marzo 27, 2022

¿Qué tipo de amiga eres? ¿Paris o Kim?: reflexiones feministas sobre la amistad

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El ser mujer es una condición humana difícil de por sí, también en condiciones óptimas. Tanto si una es pobre como si es rica, guapa o fea, niña o vieja, humillada o venerada, no es fácil.

Luisa Muraro, La indecible suerte de nacer mujer 

Dedicada a mis hermanas y amigas

La amistad entre las mujeres salva vidas. El ideal de sororidad nos muestra alternativas al esquema patriarcal que nos orilla a aislarnos en relaciones heterosexuales monógamas, viviendo en la lógica de la competencia y del individualismo, como dice la escritora feminista española Coral Herrera Gómez. Adrienne Rich, poeta estadounidense, en su texto Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana, sostiene que la posibilidad de los vínculos emocionales y eróticos entre las mujeres es exterminada por la heterosexualidad obligatoria: sistema ideológico, político y económico que nos condiciona desde pequeñas a pensar y sentir que la única forma de relacionarnos entre las mujeres es, en el mejor de los casos, la amistad, pero no el amor como primera opción; y que relega al lesbianismo al lugar de la invisibilidad o de la desviación. Una forma de manifestación del poder masculino es convencer a las mujeres de que el matrimonio y la orientación sexual hacia los hombres son componentes indispensables de nuestras vidas por más insatisfactorios u opresivos que resulten.

Así que todo se nos ha dado para aislarnos o para competir. En las narrativas patriarcales sobre la amistad entre las mujeres, si esta se recrea en imágenes o representaciones de productos culturales mainstream, solo hablamos entre nosotras si es en función de los hombres (como denunció el famoso test de Alison Bechdel), o sobre nuestras preocupaciones estéticas, pero nunca, por ejemplo, sobre nuestros proyectos.Y esto es una lástima cuando sabemos que los vínculos de la amistad son mucho más extensos y complejos, fuente enorme de disfrute y de aprendizaje, pero también de sinsabores y de conflictos. Por eso parte de nuestro proceso doloroso de crecer es comprobar el lado “b” de la amistad y, conscientemente, empezar a construirla entre mujeres iguales y libres.

Y aunque la amistad entre nosotras nos ha sostenido, hoy quiero hablar de cómo también ha podido doler. Hablo desde mi posición de mujer mestiza, feminista en constante duda, víctima de los estereotipos de género y de la sierra ecuatoriana. Soy una mujer educada, de treinta y cinco años, de clase media y heterocisexual. Así que no pretendo hacer una reflexión universal sobre esto, ni acusar directamente a nadie, sino rever la vida propia en clave de cuánto hemos podido ser recíprocas con las mujeres que nos han amado y nos han sostenido. Todo esto inspirado en una conversación que tuve con mi amiga Diana Astudillo sobre la amistad de los inicios de los dosmiles entre Paris Hilton y Kim Kardashian, cuyos detalles desconocía por completo y me han abierto un mundo de significaciones infinito.

Como poéticamente dice uno de los artículos sobre las vidas de Hilton y Kardashian, que abundan en las revistas del corazón, y desde su perspectiva tradicionalmente sensacionalista y machista: las de ellas son vidas impresas en papel couché. Más allá de la deformación de los hechos frecuente en el mundo del espectáculo, y de lo cuestionable que puede ser desde el punto de vista ético el trabajo de los paparazzis, sus historias tienen inquietantes estampas que hoy nos han conmovido a mi amiga y a mí. No quisiera deshumanizarlas ni contribuir a la percepción generalizada sobre su frivolidad, ni tampoco quisiera reducirlas a estereotipos. Entiendo que son mujeres en una sociedad machista y que la fama no las releva de vivir violencias de todo tipo. También es cierto que ambas han hablado sobre los impactos psicológicos que sufrieron a raíz de la viralización de sendos vídeos de carácter sexual, difundidos sin su permiso, que también fueron, según varios análisis, el origen de la fama de cada una en el nivel mundial. Gracias al movimiento #Metoo se han desvelado las injusticias que sufren las mujeres del espectáculo y lo nocivo de la telerrealidad como formato de exposición continua a críticas, sin intimidad posible.

