July 10, 2026

El terror en tiempos de horror y fascismo

En tiempos de ascenso del fascismo, el terror permite a las audiencias explorar qué las asusta más, de manera contenida y segura, dentro de los límites de la ficción.

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“Y este pequeño hecho estridente que resuena a lo largo de la historia: la represión solo sirve para fortalecer y cohesionar a los reprimidos”.

– John Steinbeck.

El ascenso del fascismo en nuestro continente es innegable y este año ha sido evidente que nos enfrentamos a un monstruo magnánimo; estamos presenciando escenas de horror envueltas en política pública y moralismo. Lejos de escribir para ahuyentar la esperanza, haré un caso de estudio con dos de las recientes películas más taquilleras porque lo que pasa en el escenario de la cultura tiene pulso propio y es urgente entender qué nos está diciendo, que puede ser también una ruta a tomar frente al inminente autoritarismo.

No es coincidencia que las películas más taquilleras en la actualidad vengan de uno de los géneros más infravalorados por la industria cinematográfica y las audiencias, y que uno de los géneros más underground (alternativos) sea el que esté marcando la pauta de cómo presentar y hacer futuros proyectos en el cine. Katalina Watt, autora de ficción especulativa y gótica, escribe sobre la fiebre del terror de los últimos años: “La respuesta no está solo en los escalofríos y los sobresaltos, sino en la manera en que este género habla de las ansiedades del momento. En un mundo moldeado por la incertidumbre constante, el viraje político y los cambios abruptos, el terror permite a las audiencias explorar qué las asusta más, de manera contenida y segura, dentro de los límites de la ficción”. Y si bien el poder explorar nuestras emociones sin un riesgo real o una amenaza tangible puede ser poderoso, el terror ha logrado evocar conversaciones importantes en términos políticos y éticos que no se deben obviar. 

Según Variety, Obsession ha generado 60.7 millones de dólares en América del Norte y 75 millones de dólares en el resto del mundo. La producción de esta película costó menos de un millón de dólares, lo que la convierte en una de las más rentables del año. Backrooms, por su parte, cruzó la meta de 350 millones de dólares a nivel global, después de solo 37 días en las salas de cine, según publicó The Hollywood Reporter. Pero aquí lo interesante no solo es la masiva audiencia que han acumulado ambas películas; detrás de ambas producciones hay varios fenómenos que ameritan una cuidadosa observación, ya que la manera en que estas películas fueron hechas tiene un impacto en los imaginarios bajo los que se concibe que una producción será taquillera. 

Cuando hablamos del escenario cultural y lo que en este ocurre, no lo separamos del escenario político; al contrario, consideramos que ambos están entrecruzados y nos indican importantes características de las personas y sus comunidades. La represión que trae el fascismo no viene únicamente en forma de presidente electo, de policía, de ICE, de políticas sionistas, transfóbicas, anti-migratorias o de ministras antiderechos; viene con propuestas para reemplazar actores con inteligencia artificial, con protagonistas de películas que usan su fama y riqueza para defender al genocida Estado de Israel en sus plataformas enormes y muy visibles; viene con fomentar estándares de belleza eurocentrados que afirman que una persona es hermosa únicamente si es cisgénero, blanca y extremadamente delgada. No es un detalle menor que el terror el cine no solo está catapultando importantes conversaciones sobre el consentimiento y la autonomía; también está poniendo en la palestra la pregunta por la creación analógica y la pregunta por el talento actoral por encima de la fama y el número de seguidores en redes sociales. 

El diseñador de producción de Backrooms, Danny Vermette, le contó en una entrevista a The Credits que el objetivo era construir aquellos cuartos infinitos de forma física, en lugar de depender del CGI (imágenes generadas por computador). Esto resultó en el diseño de un espacio con cuatro estudios de grabación llenos de escenarios reales en los que se construyeron grandes pasillos, habitaciones, techos falsos, alfombras y paredes con papel tapiz amarillo. Hay una apuesta por lo manual; como lo dijo Danny Vermette en su entrevista, el propósito era que los cuartos se sintieran reales, físicos y táctiles. En lugar de crear un mundo completamente digital, el equipo construyó espacios en los que se pudiera caminar, subir, bajar y tocar. Y es que pensar en lo analógico como una herramienta es también poner sobre la mesa el hecho de que tecnologías como la inteligencia artificial amenazan de forma indiscutible muchos empleos y, a su vez, enriquecen a personas que siguen acumulando obscenas cantidades de riqueza. No podemos dejar de mencionar que apenas el pasado 5 de junio Elon Musk, un hombre que cree que reemplazar a las personas por robots no representa ningún tipo de problema siempre que él siga obteniendo ganancias, se convirtió en el primer trillonario del mundo.

