junio 8, 2023

Inconvertibles II: del hogar al consultorio médico. En Colombia las personas LGTB+ luchan por espacios libres de ECOSIEG / Parte 2

Desde manuales de convivencia de colegios hasta castigos en contextos religiosos, los esfuerzos de cambio de orientación, identidad sexual y diversidad de género se manifiestan en escenarios que deberían garantizar la libertad de expresión y el desarrollo libre de la personalidad. En esta segunda entrega analizamos cómo se ejercen los ECOSIEG en contextos escolares, religiosos y médicos.

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Ilustración de Carolina Urueta

Este reportaje fue realizado con el apoyo de All Out

“Me dio lecturas sobre demonios, ataques espirituales, ayuno y luchas espirituales. Me dijo que tenía que cambiarme el nombre porque estaba ligado a una raíz lésbica”, nos contó Susana sobre su experiencia en una iglesia. 

A Alex, tras varios días sin comer, un pastor lo golpeó en la espalda y el abdomen para “obligar al demonio a salir” de su cuerpo y a Jaime le dijeron que su homosexualidad era una deficiencia de testosterona, lo llevaron a un médico bioenergético que le recetó una inyección por semana. En total fueron 20. En varios de estos casos, la discriminación y los ECOSIEG comenzaron en el colegio, donde existen manuales de convivencia que exponen la diversidad sexual como una falla y lo cis–hetero como una norma. 

Por su parte, las iglesias se escudan en argumentos religiosos para presentar la diversidad sexual y de género como pecado, enfermedad o abominación. Incluso la terapia psicológica ha legitimado el discurso y ha creado tratamientos para algo que no existe. 

En esta entrega analizamos cómo se ejercen los ECOSIEG en contextos escolares, religiosos y médicos.

*** 

Bullying, exposición y represión en contextos escolares

“Estudiaba en un colegio masculino católico, por lo cual el trato era muy de colegio militar, por el simple hecho de ser diferentes, porque ni siquiera se podía decir que éramos gays, nos ponían a hacer trabajos de carga y de volteo como le llaman, para ser machos. Al estar rodeado de sacerdotes y personas de poder, siempre recibí ofertas de rituales, grupos y lugares para curarme. Años después y con mis mismos compañeros me enteré de que en esos grupos se daba, más que todo, abuso sexual de parte de los sacerdotes y profesores hacia los alumnos que confiaban en ellos”. 

El testimonio de Camilo, un hombre gay que estudió en el colegio Salesiano de Leon XIII en Bogotá, es un ejemplo que expone diferentes escenarios en los que se han ejercido intentos de cambio a estudiantes que se salen de la heteronormatividad y las identidades cis, infancias y jóvenes que son “diferentes” a los demás según la institucionalidad. 

Llevar a cabo ciertas tareas para “ser macho” como menciona Camilo, hacerle bullying a una mujer porque le gustaba jugar fútbol o porque se viste “fuera de lo normal” son ejemplos de ello. Las instituciones educativas e incluso otros estudiantes promueven la normalización de comportamientos que se asocian a lo masculino y comportamientos que se asocian a lo femenino. Y a partir de ahí, reprimen, juzgan o castigan lo que difiere de la tradición. “La palabra gay era un insulto o símbolo de debilidad, no era posible estar tranquilo en un ambiente tan pesado y conservador, en especial en un colegio privado” comenta Carlos, un hombre gay del departamento de Antioquia. ¿Cómo operan estos intentos de represión y cambio? Desde la legitimación de prejuicios y estereotipos y, de manera indirecta, con la ausencia de formación sobre diversidad de género, educación sexual y espacios en los colegios y escenarios de formación para hablar sobre ello de una manera abierta y libre. 

“Reprimí e ignoré mis sentimientos por mucho tiempo, principalmente por temor a mi familia, pero me hubiera gustado que en el colegio me hubieran enseñado, apoyado u otorgado un lugar seguro” escribe Juana, una mujer trans de Bogotá.

