June 6, 2023

Inconvertibles II: del hogar al consultorio médico. En Colombia las personas LGTB+ luchan por espacios libres de ECOSIEG / Parte 1

Los Esfuerzos de Cambio de Orientación sexual, Identidad de género o de Expresión de género (ECOSIEG) generan trastornos de ansiedad, depresión y, como se ha demostrado científicamente, aumentan los pensamientos suicidas en quienes los padecen. Actualmente, en el país se tramita un proyecto de ley que reconoce la violencia de estas prácticas, el riesgo de seguirlas perpetuando y abre el camino para penalizar a quienes las ejercen. En esta investigación se presentan testimonios de personas LGBT+ que han sido víctimas de estos procesos y análisis de expertos sobre sus consecuencias.

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Ilustración de Carolina Urueta

Este reportaje fue realizado con el apoyo de All Out

“Te metían en una pila de agua y mientras te ahogaban te insultaban ‘eres un maricón, estás enfermo, eres una abominación’. Luego me llevaban a una silla y me torturaban con un taser mientras veía pornografía”, así fue el Esfuerzo de Cambio de Orientación Sexual, Identidad y Expresión de Género (ECOSIEG) que sufrió Juan Pablo en una IPS. A Alex, en la Iglesia Manantial de vida eterna, lo tuvieron tres días sin comida, leyendo la Biblia y repitiéndole que dentro de él había un demonio, según ellos, el de la homosexualidad. 

En Colombia, con la excusa de “arreglar” cualquier orientación sexual diversa, se han perpetrado torturas físicas, psicológicas y espirituales. La reciente encuesta de All Out junto a Volcánicas, en la que participaron más de 800 personas, mostró que al 44 % de les participantes alguna vez alguien de su familia le insistió en llevarle a la fuerza a algún tratamiento para cambiar su orientación sexual, identidad o expresión de género.

Los ECOSIEG suelen comenzar en el hogar, pero también se dan en el colegio, iglesias e, incluso, el sector salud. Generan, a su vez, trastornos de ansiedad, depresión y, como se ha demostrado científicamente, aumentan los pensamientos suicidas en quienes los padecen. Actualmente, en el país se tramita un proyecto de ley que reconoce la violencia de estas prácticas, el riesgo de seguirlas perpetuando y abre el camino para penalizar a quienes las ejercen. 

En el mundo aún hay personas que creen que hay un modo correcto y un modo incorrecto de ser, de actuar y de relacionarse afectiva y sexualmente. El hecho de que se considere que hay un modo incorrecto de relacionarse con la identidad de género y orientación sexual está directamente relacionado con que desde ciertos discursos se perciba al otre, o incluso, a sí misme, como alguien que está mal, que hay que corregir, reprimir, convertir, curar o incluso salvar: hay que llevarle por el camino heterosexual y cis—normativo (cis: término que se utiliza para describir a una persona cuya identidad de género coincide con el sexo que le asignaron al nacer). 

***

En el 2021 presentamos Inconvertibles: La lucha en contra de las mal llamadas “terapias de conversión”, una tortura para las personas LGTB+. Este reportaje que reunió 10 testimonios de personas que denuncian haber sido víctimas de algún Esfuerzo de Cambio de Orientación sexual, Identidad de género o de Expresión de género (ECOSIEG) en Colombia. 

A partir de sus experiencias, se identifican las formas y estrategias que usan diferentes organizaciones y personas —en contextos familiares, escolares, religiosos y médicos— para intentar imponer comportamientos y códigos heteronormados y enmarcar la homosexualidad o las identidades trans y no binarias como “enfermedades”, “pecados”, “confusiones inmorales”, “condiciones congénitas”, “patologías” o “traumas”. 

En los ECOSIEG, como muestra el reportaje, participan múltiples actores que se presentan en diferentes contextos. Los más comunes y ampliamente denunciados por organizaciones internacionales como violaciones a los derechos de las personas LGBT+, se presentan en organizaciones religiosas y consultorios psicológicos y médicos. Aun así, el espectro de estas prácticas es muy amplio y por ello hay zonas grises respecto a las herramientas para regularlas e incluso identificarlas. Esta dificultad ha llevado a que estas prácticas sigan operando sin enfrentar consecuencias, que se normalicen y que parezca casi imposible tipificar las violencias con las que se incurre en un tipo penal. 

