marzo 17, 2024

SI ERES TERFA ERES RACISTA

¿Cómo se conectan la transfobia, el terfismo y el racismo? En esta columna, Sher Herrera explica los puntos de encuentro y orígenes similares de ambas formas de segregación y exclusión

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Volver a Bogotá y vincularme a diversas actividades de los movimientos feministas bogotanos, sin duda se ha convertido en una gran experiencia etnográfica para entender los conflictos de los sectores feministas y me ha permitido cuestionar mi rol en estos espacios y si realmente pertenezco o me siento cómoda en estos lugares de lucha. Ha sido también la oportunidad para analizar en persona, más allá de los alborotos que se arman en redes sociales, el clasismo, el racismo, la transfobia y otros conflictos que generan tensiones y violencias  en los espacios feministas. A raíz de estas experiencias surgen varias reflexiones. 

Ya se ha cuestionado mucho el discurso de la sororidad blanca y la fantasía de que si todas las que tenemos vagina nos fuéramos a vivir en una isla de mujeres, el mundo sería ideal y libre de violencias, es irreal y ridícula. Creer que por el simple hecho de reconocernos mujeres ya todas nos queremos, somos hermanas y entre nosotras no peleamos está mandado a recoger. Nada más alejado de la realidad. Por otro lado, “el sujeto” de lucha feminista se ha replanteado para un sector de los movimientos, que reconocen los aportes y la importancia de las personas trans y no binarias en la búsqueda de un mundo libre de violencias basadas en género. 

ELLAS Y NOSOTRAS

El pasado 21F asistí a la celebración de los 2 años de la sentencia C-055 que despenaliza el aborto en Colombia hasta la semana 24 y en adelante permite el aborto en cualquier momento del embarazo con las tres causales. Mientras caminaba por el espacio buscando un lugar cómodo aparecieron las feministas transexcluyentes (terfas) a sabotear el espacio. Entre cinco y siete mujeres jóvenes, con pañuelos verdes y camisetas blancas que decían en letras moradas “solamente abortamos las mujeres”, alzaban los brazos y unían las manos formando un triángulo, que para ellas representa la vulva, mientras gritaban “abolición o barbarie”. Por unos minutos todo era muy confuso e inesperado, y en principio debo reconocer que me dio risa, pero luego se calentaron las cosas y empezaron a hostigar y agredir verbalmente a las personas que, según su criterio, fueran sospechosas de no tener vulva, es decir a mujeres trans y algunas personas no binarias.

A gritos y con megáfono en mano, gritaban arengas transfobicas y, al mejor estilo de las sectas religiosas, parecían a punto de convulsionar de fervor. Varias de las organizadoras les pidieron que respetaran el espacio y a las personas que se encontraban en él, por eso las transexcluyentes alegaron “ser discriminadas por ser mujeres” y que “no se les respetaba el derecho a la libertad de expresión”, como si los límites de la libertad de expresión no fueran precisamente los discursos de odio.  

Sus respuestas eran cada vez más agresivas y en algún momento mi gran preocupación fue que la violencia verbal escalara a los golpes, pues no sería la primera vez que las feministas transexcluyentes (terfas) agredieran verbal y físicamente a personas trans y no binarias en la calle. Aunque tenía mucha rabia, la confrontación con las terfas, desde mi cuerpo negro, me hacía sentir muy vulnerable. Para nadie es un secreto el estigma que se ha creado sobre las mujeres negras como “violentas” y el imaginario de que las mujeres blancas como frágiles doncellas en peligro, sumado al perfilamiento racial, como una posibilidad siempre que haya presencia policial. Si la muchachita blanca cisgénero y de clase alta nos pegaba a quienes la confrontábamos y nosotras le respondíamos teníamos todas las de perder. Ella iba a ser la víctima perfecta para el sistema policial racista, heteronormativo y patriarcal y nosotras, las violentas. Tratamos de calmar un poco los ánimos, y finalmente las demás asistentes del evento lograron que se quitaran del centro del plantón y se fueran para atrás, donde una mujer anti-aborto bailaba, sin hacer tanto alboroto, con su cartel provida. En un acto de completa naturalidad, las transfóbicas se pusieron bailar con ella.