Son ricas y famosas y, aunque su realidad no representa la de la mayoría de nosotras, casi todas las conocemos y hemos vivido cosas parecidas en una versión tropiandina. Reconstruyo, entonces, un poco la historia sobre la base de lo leído y escuchado. Nota: no pretendo fidelidad absoluta a los hechos porque varios asertos sobre las socialités más importantes de este siglo, “famosas por ser famosas”, caen en el terreno de lo especulativo.

Simplemente recojo datos que me han llamado la atención para pensar si no he sido yo misma una Kim Kardashian o si no me he convertido en la Paris Hilton de alguien. Últimamente la vida me ha dado la oportunidad de escuchar historias de vida de muchas mujeres diversas. Desde una lideresa amazónica que tuvo que ir al trabajo todos los días cruzando el río a nado, hasta aquella chica que extravió un poni de su hacienda, cuando en mi propia mente el poni era hijo del unicornio, por tanto, animal mitológico, por tanto, de pelaje entre dorado y pastel neón. Vaya que las he escuchado. Más allá de las profundas desigualdades que existen entre nosotras, ser mujeres no es fácil en sociedades patriarcales. Y el encuentro con nosotras mismas, el “hacernos mujeres” —no niñas, no hijas, no madres— mujeres, es sumamente complejo y difícil para muchas de nosotras, porque implica también despegarnos, interpelarnos y diferenciarnos de otras mujeres, para construir autonomía.

En ocasiones lo que llamamos amistad es una relación de codependencia. Afortunadamente —no siempre, pero sí frecuentemente— la relación de “amistad” es una relación de poder.

¿Cuántas de nosotras hemos descubierto, años después, que aquella amiga en la escuela nos pegó? Esa que se rió de nosotras porque supuestamente nuestra casa era vieja, que nos dijo, tu papá es feo, o que estamos gordas. La que no nos invitó al recreo. ¿Quién no tuvo la “amiga” que la buscó para hacer los deberes, pero cuyo recuerdo de quince años apareció en un estudio fotográfico del Centro Histórico y nunca fuimos invitadas? O la que nos dijo “por nuestro bien” que deberíamos arreglarnos mejor, bajar unas trescientas libras o nos confesó que nuestro crush se le declaró y no le fue indiferente, o que quiso demostrar superioridad en sus capacidades de conquista, rompiendo en mil pedazos nuestro corazón. La amiga que publica conscientemente la foto en la que ella sale divina y las demás, mal. O la que dice, te ves tan bien en las fotos, no te reconozco en persona, como si se tratara de un halago.

Se habla mucho de los duelos del amor de pareja, pero poco de los duelos de las amistades que son, acaso, más devastadores. Porque la amistad, se supone, es para siempre. Porque la amistad es esa promesa de felicidad, de que nunca nada nos va a doler, no como el amor al que nos lanzamos sabiendo que nos vamos a estrellar y que el desamor va a ser torrencial.

La prevalencia de la envidia y la competencia entre las mujeres, y la acusación que se nos hace de ser nuestras peores enemigas y las principales responsables de reproducir el sistema patriarcal, –machismo se escribe con eme de mamá–, son rancios estereotipos. No es que en ciertos aspectos no existan como realidades, sino son, precisamente, el resultado de una socialización misógina en la que se valoran unos atributos y se oscurecen otros. En la que nos enseñan que si somos más guapas vamos a tener más pretendientes y, por tanto, mejores oportunidades de trabajo y mejores matrimonios. En la que no nos educan para inspirarnos en otras mujeres, sino para sentirnos devastadas si tienen éxito o son más bellas, delgadas o inteligentes que nosotras, obligándonos a poner en el centro de nuestras vidas el proyecto burgués de la pareja heterosexual, monogámica y sedentaria, sin profundizar en otros vínculos.