Inconvertibles I hizo parte de una apuesta por poner en el debate en Colombia estos temas y por hacer un llamado a la acción por parte del gobierno y la legislación colombiana frente a las violencias que viven las personas LGBT+. Incluso, en ese mismo año, más de 50.000 personas de todo el mundo firmaron en contra de las mal llamadas terapias de conversión en Colombia. Dicho mandato ciudadano fue entregado a Mauricio Toro, quien en ese entonces era Representante a la Cámara por el Partido Verde, y quien radicó en 2022 un proyecto de ley para prohibir este tipo de torturas en contra de la diversidad sexual y de género. 

El proyecto fue archivado. Pero este año la conversación se ha retomado con el Proyecto de ley 272 de 2022, radicado por Carolina Giraldo, representante del partido Alianza Verde. Para apoyar esta iniciativa, la organización All Out lanzó una nueva campaña para presionar por la aprobación del proyecto, que ha recaudado casi 30.000 firmas. 

De nuevo aparece la oportunidad de exponer estas prácticas, los testimonios de personas que han sido víctimas de estas violencias y los argumentos para que se tomen medidas en el asunto. ¿En Colombia, en qué contextos se busca que las personas cambien su orientación sexual o se trata de imponer una conducta heterosexual y cisgénero?, ¿cómo operan los ECOSIEG en Colombia?, ¿bajo qué lógicas?, ¿de qué manera generan y reproducen violencias?

En esta nueva entrega, exploramos diferentes contextos en los que se desarrollan estas prácticas en Colombia y se describe la forma en que operan. Tipificar estos escenarios, ponerle nombre a estas violencias e identificar las relaciones entre ellas es un paso necesario para evitar y eliminar estas prácticas que atentan contra la dignidad de las personas LGBT+, y quizás, judicializar a los responsables, así como buscar alternativas para reparar el daño hecho y garantizar la no repetición.

En ese sentido, este reportaje profundiza en las maneras en que las personas LGBT+ en Colombia han sido víctimas de los ECOSIEG en contextos escolares, religiosos, psicológicos, psiquiátricos y médicos de diversa índole. A su vez, amplía la mirada hacia otros lugares en la sociedad desde donde emanan o se reproducen violencias asociadas a los ECOSIEG tales como los espacios íntimos como el hogar y escenarios recurrentes en Colombia como el servicio militar, las redes sociales y las dinámicas en contextos de conflicto armado, entornos en los cuales también se intentan imponer comportamientos, generar culpas, castigar al “diferente” y reproducir el discurso erróneo que le dice a la sociedad que “hay algo que arreglar”. 

Para esta investigación, se realizó un análisis de los resultados de la encuesta realizada por All Out y la Revista Volcánicas ¿Qué te parece ser LGBT+ en Colombia? Sobre las experiencias de personas LGBT+ en entornos como la familia, el colegio, los espacios médicos y grupos de apoyo colectivo; además, presentamos tres testimonios ampliados  de personas que fueron expuestas a esfuerzos para “corregirlas”, “cambiarlas” o “salvarlas”. Esta encuesta surge de la necesidad de exponer que en Colombia aún existen percepciones e ideas indeseables sobre ser LGBT+ y de obtener datos exploratorios sobre este tipo de violencias en los diferentes departamentos del país, que permitan en un futuro profundizar en dichas situaciones y tomar acciones al respecto. La encuesta se realizó entre marzo y mayo del 2023 y participaron 849 personas mayores de edad de 28 departamentos de Colombia; sin embargo, es indispensable que se sigan haciendo esfuerzos para tener información de calidad que permita orientar la toma de decisiones, ya que el subregistro y la falta de información incide en la invisibilización de este tipo de violencias. 

¿Cómo se presentan los ECOSIEG en Colombia?

Si bien en Colombia, como establece la Corte Constitucional, existe la afirmación legal de los derechos de todas las personas, independientemente de su identidad de género y su orientación sexual, y ha habido un avance jurídico que busca garantizar los derechos de las personas LGBT+, aún falta mucho camino por recorrer. En la práctica persiste la discriminación, la violencia por perjuicio y las barreras de acceso a derechos como la salud, la educación, el trabajo, la vivienda, la participación cívica, entre otros.