En medio de todo este movimiento feminista que ha empezado a revelar un aire sectario, y que no permite el cuestionamiento, ni las preguntas, algunas mujeres muy jóvenes y señoras de la tercera edad se me acercaron a preguntarme sobre distintos temas. Llamó mucho mi atención una jovencita que me preguntó, ¿cuál es la diferencia entre ellas y nosotras?. La forma en la que hizo la pregunta me puso a pensar que ella, sin mucha claridad, ya estaba militando con “nosotras”, y  que en estos espacios contradictoriamente muchas tienen miedo de preguntar y “decir algo malo”. ¿Esperamos que militen como monjas sin cuestionar?. PUES NO MI CIELAS. Encontré hacerme útil en ese espacio más allá de alimentar la multitud a través de la pedagogía.

¿QUIENES SON “LAS TERFAS”?

TERF es el acrónimo de trans-exclusionary radical feminist, que en español significa feminista radical trans-excluyente. Las terfs, o terfas, son un grupo de señoras de pensamiento fundamentalista, en su gran mayoría tan colmadas de privilegios que no tienen más preocupaciones o propósitos en la vida que perseguir para excluir, violentar y discriminar a otras personas con identidades que se salen del mandato colonial del sexo = género. Dicen que quieren abolir el género, pero se aferran con todas sus fuerzas a los determinismos biológicos binarios, ignorando que el sexo y todos sus componentes  son espectros mucho más amplios de lo que se cree, en el caso más superficial, los genitales: en un extremo de este espectro está la vagina y al otro lado, el pene, y en el medio una gran diversidad de formas, tamaños y combinaciones, que la misma comunidad científica patriarcal ha intentado borrar operando a bebés y niñxs pequeñxs para forzarles a encajar en las dos categorías de marcación sexual impuestas por la colonialidad. Las terfas, además, se creen en las olimpiadas de la opresión, cuando muchas de ellas, por no decir la mayoría, están colmadas de privilegios. Para ellas todas las mujeres heterocis sufren la opresión más grande del mundo por el simple hecho de haber nacido con vaginas, como si la matriz de dominación no estuviera articulada por la raza, la clase y fugarse del género impuesto al nacer.

EL TERFISMO ES SUPREMACÍA BLANCA

El feminismo blanco históricamente omite y pretende ignorar que la raza, la clase y salirse de la heteronormatividad han sido intersecciones de opresión que ubica a las mujeres blancas de clase media y alta en lugares de privilegio, y las habilita para oprimir no solo a otras mujeres marcadas por la raza, sino también a hombres negros e indígenas de clase baja, o como lo hicieron abiertamente el 21F, a personas a las personas trans y no binarias. Pero ellas nunca tendrían conciencia de clase y raza para analizar las complejidades de las relaciones de poder, más allá de los genitales. Quieren abolir el género pero aferrándose al sexo, cuando las lecturas del sexo son coloniales, al igual que la lecturas del cuerpo en términos raciales. 

Ya lo ha explicado ampliamente Maria Lugones en su teoría de la Colonialidad del Género, confrontando a Anibal Quijano. Quijano defendía que el color de la piel no era raza porque los significados adjudicados a las características fenotípicas eran una invención colonial, que tenía como objetivo la deshumanización y la explotación para sistema esclavista, mientras que la posición social de las mujeres si era natural debido a las funciones reproductivas. Lugones revierte esta teoría exponiendo cómo la lectura del cuerpo de las mujeres es igual de colonial que la idea de la raza y citando a la escritora Nigeriana Oyèrónké Oyewùmí. En su libro “La invención de las mujeres”, Oyèrónké Oyewùmí cuenta que, antes de la colonización europea, en su territorio existían tres formas de nombrar los cuerpos y los genitales no tenían relevancia en las relaciones de poder o para acceder a los lugares de liderazgo.

