May 15, 2026

La academia de violación antes de Internet: sumisión química en los 2000

Una periodista salvadoreña recuerda cómo le pusieron algo en la bebida, en una fiesta del Día del Periodista, hace más de 20 años.

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Mi mamá siempre fue sabia. Casi una pitonisa. Sus facultades clarividentes eran casi infalibles. Pocas veces se equivocó en lo que decía. Lo malo es que, incluso si se equivocaba, la verguiada no te la quitabas de encima. Bajo su régimen solo ella tenía la razón. Nadie más.

Sus consejos —verbalizados en forma de amenaza, la mayoría de las veces, o de advertencia— te daban herramientas para sobrevivir. No recuerdo cuántos años teníamos —ella y yo— cuando me advirtió que nunca aceptara la bebida de un hombre. Ni agua. Me contó que durante su juventud, los hombres drogaban a las mujeres para violarlas. Sinceramente, no recuerdo si ocupó el término “violación”, pero si que su explicación fue clara sobre lo que podría pasarme si aceptaba la bebida tanto de un extraño como de un conocido. 

De nuevo, mi mamá era casi una pitonisa. La primera vez que sospecho que alguien colocó algo en mi bebida fue para una fiesta del Día del Periodista Era una fiesta organizada por colegas del periódico en el que trabajaba entonces. Era la segunda fiesta, organizada por compañeros y compañeras de ese trabajo, a la que yo asistí. En la primera me puse algo cabezona; bailé, sí que bailé. Y me divertí, sin mayor percance. En la segunda, después de tres tragos, terminé —auxiliada por tres amigas y colegas— vomitando en un baño del local donde se realizó el convivio. Me llevaron al vehículo del entonces editor de la sección judicial y me dejaron en el asiento del acompañante del conductor. Caí dormida. En un par de ocasiones, ellas fueron a preguntarme cómo me sentía y a monitorearme.

Desperté cuando alguien arrancaba el motor. Un tipo que, hasta donde recuerdo, estudiaba derecho y trabajaba en la Corte de Cuentas. Él había buscado contacto visual conmigo durante toda la noche. La forma en que me miraba me hacía sentir incómoda. Al subirse al vehículo, me dijo que fulano de tal estaba preocupado por mi situación y le había pedido que me llevara a una gasolinera para comprarme bebidas hidratantes. Yo apenas podía moverme. Intenté marcarle a una de mis amigas que, además de ser colega, era mi roommate. No pude ni sostener bien el teléfono cuando cayó sobre el piso del vehículo y la batería se soltó. Era un Ericsson T28. En ese momento me percaté de que sentía mi cuerpo muy pesado. Al sentirme vulnerable, empecé a llorar. 

A pesar de que perdía el conocimiento por tramos, cuando lo recuperaba, le pedía que parara o que regresáramos. A pesar de mi estado, reconocí la calle que sube del estadio Cuscatlán hacia la Texaco Loma Linda cuando detuvo la marcha. Reconocí esa calle porque había vivido en esa zona durante mucho tiempo. Recuerdo mi incapacidad física: no podía moverme. Nunca en la vida he sentido mi cuerpo tan pesado. Recuerdo cómo se acercó y comenzó a besarme en la boca: una de sus manos sostenía mi cuello, mientras la otra movía mi cachete derecho para tener mi rostro de frente. Y yo solo lloraba. También me percaté de que su teléfono no paraba de sonar. Le llamaba otro de los editores del periódico, el que supuestamente le había pedido llevarme a la gasolinera. 

Finalmente, ese hombre que me privó de mi libertad por un tiempo que nunca sabré cuantificar, arrancó de nuevo. Paró en la gasolinera, se bajó a comprar Gatorade y me lo dio de beber. También me dio agua. Me dijo que era importante que me hidratara. Ni eso podía hacer por mí misma: agarrar una de esas botellas plásticas y beber agua. Después de eso, volvió a besarme. Yo cerraba los labios. Tenía las mejillas llenas de lágrimas y los labios porque no paraba de llorar. Entonces me dijo algo así: “Estamos preocupados por tu situación, ya no llorés, todo saldrá bien”. Le pregunté a cuál situación se refería y le pedí por enésima vez que me regresara a la fiesta. Le recordé que él no me conocía para estar preocupado por mí. Le dije que mis amigas seguramente estaban preocupadas y que por eso su teléfono sonaba tanto. 

Decir que tenía miedo es poco: estaba petrificada, literalmente petrificada, porque algo que pusieron en mi bebida me impedía movilizarme. Supongo que vomitar fue lo que me permitió tener claridad de pensamiento ante la situación, aunque en ese momento me costaba estar totalmente despierta: mis ojos se abrían y se cerraban. Se abrían y se cerraban: intermitentes como las luces del semáforo o, mejor dicho, como el movimiento suave de los cricos sobre un parabrisas mientras la lluvia es leve. Creo que mi única herramienta disponible era llorar y por eso no paraba de llorar.

