June 19, 2026

“Colombia: Fábrica de niños trans”, el rebranding de un pánico moral en tiempos electorales

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Hijo, ¡les quieren hacer cambio de sexo a los niños! Dios mío, ¿qué vamos a hacer?” No eran ni las 8 de la mañana y yo nada más suspiré. Apagué el fogón donde prepararía mi chocolate y me senté a escuchar a mi madre un rato. Ella estaba acelerada y le expliqué, de manera tranquila, por qué lo que me decía sonaba más a información falsa con fines políticos que a un verdadero esfuerzo por proteger a la niñez colombiana. 

Resultó que una de sus amigas le habló del ‘documental’ Colombia: Fábrica de niños trans y le dijo que, si Iván Cepeda ganaba las elecciones presidenciales, iban a forzar a las infancias a ‘cambiar de sexo’. ¿De qué se trataba esto? 

Fue así como decidí, con mi chocolate y pan, darle play a esta pieza de contenido y me desayuné 51 minutos de hechos y datos no comprobables en ninguna esquina del internet. No me sorprendió ver rostros conocidos ni el desfile de información falsa, pero sí me alarmó la manera en que este video logra alterar la realidad, manipulando a audiencias masivas para sumarse al proyecto político de la ultraderecha, liderado en Colombia por el candidato presidencial Abelardo de la Espriella. 

¿Documental o fábrica de desinformación para audiencias masivas? 

El documental Colombia: Fábrica de niños trans debe ser entendido como parte de una estrategia política amplia que busca la represión de comunidades minoritarias. Características como el uso de argumentos basados en información falsa, la fabricación de enemigos externos (en este caso, las personas trans) y el uso de lenguaje extremista indican que esta producción se adhiere a discursos globales de la nueva derecha que se han esforzado por contar su propia versión de la historia, en la que la lucha por los derechos humanos es una amenaza para la sociedad y el bien común. 

Este ‘documental’, publicado en YouTube por la cuenta de Samuel Adrián, un influencer mexicano con más de un millón de seguidores, ya acumula más de 2,7 millones de reproducciones. Su argumento principal es que en Colombia se libra una guerra cultural impulsada por la llamada ‘ideología de género’ que, junto con las farmacéuticas, está forzando, en secreto, a menores de edad a someterse a procedimientos quirúrgicos para ‘cambiar su sexo’. Según una de las personas entrevistadas en el documental, Jonathan Silva, estas compañías quisieron hacer este negocio en Europa, pero al no funcionarles, volcaron su atención a América Latina y empezaron a financiar movilizaciones y promoción de contenidos LGBTIQ+. Una afirmación de la que no existe evidencia alguna. 

Aunque se presente como una denuncia de supuestos tratamientos experimentales a menores, el ‘documental’ forma parte de una estrategia de control narrativo en la que la identidad trans se usa como chivo expiatorio en un esfuerzo por difundir una versión distorsionada de la realidad, que iguala el avance de los derechos de las comunidades LGBTIQ+ con promover la guerra. De así serlo, viviríamos en un mundo en el que la supuesta ‘ideología de género’, gran fuerza malévola, estaría convirtiendo a todas las personas en trans. Si un día vas al médico por un dolor de cabeza o porque no te sientes bien anímicamente, puede que el diagnóstico sea: eres trans, y de la nada estás en el quirófano porque te van a hacer una vaginoplastia o alguna otra cirugía de reafirmación de género. Incluso, puede que un día regrese tu hijita del colegio siendo ahora tu hijito porque ese día hubo jornada de ‘cambio de sexo’ en el colegio y no leíste la circular. 

El ‘documental’ continúa afirmando que la industria de cirugías de reasignación de género está valorada en 2,1 billones de dólares, y que el 78% de estos procedimientos se realizan en menores de 7 años. Esto, como sucede con la mayoría de los datos presentados, es falso. Si bien es posible comprobar que el tamaño de la industria es similar al del video, no hay indicios de que 8 de cada 10 menores de 7 años se sometan a cirugías de ‘cambio de sexo’. Incluso, este estudio del 2019 en Estados Unidos indica que la cantidad de menores de 12 años a quienes se les practicó una cirugía de reasignación de género es de 0 por cada 100,000 personas. 

Aunque existen testimonios y organizaciones de la sociedad civil en América Latina que han creado programas de acompañamiento para las infancias trans, podemos decir que esta población es una minoría, lejos de representar el 80% de las personas que acceden a cirugías de reafirmación de género. ¿Será esta una amenaza real o más un enemigo fabricado? 

