
¿Por qué cada 8M me siento tan conflictuada sobre si ir o no a las manifestaciones convocadas en el marco de esta fecha, a pesar de que me entendiendo como un cuerpo trastocado por distintas formas de violencias, como las de carácter patriarcal?
Una respuesta corta yace en la memoria de mi carne travestinegra derivada de una agresión por parte de feministas transodiantes que, en el 2023 en Ciudad de México, me llamaron “hombre” y procedieron a golpearme. Pero hay otra respuesta que aún es más difícil de precisar. Y es que el 8M parece que es un espacio reducido y que en el mejor de los casos es incluyente porque, si no lo aclara, se compromete a ser contenido como una teoría/movimiento de y para mujeres cis blancas. Haciendo esta delimitación tan reduccionista y biologicista solo comprende como opresión válida y central propia de todas las mujeres en clave universal, la violencia sexista y la definición de un único sujeto “mujer” a parir del denominador común de lo que se tiene entre las piernas, es decir, si no se declara “incluyente”, estamos ante el estado original de cómo nació el feminismo: blanco, cis, colonial y esncialista.
Por lo que este feminismo, sea el más blanco y transfóbico, o el incluyente, no pone en centro la multiplicidad de fronteras que nos atraviesan en clave de raza, clase, geografía, colonialidad, capitalista, capacitista, etc, priorizando un análisis situado e imbricado de la matriz de poder en su conjunto, identificando que los sistemas de opresión no operan aisladamente, sino que forman parte de un todo. Pero el feminismo blanco ni siquiera está dispuesto a tener está conversación, se enorgullece de ser colonialista y racista. Y el más incluyente sigue priorizando el género y la mujer como sujeto y categoría de análisis, desplazando voluntaria o involuntariamente otras formas de violencias que, en muchos casos, resultan ser más letales para muchos pueblos, pensemos por ejemplo que a la mujer palestina no la matan por mujer, sino por palestina, lo que se traduce en que el colonialismo y el racismo son las opresiones principales de su pueblo, nunca entendiéndose que se puede liberar sola, empoderándose con la receta occidental del feminismo blanco.
El feminismo es un lugar donde no cabemos todas, que a muchas nos ha quedado chico y, siendo tan violenta la asfixia, algunas se han visto obligadas a ocupar otros feminismos más situados y otras nos hemos ido. Nos ha resultado violento porque el feminismo, aparte de sus orígenes blancos, ha sido territorializado en un sujeto y en la única opresión (sexista) que experimentan mujeres blancas. Cualquiera otra mirada descentralizada del sexismo y su sujeto “mujer cis” resulta vista como violenta, divisora, no propia del feminismo y en el mejor de los casos, secundaria, porque los lentes violeta son la principal herramienta de análisis para este feminismo; lentes que, en medio de la ocupación colonial, del extractivismo, de los megaproyectos, de los conflictos por tierra y territorio, de los crimenes de odio, de desapariciones, de los procesos de explotación del capitalismo racial, solo se preguntan por su sujeto mujer cis, ignorando que esas mujeres no viven solas, y tienen un color y una clase, que en muchos casos es explicada por el rol que juegan otras mujeres como opresoras. No todas las mujeres oprimidas y no todos los hombres son opresores, pensemos en Hillary Clinton o el rol de Kamala Harris y su apoyo al sionismo.
