
Estas elecciones en Colombia dejaron en evidencia que, más allá de las maquinarias partidistas, hubo un poder simbólico que se activó en distintos sectores de la ciudadanía: un poder que nos permitió sentir en el cuerpo, a quienes lo vivimos, la fuerza de la esperanza activa, del nosotros más amplio y de la imaginación radical.
Por unas semanas, muchas personas como yo —que no militamos en ningún partido, pero queremos apropiarnos del ejercicio democrático— dejamos de organizarnos únicamente alrededor de la denuncia, el miedo o la indignación. No nos movió solo la adhesión a una candidatura ni el rechazo a otra. Nos movió el deseo, y también la intuición, de que todavía podemos encontrarnos más allá de la polarización y practicar, desde ahora, una convivencia menos rota y más generosa.
Sin abandonar la claridad sobre lo que nos duele y nos preocupa, empezamos a reunirnos alrededor de algo más poderoso: el futuro que queremos. Un país posible. Una vida más digna y conectada. Una democracia que no se agota en las instituciones, sino que se practica en la forma en que nos cuidamos, nos encontramos, nos organizamos y nos imaginamos en común. Sentimos el poder de la agencia colectiva. Sentimos cómo cada persona que se hacía cargo —creando una pieza, convocando una conversación, saliendo a la calle, explicando, cantando, bordando, escribiendo, compartiendo, acompañando— iba dejando un rastro de esperanza que inspiraba a más personas a sumarse.
No hemos llegado. No sabemos cuánto tardará. Pero avanzamos. Lo siento en las entrañas y lo confirmo cuando escucho a otras personas reportar sensaciones similares. Vimos aparecer un nosotros más amplio. Uno que comparte una visión de país sin importar de qué territorio, movimiento, disciplina o historia viene cada quien. Uno que se mueve a pie, en bici, en transporte público, en lancha, en chalupa, en camión o en camioneta. Un nosotros que fue mucho más allá de la identidad partidista e incluso la identidad ideológica, porque convocó a personas muy diversas que sí se reconocieron en esa visión de país. No nos unía una etiqueta; nos unía una sensibilidad, un horizonte compartido y una forma de practicar el futuro desde el presente.
Lo que apareció no fue una campaña. Fueron expresiones de un movimiento social, afectivo y narrativo capaz de convocar recursos, emociones, encuentros, creatividad y cuidado. Fue una ciudadanía autónoma implicada y ensayando otra forma de existir. Creamos visiones irresistibles del país que queremos construir: genuinas, locales, arraigadas y que invocan unas formas culturales muy propias que nos unen al resto de Latinoamérica y que se diferencian de la estética hegemónica del norte global. Las vimos en poemas, canciones, ilustraciones, bordados, videos, entrevistas, en vivos, reflexiones, juntanzas y campañas. Cada formato era distinto, pero algo los conectaba: una armonía común. Una intuición compartida de futuro. Un deseo colectivo de pasar de la resignación a la imaginación.
Por unos días, logramos ser una banda de jazz. Sin director único. Sin partitura cerrada. Sin esperar que llegaran instrucciones. Cada quien improvisó desde su lugar, con su talento, su tono, su lenguaje y su comunidad. Algunas personas pusieron ritmo. Otras sostuvieron la base. Otras se lanzaron con solos brillantes. Otras escucharon, respondieron, acompañaron. Los liderazgos circularon. La energía se contagió. Y mucha gente empezó a moverse al mismo compás. Eso es poder narrativo: cuando muchas voces distintas logran crear música maravillosa a partir de una misma armonía sin volverse idénticas.
Ayer, en plena tusa electoral, aprendí una palabra, medio invocación, medio conjuro, que me ayuda a nombrar lo que creo que pasó: hiperstición (Nick Land y la Cybernetic Culture Research Unit). Una hiperstición es una narrativa que contribuye a hacer real aquello que se imagina. No es una simple superstición. Es una especie de profecía performativa: una que, al circular, ser creída, inspirar acciones, organizar deseos y producir comportamientos, empieza a crear las condiciones para volverse realidad.
Yo no puedo predecir el futuro. No sé qué nos espera. No sé qué intentarán arrebatarnos, qué tendremos que defender, qué heridas tendremos que cuidar ni qué formas de resistencia tendremos que inventar. Pero tengo plena certeza de que si logramos mantener vivas estas prácticas más allá del momento electoral, podemos convertir esta visión de país en una profecía que se practique en la cotidianidad hasta volverse posible.
Si hay alguna posibilidad de que ese país que intentamos describir, cantar, ilustrar, bordar, bailar y hacer irresistible se haga realidad, será menos porque esperemos milagros de líderes imperfectos y más porque aprendemos a tejerlo desde abajo. Porque estas semanas nos recordaron algo fundamental: no tenemos que esperar a que alguien nos entregue el país que soñamos. Podemos empezar a construirlo en la forma en que nos organizamos, nos cuidamos, nos narramos y convivimos cada día.
La democracia también se improvisa, se ensaya y se practica. Y ahora que sentimos su ritmo, la tarea es no dejar de tocar.