Utilizando lenguaje bélico y efectos sonoros de película de terror, el ‘documental’ expone datos infundados como que el “contagio trans” se esparce por las redes sociales y está poniendo en riesgo a las infancias. Además, que la disforia de género, un término que se ha utilizado para ‘diagnosticar’ a las personas trans, que se refiere al malestar experimentado cuando la identidad de género de alguien no corresponde al género asignado, se da como consecuencia de episodios de violencia sexual infantil o “por estar en desconexión con Dios”, y debe ser tratada afirmando el ‘sexo biológico’, en lugar de aproximaciones terapéuticas que afirmen el género autopercibido de la persona. 

Esta estrategia contemporánea, exacerbada por las plataformas de contenidos digitales, de utilizar la desinformación y el pánico moral para imponer una única lectura del mundo, ha sido ampliamente utilizada por movimientos de ultraderecha. En estos contenidos, como sucede en Colombia: Fábrica de niños trans, se promueve un único modelo de vida conectado al esencialismo biológico, a las estructuras de familia tradicionales y a los valores religiosos. Cualquier expresión que no quepa dentro de esta categoría es representada como un ataque del que “nos debemos defender”. Así, movimientos sociales conservadores que difunden el mensaje «Con mis hijos no te metas» han sido estudiados en profundidad para demostrar cómo la niñez es utilizada como arma para justificar el ataque a los derechos de género y diversidad. 

Sin embargo, la persona promedio que consume este tipo de contenido no va a detenerse cada dos minutos a verificar si lo que está escuchando es verdad o no. Por el contrario, antes de cuestionar lo que ve, ya estará experimentando una profunda rabia e indignación hacia los colectivos LGBTIQ+, retratados como “depredadores” que “se están metiendo con nuestros niños”.

El ‘documental’ logra crear una guerra ficticia y movilizar pánico moral con herramientas discursivas que obligan a la audiencia a escoger entre dos extremos: apoyar la ‘ideología de género’ que está matando a niños en Colombia, o proteger la niñez. Por ejemplo, según una de las personas entrevistadas, dar terapia afirmativa a una persona trans sería como “darle un cuchillo en la mano”. Instrumentalizar a la niñez así es maquiavélico. Por supuesto que nadie querrá que le hagan daño a un menor, jamás. Es un acuerdo social al que hemos llegado, y me atrevo a decir que es casi un sesgo apoyar cualquier pieza multimedia que denuncie una situación de maltrato infantil. 

¿Cómo defendernos de esta ‘amenaza’ fabricada? El video indica, sin dar fuentes, que “hay muchas clínicas que están hormonizando a menores en Colombia” y hace un llamado al cierre de la unidad de género de la Clínica Valle de Lili, en Cali, Colombia, y a la remoción del Dr. Mario Angulo, director del programa conocido por dar tratamiento de acompañamiento médico a personas trans; nada más que no se indica una estrategia de movilización clara y legítima. 

Si alguien viera este documental como una pieza aislada y bienintencionada, podría llegar a pensar que Samuel Adrián es el verdadero salvador de la niñez en Colombia. Pero, además de incitar al odio y a la rabia contra las personas trans y las comunidades LGBTIQ+, el ‘documental’ no propone un cambio específico. Entonces, ¿para qué hacer una producción audiovisual que denuncia una situación que no existe, utilizando cifras falsas, sin un llamado claro a la acción? Es acá que ampliamos la visión. 

Los esfuerzos de amnesia colectiva de la ultraderecha 

Samuel Adrián es el fundador de Fundamento y de Hombres con causa, una plataforma de contenido que busca ayudar a hombres a superar su adicción a la pornografía. Acumula 668k seguidores en Instagram y dice haber dedicado los “últimos años a analizar problemáticas sociales y tendencias culturales desde una perspectiva basada en valores y virtudes”. 

Samuel, a quien le preocupa tanto la niñez de Colombia como que Abelardo de la Espriella sea el siguiente presidente del país, es una figura influyente dentro de un círculo de creadores de contenido que se han encargado de instalar la idea de que estamos en una “guerra cultural”. A esta narrativa, la verdadera ideología, pertenecen personalidades prominentes como el mexicano Eduardo Verástegui y el actor colombiano Pedro Pallares. 