Más que ser indicador de lo “demócratico” que es el “movimiento”, demuestra que el feminismo y el 8M como proyecto ocultan relaciones de opresión, haciendo posibles que agresoras terfs y sionistas que apoyan y justifican genocidios que exterminan pueblos completos, compartan el espacio con madres buscadoras, sin cuestionar las agendas políticas de sus feminismos, siempre y cuando se trate de agendas de mujeres cis, es decir del sujeto dueño del 8M. Esto bajo la idea feminista de que el centro es la experiencia supuestamente unificadora de todas las mujeres cis, que es la del género en relación a las violencias sexistas, borrando otras formas de violencias que atraviesan a muchas mujeres, infancias y hombres trastocados por la violencia patriarcal, pero cuyas demandas en términos de raza, clase, colonialismo, precarización, resultan irrelevantes. Señalar que vivimos en un mundo donde es inexistente eso de una experiencia femenina que represente a todas las mujeres y asumir una mirada antipatriarcal, decolonial y anticapitalista, implica descentrar lo que entendemos por mujer-mujeres, por experiencia común, el rol que jugamos como opresoras de otrxs y el compromiso que tenemos con las luchas antirracistas, decoloniales y con el tercer mundo en la matriz de poder. Eso se traduciría en la imperiosa necesidad de cuestionar lo que ya han cuestionado feminismos como el negro, el tercermundista y decolonial sobre la universalidad del sujeto mujer y habilitar esfuerzos para redimensionar el combate hacia un sistema de opresión, donde el sujeto no es solamente “la mujer, las mujeres”, sino los sujetos subalternos del mundo que luchan contra una colonialidad patriarcal, racista, sexista, colonial, transfóbica y heterociscapitalista.
Esto no es menor, la exigencia es radical. Estoy hablando de que el 8M no deberia centrarse en las demandas de la mujer cis, sino en las demandas antipatricales. A veces pensamos que todo feminismo y todo sujeto mujer luchan contra el patriarcado como si de una ecuación esencial se tratara. Pero hay feminismos blancos, feminismos liberales, de Estado y feministas transodiantes que por ser todo eso, son feminismos patriarcales, a diferencia de otros. Por lo que un 8M que abraza dentro de su diversidad el racismo, la transfobia y el fascismo, menos de asunto de mujer pero no de despatriarcalización, o en el mejor de los casos, de descolonización. Esos son los feminismos que luchan por una igual participación e inclusión en todas las dimensiones del Estado y la sociedad, sin cuestionar la matriz de poder donde están pidiendo ser incluidas. Todo esto, mientras al mismo tiempo hay feminismos marginales que están hablando de otras mujeres, no necesariamente cis o blancas. Por lo que el 8M como marca registrada propia de cierto feminismo blanco y hegemónico, porque borra expriencias de violencias para sostener la universidad de su sujeto mujer, es un feminismo blanco que construye como iguales a todas las mujeres bajo una sola experiencia, incluyendo a la policía mujer desplegada por el gobierno (porque ese día solo hay mujeres policías en las calles), abrazan como hermanas a las sionistas blancas de Polanco, no considerando un tema feminista el genocidio en Palestina, cobijando a la feminista blanca de techo de cristal, a la patrona de la casa de familia y a la indígena trabajadora del hogar, en un solo relato y sujeto que es: mujer cis, dejando de señalar las relaciones de poder y violencia que ahi se reproducen. Convirtiéndose ese día en el día donde los debates son desoídos y, en el nombre de la unidad, las relaciones de poder que ejercen mujeres en mayores escalas de privilegios son ignoradas, donde se abrazan a feministas fascistas transodiantes que agreden a otras mujeres trans y travestis, tolerando por acción o por el silencio de las mujeres cis que se quedan observando las agresiones de una mujer hacia otra que es leída como menos humana y menos inteligible en la matriz cis-sexual de género. Por lo que, no es ignorancia, esta diversidad fascista es la necesaria para posibilitar hablar del 8M sólo en términos de género y feminismo, mientras se borran otras formas de opresión que nos atraviesan a muchas que no somos mujeres blancas o validadas como sujetos de derechos por la clínica y el Estado.
El 8M es cómplice de la violencia que arropa. Ha olvidado su apellido de obrera y no ha querido tampoco posicionarse frente al racismo, la transfobia, el colonialismo, el sionismo, el genocido en Palestina, la violencia localizada en cuerpos desclazados y capturados por la macrocriminalidad. Prefieren no nombrar a un 8M con un proyecto político que responda a los fascismos e ideologías ultraconservadoras antigénero y racistas, porque son parte del problema patriarcal, porque en su mayoría son feministas blancas y porque prefieren un movimiento y una conmemoración donde quepan amas y esclavizadas.