Sin duda, lo que Juana menciona es reiterado en varios testimonios y ha sido expuesto por varias organizaciones y colectivos LGBT+ en el país. La discriminación a las personas LGBT+ es crítica en los colegios colombianos, a pesar de la existencia de la ley 1620 de 2013 y el decreto 1965 del mismo año que la reglamenta. En 2016 las organizaciones Colombia Diversa y Sentiido realizaron la primera Encuesta de Clima Escolar LGBT en Colombia. En su informe de resultados indican que el 67% de los estudiantes encuestados informó que se sintió insegure en su colegio debido a su orientación sexual y el 54% debido a la manera como expresa su género. Además, cuando se les preguntó por el ausentismo, el 23,3% respondió que no había asistido a una clase al menos una vez al mes porque sentía inseguridad o incomodidad. 

La violencia física y psicológica que han vivido niñes y jóvenes a través del matoneo y la persecución por parte de sus compañeros y profesores, ha llevado a que muchas de ellas decidieran intentar reprimir y/o ignorar sus comportamientos hasta sentirse igual a como se sentían en sus hogares; incluso a intentar suicidarse al no soportar los hostigamientos ante el señalamiento: “me decían que eran ganas de hacerme notar”; “me acusaban de acoso a mis compañeras de clase”; “me miraban con asco”; “me expulsaron cuando supieron que era lesbiana”, respondieron en la encuesta de All Out y Volcánicas.

Por otra parte, el testimonio de Camilo toca un punto relevante en un país como Colombia y es la relación entre el colegio y la religión. La confesión, la misa, los retiros espirituales y las ceremonias en ámbitos escolares, entre otros, aparecen de manera frecuente en los testimonios como escenarios propicios para que tanto directivos como profesores se involucren en la vida privada de lxs estudiantes y se entrometan en asuntos como su sexualidad: 

“En una ocasión, aún muy joven, me invitaron a dar un recital de Clavecín (…) una vez instalado y afinado el instrumento en el salón donde daría el recital, fui forzado a confesarme primero. Me amenazaron con cancelar el recital de no hablar con un cura. Accedí y me interrogó sobre los detalles de mi sexualidad. El cura se rehusó darme la “absolución” por no estar “arrepentido de mi sexualidad””, cuenta Manuel sobre su experiencia en un colegio del Opus Dei. 

Incluso, en 2016, la Organización Caribe Afirmativo analizó los manuales de convivencia de algunos colegios de la región Caribe. En su búsqueda encontró que muchos de ellos mencionaban de manera explícita que se considera como una falta grave que los estudiantes manifiesten una orientación sexual diversa por ser “conductas que atentan contra la moral cristiana y las buenas costumbres”, como señalan algunas de estas normativas. La organización también encontró que existen colegios de corte religioso que incluyen de manera explícita en sus manuales de convivencia lo cis—hetero como una norma y la diversidad sexual como una falla, a pesar de los esfuerzos de la Corte Constitucional por tener una base jurisprudencial fuerte en materia de derechos fundamentales, que establece la protección de estudiantes y docentes LGBT+.

Son varias las repercusiones que tiene la imposición de estas prácticas y visiones de mundo en les niñes y adolescentes que están empezando a explorar su sexualidad y su identidad de género. A partir del análisis de los testimonios, destacamos dos: en primer lugar, los centros educativos dejan de ser lugares de escucha y cuidado para sus estudiantes. Algunas personas narran en sus testimonios que les daba miedo ir al colegio y que sus prácticas perjudicaron su salud mental y su relacionamiento con el mundo y consigo mismos. “Trataba de ser invisible para evitar que me juzgaran” responde Martín, un hombre gay del departamento del Guaviare, ante la pregunta del formulario sobre su experiencia como persona LGBT+ en el colegio. 

Y en segundo lugar, estos tratos en un entorno escolar inciden en los procesos de relacionamiento y posicionamiento de las personas con su orientación sexual o de género. Por un lado, estas violencias conducen a que las personas decidan ocultar o negar su identidad, expresión de género u orientación sexual en sus lugares de formación. Y por el otro, a que algunas de estas personas sean llevadas a otros escenarios como consultorios psicológicos, grupos de apoyo o iglesias en donde persisten estos esfuerzos por cambiarles. Respecto a este último punto, son varios los testimonios en donde profesores o directivas les sugirieron a los familiares de les estudiantes que les lleveran a terapias psicológicas o a organizaciones religiosas para “corregirles”.