El informe No se mata lo que no se olvida: informe sobre la situación de los derechos humanos de personas LGBT+ en Colombia 2022 señala que en ese año se tuvo conocimiento de 5.501 casos de violaciones de derechos humanos a personas LGBT+. A partir de los datos entregados por la Fiscalía General de la Nación, los informes anuales de la Defensoría del Pueblo y del Observatorio de Derechos Humanos de la organización Caribe Afirmativo, en el 2022 se registraron en el país 145 casos de Homicidios/feminicidios, 3527 casos de amenazas, 104 de violencia policial y 1.725 casos de discriminación y hostigamiento. Lo anterior teniendo en cuenta que hay departamentos como Amazonas, Guainía, Vichada y Vaupés en donde se tiene muy poco conocimiento de casos o no se registra ninguna información. 

Respecto a los casos de hostigamiento y discriminación, el informe indica que frecuentemente estos se dan de manera simultánea. El informe describe el hostigamiento como aquel acto que está dirigido a causar daños físicos y la discriminación como aquella que impide el acceso a derechos. Además, indica que quien ejerce este tipo de actos pretende “invisibilizar la orientación sexual, identidad o expresión de género diversa de la persona y repetir prejuicios o patrones violentos que por años se han tenido en la sociedad”. 

Sin duda, con los ECOSIEG se ejercen violencias que atentan contra la salud física y mental de las personas y que atentan contra sus derechos. En el informe de la ONU sobre los ECOSIEG, el experto Víctor Madrigal identifica que los ECOSIEG vulneran el derecho a la no discriminación, el derecho a la salud sexual y reproductiva, la prohibición de tortura y malos tratos, el derecho a la libertad de conciencia y de religión, la libertad de expresión y los derechos de la niñez. Es desde ahí que 24 países han argumentado en sus legislaciones la prohibición o regulación de estas prácticas.

Hay actos que pueden parecer “insignificantes” o poco relevantes que se llegan a normalizar en nuestra sociedad. Sin embargo, cuando se mira desde una perspectiva estructural, se puede evidenciar una relación entre estos patrones violentos que se han repetido a lo largo de la historia, y el poco acceso a derechos que tienen las personas LGBT+. Es por eso que un “simple” comentario o una opinión reiterada marca el inicio de un entramado de violencias que permite que se naturalicen, permanezcan y se reproduzcan. 

¿Cómo es ser LGBT+ en Colombia?

Los resultados de la encuesta ¿Qué te parece ser LGBT+ en Colombia? Muestran que el 89% de las personas encuestadas afirmó crecer escuchando opiniones y comentarios negativos sobre las personas LGBT+, el 43% dijo que alguna vez alguien de su familia sugirió llevarle a algún tipo de tratamiento para “arreglarle” y el 26% de las personas respondió que alguna vez alguien de su familia insistió o le llevó a la fuerza a algún tratamiento (religioso, de salud, terapia psicológica u otro) para que dejara de ser una persona LGBT+. 

El 2,47%, 22 de casi 1000 personas, dijo que alguna vez su familia le indujo u obligó a usar medicamentos u hormonas con el objetivo de “curar” su identidad LGBT+. 

Por otra parte, el 82% respondió que alguna vez en el colegio le incitaron a sentir culpa o vergüenza por su identidad LGBT+ aunque no supiera todavía que era LGBT+ y el 65% dijo haber sido víctima de bullying por ser persona LGBT+ aunque no se lo hubiera declarado a nadie. 

Ante la pregunta ¿Alguna figura de autoridad (líder religioso, guía espiritual, coach de vida, padre de la iglesia) de tu comunidad te invitó a participar de encuentros o retiros para que “cambiaras” tu identidad LGBT+? El 30% respondió “Sí” y el 23% respondió que alguna vez le persuadieron o invitaron a participar de algún rito o ceremonia para “curar” o “sacar” su identidad LGBT+. 

El 28% indicó que alguna vez un profesional de la salud (física o mental) igualó ser LGBT+ a una enfermedad y el 9,7% dijo que alguna vez un profesional de la salud mental le ofreció un procedimiento de “cura” por ser LGBT+. 

Estas cifras muestran que aunque diferentes organizaciones internacionales se han pronunciado en contra de los ECOSIEG como la Corte Interamericana de Derechos Humanos, el Comité de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas y la Asociación Psiquiátrica Americana, aún es recurrente que en Colombia las personas LGBT+ estén expuestas y sean víctimas de estos esfuerzos de cambio de orientación sexual, identidad o expresión de género. 