Cuando finalmente regresamos al local, ubicado sobre el Paseo General Escalón, la fiesta se había acabado. La única persona que estaba era el dueño del vehículo. Cuando este iba a dejarme a mi casa, seguí llorando. Le conté lo que pasó y guardó silencio. No dijo absolutamente nada. En mi cabeza, en ese momento, mi mecanismo de defensa era no parar de hablar y llorar. Sinceramente, tenía miedo de haber cambiado de agresor, pero sentí una gran paz cuando vi que me llevaba a mi casa. A la casa que entonces compartía con otras dos colegas. Recuerdo que al día siguiente, o el mismo día durante la tarde cuando le conté a una de ellas, me hizo sentir culpable: me dijo que si no sabía beber, ¿para qué bebía? Regañada quedé. La otra lo hizo chiste: Un besito a nadie se le niega, me dijo.

Pasé la resaca con una gran goma moral. Le conté lo sucedido a mi mejor amigo, quien estuvo un rato en esa fiesta y bebió la misma cantidad de tragos que yo, aunque claro, no es lo mismo ser ladrillo seco que principiante etílica. Él llegó a mi misma hipótesis: en mi bebida colocaron algo. 

A partir de esa experiencia, intenté ser más cautelosa. A la siguiente fiesta que asistí, en una casa de este mismo grupito (cualquiera se preguntará ¿y para qué fuiste?), llevé mis bebidas y no las descuidé: las andaba cargando en la bolsa de la gasolinera. Llevaba bebidas sin alcohol. Tenía claro que no podía confiar en esas personas, pero quería demostrarles que podía cuidarme sola. Siempre he creído que soy más lista; craso error. El tiempo te hace madurar y reflexionar: 20 años después de este suceso, sé que no debo demostrarle nada a otras personas ni intentar encajar con gente con la que no tengo nada en común, aunque parezca que sí tenemos algo en común, como ser periodistas. O ser feministas, por ejemplo.

Sinceramente, creo que salí ilesa de milagro. Las anécdotas de colegas que habían amanecido en la cama de equis sin acordarse cómo habían llegado ahí y menos con esos hombres, me hacían reforzar mi hipótesis de que a las mujeres les colocaban algo en las bebidas para luego tener sexo sin consentimiento– con ellas. ¿Cómo vas a consentir el sexo si estás dormida? ¿Cómo consentiste el sexo si cuando te despertaste, lo primero que te preguntaste es cómo llegaste a esa cama, por qué estás sin ropa y te sorprende ver a ese hombre con quien nunca se te pasó por la cabeza acostarte, dormido a la par tuya?

Hoy tengo casi 52 años y lo que viví aquella noche tiene nombre y tiene larga data. No es una rareza ni una mala suerte individual. En el 2024, el caso de Gisèle Pelicot le mostró al mundo algo que mi mamá ya sabía cuando yo era niña: los hombres se organizan para esto. Se ponen de acuerdo, comparten técnicas para sedar a las mujeres y violarlas. El término es sumisión química. En esta época, crean grupos en plataformas virtuales (Dark Web, por ejemplo) e incluso en aplicaciones de mensajería para compartir esta información y donde se felicitan mutuamente. Lo que parecía el acto solitario de un hombre ha sido siempre, en realidad, un pacto entre ellos.

Dominique Pelicot no actuó solo: reclutó a más de 70 hombres, la mayoría desconocidos, a través de un chat llamado “Sin su conocimiento”. Cuando lo condenaron, mucha gente pensó que era el fin de esa red. Pero no lo era. Una investigación de CNN publicada en marzo de 2026 encontró que esas redes simplemente se mudaron: a Telegram, a sitios pornográficos, a grupos cifrados donde casi mil usuarios intercambiaban consejos sobre qué sedantes usar, en qué dosis, cómo no dejar rastro. Donde filmaban y transmitían en vivo las agresiones a sus parejas dormidas y cobraban por el acceso. Lo llamaron, sin pudor, una academia de violación.

Los datos específicos de sumisión química prácticamente no existen porque es uno de los delitos más subregistrados. Las víctimas frecuentemente no saben que fueron drogadas, no se hacen pruebas a tiempo o no denuncian. Muchas veces ni saben que fueron violadas, como en el caso de Pelicot; sin embargo, en Inglaterra y Gales, la proporción de mujeres registradas como agredidas sexualmente mientras estaban inconscientes o dormidas aumentó del 21 al 23 % en la última década, de acuerdo con la investigación de CNN. Y eso es solo lo que se registra. Lo que no se registra tiene otra explicación: la complicidad. Rita Segato, antropóloga y feminista, lo explica con claridad en una entrevista publicada en El PAÍS: en un crimen sexual, la figura central no es la víctima, son los lazos entre el agresor y sus pares. Lo llama la “corporación masculina”. 