Culpa, odio y confrontación en contextos religiosos 

Según Poniéndole límites al engaño de ILGA, “las organizaciones basadas en la fe o la religión son actualmente los promotores de ECOSIEG más activos y prominentes a nivel mundial”. Lo anterior, menciona el informe, se dio después de que la homosexualidad fuera despatologizada en 1970 y de que grupos e instituciones religiosas se involucraran en la administración de las mal llamadas “terapias de conversión”. 

Bajo la imagen de “ministerios” religiosos, una red de organizaciones religiosas que tuvo como epicentro Estados Unidos y se expandió por Centro América y Suramérica, se presentó al mundo como la cura “eficiente” para dejar de ser homosexual. Los grupos con más fuerza fueron Love in Action fundado en 1973 por Frank Worthen, en el que difundían libros con testimonios de personas que se presentaban como exitosas en “abandonar la homosexualidad”y Exodus International, la red más grande e influyente de ministerios “ex—gay” con presencia en 19 países. Esta última se disolvió en 2013, cuando su presidente, Alan Chambers, reconoció públicamente que la misión “reparadora” que promovía era equivocada y dañina. Incluso hoy en día él, al igual que muchos líderes de la organización, se reconocen como homosexuales. 

Frente a lo que señala ILGA, siempre será oportuno insistir en que, como señalamos en Inconvertibles I, si bien existe la trayectoria de estos Ministerios, no todas las organizaciones religiosas tienen estas prácticas ni, por supuesto, son representativas de toda la religión. Más bien, que muchos ECOSIEG operan y se justifican desde lógicas y lenguajes religiosos. 

El informe de ALL OUT y el Instituto Matizes Entre curas esfuerzos de “corrección” de orientación sexual e identidad de género de personas LBGBTI+ en Brasil reafirma esa postura. A su vez, presenta un análisis de cómo operan estos esfuerzos de “corrección” de orientación sexual e identidad de género de personas LGBT+ en este país y describe varias tácticas y estrategias que tienen organizaciones religiosas para ofrecer caminos hacia la “salvación”, la “conversión” y la “cura”. Estas tácticas se implementan a través de amenazas y profecías, consejos y orientaciones, intentos de convencimientos en cultos, misas, sesiones religiosas, ritos, tareas religiosas y espirituales, sanciones y castigos físicos. 

La situación no es diferente en Colombia. Las personas que participaron en la encuesta realizada para esta investigación, hablan de escenarios en los que la homosexualidad y las identidades de género diversas se presentan como un pecado, una enfermedad, una abominación o simplemente algo impensable, que no puede ser. Es diciente que, según los resultados de la encuesta, al 23% les hayan persuadido o invitado a participar en un rito o ceremonia religiosa para “curar” o “sanar” su experiencia de vida LGBT+. 

Estos discursos inician desde el púlpito, las enseñanzas colectivas, los espacios de encuentro. “Las machorras no tendrán salvación”, “las personas maricas están enfermas”, “los trans son violadores o fueron violados”, “los gay tienen VIH, por eso ya están sentenciados a muerte” son sentencias que escucharon personas que participaron en la encuesta cuando han asistido a ceremonias religiosas. Así hayan hablado o no de su orientación sexual o identidad de género, las personas que van a estos cultos están expuestas a escuchar estos comentarios. Es la situación que vivió Víctor, hombre gay nacido en el Magdalena: “Personalmente no he sufrido ese tipo de acoso, ya que comencé a salir del clóset hace poco tiempo, pero es común que en las misas dominicales el párroco expresé comentarios homofóbicos, además de alimentar estereotipos, discriminación y mentiras al respecto”. 

Escuchar que figuras de autoridad, sobre quienes se ha depositado respeto y escucha y que sin duda tienen incidencia sobre las personas que hacen parte de la comunidad (amigos, familiares o por lo menos, conocidos), puede llevar a que muchas personas no se sientan seguras de expresarse y querer en libertad. “Nunca sucedió nada debido a que fui criado como Testigo de Jehová y tuve que vivir toda mi vida en el clóset o siempre asegurando que era heterosexual, de lo contrario estoy seguro de que me hubieran obligado a tratar de cambiar de estilo de vida”, cuenta José que vive en Bogotá. 

Estos discursos llevan a que las personas duden de sí mismas, cuestionen lo que sienten y quieren y en muchos casos crean que, efectivamente, son pecadores/as y que sea como sea, tienen que “convertirse”. La frustración, angustia y miedo aumentan cuando, con el tiempo, se dan cuenta de que nada ha cambiado. 