Las relaciones de cooperación entre las mujeres priman y sigue siendo un prejuicio machista, muy útil para que el patriarcado se lave las manos, que los patriarcas digan que nos sacamos los ojos entre nosotras: hasta imaginarnos luchando en lodo es un tópico de sus fantasías eróticas. Sin embargo, que el sistema nos ha puesto a competir y que tenemos algún nivel de misoginia internalizada demuestra lo efectivo que es al tener nuestra complicidad consciente o inconsciente. Por eso es tan importante rever nuestro propio proceso de despatriarcalización y de reflexión sobre nuestros sentimientos y actitudes hacia las demás. 

Las otras mujeres a menudo son espejos de cosas que nos molestan de nosotras o nos produce ansiedad ver en ellas rasgos que anhelamos tener y los despreciamos. Pero no es menos cierto que a veces idealizamos nuestras relaciones como perfectas y como libres de violencia cuando también pueden ser utilitarias, de poder y de usurpación de energía, prestigio y redes de afecto y colaboración, medios económicos y bienestar emocional.

También es cierto que a veces, frecuentemente en la juventud, nos inspiramos en mujeres a quienes empezamos hasta cierto punto a servir, sin límites y sin reciprocidad, por posibles carencias emocionales o heridas de la infancia, buscando la protección y aprobación que no somos capaces de brindarnos a nosotras mismas. Así, nos volvemos dependientes de personas que no siempre nos quieren bien, con quienes no terminamos de sentirnos a gusto o con quienes nos fundimos, bajo su influencia, al punto de perdernos en el proceso.

También es cierto que muchas de nosotras, a estas alturas que ya hemos superado esa ansiedad por la aprobación masculina, nos encontramos buscando la aprobación de las otras mujeres porque aún no somos capaces de validar lo que hacemos y de creer en nosotras o nos da miedo crecer y en el fondo queremos seguir siendo niñas a través de relaciones de dependencia con amigas mayores, más dominantes o más resueltas. Y nos produce ansiedad no ser la mujer “limpia”, “ordenada”, “buena madre”, delgada y guapa que nuestra amiga es, o espera que seamos, si nuestras biografías resultan ser más tradicionales y encasilladas en mandatos.

Pero si somos feministas, y nuestras amistades también, tememos ser juzgadas por no cumplir con los “estándares de la coherencia feminista”. Esperamos con ansias sus opiniones sobre lo que hemos escrito o pensado. Tememos hablar de los bucles emocionales violentos y de las relaciones románticas tóxicas en las que estamos porque nos sentimos juzgadas y no suficientemente liberadas. Luchamos contra las taras de la feminidad a través de la crítica hacia las otras, por cómo se mueven, cómo se visten o cómo se relacionan.

Hagamos que sea normal asumir las contradicciones y hablar abiertamente sobre ellas para, incluso, hacernos notar que estamos equivocadas. No decirnos las cosas en nombre de la amistad tampoco es una opción. Pero hay formas, siempre hay formas. La condescendencia no ayuda, pero la maldad tampoco. Hemos crecido como personas gracias al afecto, pero también a partir de la confrontación. El movimiento feminista ha evolucionado todo lo que ha evolucionado también por el conflicto interno, por las relaciones y rupturas de trabajo, amistad y amor entre las feministas, porque no pensamos igual, porque nos peleamos, porque somos humanas, porque también nos oprimimos unas a otras y porque la historia de las ideas y de la movilización social es así.

Pero sí, a veces hay maldades entre mujeres que, a mí, personalmente, me han podido doler mucho más que la de un galán del momento. Tiene todo que ver con mi proceso personal y con mi relación con lo femenino, sí. Estamos, muchas de nosotras, heridas, sí. Ciertas actitudes que quizás en otros contextos tengan poca importancia, y que pueden no ser intencionales, reviven nuestras heridas de abandono, vergüenza o rechazo. De eso nos toca hacernos cargo.