Cuando el feminismo pone en el centro la opresión de género no en términos de pluralidad de sexual y de género, que implicaría reconocer la colonialidad de cisgénero (María Lugones), sino en términos cis, lo que nos está diciendo es que en el nombre de las mujeres cis blancas desplazarán las violencias generadas por el colonialismo, el racismo, el capitalismo, el clasismo, para priorizar los problemas que quizás, a sus ojos biologicistas, comparten amas y esclavizadas. En otras palabras, la ama se opone al sexismo del amo que vive en la casona mientras es la dueña de la y el esclavizado, mientras al mismo tiempo la ama incluye en su discurso que “todas las mujeres” incluyendo su esclava son víctimas del patriarcado, el uso de mujeres aquí es engañoso porque la esclavizada no es mujer, es “hembra”, por eso hablar de “hembra” en términos humanos es racista y tiene un origen colonial. Instrumentaliza la opresión de la no humana esclavizada en cuanto “hembra” pero no “mujer”. La categoría mujer es una categoría racista. Por eso, por ejemplo, yo soy una travestinegra y no mujer. El 8M no abraza las travestis y otras expriencias racializadas de género, solo a las mujeres en mayúsculas, a las cis. Ser mujer es blanca. Solo las amas son mujeres. Y si muchas nos quedamos por fuera de la humanidad por no ser suficientemente mujeres, entonces es necesario replantear la radicalidad de estos espacios.
Entendiendo el 8M en CDMX como un grupo de feministas articuladas en un comité organizador, hacen lo mismo que hicieron las sufragistas blancas en los Estados Unidos en contextos de supremacismo blanco y linchamiento de personas negras: nombrarse solo mujer y esconder el pacto racial para no incomodar a las sufragistas esclavistas del sur. El feminismo sin apellido siempre ha convivido con la ama.
El 8M debería ir más de ser antipatriarcal, anticolonial ya que es la colonialidad de género la que posibilita la cisgeneridad y naturaliza el sexismo, porque el patriarcado tiene apellido y es blanco; y hablar de descolonización porque el colonialismo es violencia imbricada con el patriarcado y va junto con el despojo de los cuerpos y la tierra, los extractivismos y el complejo industrial militar; debería ser antitransfóbico porque las personas trans, hombres, mujeres, nbs y travestis desobedecemos los mandatos binarios de feminidad y masculinidad, y desnaturalizamos el sexo como tecnología de control político, interpelando y preguntando cómo se nos estableció en el cuerpo y qué relaciones de saber-poder (Fucó) lo hicieron inteligible. Si el 8M estuviera menos centrado en el sujeto cis-mujer, sería antisonista porque sabría que cualquier genocidio es violencia patriarcal e imperilista, si fuera antirracista estuviera con Haiti, el Congo, Sudán y Palestina como bandera. El feminismo siempre se ha olvidado de las personas negras y sujetos racializados por su fuerte compromiso en representar los intereses de las mujeres blancas. Por eso, en el 8M marchan explotadoras laborales, sionistas, clasistas, transfóbicas, fascistas, trumpistas, policías mujeres, racistas, militaristas y hasta de derecha, porque el proyecto del feminismo sin apellido forma parte del poder no cuestionado, porque lo único necesario para este feminismo blanco es saberse mujeres (cis), haciéndolo esencialista, identitario, binario, cishetero y colonial. Este es el feminismo que hace politica exterior feminista y colonial en el nombre de los derechos de las mujeres (Afganistan e Irak), siendo también un instrumento imperialista de guerra.
El 8M es lo que es, y si es posible la cohabitación entre feministas que se están cuestionando otras lógicas de opresión con feministas blancas, es porque su centro está en el género, ignorando las violencias sistémicas que atraviesan a sujetos múltiples.