Al respecto, el psicólogo clínico Andrés Lasso indica que no se pueden dejar de lado las relaciones de poder que se manifiestan en estas organizaciones religiosas, así como en otros contextos en los que se presentan estos esfuerzos de cambio. “Cuando yo planteo un problema en la orientación sexual de una persona, siendo un médico, un psicólogo, un guía religioso o una autoridad en un colegio, estoy usando esa relación de poder”. Por ello, es normal que la persona que está en desventaja en esa relación de poder tenga dudas y empiece a pensar que lo que dice esta persona que considera como experta es verdad, indica.

“Cuando le dije al mundo ‘soy mujer’, en la iglesia cristiana a la que iba hacía ocho años, el pastor desde el púlpito habló de mí como si yo fuera un marica violador de niños y dijo que me iba a podrir en el infierno”, narró Danny, mujer trans de Bogotá. Como ella, muchas personas han sido expuestas y agredidas ante sus comunidades. Sus amistades les dejaron de hablar y se rompieron vínculos que había construido durante años con personas con las que compartía a diario. La exhibición frente a otros feligreses pasa por decirle a las personas LGBT+ que son personas endemoniadas y que requieren de exorcismos y castigos, por pedirle a las familias que oren por sus almas y por acercarles a personas de las mismas organizaciones para que les cuenten “cómo Dios les curó de la homosexualidad”. 

“Llegué a la terapia mientras me congregaba en El Lugar de Su Presencia. Ahí, uno también comparte espacio con personas con problemas de drogadicción, alcoholismo, ludopatía y similares. Básicamente, se trataba de un modelo diseñado sobre la estructura del programa de los 12 pasos de Alcohólicos Anónimos, donde uno hacía devocionales usando un material de referencia pensado para “tratar” la homosexualidad”, cuenta Ramiro de Bogotá.

A menudo, cuando las personas hablan de su orientación sexual o cuando las llevan de manera obligada por sus familiares a estas organizaciones religiosas, las amenazas que se hacen desde el púlpito se vuelven realidad.Estuve obligado a estar en ‘consejería’ consistía en sesiones similares a las terapias psicológicas, donde un pastor hacía seguimiento a mi vida diaria, dándome consejos de cómo llegar a dejar mi gusto por los hombres, expresó Andrés de Bogotá.

También es frecuente la táctica de involucrarles en grupos de ayuda espiritual o grupos de apoyo para personas que por una u otra razón van por “el camino del mal” y tienen que “corregirse para llegar a la salvación: espacios para personas con problemas de drogadicción, alcoholismo, ludopatía en donde también se “trabaja” la homosexualidad. 

Susana asistía a Conbiba, iglesia cristiana de doctrina Bautista en Bogotá. Cuando se enteraron de su gusto por las mujeres, le llevaron donde una supuesta terapeuta. “Ella me dio lecturas donde hablaban de demonios, ataques espirituales, ayuno, luchas espirituales. Me dijo que tenía que cambiarme el nombre porque estaba ligado a una raíz lésbica”, contí Susana. 

En estos encuentros se viola el derecho a la intimidad, se les juzgan sus acciones y les asignan tareas para ir “enderezando el camino”: “Me tocó contar toda mi intimidad, con quién había tenido contacto sexual, contar mis fantasías sexuales y qué parte del cuerpo masculino era la que más me gustaba”, dijo Santiago de Medellín. Las tareas, cuentan algunas personas, consisten en dejar de ver porno, disminuir la masturbación, dejar de navegar en internet y salir con personas del sexo opuesto. 

“Mi mejor amiga después de haber entrado a la comunidad de Emaús—un movimiento laico basado en la doctrina de la iglesia Católica— comenzó a invitarme a reuniones y mostrarme testimonios de personas que “habían dejado de ser LGBT+”gracias a los grupos de apoyo y la sanciones que les hacían”, relató Paula. 