A veces, acciones inocentes pueden ser devastadoras o acciones dolosas pueden no ser percibidas por nosotras, pero sí quedan inscritas en nuestros cuerpos como malestares no expresados. Debemos no hablar de esto porque es perder el objetivo político ¿o no? No. Debemos hablar de esto. No podemos seguir haciendo militancia feminista si no trabajamos en todos los aspectos duros y recónditos de nuestras propias almas. De aquellos invisibles que a veces no conviene decir en público porque justamente ya todo el sistema patriarcal sostiene que nos odiamos entre nosotras y darle la razón, para qué. Es ahí cuando entran en mi reflexión Paris Hilton y Kim Kardashian.

Paris Hilton fue la socialité más famosa de inicios de los dos mil. Kim Kardashian era su amiga desde la infancia. Ambas ricas y pertenecientes a círculos opulentos de Los Ángeles. Sin embargo, a raíz del divorcio de los padres de Kardashian, y por la crisis económica que azotó a su madre, su perfil bajó en un momento en el que Paris Hilton se convirtió en una de las mujeres más famosas del mundo, a raíz de la circulación de un vídeo íntimo suyo que fue hecho público sin su autorización. Entonces Kim Kardashian, de origen armenio y curvilínea, pero aún modesta, se convirtió en una suerte de asistenta personal de Paris Hilton, ayudándole con tareas sensibles como impedir que comprara compulsivamente, sostener su bolsa mientras se fotografía con sus fans, cargar sus compras, vestir a juego con ella, sostener peluches para la otra los besara, callar mientras su amiga se tomaba la palabra u ordenar su clóset por colores. La ahora influencer y empresaria diría más tarde que tenía una empresa de organización de espacios y que Paris era una clienta más. Sin embargo, varias fotografías y vídeos demuestran la relación de poder entre las celebridades en los albores del milenio.

Kim masajeaba los pies de Paris. Kim sostenía su cartera. Kim ordenaba su clóset. Kim lucía trajes modestos y tenía una apariencia “menos pulida”. Kim daba un paso al costado para que Paris se fotografiara con sus fans. Paris dijo que el trasero de Kim le parecía desagradable, como una “bolsa de basura llena de queso”. Kim dijo que no era el tipo de mujer que llevaría un perro en su cartera. Paris dijo que ella “creó” a la familia Kardashian. Kim dice que le debe todo a Paris, que la ayudó a formar su carrera. Paris dice que está “orgullosa” de los logros de Kim. Paris hoy tiene 17 millones de seguidorxs en Instagram. Kim hoy tiene más de doscientos sesenta millones de seguidorxs en esa misma red. No faltan quienes dicen que el éxito de Kim inició a raíz de su alejamiento de Paris. También se dice que Paris no soporta el éxito de Kim. ¿Cómo saber la verdad, si los mensajes de los medios del corazón están tan permeados por imaginarios sexistas y misóginos?

Paris hoy tiene que pedir a Kim que esté presente en el primer capítulo de su programa de cocina en Netflix para que la ayude a revivir su perfil venido a menos. En el primer capítulo del programa, algo tensas, pero con la imagen de besties, buscan recrear el clima de dos amigas de siempre charlando de cómo les va en la vida. Paris le dice que se ha divertido mucho en su alargada juventud y le pregunta a Kim cómo se siente con sus hijxs y en sus declaraciones públicas se muestra complacida con la vida de madre por la que ha optado Kim, desde joven. Paris se acaba de casar. No nos enteramos, en realidad. Pero sí nos enteramos del traje enteramente negro de Kim en la Gala del Met. Paris le dice a Kim que ahora ya está lista para ser madre.

