Dic 17, 2020

Racismo y abuso policial en el Centro Histórico de Cartagena

Por: Sher Herrera

Kendrick Sampson en una protesta en Estados Unidos. Foto: Glauz Diego

“No puede tocarme así, está violando mis derechos humanos” fue la frase que desencadenó la ira y la brutalidad de un policía el pasado 15 de diciembre, al ser cuestionado por el activista afroamericano Kendrick Sampson, en el Centro Histórico de Cartagena, por oponerse a una inspección dentro de su ropa interior en la mitad de la calle y sin ninguna explicación. En los cinco días que Kendrick lleva de visita en la ciudad fue detenido para una requisa en seis oportunidades. Ésta última terminó en una golpiza y una amenaza con arma de fuego por exigir un debido proceso.

Paradójicamente el trabajo activista de Kendrick Sampson es en contra  de la violencia policial que afecta especialmente a la población negra en Estados Unidos y busca llevar esa lucha otros lugares del mundo. Al igual que muchos activistas e investigadores, aprovechan sus viajes en el exterior para conocer más a fondo los contextos locales y el diario vivir de las comunidades de su interés, y así poder acercarse a sus realidades. Ese día, alrededor de las cuatro de la tarde, iba caminando por el andén en búsqueda de una barbería, pero sus vacaciones se vieron truncadas al ser interpelado de manera violenta y sin justificación por un policía.

Soy activista afrofeminista. El 2020 fue el año en el que aprendí las implicaciones emocionales, y para la salud, que tiene en mi vida la participación en la opinión pública y en las luchas antirracistas. Ahora estoy un poco más descansada, pero uno vive con el cuerpo dividido entre lo que uno necesita solucionar en la inmediatez del momento y la sensación de extrema vulnerabilidad, rabia e impotencia. Es ir viviendo la experiencia del racismo, explicarlo a oídos sordos y solucionar todo al tiempo, y es como si ni siquiera le alcanzara a uno la energía y el tiempo para tramitar el dolor y quizás llorar. 

La noche del 15 de diciembre fue una noche dura, luego de un extenso día de trabajo, mi esposo y yo decidimos apoyar a Kendrick en la declaración de su denuncia por abuso y violencia policial. La actriz Natalia Reyes nos contó lo sucedido y, luego de ver el video que se hizo viral en redes sociales, nos sentimos estremecidos y preocupados por su integridad. 

Este video, grabado de forma anónima, se hizo viral por mostrar el momento en que un policía apunta con un arma al activista Kendrick Sampson.

Cuando llegamos al encuentro con los agentes de policía, lo primero que fue importante para mi esposo y para mí como acompañantes de Kendrick era manifestar que esto se trataba de una situación racista. Cuando yo lo expresé, la capitana y el teniente entraron en negación: el comandante dijo que de ninguna manera se trataba de racismo porque ellos tenían familiares “morenos” y que en la policía también  tenían mucha gente morena y todo se trataba de un protocolo de seguridad normal. Mi esposo, un hombre canadiense blanco, me apoyó diciendo que él lleva 15 años en Cartagena y nunca un policía le ha pedido una requisa y a Kendrick le habían parado seis veces en cinco días. A partir de ese momento empezó la capitana a repetir toda la noche que ellos son una institución imparcial y que decir que era racismo era una opinión mía, que ella estaba ahí para tomar las declaraciones de manera imparcial y basada en los hechos, pero que el racismo no hacía parte de los hechos, que todo esto era un proceso transparente. En ese momento supe que no había manera de que al menos consideraran el racismo como parte del sistema policial. Y es así como opera el racismo estructural. El agotamiento no me daba para hablarle a odios sordos e insistir en algo que nunca tomarían en cuenta.

Los límites de la policía para acceder a nuestros cuerpos están bastante claros en el papel: “el registro personal que se efectúa en desarrollo de la actividad preventiva de policía consiste simplemente en una exploración superficial de la persona, que como tal no compromete constataciones íntimas”, pero en la vida cotidiana, y para ellos, parece no tener límites. Les pregunté, en un caso hipotético, “¿Entonces la policía puede pararme en la calle mientras camino y meter su mano en mis partes íntimas en el espacio público sin ninguna explicación y no me puedo resistir?” A esto respondieron que sí, que lo podían hacer porque de hecho habían encontrado drogas y armas en los genitales de las mujeres. Ahí me quedó claro que la policía justifica y acomoda a su conveniencia cualquier barbaridad que se les ocurra y parecen no distinguir en los protocolos de una inspección corporal y un registro.

