noviembre 4, 2023

El terror social: la realidad siempre supera a la ficción

El terror en el cine pretende llevar a les espectadores a rincones inhóspitos con diferentes propósitos. En el caso del terror social y las distopías, se busca señalar con énfasis lo horrible que puede llegar a ser el mundo, tal vez con el fin de llamar la atención de las personas o bien, como testimonio de la experiencia humana en lugares donde la marginalización constante y salvaje es la norma. 

COMPARTIR ARTÍCULO
Compartir en Facebook Tweet Enviar por WhatsApp Enviar por WhatsApp Enviar por email

La literatura y el cine de terror donde emergen los espantos, el horror y lo grotesco, nos permiten enfrentar ciertas oscuridades humanas o infrahumanas bajo el lente de la ficción, algo que da paso a conversaciones sobre lo  que nos asusta, nos aterroriza o nos incomoda. Aquello que nos parece sombrío es un campo amplio para la creatividad y la movilidad del arte en sus diversas formas. Como aficionada al género del terror, siento que es importante seguir en la contienda antirracista desde este lugar, en especial porque tiene mucha importancia para los imaginarios sociales que compartimos y más si usa como vehículo el cine. Hablaremos de un subgénero conocido como terror social y discutiremos por qué da cabida a relevantes debates sobre racismo, sexismo y clasismo. 

Empecemos por entender que el terror pone una lupa sobre los miedos de la gente para exagerar sus efectos, sus causas y sus formas. El terror en el cine pretende llevar a les espectadores a rincones inhóspitos con diferentes propósitos. En el caso del terror social y las distopías, se busca señalar con énfasis lo horrible que puede llegar a ser el mundo, tal vez con el fin de llamar la atención de las personas o bien, como testimonio de la experiencia humana en lugares donde la marginalización constante y salvaje es la norma. 

Este subgénero no tiene los típicos saltos que te dejan al borde del asiento, ni tampoco tiene a los antagonistas que siempre esperamos, muchas veces lo que vemos como horroroso en el terror social puede ser el resultado de monstruosidades más grandes que las que cometen criaturas extrañas y horrorosas de ficción, y es que lo paradójico es que dichas monstruosidades son el resultado de injusticias cometidas por gente. Lo que en un principio amenaza a la audiencia parece venir de algún universo paranormal y desconocido como sucede en el caso de las tres películas de las que hablaremos hoy, donde hay un monstruo, un misterio y una aparente aparición. Sin embargo, poco a poco notamos que el verdadero peligro nace de la crueldad o indiferencia humana. No hay suficientes demonios ni espectros que puedan emular lo dura que puede ser la realidad. Los tres ejemplos que propongo son muy conocidos y que dieron mucho de qué hablar para mostrar cómo el verdadero terror lo encarnan el machismo, el racismo y el clasismo, procesos deshumanizantes y conectados en el entramado social al que pertenecemos.

El primer caso es el de Barbarian, una película dirigida por Zach Cregger. Esta película implica en numerosas ocasiones que es peligroso vivir en un mundo machista. El argumento presenta a una mujer que alquila una casa en Detroit (una ciudad fantasma —hija damnificada del capitalismo más brutal—), donde encuentra que la casa había sido alquilada a otra persona, un hombre con el que ella no quisiera pasar la noche, puesto que no lo conoce y podría significar que es peligroso.  La implicación de que puede presentarse un abuso sexual deja a la audiencia ansiosa y presitiendo que la situación terminará ahí. Lo que termina ocurriendo es que el hombre desconocido y la mujer que está arrendando el lugar se encuentran con una criatura aterradora que vive bajo la casa. Un monstruo a quien la audiencia puede ubicar como la más inminente amenaza. Hay un catalizador importante que se presenta varias veces en la trama: el abuso a mujeres. Este es un verdadero problema social, un problema que también vemos reflejado en la constante desconfianza de las mujeres al verse en situaciones donde están solas con hombres. Ellas terminan temiendo por su integridad y a medida que avanza la trama vemos que esa desconfianza no es infundada; al contrario, se alimenta de una realidad que es espeluznante y factual. Llegamos a entender que el supuesto monstruo principal no es el más temible. Se nos revela que es el resultado de altísimos niveles de negligencia, de abuso y de soledad. La criatura tiene un progenitor: un hombre viejo que vive aislado, pero de a pocos descubrimos que ese hombre de apariencia regular y mundana ha cometido las barbaridades más atroces, ha violentado a un sinfín de mujeres que terminaron encerradas en las peores circunstancias posibles. El terror social nos señala al ser humano como el protagonista y perpetrador del horror y de la penumbra.

En Barbarian hay un señalamiento a las violencias basadas en género, al machismo y a la impunidad que prevalece  cuando esas violencias son cometidas por hombres cis blancos y con cierta movilidad económica y/o social. Creo que al ver la película , caemos en cuenta de que algo como lo que nos presentan podría pasar,  que de hecho ha pasado, solo que sin los tintes de body horror (terror corporal) que caracterizan al primer esperpento. 