El antes y el después en esta relación que pasó de ser de amistad-servidumbre, hacia un tenso melodrama de distancia, elogios, favores, críticas y reencuentros, parece que viene dado por la cinta íntima de Kim Kardashian que la catapultó a ella, sin la sombra de Paris, a la fama mundial, repitiendo una historia de resurgimiento de las cenizas como Aves Fénix, en una sociedad misógina que se lucra con la cosificación de las mujeres y la degradación simultánea de la sexualidad femenina consentida y deseada. Así, empezó a subir como la espuma. Quizás desde ese momento ya no hubo espacio para ambas. La carrera de Kim y de toda su familia, bajo la égida de su astuta madre, creció vertiginosamente.

Paris, quien criticaba la figura de Kim desde su privilegio de absoluta representante de los cánones de belleza de los noventas y tempranos dosmiles, delgada y sin curvas, rubia platinada y de ojos celestes, hoy luce más bronceada y con el estilo de cejas que impuso mundialmente la dinastía Kardashian. Los cuerpos voluptuosos de la casta de origen armenio cambiaron para siempre los cánones de belleza en el mundo. Ni siquiera Paris puede abstraerse de copiar el estilo inconfundible de su ex amiga-asistenta-estilista-apagaincendios personal, quien ahora está por recibirse como abogada y trabaja por la liberación de privadxs de libertad, aunque también enfrenta críticas por acciones de apropiación cultural y blackfishing y denuncias por explotación laboral

Con los años no me ha sido infrecuente descubrir, generalmente en madrugadas o al día siguiente de una noche de desvelo, revelaciones raras. Por ejemplo, injusticia en relaciones con otras mujeres que yo idealizaba. Reinterpreto las distancias con algunas amigas, los silencios y las incomodidades que no llegaban del todo a serlo y a las que no podía poner nombre, porque mi lucha incansable contra los estereotipos de género me llevaba a repudiar la idea de la envidia y la rivalidad entre las mujeres. Amelia Valcárcel, filósofa española, decía con razón que las mujeres tenemos, incluso, el “derecho” a ser malas, en términos de no ser juzgadas con mayor rigor por las mismas cosas que los hombres han hecho toda la vida en espacios como la política. Pero también es cierto que las mujeres vamos mucho menos a las cárceles, excepcionalmente somos asesinas y nuestra maldad es noticia cuando rompemos los moldes esperados o cuando se interpreta como tal una acción de resistencia ante injusticias machistas. Sin embargo, si vamos al terreno de lo puramente emocional, al igual que los hombres, somos capaces de crueldades, microterrorismos sentimentales, deslealtades, y las hemos sufrido entre nosotras.

La edad me va dando esa capacidad de sospecha, de la que carecí cuando era más joven, desde una posición ingenua de idealización de las personas y situaciones. Hoy puedo detectar acciones de desconsideración, de manipulación, de envidia y de maldad de otras mujeres que simplemente no veía antes. Con los hombres fue acaso más fácil, y, así y todo, sigo descubriendo que muchas cosas que aparentemente para mí eran inofensivas, eran violentas, como las actitudes condescendientes, los “chistes” sexistas y el mansplaining. Tenía muy naturalizada la violencia, aun siendo feminista, aun trabajando en cuestiones de prevención y erradicación de violencia, porque también me equivoco, también estoy aprendiendo, soy un ser humano y una mujer en una sociedad patriarcal. Jamás voy a comparar estas violencias entre mujeres con la violencia feminicida que nos mata. Nosotras reproducimos también relaciones de poder, pero finalmente eso no nos beneficia a nosotras.