Adicionalmente, estas cifras permiten ver que los comentarios y opiniones desde el rechazo, el estigma y el miedo son muy recurrentes en los entornos más cercanos para las personas LGBT+. A partir de ahí, se genera una especie de embudo que lleva a que algunas personas caigan en escenarios extremos en donde se ejecutan formas de tortura hacia las personas LGBT+ como los electrochoques y penitencias físicas.

Según la trayectoria de vida de las personas que contaron sus testimonios, son los contextos más cercanos como el hogar y los colegios los que llevan a que las personas se vinculen a espacios como organizaciones religiosas y consultorios psicológicos en donde, en muchos casos, han sido sometidas a tratos degradantes que llevan a que se cuestionen sobre su orientación sexual e identidad de género, dejando repercusiones a largo plazo en su salud física y emocional.

A partir del análisis de los testimonios de la Encuesta, a continuación presentamos la forma en que operan estos esfuerzos y las violencias que ejercen contra las personas LGBT+ en diferentes contextos y las historias de tres personas que han sufrido estas prácticas en diferentes momentos de su vida. Indicamos que todos los nombres de las personas que escribieron sus testimonios en la encuesta ¿Qué te parece ser LGBT+ en Colombia?, han sido cambiados para protección de las fuentes. 

Sembrar miedos, dudas y culpas en contextos familiares 

“Deja de vestirte como niño”, “No te pares así”, “Te cuadré una cita con fulanita” han sido frases recurrentes de papás y mamás. El hogar, sobre todo para las personas menores de edad, no necesariamente ha sido un espacio seguro, cuando idealmente debería ser el principal. 

En mi caso fue el crecer rodeada de comentarios ofensivos hacia la comunidad LGBT+ lo que hizo difícil mi proceso de aceptación (….) el hecho de que siempre se hayan referido a ello como si estuviera mal y fuera motivo de asco, incluso el tomarme de la mano con una amiga era mal vistomencionó Carol, mujer lesbiana de Soledad, Atlántico. 

Como ella, muchas personas se han visto expuestas a comentarios e insultos desde la infancia. “Moderar” el comportamiento y la apariencia frente a la familia extensa, o crecer escuchando comentarios sobre la inferioridad de las personas maricas o lo enfermas que están las personas trans, son experiencias comunes de quienes participaron en la encuesta.

En general, las personas que recibieron este tipo de comentarios experimentaron emociones relacionadas con la culpa, la presión o la vergüenza. Me hicieron sentir que les había fallado”, “me aislaron”, “me castigaron”, “me humillaron”, “rezan por mí” son frases que se reiteran en sus testimonios. Los insultos y burlas hacia personas LGBT+ en general o directamente hacia ellas generaron que muchas cuestionaran si, efectivamente, había algo mal (torcido u enfermo) en ellas y en lo que sentían y deseaban. 

“En mi caso mi familia quiso esconder mi orientación sexual de otras personas en mi familia por miedo y supongo que por vergüenza lo cual es doloroso” expresa Eli, una persona no binaria que nació en Antioquia. En estos espacios, entonces, el miedo también es una constante. Para muchas de las personas, sus familiares sienten temor ante la sociedad, ¿qué dirá la familia extensa?, ¿qué dirán los vecinos?, ¿qué dirán en la iglesia? Y ese miedo se traslada hacia las personas con orientación o identidad de género diversa. Por un lado, lleva a que muchas personas actúen desde el “qué dirán de mí” y por el otro, a que se debiliten los lazos de comunicación y confianza con sus familiares.

Frente a este último punto, es notorio el porcentaje de personas que respondió que no ha “salido del closet” o que no toca esos temas con sus familiares. Muchas de ellas no hablan porque saben que no será bien recibido, porque ya les han amenazado con repercusiones de tipo económico o porque creen que les van a castigar o intentarán “corregirles”. 

“Siempre crecí con miedo de contar que era gay porque mi mamá sufría del corazón y siempre me decían que no le diera disgustos para que no le diera un infarto” comenta Pedro, hombre gay del departamento del Cesar. Como la de él, muchas experiencias de silenciamiento y ocultamiento están relacionadas con los afectos. Son varios los testimonios en donde expresan que no hablan de su sexualidad y sus relaciones sentimentales o que ocultan su expresión de género en su casa para no generarles tristezas, angustias o penas a sus familiares. ¿Qué consecuencias tiene que una madre se sienta “castigada por Dios” por tener un hijo trans? 