No hay lucha antipatriarcal sin lucha anticolonial, y eso implica posicionarse contra el genocidio en Palestina, y no se puede hablar solo de mujeres y niñas palestinas cuando se está exterminando a un pueblo completo. Recordemos que la violación con palos por parte del ejército de Israel es una práctica de tortura sexual documentada, no solo derivada del colonialismo de ocupación, sino también del patriarcado colonial y de Israel como potencia ocupante. Abrazar una lucha antipatriarcal es reconocer que, como dice mi maestra Yuderkys Espinosa, “las mujeres no nos liberamos solas”, hay que tener demasiado privilegio para hacerlo solas. Toda liberación es posible en comunidad, porque no vivimos solas, estamos rodeadas de otras experiencias y vidas que no necesariamente son mujeres y que forman parte de nuestras redes de supervivencia, eso incluye a niños y hombres.
No todas tenemos un techo de cristal que romper solas para llegar, algunas nos sostenemos desde los márgenes y contra todo pronóstico. Por eso el separatismo es feminismo blanco. En el 8M es necesario que estén también los hombres que renuncian al pacto de masculinidad hegemónica, si somos antirracistas también deben estar los pueblos, los papás de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y de víctimas de desaparición o feminicidios. Para ser separatistas hay que ser blancas o muy privilegiadas.
Cuando una feminista me dice que se siente insegura por marchar en un contingente mixto con hombres convocados desde un proyecto político que se nombra antipatriacal, antirracista y antifascista, le tengo para decir que eso es transfobia internalizada, porque lo que está diciendo es que se siente más segura con mujeres cis, entre vulvas o con sujetos validados con carnet de ser incluidos porque pasan los permisos de “diversidad sexual y de mujer trans”. Es el mismo relato de la terf que niega el uso del baño a personas trans de acuerdo a su identidad de género, es el mismo pánico ultraconservador de creer que la masculinidad debe ser demonizada porque toda masculinidad es un peligro, porque no ven a las mujeres trans como mujeres, porque la masculinidad para ellas no es política e histórica, sino esencial y un destino del cuerpo. Entonces parece que la experiencia trans resulta relegada, ante las demandas de la cisgeneridad y el sujeto válido del 8M que es siempre una mujer cis. El separatismo no solo no es estratégico a estas alturas, sabiendo que luchamos contra una matriz de opresión, donde necesitamos que hombres, mujeres e infancias y todo sujeto sea activamente antipatriarcal, antirracista, etc, sino que es esencialismo biológico, cisgenerismo y transfobia. Es feminismo blanco, ese feminismo clásico que construye a todas las mujeres borrando su raza y clase como un grupo oprimido por su “vulva” por parte de todos los hombres opresores con “pito”. Por eso las travestis somos golpeadas y perseguidas en los 8M, porque sus bases teóricas no son sistémicas sino esenciales y terfs.
Este feminismo que convoca el 8M es un feminismo cis, por tanto un feminismo muy violento para para muchas de nosotras. El 8M trata de las mujeres cis y no de la lucha sistémica antipatriarcal, porque no comprende que el patriarcado funciona con el racismo, el clasismo y el capital, y que, como sistema, está entrelazado con otras lógicas de dominización, colonización, enegenerización, moldeando nuestros cuerpos, incluyendo al de la polícia que tortura y desaparece no solo a mujeres cis, sino a travestis y hombres barrializados y no blancos. El feminismo que protagoniza este 8M que hace un coctel de terfs, sionistas, policías mujeres, blancas que no se cuestionan su lugar en el mundo y lo hace solo porque sigue insistiendo en la violencia colonial de querer identificar una universalidad de un sujeto mujer cis como centro de la lucha, o dígase, feminismos u 8M, es un error político. Vivir en un mundo de tantas violencias simultáneas, y que solo se prioricen las violencias basadas en género frente a la matriz de dominación, es un privilegio de blancas. Es un privilegio blanco marchar por una opresión. ¿Quién tiene solo una opresión? Muchas de las que marchan, marchan solo contra el sexismo, pero muchas de las violencias que padecen solo son posibles por su racialización y clase social. Esa mirada de género, raza y clase es borrada por el colonialismo discursivo (Mohanty) del feminismo blanco.