He sido la Kim Kardashian de muchas amigas y he sentido su transformación conmigo cuando, quizás, he ido ganando espacios, experiencia y voz propia. Siento que tengo amigas que me acompañan y celebran mis logros, que me sostienen, escuchan y apoyan en momentos difíciles y otras a quienes he percibido sutilmente hostiles cuando ya no tienen poder sobre mí. Quizás la forma de descubrir la dignidad y la reciprocidad en las relaciones es poner límites y, para hacerlo, primero debemos tener claro qué es lo que queremos en la vida, quiénes somos. Si la persona a quien una le pone límites los escucha y acepta, es una persona empática. Si los límites propios, el brillo propio o la autonomía personal son para la otra, o para los otros, afrentas hacia ellxs, estamos ante una relación de posible abuso de poder. Sentir vergüenza y culpa por ser quienes somos, reprimirnos, pensar que debemos cosas a otras a costa de nosotras mismas, no es un escenario de libertad ni de amistad.

Decirles cositas feas a nuestras amigas “por su bien” y ser “honestas” innecesariamente con cosas que no aportan en nada, pero que sí pueden herir, creer que nuestras amigas deben estar disponibles para nosotras, que tenemos derecho a recibir de ellas energía, recursos, cariño y tiempo sin darlo también, amargarnos comparándonos porque les va mejor en la vida que a nosotras, utilizarlas como basurero emocional, centrar siempre la conversación en nosotras y nunca en ellas, estar tan ensimismadas que no registramos las cosas que les duelen, esperar de ellas solo servicios y no darlos, únicamente responder ante sus invitaciones pero nunca hacerlas, son acciones de descuido y desconsideración en la amistad que terminan pasando una enorme factura.

Cuando crecemos es importante observar qué vínculos aportan y no aportan a nuestras vidas. Pero también es importante saber que en la amistad cada persona es libre, que necesitamos espacio y tiempo propio, que cada una tiene su ritmo, necesidades y etapas del proceso, que a veces estamos ocupadas y que eso no significa que nuestras amigas no nos importen, que las situaciones de duelo o de salud mental pueden alejarnos de nuestras amigas o llevarnos a actuar de manera aparentemente errática, aunque sin intención. Amar en libertad, pero con cuidado (el propio y a la otra) es un reto para las personas adultas y es una suerte el contar con vínculos donde hay amor, pero también límites, y cada una es una.

Hoy pienso en tantas mujeres que aparentemente quieren a otras, pero siempre en clave de admiración o de servidumbre, no de igualdad. Hoy pienso en lo heridas que estamos y en cómo devaluamos a otras mujeres porque en el fondo nos devaluamos a nosotras mismas. Hoy pienso que puede haber un momento de nuestras vidas (como los sex tapes de Paris y Kim) que nos transforme para siempre y si estamos listas para aceptar ese paso de crisálida a mariposa de nuestras amigas. En que hay relaciones que nos asfixian y que no nos dejan expandir nuestras alas. En que hay lealtades familiares, de pareja, laborales y de amistad que nos encorsetan y que nos dejan estáticas y anquilosadas en espacios en donde no podemos ser nosotras mismas.

Siempre me moría de la risa con las frases “donde pisa una leona no hace huella una gata” y todas aquellas que hablaban de la envidia y la competencia entre las mujeres y sobre cómo el desenfado y la autoconfianza de algunas es castigada por otras como si fuese el síndrome de la abeja reina o una lucha por la atención masculina. Al poder masculino lo resistimos con indignación o a él nos sometemos como en un orden natural de cosas. En cambio, nos cuesta reconocer la autoridad de otras mujeres, nos amenaza y, a menudo, tenemos problemas para manejar el propio poder por abuso o por no creernos capaces y merecedoras de posiciones de mando.

Es importante hablar de todo eso desde otro lugar y reflexionar sobre la importancia de la igualdad en todos los espacios. No podemos trabajar por los derechos humanos si no los vivimos nosotras mismas, en la pareja y en la casa, en el trabajo y con las amigas. No podemos luchar contra la violencia hacia las mujeres y reproducir relaciones de poder patriarcales en nuestros espacios laborales y de militancia humillando a otras mujeres o desconociendo sus derechos como seres individuales, madres y trabajadoras. Tampoco podemos callar esas violencias a título de luchar juntas contra un monstruo más grande que es la violencia masculina.