El ‘documental’ también presenta rostros conocidos por sus posturas ultraderechistas como la senadora Lorena Rojas, el representante Luis Miguel López, Camila Rojas, Jonathan Silva y Liliana Castañeda. Así como Adrián, estos personajes han crecido sus audiencias en las plataformas digitales compartiendo mensajes que atacan el avance de los derechos de género y LGBTIQ+, mostrándose ante sus públicos como quienes están salvándonos de la “guerra cultural” que, una vez más, ellos han inventado. 

Para el 2022, junto con varias organizaciones activistas, lideré una campaña para visibilizar ante el país entero que en Colombia se seguían practicando los Esfuerzos de Cambio de Orientación Sexual, Identidad y Expresión de Género (ECOSIEG), mejor conocidos como “curas gay” o “terapias de conversión”, y que se necesitaba una legislación para prevenir este tipo de tortura. Nuestra campaña logró que se presentara el proyecto de ley Inconvertibles y, gracias al apoyo de cientos de miles de personas y los medios de comunicación, avanzó hasta el debate en la comisión primera del Senado, el tercero de cuatro para convertirse en ley. 

Durante esa época, empezamos a ver a figuras como Jonathan Silva y Camila Rojas ganar más fuerza en sus esfuerzos de incidencia. Mientras las organizaciones LGBTIQ+ nos respaldamos en investigaciones y cifras actuales, además de estudios realizados por el Centro Nacional de Memoria Histórica evidenciando la violencia estructural que viven las personas LGBTIQ+ en Colombia, el bando opositor recurrió a utilizar información falsa difundida en redes y en panfletos pobremente diseñados durante los debates, diciendo que la ley buscaba esterilizar a las infancias, y que la disforia de género es “un problema serio de salud mental”. 

A pesar de la precisión metodológica con la que los testimonios y los argumentos fueron presentados, los esfuerzos desinformativos de estos personajes lograron que se archivara el proyecto. Lamentablemente, nos enfrentamos a un momento en el que los datos falsos se enfrentan, con la misma legitimidad, a información veraz y comprobada. Como dice Julia Ebner en su libro Radicalización de masas, “Las realidades fuertemente sesgadas y no verificadas por hechos son presentadas en algunos debates como puntos de vista igualmente válidos, lo cual es muy peligroso”. 

El riesgo de permitir que la información falsa prolifere es que se puede convertir en un arma de represión contra la ciudadanía. En su artículo De Washington a Madrid: La nueva derecha latinoamericana y su reinterpretación de la historia: Camila Perochena y Alberto Vergara afirman que “la nueva derecha tiene como prioridad política reconceptualizar y restringir la noción de ciudadanía”. Es decir, tener control sobre la manera en la que nos vinculamos de manera política, lo que nos permite acceder a derechos fundamentales. 

Para lograr esto, la nueva derecha presenta una nueva lectura del pasado y de nuestra historia, colocando estatuas de colonizadores que habían sido removidas o promoviendo una vista benevolente de la conquista, llamando a los países latinoamericanos a regresar a la ‘Iberósfera’. Para establecer esta cosmovisión, todas las personas debemos adscribirnos a un mismo modelo de vida, y cualquier expresión salida de esta norma representa una ‘amenaza’. Esto implica impedir, a toda costa, el avance de los derechos de comunidades minoritarias, como mujeres, comunidades indígenas, así como también personas migrantes, racializadas y con discapacidad, por nombrar algunos. 

Actualmente, todas las figuras influyentes en redes que se oponen a la prohibición de los ECOSIEG, al aborto, que dicen que en Colombia libramos una “guerra cultural”, militan activamente por Abelardo de la Espriella. Sus publicaciones proyectan una construcción extremista de la realidad, en la que si no votas por el candidato de ultraderecha, “estás matando niños”. 

En una suerte de efecto Mandela artificial, Colombia: Fábrica de niños trans llega como otra invitación a la amnesia colectiva, que invita a sus audiencias a olvidar la historia y legitimidad de los movimientos sociales y, sobre todo, las verdaderas problemáticas sociales. Si el acceso de menores a procedimientos quirúrgicos fuera entendido por los productores en su complejidad, se haría mención también a las cirugías forzosas practicadas en personas intersex o las cirugías estéticas para menores. Lo que sí les interesa, por supuesto, es movilizar votos por Abelardo de la Espriella. 