Dejar de hablar de imbricación y solo hablar de violencia sexista y de género en un mundo racista, patriarcal, colonial, heterociscapitalista y capacitista quiere decir que los problemas que se están poniendo en el centro del feminismo y de los 8M son los asuntos de mujeres blancas, los asuntos en el centro de la agenda y a los que se tienen acoplar muchas, porque hablar de la matriz de poder en su conjunto es descubrir cómo muchas de esas mujeres, por más violencias sexistas o machistas que hayan experimentado, también oprimen a otras y son parte del problema, obligándolas a revisar sus apuestas políticas y ver la pus de sus obligados, citando a Gloria Anzaldúa.
El 8M está atravesada por una mirada colonial que es la propuesta del feminismo blanco ilustrado, reafirmando que tienen un único sujeto político que es la mujer (cis). Sostener esto a estas alturas es dejar ver la profunda colonialidad que da forma al feminismo y por defecto al 8M, lo que se traduce en ejemplos prácticos en abrazar a la sionista en cuanto mujer y cualquier otra siempre y cuando sea un cuerpo validado de “mujer real”. Esto hoy es posible mientras el análisis sea centrado en el género, sin cuestionar la matriz heterocisexual binaria de género que naturaliza a los hombres y a las mujeres como categorías biológicas y no modernas y coloniales. Mientras arbitrariamente se siga ignorando la colonialidad y la matriz de poder heterocisracial y sigamos ignorando la mirada sistémica, estamos condenadas a ver a mujeres sionistas que no solo son colonialistas, sino también feministas blancas y protagonistas por excelencia del 8M.
Esto no es algo nuevo, es la continuidad del feminismo que en sus orígenes nació blanco, burgués y racista. En la segunda Convención Anual del Movimiento de Defensa de los Derechos de la Mujer en Akron, Ohio, en 1852, mientras las mujeres blancas feministas sufragistas veían con malos ojos que una mujer negra tomara la palabra, un hombre blanco le gritó a Sojourner Truth e « ¡Yo no creo que seas una mujer de verdad!», con el apoyo de las mujeres blancas, mientras el auditorio, incluyéndolas, vociferaban que “no la dejaran hablar”. Sojourner Truth fue una de tantas que, al intentar ser humana, ser incluida, ser respetada siendo negra, tuvo que demostrar que era una mujer. Porque el feminismo blanco siempre ha sido aliado del patriarcado que naturaliza el binarismo de género. Siempre la categoría mujer ha sido reservada para las mujeres blancas. Por eso hoy, en el marco de los debates feministas y en los 8M, cualquiera que intente desplazar ese sujeto tan reducido y cis para que quepamos muchas, será cuestionado con violencia, bajo el argumento separatista de que el “el feminismo no es la madre de todas las luchas y que el sujeto político natural es la mujer”, refiriéndose a la mujer cis y blanca.
El feminismo blanco siempre ha sido un policía de género y un guardiacárcel de la doctrina social de la Iglesia. Sojourner Truth, como muchas de nosotras hoy, también se vio obligada a sacar las tetas para “demostrar” que era mujer. Porque ser mujer es una categoría racista en sus orígenes. Por eso yo dejé de insistir y abandoné el feminismo, porque estas luchas suscritas en el 8M, insisten en la unicidad de su sujeto universal mujer. Por eso pueden decir tan fácilmente que nos saquen, que no nos dejen hablar o toleran que nos golpeen en sus filas. ¿No es el cuerpo trans-travesti el primero que se encuentra bajo el ojo policíaco de la cisgeneridad que pide evidencia de lo que afirmamos ser? Sojourner Truth tuvo que recurrir, quizás inconscientemente, a validar su cuerpo con el saber colonial biologicista que definía los atributos de las amas, las únicas que podían ser mujeres, para corroborar en público que tenía una anatomía parecida a la de una mujer blanca y por tanto, era mujer. La urgencia de ser mujer de Truth era la urgencia de ser humana. Si demostraba su mujeridad comprobaba que no era esclava. Siempre ha sido un asunto de raza y no de género, y son genealogías que el feminismo del 8M ignora porque no le interesa cuestionar quiénes son en la matriz de poder.