¿ENTONCES, EL TERFISMO ES RACISTA?

Una manera de entender la supremacía blanca del terfismo es recordando que, durante la época de la esclavización, las hembras negras no eran consideradas mujeres. No por nada Sojourner Truth, activista por la abolición de la esclavitud, cuestionaba a las mujeres blancas con la misma pregunta que hacen hoy las mujeres trans: ¿Acaso yo no soy una mujer?.​ Las terfas hostigan a las mujeres trans argumentando que replican estereotipos de género, cuando ellas mismas no se desmarcan de esos estereotipos y no toleran las elecciones personales de otras que, libremente, han decidido asumir modos de feminidad históricamente negados, tanto para mujeres negras cisgénero como para otros cuerpos. La misma Sojourner lo decía en su discurso: ¨¡He arado y sembrado, y trabajado en los establos y ningún hombre lo hizo nunca mejor que yo! Y ¿Acaso no soy una mujer?¨. Esos estereotipos de delicadeza, formas de vestir y caminar han sido asociadas históricamente solo con mujeres blancas, mientras que a las mujeres negras históricamente el sistema supremacista blanco nos exige nuestra fuerza de trabajo. 

El sexo y el género de las mujeres negras siempre ha sido puesto en duda, como cuando sistemáticamente los medios de comunicación estadounidenses se obsesionaron con publicar especulaciones sobre la identidad de género de Michelle Obama. Las mujeres negras, desde muchos otros lugares, se han tenido que inventar una feminidad negra, y sobre eso ha teorizado profundamente la pensadora afroamericana Patricia Hill Collins. Las mujeres negras, desde diversas estéticas, resistimos y reclamamos la feminidad.

Es así que ser indiscutiblemente mujer es un privilegio blanco. Para las negras, el pertenecer a ese género siempre ha estado en duda, sobre todo en el área de los deportes, donde los cuerpos de las mujeres negras siempre están bajo sospecha. Las mujeres negras son obligadas, bajo estándares hormonales de mujeres blancas, a someterse a tratamiento que afectan su rendimiento, para poder competir; efectos que cada quien debería estar en libertad de asumir y a los que las deportistas negras son sometidas porque solo tienen dos opciones: someterse a la terapia hormonal o renunciar a sus carreras deportivas. Y ahí sí, las terfas que están en contra de todo tratamiento hormonal voluntario, son felices de imponer sus estándares. Finalmente son antiderechos, no soportan que las personas tomen decisiones libres sobre sus cuerpos e identidades, lo cual es un principio fundamental de los derechos humanos. 

Las terfas son racistas porque se aferran a un determinismo biológico inventado para excluir y discriminar, así como sus ancestras feministas blancas estaban obsesionadas con la raza y salían a gritar frente a las escuelas agrediendo a la niñez negra, exigiendo que sus hijos blancos no compartieran la misma clase con ellxs porque eran “diferentes”. Hoy las terfas, obsesionadas con las marcaciones de sexo y género, se paran frente a las cortes, boicotean espacios de celebración de los derechos y violentan a las personas trans y no binarias porque consideran que no merecen sus mismos derechos, negando sus identidades o alegando que se tratan de “luchas diferentes”.  

El feminismo transexcluyente de origen supremacista blanco aspira a “corregir” los cuerpos que considera inadecuados, e impone identidades sobre otros cuerpos para explotarles o eliminarles del sistema, negando la identidad de esos cuerpos basándose en lecturas esencialistas de la biología y se ha inventado una amenaza inexistente para agredirles por existir. ¿No les suena a racismo?

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Autor

  • Sher Herrera

    Sher Herrera, afrocolombiana, es comunicadora social y periodista. Maestra en Estudios Afrocolombianos, presentadora y cofundadora de la colectiva Las Viejas Verdes. Es también creadora de la marca Nuba Natural, una línea de cosméticos naturales artesanales.

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