No es una sorpresa ver que dos de los más grandes expositores del terror social son personas racializadas: Jordan Peele director y actor negro de Estados Unidos y Bong Joon-ho director y guionista de Corea del sur. Ambos han logrado inquietantes creaciones que han sacudido al mundo con sus fuertes mensajes. Sus obras más conocidas: Get out (¡Huye!) de Peele y Parasite (Parásitos) de Joon-ho nos llevaron por caminos espeluznantes relacionados con la crueldad e indiferencia a la que pueden llegar las personas con privilegios de raza y/o clase. Lo que más nos puede llegar a asustar del terror social es que es probable, incluso palpable. Siendo terror la exageración es clave, pero en el terror social dicha herramienta es tan verosímil que a veces más parece un retrato fidedigno de lo humano. Terminas de ver estas películas y te queda el sinsabor de que eso se siente demasiado real. 

Get out tiene como premisa el viaje de una pareja interracial: un hombre cis negro y una mujer cis blanca, quienes se presentarán ante la familia de ella como pareja oficial por primera vez. El novio, consciente de los sesgos raciales que están presentes en las relaciones sociales, se pregunta si la familia de su pareja está rodeada por personas negras y pregunta por sus filiaciones políticas. Su novia le asegura que sus padres son liberales y que no son racistas. Pero, Peele nos lleva por un viaje de microagresiones que van aumentando y que terminan por acercar al protagonista a la muerte. 

Como persona negra, entiendo lo que pretendía el director con las acciones del protagonista de Get Out, quien pasa por alto todas sus incomodidades y él mismo las minimiza al punto de llegar a una situación mortal de la que ya no puede salir. Y lo entiendo, porque cuando se experimenta el racismo en carne propia, una tiende a pasar por alto las violencias que se vuelven cotidianas ahí vemos lo más tenebroso de todo. En el caso del protagonista de Get out, no querer importunar a su novia, quien resulta ser la más grande villana, es un mecanismo familiar a la experiencia de la gente negra en relaciones interraciales con personas que no reconocen sus prácticas racistas y sus sesgos. 

En Parasite la indiferencia de las élites frente al mundo que los rodea, su desconexión absoluta con otras realidades y sus déspotas maneras de actuar las podemos ver actualmente en cualquier medio: personas con grotescas cantidades de dinero pasando por alto temas ambientales y tomando aviones con total indulgencia o comprando casas y terrenos en territorios sagrados para comunidades de pueblos originarios a quienes dejan a merced del destino cuando algo trágico ocurre en esos territorios, como vimos que pasó en Hawái, solo por poner un par de ejemplos. 

Parasite parece situarse en un realidad alterna, pero no porque el lugar sea fantástico, sino porque los protagonistas millonarios están tan ensimismados que pasan por alto hasta a la persona que vive bajo su mismo techo, sus recursos son tales que no notan ni pérdidas ni ninguna movida que los afecte directamente. Bajo sus narices, dos familias con muchas dificultades económicas pelean por vivir a la sombra en una casa exhuberante. La incomodidad en esta película es esencial para situar el miedo y que el espectador no tenga cómo escapar del hecho de que hay personas en las élites que han dejado de ver a otres como gente con necesidades y valor.

Hay muchas otras películas o series de las que me gustaría escribir. No obstante, quiero resaltar por qué este género ha tomado tanta fuerza dentro de lo mainstream, pese a la profunda incomodidad a la que puede someter a quienes lo ven. Aunque pensar en la representatividad puede llevarnos a conclusiones pesimistas sobre las comunidades marginalizadas, porque la representatividad no es un cambio en paradigmas vitales; no podemos dejar de observar que el cine sí gesta varios de los imaginarios sobre los que arraigamos identidades individuales o colectivas. 

El terror social tiene una manera muy creativa de exponer heridas, tiene la facilidad de validar que el mundo, en efecto, sí es diferente para las personas según sus intersecciones. Pone sobre la mesa el hecho de que el género, la raza y la clase son constructos arbitrarios y abominables que usamos para someter al otre a experiencias que desdibujan su humanidad o que se burlan de ella. Por eso el terror social puede tener un aspecto tragicómico, nos reímos de lo horribles que podemos llegar a ser las personas y de lo paradójico que es existir.  

COMPARTIR ARTÍCULO
Compartir en Facebook Tweet Enviar por WhatsApp Enviar por WhatsApp Enviar por email
  • Me indigna
    (0)
  • Me moviliza
    (2)
  • Me es útil
    (3)
  • Me informa
    (0)
  • Me es indiferente
    (0)
  • Me entretiene
    (0)

Autor

  • Carolina Rodríguez Mayo

    Viajera, profesora y escritora. Literata con opción en Filosofía. Especialista en Comunicación Multimedia. Ha publicado su trabajo en revistas de colombianas como Literariedad, Sombralarga y Sinestesia. Columnista de la revista Iberoamericana Afrofeminas. Fue elegida como parte de una antología de jóvenes poetas, Afloramientos, los puentes de regreso al pasado están rotos publicado por Fallidos Editores. Su poesía ha estado en lugares como la Universidad de Brown y en el podcast Gente que lee cuentos. Produce el podcast Manifesto Cimarrón donde conversa sobre negritudes, diversidad y resistencia.

    Ver todas las entradas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Artículos relacionados