noviembre 9, 2022

Huir de la academia 2.0, o cuando me llamaron academifóbica

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Ilustración de Carolina Urueta

En la primera columna que publiqué en esta revista, hice un ejercicio primordialmente emocional, que partió desde mi experiencia de años y años de haber sostenido una relación conflictiva con la academia. Esa academia, europea, blanca y masculina, producto de una estructura que ha hecho muy poco por crear espacios seguros y a la que muchxs hemos tenido que enfrentar, para hacer casi un ejercicio de supervivencia. 

Esos mismos espacios seguros son los que reclaman quienes, desde situaciones diversas y plurales, buscan abrirse un lugar dentro de esa élite intelectual, que muchas veces prefiere ignorarlxs, o asumirlxs como sujetos de estudio, antes que otorgarles una voz propia. Esa academia extractivista es la que critico. La misma que ha despojado históricamente a las comunidades de sus propios ejercicios de enunciación, enmarcándolas en los valores del colonialismo, y que se quiere posicionar como central en todas nuestras luchas, como la única validadora. 

Cuando hablo de la academia no me refiero a una tendencia, ni a una teoría puntual, ni a una escuela, ni mucho menos a una persona. Me refiero a esa entidad oficial que se ha construido a partir de la creación de teorías y la validación, contraste y puesta en práctica de las mismas. Esa academia mayoritariamente hegemónica que hemos heredado, con métodos específicos creados por ellos mismos, y con raciocinios que aplican principalmente a sus lógicas. 

Con esto, quisiera aclarar que, por supuesto, entiendo las tendencias académicas más recientes, que han surgido en contraposición a la academia hegemónica y que permiten una construcción más horizontal, desde iniciativas propias y en mayor diálogo con los fenómenos y comunidades que busca retratar (son, por demás, las que intento aplicar a los espacios que yo misma oriento en cátedras y talleres). 

Pero hay algo que no me deja tranquila: esos nuevos espacios –los que se piensan desde cosmovisiones indígenas o raizales, o los acercamientos de las teorías cuir, e incluso las prácticas desde las márgenes que buscan descolonizar el feminismo– se han construido derribando puertas. Es decir, resistiendo. 

Y acá viene la nuez de lo que quería decir en la primera columna: no tendríamos por qué estar resistiendo. No tendríamos porqué ingresar a una academia que muchas veces nos hace migrar, endeudarnos, minimizarnos, relegarnos y luego nos dice que no hemos hecho lo suficiente. 

Una academia que nos dice que nuestras experiencias no valen y que debemos validarlas con las ideas de algún otro sujeto, que desde su autoridad puede autorizar, o no, nuestro pensar. Y seguimos preguntándonos si este costo tan alto, el de luchar por transitar estos caminos tan negados a la diversidad, valió la pena. 

Creo que la academia tendría que construirse desde un sentido de comunidad, no desde el individualismo que se ha impuesto desde las élites “pensantes”. Eso, justamente, es lo que representa Angela Davis, una de las académicas y pensadoras más revolucionarias, que ha enfrentado a esa normatividad preestablecida y se ha pensado siempre desde los márgenes: “Creo que esta es una era en la que tenemos que fomentar ese sentido de comunidad, especialmente en un momento en que el neoliberalismo intenta obligar a las personas a pensar en sí mismas sólo en términos individuales y no colectivos”. Es con estas palabras que quisiera terminar de dar sentido a esta columna. 

Porque cuando la academia no piensa con sentido colectivo, con sus preguntas y cuestionamientos termina por borrar las luchas de las personas que deben sobrevivir a la violencia más directa: la material. 

Y el ejemplo sigue siendo el mismo que nos trajo acá la primera vez. Los cuestionamientos que se esconden tras esa academia hegemónica y que argumenta preguntas grandilocuentes (y muchas veces ampliamente imprecisas y desconocedoras), terminan por distraer de lo importante, que tendría que ser el hecho de que desde ahí se busquen herramientas y plataformas para garantizar los derechos humanos mínimos de las personas. 

En este caso, y a la luz de los debates que se han tomado las redes últimamente (pero no exclusivos a ellxs), de la comunidad trans. Estas preguntas desvían la atención y desde esa autoendilgada cumbre borran realidades que usualmente desconocen. Y sí, terminan justificando el odio y la violencia.

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Autor

  • María Fitzgerald

    Periodista de la unidad investigativa de Cambio. Literata con Maestría en Periodismo de la Universidad de los Andes. Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar 2020. Finalista del premio Gabo en 2020 y en 2022. ICFJ Fellow 2021. Becaria Cohorte IDH 2021. Se especializa en cubrimiento de minorías, género, salud mental y Derechos Humanos. Fue beneficiaria de la beca Elipsis del British Council en 2017 y de la beca del Centro de Español UniAndes en 2018.

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