El hombre que esa noche me encerró en ese vehículo, aparentemente, no actuó solo. En sus palabras, alguien le “encargó” llevarme a la gasolinera para hidratarme. El dueño del vehículo tuvo que prestarle las llaves para que me llevara. Su teléfono no paraba de sonar, y cuando finalmente regresamos, el dueño del vehículo no dijo absolutamente nada. El silencio también es parte del pacto. La lealtad entre los miembros de la fratría, dice Segato, es lo que sostiene que el mundo no cambie. Y tiene razón: esa corporación existe desde antes de Internet. Existía cuando mi mamá era una adolescente. Existía en esas fiestas de periodistas a finales de los noventa e inicios de los dos mil. La única diferencia es que ahora tiene grupos de Telegram, páginas de Facebook y sitios pornográficos donde se organizan, comparten videos y se enseñan mutuamente las técnicas.

Segato también dice que los hombres tienen que desobedecer ese mandato, burlarse de él, desmontarlo. Que tienen que aprender a tener relaciones entre ellos más verdaderas, más vinculares. Que la reflexión y la palabra son lo que cambia al mundo. Puede que tenga razón. Pero mientras eso ocurre —si ocurre—, mi mamá nunca leyó a Segato y ya sabía exactamente de qué corporación me estaba advirtiendo. Me lo dijo cuando yo era una niña.

Aquella noche, yo tenía 29 o 30 años y experimentaba mi libertad por primera vez. Era una adulta joven. Compartía casa con dos colegas. Era independiente. A las únicas fiestas que había asistido antes era a las de 15 años. Mientras estudiaba la carrera de periodismo y trabajaba, tuve alguna libertad: fui como cinco veces a una discoteca y a las fiestas navideñas de los lugares donde trabajé. Cuando me pasó esto, podía salir “sin pedir permiso”, sin reportarme con nadie. Por vez primera pude ir a un cerro y dormir a la intemperie. Ir al cine, ir a bares, al teatro, a conocer otros municipios. Me volví bastante sociable porque quería encajar. Al final, en eso consiste ser parte de una sociedad, pero convivir bajo normas comunes siendo mujer significa para algunos hombres —no afirmaré que la mayoría, aunque creo que así es— que sos un objeto o un trozo de carne disponible a su antojo.

Mi mamá nunca se ha nombrado feminista, pero siempre me describió las reglas del juego patriarcal y machista cuando sos mujer: me enseñó a ser independiente, a valerme por mí misma, a ser orgullosa y cautelosa. Desde temprana edad, aprendí la importancia de estudiar y ganarte tu propio dinero. Y que no podía ni debía confiar en los hombres. Sus herramientas para la vida me convirtieron en insumisa. O quizá, también, ya estaba en mi ADN. 

Lo que siempre lamenté y siempre me molestó es que se me educara para estar alerta, para tener cuidado, bajo la premisa de que era responsabilidad mía todo lo malo que pudiera ocurrirme, nunca era responsabilidad de los hombres. O por lo menos así lo interpreté: si te vestís así, si salís de noche, si aceptás una bebida, si le sonreís a ese hombre, si decís malas palabras, si te comportás de tal manera, te van a violar. Ah, y nadie te va a tomar en serio, van a hablar mal de vos –cierto–. La retahíla cerraba con: nadie se va a querer casar con vos –¡qué gran perdida, por la diosita!–. 

Esta vez quiero contar que no se equivocó con lo de las bebidas. De hecho, esta misma situación me volvió a pasar años después en una cena de cumpleaños. Esa vez nos colocaron algo en la bebida a mi roommate y a mí. Solo nos tomamos una cerveza cada una y estábamos noqueadas, pero mi organismo es tan sabio que se expresó nuevamente en forma de vómito y les aguó la fiesta a ese par de jóvenes que quisieron pasarse de listos con nosotras, bajo la complicidad de diez personas, en su mayoría hombres. También le ocurrió a una de las instructoras que tenía en la universidad cuando yo era docente a tiempo completo: un par de hombres se sentaron en la mesa que ella compartía con una amiga, le colocaron algo en la cerveza. Mientras esperaba que uno de sus hermanos fuera a recogerla, se encerró en el baño porque comenzó a sentirse mal. Me llamó para contarme todo y cómo se sentía: su cuerpo comenzaba a dormirse. Le recomendé vomitar. Seguimos conversando hasta que su hermano entró para auxiliarla.

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Autor

  • Periodista, editora, facilitadora de procesos formativos y consultora en comunicación estratégica, género y derechos humanos en El Salvador. Fue directora editorial de Alharaca y ha participado en la cocreación e implementación de protocolos de seguridad y cuidados para equipos periodísticos, incluyendo la incorporación de enfoques de seguridad digital, seguridad física y prevención de violencia digital basada en género, a través de procesos participativos, talleres y articulación con personas expertas.

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