rivalry (Más que rivales) ha desembocado en intercambios entre productores sobre la importancia de volver a creer en el oficio de la actuación, en vez de solo apostarle a la popularidad del elenco que, por demás, termina en un culto a la personalidad, más que en honrar la profesión. 

Heated Rivalry (Más que rivales) funciona como un contrapunto revelador: mientras Fennell insiste en la espectacularización, en una supuesta provocación que termina complaciendo a la blanquitud y en la reafirmación de los códigos hegemónicos del deseo y la representación, Tierney apuesta por una fidelidad que devuelve significado al oficio actoral, al trabajo interpretativo, al rigor emocional y a la construcción minuciosa de los personajes. Esta elección no es menor y las audiencias lo notan. En un contexto dominado por la lógica del algoritmo, del star system (sistema de fama/estrellas) y de la viralidad, priorizar la actuación implica una toma de posición política frente a la industria. Y parece que esta apuesta sí desplazó el valor que viene con el número de seguidores, por la potencia expresiva, la complejidad emocional y narrativa. El público no es indiferente a estos esfuerzos y existe una búsqueda latente de reconectar con formas de creación menos domesticadas por el mercado. Heated Rivalry nos recuerda que la cultura puede ser un espacio donde se disputa el sentido mismo de lo que consideramos valioso, legítimo y digno de ser contado, abriendo fisuras en los espacios donde la estructura logra reproducir jerarquías, exclusiones y estéticas. Lo que me lleva al tercer y último punto.

El Conejo Malo se robó el show, las redes y la prensa

Stuart Hall apuntó: “No se puede entender la cultura separada de las relaciones de poder. La cultura es precisamente el terreno donde esas relaciones se producen, se negocian y se disputan”. Y eso pasó al momento en que Benito salió de pantalla. Las redes y los medios se inundaron de interpretaciones, quejas, análisis, frases motivacionales, frases derogatorias y más. Miles de publicaciones fueron dedicadas a la interpretación de la presentación del Conejo Malo.

Lejos de pretender señalar aquí los efectos de lo que pasó en el Super Bowl, lo que me interesa es indicar cómo es que este tipo de mecanismos mueve en las personas algo visceral, algo reactivo que tiene repercusiones que debemos observar con atención: por un lado, no es un secreto que hay una constante lucha por el control de la narrativa como parte esencial de la cosa política, que tiene consecuencias tanto en políticas públicas, pasando por la opinión de las diversas poblaciones, hasta cómo se verán las votaciones. Por otro lado, lo efectivo que resulta esto para distraernos de situaciones siniestras e increíbles, que ahora resultan hacer parte de nuestro panorama, como es el hecho de que tenemos pruebas de la existencia de élites transnacionales prácticamente intocables que operan fuera de lo democrático o, aún peor, que esas mismas élites abusan sexualmente de menores de edad sin ningún tipo de consecuencia. No voy a extenderme mucho en lo segundo, porque la idea con esto es conversar y procurar espacios analógicos, una invitación que extiendo cada vez que puedo. Pero, respecto a lo primero, me interesa ver cómo algunas personas ven en este mar de información algo vacío o inoperante; en cambio, yo veo en ese mar de información también un mar de posibilidades que sí expresan una disputa narrativa que le da algo de balance, algo de justicia simbólica a algunas personas que buscaban sacar la cabeza de tanta miseria, dolor y agobio. ¿Eso dará pie a una revolución? No por sí mismo. ¿Es esto un acto contrasistema? No. ¿Se puede rescatar algo? Yo creo que sí. 

En ese sentido, la abundancia de interpretaciones, lecturas, reacciones y disputas no me parece un ruido estéril, sino una manifestación viva de que la cultura sigue siendo un territorio donde se pelea el significado del mundo, en palabras de Hall: “El momento del poder no está en la cultura como instancia aislada, sino en la intervención histórica de la ideología sobre las prácticas de significación”.

En medio del espectáculo, del exceso y del vértigo informativo, se abren fisuras por donde se cuelan preguntas incómodas, memorias, voces que han sido silenciadas, deseos de justicia y formas alternativas de nombrar lo que nos duele. No, no está en Benito la revolución ni la rebeldía de nada; él también hace parte del problema caníbal del capitalismo siendo un millonario más. No obstante, su afectación en las personas sí puede ser una manera de entender mejor cómo sacamos la cabeza cuando nos estamos ahogando y cómo usar el poder de lo simbólico para situar cambios radicales en este sistema que pretende devorarnos. Tal vez ahí radique una posibilidad de potencia profunda: aceptar que, incluso en los escenarios más mercantilizados, emerjan gestos de interrupción, desplazamientos simbólicos y cuestionamientos al orden dominante. La cultura no resuelve las violencias estructurales, pero puede crear los climas emocionales, afectivos y políticos que hacen posible imaginarnos fuera de ellas. Y en un mundo atravesado por la precarización, la crueldad y el desencanto, esa capacidad de imaginar, de sentir colectivamente, de disentir, de incomodar, no debe ser subestimada, ya que es una de las formas más urgentes de conexión, de diálogo. 

Pensar que no hay certezas es un camino. La cultura corre, a diferencia de otros estamentos humanos que se mueven con mayor dificultad. Muchas corrientes del pensamiento humano o manifestaciones de este pueden permanecer un poco más estáticas, pueden caminar, pueden incluso estacionarse; la cultura no, y el valor que esto representa debería ser también motor de cambio o, por lo menos, motivo mayor de estudio y entendimiento. Es ahí, en esa reacción visceral, emocional, emocionada, donde podríamos encontrar las verdaderas llamas que incendien estructuras nocivas que deben erradicarse.

En tiempos donde la desesperanza gana cada día más terreno, pensar la cultura como espacio de disputa, de aprendizaje colectivo y de creación de sentido no es un gesto ingenuo. No se trata de idealizar sus alcances ni de romantizar su capacidad; es, en cambio, una oportunidad para reconocer que la cultura logra abrir grietas, provocar incomodidades, gestionar memorias, sacudir certezas y convocar afectos. Es en ese movimiento vertiginoso, contradictorio y visceral donde se incuban preguntas que no caben en el aula, discusiones que no se sostienen en la academia y deseos de transformación que no encuentran todavía su forma. 

No estamos frente a una revolución inmediata, ni tampoco instigada por un homenaje televisado, pero sí estamos ante la posibilidad de imaginarla y de aprovechar lo grandioso de los caminos que se abren cuando se procura el diálogo con la cultura y con otras personas.

COMPARTIR ARTÍCULO
Compartir en Facebook Tweet Enviar por WhatsApp Enviar por WhatsApp Enviar por email
  • Me indigna
    (0)
  • Me moviliza
    (0)
  • Me es útil
    (0)
  • Me informa
    (0)
  • Me es indiferente
    (0)
  • Me entretiene
    (0)

Autor

  • Escritora y educadora antirracista. Es columnista de América Futura de El País (España), Volcánicas, Manifiesta y El Espectador (Colombia). Sus reseñas, cuentos y poemas pueden encontrarse en publicaciones internacionales como el Southwest Review de la Universidad Metodista del sur de Dallas, Purple Ink de la Universidad de Brown y la plataforma digital America Hate Us. Es autora de Arraigos (2023), y pueden leer su trabajo en publicaciones colombianas independientes como Neutrina, Ex-libris, Literariedad o Sinestesia. Hace parte de la antología Afloramientos de Fallidos Editores y ganó una mención honorífica en el XII Concurso de Poesía Eduardo Carranza.

    View all posts

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Artículos relacionados