abril 26, 2022

¿Y si mi amigo es un agresor?

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Ilustración de Carolina Urueta

Manolo fue mi mejor amigo cuando yo no sabía ser amiga de otras niñas. Tenía 9 años y él 11, éramos compañeros de clase. En esa época, mi familia pasaba por una crisis económica que nos había fragmentado, pues el único trabajo que mi papá encontró quedaba en otra ciudad. Mi hermana menor acababa de nacer y, después de la escuela, ayudaba a mi mamá en su crianza. Además, me habían operado de un tumor en la cara que me dejó una herida estética justo antes de mi adolescencia. Tenía entonces muy pocas razones para sentir esa alegría que, a veces, les niñes tienen durante la infancia. 

Pero Manolo me hacía reír. Manolo era el artista de la clase, lo conocí así, pasándole mi libreta para que hiciera un dibujo en la portada. Jugábamos al fútbol y teníamos chistes internos: Nos gustaba imitar la voz francesa de Bob Esponja y muchas veces me defendió de otros compañeros. Su amistad era lo único hermoso que tenía en esa época y nunca la olvidé, aunque me volví a mudar y perdimos contacto.

Casi diez años después, nos reencontramos. Me escribió una larga carta virtual diciendo que él también se acordaba mucho de mí. Como adultos, nos acompañamos en momentos alegres y difíciles. Aunque no nos veíamos tan seguido, nos manteníamos en contacto. Él se había convertido en fotógrafo y yo en periodista, así que frecuentamos muchos círculos en común y hasta colaboramos en una ocasión.

Hablo de él como si ya no existiera porque, en parte, así es. 

Manolo fue acusado de intentar asesinar a su novia. La quiso estrangular dos veces durante una discusión. A raíz de esa denuncia, surgieron otras más de acoso. Compartía imágenes íntimas de sus compañeras de universidad, entre otras cosas que supe y que no son públicas aún. 

La decepción que siento no se compara, ni se comparará jamás, con el dolor de quienes fueron víctimas de él y no es mi intención poner mi experiencia por encima de la de ellas. Si comparto esto, es porque con la denuncia pública se espera una reacción del círculo cercano del agresor y no hay hasta ahora espacios, discursos y herramientas, suficientes para hablar de esto. 

Algunas de las chicas a quienes Manolo agredió se sentían intimidadas porque él se rodeaba de personas defensoras de Derechos Humanos y consideraban que eso le daba credibilidad por encima de ellas. La amistad es afectiva y política, aunque muchas veces no seamos conscientes de eso. Mi postura personal y política me ha llevado a creerle a las víctimas, y a borrarlo a él de mis redes como una acción inmediata, pero asimilar que alguien que aprecio hizo cosas aborrecibles será un proceso mucho más lento.

“¿Qué hacer cuando una persona cercana es acusada de violencia?” es, a mi parecer, una pregunta cuya respuesta no siempre es clara. Depende de si el vínculo es fácil o difícil de romper, las posturas personales, si en la situación es posible resarcir el daño u obtener justicia reparativa, o si de hecho realmente hay algo que podamos hacer. 

Esta es la cuarta vez que un amigo mío es acusado de violencia. La primera vez no dudé ni un segundo porque había presenciado banderas rojas en mi propia experiencia. La segunda vez lamenté no haberme posicionado antes. 

Una de esas veces, se trató de un escritor que me había tratado como una “pupila” cuando tenía 18 años. Al cortar contacto con él, me reclamó que no le creyera si a mí nunca me había hecho nada. Pero, a ver, obviamente una persona violenta no se comporta de esa manera con cada ser humano que se le atraviesa en el camino. Es absurdo pensar que todas nuestras relaciones personales (laborales, familiares, sexoafectivas, casuales, cercanas) son exactamente iguales. 

Además, no podemos universalizar todas nuestras experiencias. Sí, hay comportamientos sistemáticos, pero incluso en algo tan frecuente como la violencia de género en la pareja, los comportamientos son complejos. El feminicidio se diferencia del homicidio precisamente porque el asesino suele ser una persona cercana a la víctima, una persona con la que también compartió momentos de amor, vulnerabilidad y ternura. El afecto no es garantía de que no haya, o no vaya a haber, violencia. A estas alturas eso ya debería estar más que claro.

Manolo estuvo en un fragmento de mi vida y quizá, viéndolo fríamente, sacarlo de mis círculos no será lo más difícil. Lo que siento es que esa experiencia se va acercando cada vez más y me pregunto qué será de nosotras cuando sea un padre, un hijo, nuestra misma pareja, la que sea responsable de algo que nunca nos imaginaríamos posible. 

La fiscalización moral a la que son sometidas las personas cercanas al agresor es deshumanizante. Porque lo primero que te preguntan no es cómo estás, ni qué sientes, sino que la pregunta inmediata es: ¿qué vas a hacer al respecto? Están expectantes, con los juicios listos para decirte si gestionaste bien o mal una emoción que te pegó de golpe. 

En esta ocasión, me toca desromantizar un vínculo y sacarlo de mi vida. Pero no puedo asegurar que haré lo mismo si mañana es otro hombre más cercano a mí, en otra circunstancia. No sé lo que haría. Tener que pensar en eso, diseñar un protocolo por si mañana mi papá es acusado de algo, me parece injusto y una consecuencia adicional para las mujeres en este mundo violento y patriarcal. 