El tema con Backrooms no solo va de su apuesta por construir escenarios y limitar la intervención digital; fue una idea que se gestó de manera poco convencional para la maquinaria hollywoodense. Cuenta Alex Taylor, reportero cultural de la BBC, que esta historia comenzó en el 2019 con una imagen publicada en el foro 4chan, que mostraba una oficina vacía con paredes amarillas y luces fluorescentes. El texto que acompañaba la imagen imaginaba a alguien atrapado en un laberinto de habitaciones vacías. Esta idea se volvió un fenómeno de internet gracias al creador Kane Parsons, quien, con solo 16 años, realizó una serie de cortometrajes en YouTube que superó los 200 millones de visualizaciones, por lo que A24 le ofreció dirigir una adaptación (una contradicción con una inversión reciente que recibió la productora, en la que no ahondaremos). No es descabellado pensar que, en definitiva, las redes sociales ocupan un lugar contradictorio en la vida de las personas, pues simultáneamente son espacios donde se democratiza la creación y el acceso a audiencias dispuestas a escuchar, ver o leer a nuevos creadores, pero hacen parte de un entramado horroroso, que no exploraremos aquí, pero que conocemos. Lo que podemos tomar de este caso es que hay poder en creer en lo análogo y en lo alternativo, hay también un poder enorme en audiencias que se cultivan con paciencia y por la efervescencia de contar una historia, nada más que eso

El fascismo insiste en quitarle dinero a la cultura desde el ámbito público, pero la cultura puede y debe buscar caminos que no sean gubernamentales para poder ser crítica del Estado y poder llegarle a las audiencias también con una perspectiva crítica y con deseo de diálogo. Esto no es excusa para que los gobiernos de extrema derecha le quiten fondos a las instituciones culturales, pero nos recuerda que hay opciones cuando se crean redes de apoyo y comunidades, incluso si vienen del mundo digital. Organizarse alrededor de la cultura es más urgente que nunca. 

Obsession también apostó por talento emergente, en especial detrás de cámaras, con el director Curry Barker, un cineasta que se dio a conocer en YouTube. En el elenco vimos a personas jóvenes con una trayectoria en ascenso y, si bien hay una decisión importante en el creer en actores que no sean ya un éxito en taquilla, lo que resaltaré de la película va de su trama, más que de su producción. 

¡Alerta de spoiler! 

Desde el inicio de la película vemos que sus protagonistas, Nikky y Bear, son viejos amigos, pero esto no es lo que realmente quiere Bear, que busca una relación romántica con Nikky; lo que pasa es que no está dispuesto a decírselo. Eso se establece desde muy temprano y a la audiencia se le da a entender que Bear, ante todo, es un cobarde. En un arranque por obtener lo que desea, le pide a un artefacto mágico que “Nikky lo quiera más que a nadie en el mundo”, esto, después de que ella le preguntara de forma directa si le gustaba y él respondiera que no, por miedo al rechazo. Tras el deseo de Bear, desaparece Nikky, y conocemos solo la versión de ella que Bear reclamó, una Nikky sin voluntad. Ella se obsesiona completamente por Bear, él se convierte en su mundo entero y nada satisface esa ansiedad de tenerlo cerca, de adorarlo, de “pertenecerle”, nada. Entonces, ocurren en paralelo dos historias de terror: desde la perspectiva de Bear, el comportamiento de su amada Nikky totalmente desbalanceado, desbordado, aterrador, por completo dependiente; y desde la perspectiva de ella, la pérdida absoluta de su autonomía. 