Algo que me parece que vale la pena resaltar es la precariedad de los policías de bajo rango y cómo esto propicia la corrupción. Los policías buscan oportunidades para sacarle plata a la gente en la calle, a las trabajadoras sexuales, a los vendedores ambulantes y hasta a los turistas que no entienden muy bien las lógicas del contexto y no saben si realmente están cometiendo una falta. Entonces piden requisas sistemáticas a cierto tipo de personas con el objetivo de conseguir la oportunidad de “ganarse un dinerito extra”. Básicamente el policía promedio es una bomba de violencia alimentada por una compleja variedad de factores que pasan por la precariedad, el machismo, las fantasías de legitimidad para usar armas y someter a otros, el deseo de dominar y humillar a otros, tal como ellos son humillados y violentados en la estructura de poder incuestionable y jerarquizada que es la policía.

Al acompañar a Kendrick en su denuncia por violencia policial, nos tocó lidiar y resistir a los protocolos violentos y revictimizantes de la policía. Nos tocó resistirnos a que los agentes de los altos mandos trajeran al policía que le apuntó con un arma porque para “acortar el proceso” les parecía buena idea traer al policía agresor para que estuviera cuando Kendrick diera su declaración en el hotel y así “escuchar las dos partes de la historia”. Creen que un uniforme elimina las subjetividades y los prejuicios de individuos que conforman la institucionalidad, pero esto muestra precisamente el racismo estructural, porque la negación del racismo es el discurso oficial de la nación. 

Esto es el racismo en Colombia, el racismo que se nos volvió paisaje. Una herencia colonial que golpea, accede violentamente a los cuerpos negros y que la sociedad justifica de las maneras más absurdas. Kendrick es un hombre negro privilegiado, un activista afroamericano, defensor de los derechos humanos, líder del movimiento Black Live Matters en Los Angeles, con los recursos políticos y económicos para defenderse y con el capital simbólico para no ser ignorado. Aun así, le tocó estar varias horas esposado con las manos inversas en una estación de policía en el Centro, le quitaron su documentación por varias horas sin justificación, lo intimidaron para que firmara un comparendo por algo que no hizo y lo soltaron solamente porque había un video que demostraba un claro abuso policial, porque contaba con el apoyo y el cuidado de figuras públicas influyentes en Colombia y, además, porque estaba hospedado en un hotel de lujo. Sin embargo, aun después de que lo dejaran salir del CAI, le tocó atender las preguntas y los protocolos de la policía durante nueve horas. A policías que decían: “le aseguro que esto no tiene nada que ver con racismo, porque mi esposa es morenita y también tenemos muchos policías morenitos”, como si eso quitara el racismo, y que aún en un hotel de lujo en el centro histórico de Cartagena lo presionaran para que firmara un documento que le lavaba las manos al policía que lo agredió.

Con frecuencia los grandes medios de comunicación tienen una complicidad con el Estado y las instituciones, pero afortunadamente las redes sociales y los medios independientes hoy sirven para visibilizar estas formas de violencia. Ojalá que este suceso tan desafortunado por lo menos ayude a unificar luchas de manera transnacional en contra del racismo y a desmitificar la idea de que en Latinoamérica “hay clasismo pero no racismo”.

Como siempre, no dejo de pensar en la extrema vulnerabilidad en la que viven mis familiares, mis amigos y en especial mi hermanito de 15 años que es la presa favorita de estos bárbaros, la más fácil de criminalizar: un niño negro de 1,80 m de estatura, que vive en la periferia, que nadie conoce, del cual no hay pruebas pero tampoco dudas de que puede ser un criminal, al cual es tan fácil encajar en el imaginario racista y colonial del Caribe colombiano como una amenaza que hay que perseguir y eliminar. Esta es la cruda realidad del racismo que enfrentamos todos los días, una requisa diaria por habitar el espacio público, el miedo latente de que ese día el agente esté de mal humor y mate a nuestros hijos sin ningún problema. 

¿Qué queda para los pelaos negros en las periferia? ¿Qué queda para los hombres negros empobrecidos? ¿Qué queda para Harold Morales, para Anderson Arboleda, quienes fueron asesinados de forma brutal e impune? ¿Qué hacer cuando la policía se hace de mañas para criminalizar y culpar a sus víctimas y así lavarse las manos, proteger y encubrir a sus agentes bárbaros, violadores y asesinos? 

Hacemos periodismo de investigación riguroso, audaz, feminista y latinoamericano. Consideramos que todo periodismo debe ser feminista. Creemos firmemente que la función principal del periodismo es informar con rigor a la ciudadanía para que esta pueda tomar decisiones informadas en una democracia. Este compromiso con la democracia implica la defensa de los derechos humanos y, en esa medida, el periodismo que se dice sin posturas o sin apuestas políticas está a la defensa del status quo, que no es más que el patriarcado.

0 comentarios

Deja un comentario