Esparcir odio basado en mentiras, así como así, tiene consecuencias serias. Además de desestimar el trabajo de las organizaciones y colectivos activistas que, durante décadas, han luchado para conseguir victorias a favor de comunidades históricamente vulnerabilizadas, la producción también da paso a justificar que se cometan actos de odio y violencia contra personas LGBTIQ+, pero especialmente contra personas trans. No debemos nunca olvidar que en Colombia matan a una persona LGBTIQ+ cada 32 horas. Esta es la verdadera guerra que Samuel Adrián está ayudando a alimentar. 

Primero fue lunes que martes 

A diferencia del movimiento de ultraderecha, que utiliza la protección infantil como excusa para promover su proyecto político, los movimientos defensores de derechos humanos, de distintas causas, se han ganado el espacio y el respeto de la sociedad después de décadas de esfuerzos por el reconocimiento de su lucha y de su dignidad humana. 

Contrario a lo que Samuel Adrián y sus secuaces argumentan, la agenda de la ‘ideología de género’, mejor dicho, el activismo LGBTIQ+ y de género, no opera de manera secreta. Las personas que se han dedicado a defender esta causa, a nivel global, se han enfrentado a censura e intentos violentos de silenciamiento, justamente por buscar hacer su causa visible y llevarla ante gobiernos y grandes tomadores de decisión. 

El activismo LGBTIQ+ ha logrado que millones de personas se beneficien de derechos tan básicos como la identidad, la libre expresión y la familia. Este movimiento lucha sin descanso para que todas las personas podamos vivir en absoluta libertad. A diferencia de la “guerra cultural” que fabrica la ultraderecha, la historia de la discriminación contra personas LGBTIQ+ se remonta varios siglos atrás y ha sido registrada en un ejercicio de memoria colectiva, al que se puede acceder fácilmente en internet. 

Es frustrante pensar que estas redes de ultraderecha han esparcido su mensaje con audiencias masivas, copiando muchas de las tácticas frecuentemente utilizadas por los movimientos activistas. Recolectar firmas, hacer protestas sociales, producir documentales, hacer alianzas regionales, entre otras, son todas estrategias utilizadas durante décadas para llamar la atención de los gobiernos en la búsqueda de justicia y reparación en casos de violaciones de derechos humanos. 

Como afirman Leigh Payne, Julia Zulver y Simón Escoffier, profesores de sociología y autores del libro La derecha contra los derechos en América Latina, la ultraderecha se apropia de discursos propios de los activismos y los resignifica, proyectando su propia versión. Por ejemplo, en el ‘documental’ escuchamos a Jonathan Silva decir que envió derechos de petición al Ministerio de Salud de Colombia y, como no contestaron, se dieron cuenta de que había “muchas clínicas que estaban hormonizando y aplicando bloqueadores de pubertad a menores”. De esta manera, sin presentar cifras verdaderas, se justifica la presentación del proyecto de ley Con los niños no te metas, por la senadora Lorena Ríos.  

La proliferación de noticias falsas es algo que se ha registrado históricamente, como cuando en la Edad Media se decía que los judíos bebían sangre de niños cristianos; la diferencia es que ahora este fenómeno es exacerbado por las plataformas de contenidos digitales. Si estos desórdenes de la información se han convertido en parte de la cotidianidad, ¿cómo lograr que la próxima vez que a mi mamá le llegue, por su grupo de WhatsApp con señoras del Opus Dei, un video de Jonathan Silva gritando ‘ideología de género’, ella no coma cuento? 

Lo primero en lo que pienso es que debemos entender los riesgos de la desinformación. Permitir que discursos falsos lleguen a importantes espacios de debate como el Congreso de la República abre la puerta a que otros ideales represivos contra comunidades minoritarias proliferen. La lucha por los derechos LGBTIQ+, así como por los derechos de los migrantes y por los de las comunidades indígenas, por ejemplo, debe ser entendida también como una lucha contra el autoritarismo. 

Por eso es importante que se sigan creando contenidos y piezas informativas que denuncien focos de desinformación como Colombia: Fábrica de niños trans. Por ejemplo, el videopódcast Hablando Plepla desmiente cada dato falso del ‘documental’ con un humor exquisito. Necesitamos más de estos contenidos que se dediquen a informar sobre los peligros de la información falsa a diferentes audiencias, teniendo en mente hasta las señoras amigas de mi madre. 

