septiembre 16, 2022

Salí de una secta: mujeres que rompen el silencio, una historia a la vez

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Ilustración: Lina María Rojas

Desde que dejé la secta en la que nací, La luz del mundo, y empecé junto con mi hermana a hablar de nuestras experiencias y de los abusos sistemáticos que como mujeres allí vivimos, he leído a muchas hermanas que siguen dentro decir: “Nosotras somos libres, nadie nos obliga a estar aquí”. Estos discursos me recuerdan la época en que yo repetí las mismas palabras vacías, ensayadas y dictadas por un hombre en un púlpito que decía ser apóstol de Jesucristo, que decía amarnos. Esas palabras suyas que ignoraban nuestras historias, las de mujeres con las que crecí y las de otras miles que nunca vi pero que hoy, por el trabajo que hacemos en el podcast Salí de una secta, hemos tenido la oportunidad de conocer y compartir.  

Este discurso es un intento de callarnos a todas las que hoy nos atrevemos a contar lo que vivimos dentro de La luz del mundo en manos de agresores que se saben intocables, que se ocultan en el silencio cómplice de los ministros y pastores que encubren sus actos violentos en contra de sus esposas, sus hijas y sus hermanas en Cristo. Agresores que, usando la culpa y el amor que se inculca al líder, al hombre más importante del universo, manipulan a las hermanas diciéndoles: “Si denuncias será una tristeza para el apóstol, mejor pídele a Dios que te ayude” y así, una vez más,  les hacen creer a estas niñas y mujeres que ese silencio que encubre los golpes, violaciones, matrimonios forzados, explotación laboral, económica y mucho más, es el precio que tienen que pagar por la felicidad invaluable del ungido de Dios y su propia salvación.

La luz del mundo fue fundada en Guadalajara, Jalisco (México) en  1926 por Eusebio Joaquín, el primer “apóstol” que luego se cambiaría el nombre a Aarón, proclamando que Dios fue el que le dijo una noche mientras descansaba: “Tu nombre será Aarón, lo haré notorio por todo el mundo y será de bendición”.  Este  “llamado” del cielo lo llevó a  predicar a este Dios, y su doctrina, que ponía en el centro “la elección” de los apóstoles y les daba una cualidad divina, incuestionable y santa. Esa doctrina se convertiría en el arma de estos hombres poderosos para abusar de miles de miembros alrededor del mundo, entre esos mi familia. 

Quien introdujo la secta a nuestras vidas fue mi tatarabuela, contaba que ella estaba lavando en un río y le llamaron la atención un par de señoras que mientras platicaban se decían “hermana”. Una era morena y la otra muy blanca. Mi abuela les preguntó: “¿Son hermanas? Es que no se parecen nada”. Ellas le respondieron que eran hermanas “en Cristo”, que pertenecían a una iglesia, y la invitaron. Mi tatarabuela decidió ir. Era un cuartito con bancas hechas de trozos de madera y baldes que los sostenían. En ese lugar ella sintió que podía refugiarse y encontrar propósito, quizá encontrar a Dios. No se imaginó que ese sería  el comienzo de lo que serían 5 generaciones (y contando) de hijos, nietos y bisnietos nacidos en la secta y que, hasta el día de hoy, en su mayoría, siguen dentro.

Cuando naces en un grupo de alto control, es difícil que logres reconocer las violencias que has vivido. Nosotras tuvimos experiencias de abuso que tardamos muchísimo tiempo en poder nombrar. Desde el hombre de 22 años que me hizo grooming cuando acababa de cumplir 15 para que fuera su novia y me empezó a tratar mal cuando no lo dejé tocarme. Nunca lo conté porque todos dijeron que “yo era la que lo provocaba”. Me daba terror lo que dirían si les confesaba que lo dejé besarme. La culpa que ponen sobre ti desde que eres una niña afecta la manera en la que vives tus experiencias con hombres durante tu vida. Recuerdo esa frase que mi papá nos decía: “El hombre llega hasta donde la mujer quiere”. Su voz me dio vueltas en la cabeza durante años porque yo dejé que él pensara que yo quería eso, que yo quería que me tocara… No era su culpa, era mía, y Dios lo sabía. 

Por años dejé que ese pensamiento me consumiera, que me hiciera sentir sucia y me quitara el sueño, porque entre el dolor del rechazo, que cualquier adolescente experimenta, estaba también la confusión: Si esto fue mi culpa, ¿por qué se siente tan injusto? ¿Por qué me siento usada? Hoy que tengo 29 años y sé cómo operan las relaciones de poder entre un adulto y una niña, entiendo cómo funciona el grooming, comprendo que mi experiencia fue posible, al igual que muchas otras, por esta cultura de la pedofilia que está tan arraigada en la secta y que no se cuestiona ni se platica. Esta que permite que hombres adultos cortejen niñas de 12-14 años y aún así lleguen a ser directores del coro, obreros o hasta ministros respetados, incuestionables y sin mancha en su récord cristiano. 