Entonces, el silenciamiento no solo cierra las puertas a la posibilidad de encontrar en sus familiares espacios de escucha y diálogo y tener conversaciones relacionadas con la educación sexual, sino que, en muchos casos, se convierte en un tipo de presión que lleva a cuestionar la identidad y decisiones propias.

Tanto la violencia verbal desde el prejuicio como el silenciamiento que provoca esa violencia confirman el trasfondo común que aborda el informe de ILGA Poniéndole límites al engaño: Un estudio jurídico mundial sobre la regulación legal de las mal llamadas “terapias de conversión. Este estudio plantea que durante siglos, la expresión de género de las personas LGBT+ ha sido vigilada por padres y madres, amistades, familiares, personas cercanas y personas extrañas, incluso mucho antes que se tome conciencia de la propia orientación sexual o identidad de género. Esto ha llevado a que desde su infancia muchas personas internalicen que hay algo que está mal consigo mismas respecto a sus deseos y sus modos de sentir, pensar y existir en el mundo. 

Aparte de las personas LGBT+ que han guardado silencio, muchas han hablado con sus familiares, lo cual si bien en muchos casos ha llevado a diálogos y afianzamiento de relaciones desde el amor, el respeto y la dignidad, en otros ha desencadenado eventos dolorosos. 

En particular, hay dos tipos de experiencias que se reiteran en los testimonios de las personas que participaron en la encuesta. Ambas están asociadas con la idea de que ser LGBT+ es una “etapa”, que seguramente esa situación o condición va a cambiar, pero que hay que acelerar el proceso. 

La primera experiencia que viven personas que tienen una orientación sexual diversa está asociada con la idea e intención de direccionar los afectos: “Me obligaron a salir con primos (hombres cisgénero) ya que sospechaban que era lesbiana” señala Marina, una mujer lesbiana nacida en Cundinamarca. “Me presentaron niñas porque pensaban que estaba confundido y que con eso iba a cambiar”, cuenta Andrés, hombre gay de Cali. 

La segunda vivencia está relacionada con llevar a las personas a diferentes instituciones en las cuales se puede ayudar a “superar esa etapa”. Un testimonio muy diciente es el de Manuel, un hombre gay de Boyacá: “Soy asexual, mi familia, en específico mi papá estaba muy en contra de esa idea y me quería llevar a sexólogos o prostíbulos para que dejara de ser asexual, por su parte, mi mamá trajo un cura a la casa e hizo que regara agua bendita por todo mi cuarto”. 

Entre los testimonios hay experiencias relacionadas con esta última vivencia, familiares que llevan a sus hijes y hermanes a comunidades religiosas, consultorios psicológicos, grupos de apoyo e incluso al servicio militar para que salgan de los “procesos de confusión” más rápido o al menos moderen su comportamiento y apariencia. Llama la atención que, de nuevo, las emociones y sentimientos relacionados con el miedo, la culpa y la amenaza tiene un papel preponderante.

De acuerdo con las experiencias de las personas con las que conversamos, también se justifica e invita ir a estos lugares a sus hijes desde la movilización de ideas sobre el futuro que, por un lado, generan presión emocional: “es por ti”, “hazlo por mí para que viva en paz”, “es por la familia”, “es para protegerte”, “no vayas a desarmar el hogar”; y por el otro, presión económica. En muchos casos les dicen que si vuelven a tocar el tema o tienen pareja homosexual les dejan de apoyar con dinero o les prohíben la entrada a la casa. “Si sigue así va a ser solo puta o peluquera” le decían de adolescente a una mujer trans.

Es entonces cuando no se puede distinguir cuál de las consecuencias ante este tipo de violencias al interior de las familias es más grave. Las amenazas, la negación, el silencio o incluso los castigos llevan a que muchas personas rompan vínculos con sus familiares y sientan su rechazo y el estigma social al optar por vivir su sexualidad e identidad y expresión de género libremente, o hacen que la presión abone el terreno para que estas personas lleguen a otros escenarios en donde tratarán de cambiarlas.