Lo que vuelve a Obsession una película pertinente en este momento histórico es que el verdadero monstruo no es una criatura sobrenatural, sino el deseo de controlar la voluntad ajena. El terror nace cuando el consentimiento deja de existir. Vemos la desesperación de Nikky y sus abruptos cambios cuando logra recuperar su agencia y también notamos que Bear no quiere a una persona libre que pueda elegirlo o rechazarlo, quiere una versión de Nikky incapaz de decir que no. ¿Qué desea realmente Bear? Él sabe lo que hizo, está consciente de cómo ella cambió y aun así sigue, por ejemplo, teniendo sexo sin consentimiento legítimo, insiste hasta el final en “mejorar” el deseo para su beneficio, nunca el de ella. 

Esa fantasía de obediencia y silencio absoluto no es ajena al fascismo. Toda política fascista parte de la idea de que la diferencia, la autonomía y el disenso representan una amenaza que debe ser corregida o eliminada. Del mismo modo en que Bear transforma a Nikky en un objeto diseñado para satisfacer sus deseos, el fascismo intenta moldear cuerpos, identidades y comunidades enteras para que respondan a un ideal específico de nación, género, raza o moral. El horror de Obsession no radica exclusivamente en la relación enfermiza que observamos, sino en que nos muestra con total amplitud las consecuencias de un mundo donde alguien se cree con el derecho de decidir quién puede amar, cómo debe comportarse otra persona y hasta qué punto merece algo de libertad. En tiempos en los que proliferan discursos y acciones que se proponen controlar los cuerpos de las mujeres, de las personas trans, de migrantes o de personas negras, esta película nos recuerda que toda obsesión por dominar a otra persona comienza negándole la capacidad de elegir. Algo que, en definitiva, explica por qué ha sido tan popular. 

En el panorama de hoy, el horror ha dejado de ser una exageración de la ficción y se parece demasiado a los titulares de prensa, a historias que nos cuentan personas cercanas o a escenas que presenciamos con solo salir de la casa. El terror no es simple entretenimiento, es una herramienta para leer nuestro presente y puede ser un aliado para encontrar fracturas. Porque no podemos dejar atrás un mensaje que se repite en ambos hitos cinematográficos: se debe luchar sin descanso por volver a ser libres. 

Quizá por eso este género está encontrando audiencias tan amplias, pues nos ofrece un lenguaje para nombrar aquello que muchas veces la política y el periodismo no alcanzan a explicar emocionalmente, para, desde la hipérbole, insistir en qué tan aterrador resulta perder todo rastro de agencia. Backrooms nos recuerda el valor de la creación manual, de las comunidades que nacen por fuera de los grandes estudios y de las historias que encuentran su público sin obedecer a las reglas tradicionales de la industria. Obsession nos obliga a mirar de frente las múltiples formas en que el deseo de controlar el cuerpo y la voluntad de otras personas puede disfrazarse de supuesto amor, protección o buenas intenciones. 

En tiempos en que el autoritarismo pretende uniformar la cultura, recortar sus recursos y convertir el miedo en una forma de gobierno, resulta significativo que el género que mejor esté dialogando con las audiencias sea precisamente el que enfrenta nuestros temores sin prometer soluciones fáciles, uno de los géneros más difíciles de masticar. Si el fascismo necesita silencio, obediencia y narrativas únicas, el terror contemporáneo parece responder con imaginación, riesgo y preguntas incómodas. Tal vez esa sea una de las formas más poderosas de resistencia cultural: contar historias que incomoden al poder, a la institucionalidad, contar historias que defiendan la autonomía y que nos recuerden que el monstruo nunca es solo una criatura demoníaca. Muchas veces el verdadero horror se manifiesta desde el Estado, en un supuesto amigo o en discursos que pretenden convencernos de que hay una única fe, una única forma de amar y una única forma de vernos. Aquí es donde el terror cobra más sentido, ya que reconoce que lo que es aparentemente normal es casi siempre una trampa. 

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Autor

  • Escritora y educadora antirracista. Es columnista de América Futura de El País (España), Volcánicas, Manifiesta y El Espectador (Colombia). Sus reseñas, cuentos y poemas pueden encontrarse en publicaciones internacionales como el Southwest Review de la Universidad Metodista del sur de Dallas, Purple Ink de la Universidad de Brown y la plataforma digital America Hate Us. Es autora de Arraigos (2023), y pueden leer su trabajo en publicaciones colombianas independientes como Neutrina, Ex-libris, Literariedad o Sinestesia. Hace parte de la antología Afloramientos de Fallidos Editores y ganó una mención honorífica en el XII Concurso de Poesía Eduardo Carranza.

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