Aunque hoy parezca mal visto sacar a las negras como nos sacan a las travestis y trans, en su momento lo hicieron, porque siempre han defendido su lugar de poder, ser iguales frente al hombre blanco. No quieren abolir las diferencias, sino lograr paridad en el poder. Por eso insistirán en solo señalar el sexismo, nunca el racismo, el clasismo o el colonialismo, porque hacerlo dejaría en descubierto que son las cuidadoras de la raza, tan supremacistas como los amos. Por eso a veces solo dicen entre dientes “que no la dejen hablar” mientras el varón que las reafirma como mujeres grita que no “parecemos mujeres”. Hoy esos son los feminicidas de mujeres trans y travestis, que ayer linchaban por defender la feminidad blanca bajo el mito del hombre negro violador.
El separatismo no se sostiene en el hecho de que la mujer/las mujeres son el sujeto político del feminismo, porque ese sujeto fue desde sus orígenes la mujer blanca, y hoy sigue siendo la mujer cis, ante lo cual muchas se han tenido que pelear para nombrarse incluyentes de otras mujeres negadas, como las trans y travestis, porque el feminismo blanco sigue naturalizando la diferencia binaria de género y produciendo el régimen heterosexual. Por eso decía Monique Wittig que las lesbianas no eran mujeres, porque el análisis no defendía un sujeto mujer sino sujetos en términos de prácticas sociales y de género. El patriarcado está fusionado en la matriz de dominación (Hills Collins), por lo que cualquier teoría y movimiento político debe estar articulado para dar respuestas múltiples desde sujetos múltiples a problemas más amplios que un cuerpo y una identidad. Si hablamos de sujeto deberían ser varios. Y si la ama no quiere desplazar sus intereses para priorizar los colectivos, entonces quizás para muchas como yo, el feminismo ya fue. Eso no significa que no sea antipatriarcal, porque a diferencia del feminismo blanco que se concibe fracturado, a mi me atraviesa la violencia patriarcal como efecto de la herida colonial.
Este 8M, como siempre, soy un cuerpo insuficiente para el movimiento. Siempre el feminismo será violento para las travestisnegras, porque es cis y blanco por nacimiento. Este año intenté ser parte de un espacio con gente valiosa pero feministas en su mayoría, es decir, convencidas de que el sujeto del 8M es la mujer, acercándose al análisis de poder de manera fragmentada, sin lograr ver la necesidad de abrazar un movimiento no separatista y múltiple, no esencializado en la identidad mujer (cis). Este año quise estar porque creo en la disputa política y en no guardar silencio, creyendo en el joder como una forma de frustar los planes de la blanquitd. A pesar de esto, me topé con que, aunque usamos como definición ser antirracistas, antipatriarcales, antifascistas, decoloniales y pro Palestina, sí había un sujeto en el centro de esta articulación y era la mujer cis. Al cuestionar y llamar el separatismo como parte del feminismo blanco y por ende esencialista, vi la imagen de la travestinegra que otra vez le tiene que explicar a la mujer cis la importancia de asumir con radicalidad lo decolonial, que implica no tener una sujeto mujer sino varios, pero también vi la necesidad de tener conversaciones y debates políticos más allá de la coyuntura logística de organizar un contingente para una marcha. Me percaté de esa necesidad porque recibí del grupo la reprenda de tener el tiempo arriba para tener estos debates y que lo urgente es llegar al 8M, esto aunado al comentario de un feminismo cis: “no me siento segura marchando con hombres”, como respuesta a la pregunta: si somos pro Palestina ¿qué haremos con los varones antionistas antirracistas que lleguen a nuestro contingente? Esta pregunta se quedó sin respuesta, pero demuestra que todo lo que se articula desde el feminismo blanco y el 8M está tinado de separatismo blanco, que solo construye puentes con las amas y destruye coaliciones con otros sujetos condenados por el racismo, el colonialismo, la violencia, víctimas del mandato de masculinidad, el clasismo, etc, pero que no son mujeres.