Las risitas, los silencios, las actitudes de no invitar a tomar el café en la oficina, de decir “esta es mi taza” con violencia, de hacer comentarios no solicitados sobre el cuerpo o interpelaciones que no vienen al caso en espacios públicos hacia colegas para exponerlas, las odiosas comparaciones, la cuchilla pasiva-agresiva escondida en aparentes elogios, el comentario que se clava como un puñal en una herida que compartimos en momentos de confianza, los rumores y chismes, son cosas que debemos superar. Y debemos aceptar que como mujeres siempre vamos a llevarnos la peor parte. Que el feminismo no significa el empoderamiento individual sino la emancipación colectiva. Que de nada nos sirve que más de nosotras estemos en posiciones de poder si reproducimos las lógicas asesinas de las políticas neoliberales y de las agendas de despojo, extractivismo y desigualdad.

Que de nada nos sirve creernos muy empoderadas, pero seguir tratando a las otras mujeres de nuestras vidas como subalternas, no cumplir con obligaciones patronales con las trabajadoras del hogar y empleadas, no pagar por servicios que hemos recibido de otras mujeres, no reconocer el enorme sacrificio de nuestras ancestras para mantenernos con vida, el de nuestras precursoras en la genealogía feminista, no incorporar una perspectiva interseccional en nuestro trabajo, o juzgar a las otras por sus elecciones de vida, su apariencia, sus gustos, sus vidas románticas o por cómo se ganan el pan.

Estas son prácticas violentas y patriarcales que nos mantienen ocupadas oprimiéndonos entre nosotras y que consolidan un orden social injusto donde quienes más pierden son las mujeres con menos recursos económicos y sociales. Los ambientes laborales donde crece la competitividad y donde las mujeres que maternan son despreciadas, la apropiación del talento de unas mujeres por parte de otras que son sus jefas sin nombrarlas, las actitudes de mujeres en el poder que se resumen en pedir a otra que cargue su cartera, le haga el café, pague sus cuentas o haga todo su trabajo, son sumamente machas y patriarcales y en nada contribuyen a la liberación de las mujeres.

Así que a pensarnos en relación con la amistad de Kim y Paris en los inicios de este siglo. Si hemos sido o seguimos siendo Paris. Si fuimos Kim y ahora somos Paris. Si fuimos Paris y ahora somos Kim. Yo he sido Kim demasiadas veces. Lo siento si he sido Paris. Como dice Jumko Ogata Aguilar, escritora afrojaponesa, en su texto publicado en Volcánicas, Yo no quiero ser “la chica-patrona”. Tengo miedo de convertirme en una girlboss, en mi propio proceso de crisálida a mariposa, pero mi pasado de complejos e inseguridades probablemente pese demasiado para ello. Por ahora escribo para contarme cosas de las que posiblemente me arrepienta en unos años, cuestionándome sobre las relaciones del pasado, las de ahora y las que vendrán. Y tengo la firme intención de sostener, revisar y construir vínculos actuales y futuros desde la escucha, la empatía y la contención, pero también desde los límites, la seguridad propia y el autocuidado. Las relaciones entre mujeres, aun con sus complejidades, matices y pugnas, nos han sostenido vivas en este mundo y es importante liberarlas de todas las violencias.

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Autor

  • Pepita Machado Arévalo

    María José Machado Arévalo (Cuenca, Ecuador, 4 de agosto de 1986) es abogada, Magíster en Derecho con Mención en Derecho Constitucional, Master en Estudios Lingüísticos, Literarios y Culturales. Ha trabajado en políticas públicas en violencia contra las mujeres, disidencias sexogenéricas, género y derechos humanos. Es integrante de la Coalición Nacional de Mujeres del Ecuador. Es pintora autodidacta, escribe e investiga sobre feminismos y desigualdades sociales.

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