Cada relación romántica que tienes dentro de la secta te deja una marca (si eres mujer). Una marca que permite la existencia de una duda entre los miembros, esa cualidad que pueden comentar cuando les plazca: la de tu pureza. Tu valor es cuestionable, todo depende de lo que otros se inventaron o escucharon. Quizá te vieron caminando con un muchacho en la plaza y dijeron:  “¡Se dieron un abrazo! Tómales una foto, dile al encargado, esta niña anda de fácil y debemos reportarlo”. Te marcan con una letra escarlata y te tachan de “impura”. Te castigan con habladurías, chismes e historias llenas de mentiras. Todo para poder juzgarte libremente, humillarte y esperar el momento exacto en el que pueden usar tus “errores” como armas para castigarte, y ese castigo viene cuando decides casarte, ahí empieza el juicio y cuestionamientos sobre tu virginidad: si te tocó, si fue el único, si te mereces el vestido blanco y la honra de casarte en el templo o si fallaste en algo y toca que oren por ti en una sala o en la cochera de tu casa. Si tus hijos serán “simiente santa” o “simiente de pecado”, si se merecen el cielo o un pase directo al infierno. 

Este tipo de discursos misóginos llevan a las mujeres a sufrir incontables abusos, no solamente esos que los ministros ejercen sobre ellas cuando las acusan de no ser puras o suficientemente fieles, sino también esas opresiones que viven dentro de su matrimonio. La culpa es la herramienta perfecta para que un abusador pueda manipularte y que “lo  permitas” sin chistar ni cuestionarlo porque, al final, es tu normalidad. No importa cuántas veces pidas ayuda o alces la voz, siempre va a ser tu culpa. Es tu culpa si te golpean o te engañan, si te gritan o si te violan, si tocan a tus hijos o a tus hijas, siempre es tu culpa. Porque no importa cuántas veces llores frente a un ministro, desesperada porque no soportas más vivir de esa manera, no importa cuántas lágrimas derrames en el piso de mármol de la iglesia, o cuántas obras tengas, no hay respuesta. No hay manera de liberarte si el que tiene el poder sobre ti, sobre tus hijos y sobre tu alma, no te suelta.  El matrimonio es para siempre: lo que une Dios no lo separa el hombre, no lo separa la violencia, no lo separa el abuso, no lo separa el dolor. Y si por fin lo dejas, si te vas, estás mal delante de los ojos del creador, estás condenándote a ti y a tus hijos a una vida de vergüenza y a una eternidad de sufrimiento. Muchas se quedan porque, tristemente, el miedo a desobedecer es más fuerte que el deseo de libertad. 

Romper ese código de silencio no fue fácil. Fui educada entre mujeres a las que les decían: “mira y calla” o  “ciega, sorda y muda”. Frases que por generaciones repitieron en mi familia y que dejan una enseñanza no sólo de sumisión y secretismo, sino de complicidad ante las injusticias que se presencian pero jamás se nombran. Me tomó mucho tiempo darme cuenta que mi realidad estaba creada para que en nuestro silencio   se siguieran perpetuando violencias y se repitieran patrones que nos lastimaban a todas. Las experiencias que contamos, tanto las nuestras como las de otras mujeres, son las que están cambiando el rumbo de nuestra historia. Esa historia en la que nosotras éramos lo menos, lo pecaminoso, lo sucio. Esa historia que buscaba cubrirnos de pies a cabeza, que nos quiere en silencio, que nos quiere con miedo y con culpa. Esa historia que nos dice “eres libre” pero al mismo tiempo nos quita y limita, esa historia que hoy ya no permitimos siga siendo escrita. 

Con este artículo y nuestro podcast buscamos impulsar a más mujeres que salieron con valentía de la secta a que cuenten sus experiencias,  a que vuelvan a escribir sus historias y que en conjunto podamos ayudar a muchas más a romper el silencio, deteniendo los abusos que nos mantienen aisladas. No estamos solas, somos muchas las que hemos encontrado nuestra voz y no volveremos a ser silenciadas. 

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Autor

  • Activista en contra de las sectas destructivas y feminista en favor de la liberación de la mujer. Creadora del podcast “Salí de una secta” y madre de tiempo completo. Escritora amateur con más blogs que recuerdos completos.

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