Lo que esta situación demuestra no es lo evidente, sino lo oculto. Hay un feminismo abiertamente transfóbico, blanco, separatista, biologicista, colonial y no incluyente, cuyo sujeto es verificado por su policiamiento de género, revisando qué se trae entre las piernas. Lo oculto, es que el 8M está tan capturado y territorializado por la razón feminista eurocentrada (Yuderkys Espinosa), que hasta cuando se nombran transincluyentes, antirracistas, decoloniales y propalestina, son mujeristas y mantienen en el centro la opresión de las mujeres basadas en género, haciendo de estas enunciaciones un accesorio y provocando que, conciente o inconcientemente, sean separatistas. Son antirracistas pero no pueden llegar hombres negros antipatriarcales, son pro Palestina pero no pueden llegar varones propalestina o palestinos antipatriarcales, etc. La intersección tiene límite, y es el sujeto mujer. Esto es un error político grave. Por eso el feminismo termina fracturando movimientos y coaliciones imbricadas en el análisis y lucha contra la matriz de poder, porque aunque abracen el apellido “interseccional” lo hacen con límites y sosteniendo la base del feminismo blanco: mujeres oprimidas y hombres opresores. Les resulta más fácil abrazar a una mujer blanca burguesa que aun hombre negro empobrecido. Este feminismo es violento.
El separatismo solo es seguro para las blancas. Solo es seguro para las cis. Por más que nos cueste, es urgente que aceptemos que la lucha es imbricada, porque la derecha conservadora también lo es. Políticos, empresarios millonarios, supremacistas blancos, neonazis y fundamentalistas de la iglesia, incluso hasta lesbianas como Alice Weidel, dirigente del partido de ultraderecha Nueva Alternativa para Alemania, saben unirse cuando se trata de conservar la colonialidad del mundo. El separatismo basado en género es un privilegio de las feministas blancas, porque oculta su raza y clase. Yo me puedo sentir insegura marchando con mujeres cis, porque de ellas es de quien he recibido los golpes, pero admito que no todas y por eso seguiré construyendo amistades y afectos con mujeres cis, porque el enemigo es el patriarcado transfóbico colonial y no concretamente as mujeres cis, los sujetos. Aunque me resulte complicado construir con personas blancas, seguiré sosteniendo que es necesario que la gente blanca sea activamente antirracista y que digan, como hizo la abolicionista blanca Angelica Grinke: “a mí identifíquenme con los negros”, como una postura ética de oponerse a la institución de la esclavitud. Cualquier separatismo es un error político y el 8M se cimenta en él, porque solo así sostendrá la cisgeneridad y el sexismo en el centro. El falso nexo entre la ama en la casona y la esclavizada en la cabaña, mientras ignoran otras formas de dominación intersectada con el patriarcado blanco heteroCISracial que gobierna el mundo como modo de vida moderno.