Esto también puede tomar forma de campañas masivas que enseñen herramientas básicas de ciudadanía digital. Así como nadie quiere que “se metan con nuestros hijos”, tampoco queremos vivir en una sociedad activamente construida sobre argumentos falsos. Un esfuerzo que busque informar a las personas de la ’mitad’ sobre buenas prácticas en el consumo de información, no a las comunidades extremistas creadas alrededor de teorías conspirativas, sino a gente como mi tía o mi amigo cishetero bienintencionado. Que la verificación rápida de datos forme parte de nuestro día a día. ¡Señora, no coma cuento que le meten gato por liebre! podría ser el título de una de las iniciativas. 

No dejemos tampoco de pedirles a las grandes plataformas digitales que tomen responsabilidad en el cuidado del ecosistema informativo. La remoción en la moderación de contenidos crea un caos colectivo, siendo un cultivo fértil para el desarrollo de discursos de odio y discriminación. Además de que regulen la información que circula en las redes, también es clave darle importancia a la manera en que la inteligencia artificial generativa (GenIA) y los grandes motores de búsqueda entregan resultados sobre identidades LGBTIQ+. Cada vez que una GenIA responda una pregunta sobre identidad de género u orientación sexual, debería hacerlo de manera afirmativa. 

Por último, me atrevo a recomendar también reducir la dependencia de las redes sociales y de los espacios digitales en general. Entendiendo que las plataformas digitales son un espacio en el que se difunde la desinformación, vale la pena pensar en desarrollar comunidades al margen de estos algoritmos. Incluso, suena descabellado pensar que volver a canales más análogos podría valer la pena. La promoción de encuentros entre comunidades locales también abre espacios de debate e interacción que difícilmente se encuentran en espacios digitales. 

¿Qué tal si promovemos también el contacto de estas personas de ‘en medio’ con activismos LGBTIQ+ e iniciativas inspiradoras que merecen ser celebradas, como visitar la Casa Cultural de la Fundación Sergio Urrego, que promueve actividades comunitarias para todo público, respetando siempre las diversas manifestaciones de la identidad humana?

A pesar de que los intentos por manipular la narrativa a favor de la ultraderecha parezcan más fuertes en estos tiempos electorales, es clave recordar que los activismos han sido históricamente los movimientos más innovadores, los que mejores historias han contado y los que han logrado los avances más relevantes en la lucha por los derechos humanos. Como recuerdan Camila Perochena y Alberto Vergara, la ultraderecha “busca la hegemonía mediante herramientas antihegemónicas”, lo que socava su capacidad para erosionar la democracia. “Cuanto más ambiciosa se vuelve la nueva derecha, menos probable es que cumpla sus ambiciones”. 

El 17 de mayo de este año, Día Internacional contra la LGBTIfobia y el mismo día que este ‘documental’ fue publicado, el candidato presidencial Iván Cepeda pronunciaba un discurso en el que se comprometía a prohibir las llamadas “terapias de conversión”. Mientras tanto, su contrincante, que ha logrado romantizar y dar discursos protegido por un cristal, promete proteger al pueblo colombiano de la ‘ideología de género’ y también endurecer las leyes contra migrantes. ¿A quién le hemos escuchado eso antes? 

El resultado de la segunda vuelta de elecciones presidenciales en Colombia nos dejará ver qué narrativa está dominando en el país, pero es labor nuestra basar nuestras decisiones de vida política en argumentos y problemas reales, comprobables y verificables. 

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Autor

  • Estratega digital y activista colombiano. Nacido en Pitalito, Huila, criado en Bogotá y radicado en Ciudad de México. Apasionado por el poder transformador de las narrativas y el storytelling estratégico, ha liderado campañas de movilización e incidencia política a favor de los derechos de comunidades minoritarias —con especial foco en las comunidades LGBTIQ+— en más de 16 países de América Latina, África y Europa. En alianza con organizaciones de la sociedad civil y otros actores clave, ha impulsado iniciativas que han movilizado a cientos de miles de personas en defensa de los derechos humanos. Se desempeñó como Gerente de Campañas para América Latina en All Out, una de las organizaciones globales digitales de derechos LGBTQ+ más influyentes del mundo, posicionando ante públicos masivos temas como migración, protección frente a las mal llamadas "terapias de conversión" y derechos de familias diversas. Es además socio cofundador de Naranja Media, productora de podcast que ha generado contenido para más de 60 empresas a nivel regional, posicionándose como una empresa líder en su categoría. Egresado de la Escuela de Administración de la Universidad del Rosario con mención en Periodismo y Opinión Pública, cuenta también con estudios en marketing estratégico de la Universidad de Oxford y una certificación en Estudios Latinoamericanos del CLACSO.

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