Rebecca Solnit dice en su último libro Recuerdos de mi inexistencia que los agresores consiguen que pensemos en ellos, invadiendo hasta nuestro pensamiento: “Aunque no llegue a ocurrirnos ninguna de esas cosas terribles, la posibilidad de que se produzcan y los recordatorios constantes hacen mella”, escribe. 

La violencia masculina nos absorbe y pensar en cómo tendríamos que limpiar el desastre de otra persona, solo porque compartimos con él momentos de nuestra vida, es  agotador. Con todo, la recomendación de ser separatista y no relacionarnos con ningún hombre me parece una medida más para replegar a las mujeres ante el miedo: limitar nuestras decisiones en razón de lo que podría suceder o podría no suceder. Qué cansancio. Por eso prefiero asumir que mis vínculos pueden romperse, o reescribirse, por muchísimas razones. Al vivir en un mundo patriarcal, la violencia es una razón de peso. 

La tercera vez que alguien cercano a mí fue acusado, la noticia no fue de una denuncia pública, sino directamente hacia mí. Él era compañero de un proyecto editorial y novio de una de mis mejores amigas y compañera de casa. Su ex novia quería hablar personalmente conmigo. Nos vimos en un parque y me contó toda la historia de maltrato físico, manipulación y paternidad irresponsable que vivió con él. Mi amigo, compañero, que algunas noches dormía en mi propia casa con mi amiga, tenía una hija y nadie lo sabía. Era un padre ausente que había tenido la audacia de incluso escribir sobre deconstrucción masculina. 

Sentía mucho coraje de tener que hacerme cargo de una decisión que iba afectar a más de una persona, cuando yo no había hecho nada malo ni tenía nada que ver con eso. Estaba molesta con él por ponerme en esa posición, por haber entrado a mi casa, por ser novio de mi amiga, por la cara de tristeza que puso cuando supo que escondía una hija. Hablé con él, me dio su versión edulcorada y aceptó, a medias, su responsabilidad. Afortunadamente fue él quien se alejó de todos los vínculos y, francamente, fue un alivio porque sentía mucho estrés que fuera mi responsabilidad decepcionar a más personas. 

La violencia no es algo individual, sino colectivo. Impacta en mayor o menor medida a alguien, a círculos, a espacios de trabajo y familiares, comunidades pequeñas y ciudades grandes y en crisis. Aislar el problema, tanto del lado de las víctimas como de los agresores, es abandonarnos en una lucha solitaria. Necesitamos otras reflexiones no punitivas porque si el daño es colectivo, la reparación también debe serlo. 

Manolo no se llama Manolo, pero yo le decía así. Ahora que su nombre (su verdadero nombre) se ha compartido cientos de veces, me parece fácil dividir al “Manolo” de hoy con el de mi infancia. Pero me obligo a entender que son la misma persona, que no es un caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde sino la reafirmación de que los agresores no son monstruos sino personas normales dentro de un sistema patriarcal. 

Manolo fue mi mejor amigo cuando yo no sabía ser amiga de otras niñas. 

Pero ahora sí sé, quiero pensar que sí sé. 

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Autor

  • Katia Rejón

    Periodista y escritora feminista. Fundó la revista de periodismo cultural Memorias de Nómada en Yucatán, México. Forma parte de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas. Ha publicado reportajes en Nexos, Animal Político, Pie de Página, Poder Latam, Malvestida, entre otros. Escribe sobre cultura, derechos humanos, salud y sexualidad. Autora del libro de poesía Notas de Jardinería (Cuadrivio Ediciones, 2020).

Comentarios

3 thoughts on “¿Y si mi amigo es un agresor?

  1. Hace aproximadamente 6 meses me enteré que mi ex novio es un acosador y lo fue mientras estuvimos juntxs.
    Ya había roto vínculos con él porque el mismo me lo pidió. A pesar de ello y que ya no tenía ningún interés físico ni emocional por él, me rompió el corazón. El tsunami de emociones que sentí en ese momento y los posteriores son demasiados como para plasmarlos en este momento. Aún a veces me es complicado existir con esa realidad.

    Gracias por compartirnos tu experiencia y sentir. Es necesario hablar de estos temas para quienes pasen por esto sepan que está bien todo lo que sientan.

    Un abrazo a todxs quienes pasen por esto.

  2. Hace unos días una buena amiga quiso compartir conmigo una publicación que había hecho en rrss por la celebración del Día contra la violencia machista. En esa publicación relataba cómo hace 25 años había sido maltratada física y psicológicamente por su pareja de entonces, cuando teníamos unos 20 años. Lo que describía me pareció tan brutal que me dejó temblando. No denunció. Su agresor era uno de mis mejores amigos entonces y lo ha sido hasta que ella me ha contado lo sucedido. Él nunca me insinuó nada, tan solo que habían acabado mal, con faltas de respeto graves y mutuas.

    He dado mi apoyo incondicional a mi amiga y ahora me encuentro en la encrucijada de cómo actuar con él. No tengo referencias al respecto. Algo ha cambiado para siempre. Pero quiero darle la oportunidad de que dé la cara conmigo y asuma sus acciones. No sé si ha ocurrido más veces, con otras parejas. Lo que tengo claro es que quiero encontrar la manera de contribuir a que no vuelva a hacerlo jamás.

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