Es importante hacernos la pregunta de si es conveniente el separatismo feminista o si el separatismo es una estrategia útil en cualquier otro movimiento – teoría, y a quién le funciona. Mi respuesta es no, no es conveniente y estoy convencida como travestinegra de que la lucha y resistencia contra los sistemas de opresión debe ser una apuesta des-esencializada. Si bien es cierto que, derivado de quienes somos, experimentamos ciertas situaciones en carne propia, tenemos un compromiso distinto. Pero también es cierto que la lucha nos ha demostrado que la colaboración, la indignación colectiva y la solidaridad entre grupos subalternos o que se consideran críticos a las relaciones de poder que generan violencia en el mundo, es necesaria para asumir una postura no neutral y activa ante esa violencia, porque mantenerse al margen frente al genocidio, al racismo, al sexismo o cualquier otra forma agresión, es ser parte del problema y siempre será conveniente a la estructura. Es importante entender que el violencia feminicida, transfobica racista, capacitista, etc, no es asunto solo de quien la padece, sino es un tema de todxs. La esclavitud no es asunto del amo y el esclavizado, sino también de la sociedad que la tolera. La epidemia de crímenes contra disidencias sexuales y mujeres no es solo un tema de mujeres y marikas, sino de la sociedad que ha normalizado y aceptado esa violencia letal. Que pensemos que cada grupo tiene su nicho y su opresión es parte de la estrategia de la matriz de poder para mantenernos aisladas e incluso enfrentadas. Por eso veremos como un logro del patriarcado-heterocis-capitalista aquella imagen donde terfs agreden a travestis, ahorrándole el trabajo represivo al Estado y sus aparatos ideológicos coloniales.
Esta mirada fragmentada de acercarnos y ver las luchas, todas inscritas en el capitalismo, en los procesos de explotación y saqueo del tercermundo, heterocispatricales, racistas, coloniales, capacitistas, de manera separada, cada quien con su sujeto construido unívocamente en clave universal, es un error político por su carácter esencial, pero sobre todo es un error de análisis, porque a nadie le atraviesa un solo vector de opresión. Las mujeres nunca son solo mujeres, por eso no todas son iguales y muchas pueden oprimir a otras. Las travestis no solo experimentan transfobia, tienen raza, clase, discapacidad, y así pensemos en las obreras, las explotadas, las gordas, pensemos en lxs niñxs, pensemos en los palestinos, en los haitianos, en los migrantes. Es un error de análisis político pensar que las mujeres son un grupo homogéneo dotado de una sola experiencia común de opresión frente a todos los hombres. La realidad es que, para muchas de nosotras, nuestras mayores opresoras no han sido hombres, sino mujeres. Esto no se concluye diciendo que todas las mujeres son “malas”, sino que, en el patriarcado, que no opera aisladamente, no todas las mujeres son víctimas, por su rol y posición en otros sistemas de opresión. Nuestra lucha es contra todas las formas de poder y sus relaciones, y no contra las personas, a menos que hablemos de Trump o Milei que personifican y encarnan el poder, esos necesitan visitar el infierno pronto.
Hay que cuestionar la agenda del feminismo que se escribe solo en clave de género y que deja a muchas afuera, quizá escribir otra antipatriarcal en clave contra-colonial, anti-heterocispatriarcal, anticapitalista y situada en fronteras nos permitará saber con claridad que es preferible marchar con un palestino que con una Hillary Clinton, porque el cuerpo no nos salvará de nada, estar rodeadas de vulvas no se traduce en lugar seguro para todas. Me pregunto, ¿qué tan segura está la trabajadora racializada del hogar marchando junto a su patrona?. Nos merecemos preguntas incómodas que pongan en jaque el esencialismo de nuestros movimientos y nos lleven a posturas realmente solidarias contra el patriarcado, no separatistas entre oprimidxs y confrontativas con los opresores que pueden ser hombres y mujeres. El patriarcado también se materializa en mujeres, gays y lesbianas blancas sionistas, que ante la evidencia del genocidio prefieren hablar por el amo.
No olvidemos que en la casona de la plantación, no solo había amos, sino también amas. El antirracista no se detiene frente a la opresora, sino que la combate. Hoy deberíamos preguntarnos, quienes son las amas de nuestros tiempos.
Un 8M sin Palestina en el centro es feminismo blanco. Sin los pueblos libres no hay libertad para las mujeres. No hablemos solo instrumentalmente por la libertad de las palestinas, sino por la liberación anticolonial de los pueblos. Hasta que Haití, el Congo, Sudán y Palestina como pueblos, hombres, mujeres e infancias no sean libres, tampoco lo seremos nosotrxs.
¡El separatismo ya fue!