 “Hay que trabajar tu sexualidad, esto no es ni saludable ni normal”: La historia de Jade Valencia

Jade, persona no binaria de Medellín, sabía que no era igual a sus amigues cuando estaba en el colegio. “En el medio todo era sexo, sexo, sexo, sexo, y yo me sentía muy diferente, pensaba que había algo malo, problemático conmigo”. En el colegio recibió apoyo por parte de la comunidad queer de Los Conquistadores, un colegio de Medellín, este grupo le escuchó y uno de sus compañeros le mencionó la palabra asexual. Jade empezó a averiguar más en internet y encontró que así era como se sentía. Así fue descubriendo su sexualidad y su identidad de género. Fue un proceso, pero tanto su familia como amigues le aceptaban.

En el 2011, Jade tuvo una crisis psicológica. Tenía 17 años, amaba hacer deporte y por una enfermedad cardiovascular le tocó dejarlo. La depresión llegó y tomó medicamentos no prescritos para acabar con su vida. Su papá, preocupado, le llevó al Hospital de Medellín, y allí ocurrió el ECOSIEG. A la segunda semana de estar hospitalizade, le dijeron que su asunto era psicosexual y que tenían que arreglarle para poder estar en sociedad. Los médicos, basados en el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales de la APA, justificaron que la asexualidad era un Trastorno del Deseo Sexual Hipoactivo y que tenían que trabajarlo, porque aquello no era ni saludable ni normal.

A Jade le cambiaron el medicamento. Durmió horas. Cuando despertó, estaba amarrade a una cama, estaba siendo violentade sexualmente y estaba experimentando alucinaciones. Vivía sedade. “Eran unos electrodos, a veces me dolía y a veces se sentía placentero, ellos me decían que yo podía sentir que me estaban haciendo daño, que era frustrante, pero que no me preocupara, que me iba a poner mejor”, cuenta Jade. 

Elle sabía que no había nada malo consigo misme, no quería continuar el proceso, pero los medicamentos eran tan fuertes que no podía expresarlo. La situación era tan dolorosa y desesperante que en ese momento solo pensaba en querer morirse. Estuvo una semana viviendo esa tortura hasta que su papá le sacó del hospital. Él pensaba que Jade no se iba a curar de su depresión viviendo entre cuatro paredes, entonces le llevó a un hospital en Sabaneta en donde tratan a personas con adicciones. Allá conoció a una psiquiatra quien, cuenta Jade, le salvó. Le dijo que no había sido su culpa y que su sexualidad no estaba mal: le diagnosticaron depresión y le dijeron que no tenía nada que ver con su orientación sexual ni con su exploración sobre las identidades no binarias. “Estuve dos años con ella en terapia, dejé de consumir lo que estaba consumiendo, me dejé de culpar por lo que me había pasado y dejé la depresión a mis 20 años”.

Con los años, Jade ha podido ir superando el asunto, comenta. “Por lo menos durante diez años estuve en medio de un dilema en el que me llamé hombre cisgénero heterosexual cuando no lo era”. Ahora, Jade se identifica como una persona no binaria, demisexual, panromántica. Es profesore de inglés y estudia literatura. A pesar de todo, dice que es una persona con suerte porque su papá siempre le ha apoyado y la Universidad de Antioquia, donde trabajó y estudia, ha sido un espacio seguro y abierto en asuntos de género y sexualidad. 

Respecto a los ECOSIEG, para Jade es necesario contrarrestarlos desde la educación sexual y de género. Para elle, si hubiese tenido más información y conocimiento al respecto, no hubiera permitido lo que le hicieron. “Es necesario que los adolescentes no se maten por ser trans, que sepan que querer eso no está mal, que conozcan que el espectro de la sexualidad es muy amplio y que el sexo no determina quién eres”. Para tener esta educación sexual, agrega, es urgente que los colegios vayan más allá de la educación reproductiva y que como padres y madres hablemos sobre el tema a nuestres hijes, que contestemos todas sus preguntas, que lo comentemos sin ningún tapujo; que les valoremos y respondamos y les acompañemos en su curiosidad. 

(Espera este jueves la publicación de la segunda parte de este reportaje)

Créditos:

Investigación: Irene Alonso Acosta

Reportería: Irene Alonso Acosta–Mariana Guerrero

Ilustración: Carolina Urueta–Lina Rojas

Edición: Alejandra Soriano W.

Dirección: Catalina Ruiz–Navarro

Convocatoria: All Out

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