Adicional a las tareas y los juicios, en algunos casos extremos hay ECOSIEG que pasan por la tortura física y emocional. El 4% de las personas que participaron en la encuesta respondió que le aplicaron castigos físicos en su comunidad o grupo de apoyo para curar su identidad. Alex, de Bogotá, cuenta su experiencia en la Iglesia Manantial de vida eterna: 

“Me internaron en lo que ellos llaman ‘aposentos’. Me tuvieron tres días completos sin comer nada, solo podía beber agua. Me obligaban a leer la Biblia, me hicieron creer que yo estaba mal y que había alguna especie de demonio que me poseía. Un pastor dijo que oraría por mí. El tipo me pegaba palmadas fuertes con la mano abierta y puños en la espalda. Luego usó su mano y me la clavó en el abdomen, diciendo que así podía obligar al demonio a salir. Yo lloraba en el piso por el dolor, el hambre y el malestar de esos días sin haber ingerido ningún tipo de alimento. De allí salí convencido de que yo era un error y traté de ser heterosexual”.

Hay testimonios que llevan incluso a que las personas crean que ante sus pensamientos y “acciones pecaminosas” la única opción que tienen es entrar a seminarios, volverse pastores, sacerdotes o monjas, personas que dedican su vida a “intentar corregirse” a raíz del miedo infundido y a tratar de negarse a sí mismas para poder sentir que pertenecen a una comunidad y que no le fallan a su Dios. Como consecuencia, estas prácticas tienen repercusiones tanto en la salud física como mental. 

En particular, la carga psicológica queda durante años. Dudar y sentir asco por sí mismes, sentirse aislades, rechazades e incluso que fracasan en sus “esfuerzos de cambio”. Sobre ello, el psicólogo Andrés Lasso indica que tanto desde su experiencia como desde lo que reporta la literatura psicológica al respecto, son sobre todo alteraciones del estado del ánimo: trastornos depresivos, trastornos de ansiedad y trastornos por estrés postraumático. Por ejemplo, menciona Andrés, quedan recuerdos intrusivos sobre esas vivencias, pesadillas, hay una activación fisiológica en estado de alerta y se alteran los significados o las creencias que cada persona tiene sobre sí misma, sobre las otras personas y sobre el mundo.

Razones y tratamientos en contextos psicológicos y psiquiátricos

Durante siglos, las orientaciones, identidades y expresiones de género diversas fueron consideradas una enfermedad, una desviación o alteración de lo que es considerado normal. El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Asociación Psiquiátrica Americana (APA) eliminó en 1973 la orientación sexual diversa como un desorden mental y hasta 1990 la homosexualidad dejó de ser considerada una enfermedad por la Organización Mundial de la Salud.

Aun así, en Colombia persisten ECOSIEG con enfoque psicoterapéutico y con enfoque médico. Los testimonios hablan de profesionales que abiertamente ofrecen procedimientos para curar la sexualidad y/o la identidad de género. También nombran terapias psicológicas y sesiones de medicina bioenergética en las que desde los prejuicios se plantea que hay solo una forma —la heterosexual— de amar y relacionarse en el mundo. Así como hay diagnósticos y procedimientos de psiquiatras y médicos para arreglar aquello que “está desviado”. 

Un punto importante que se reitera en los testimonios de las personas que participaron de este reportaje es de entrada la mirada cis—heteronormativa que tienen muchos profesionales y desde la cual ejercen su labor. “Siempre asumen que eres hetero y me incomoda tener que salir del clóset explícitamente cuando se supone que es un lugar abierto y seguro”, cuenta Daniela, mujer lesbiana de Bogotá. 

Sin duda, la falta de enfoques que reconozcan la diversidad sexual y de género en las consultas psicológicas y médicas da el espacio para que las personas LGBT+ no se sientan cómodas en estos lugares y, en muchos casos, sean llevadas a espacios donde se ejercen otros tipos de violencias: “El médico sugirió a mis padres que estuviera con más hombres haciendo trabajo pesado y me llevaron a prestar el servicio militar”, cuenta Carlos, hombre gay del departamento de Bolívar. 

Ante la pregunta ¿Algo más que quieras compartir sobre ser LGBT+ en terapias psicológicas? Del formulario, Mari, una mujer lesbiana nacida en Bogotá, explica: “Siempre le están buscando el motivo detrás del ser LGBT, preguntan cuál fue el trauma que terminó desencadenando esto en mí”. En distintos testimonios se ve esta táctica: conversaciones en terapia psicológica que buscan o dan una respuesta a las razones por las que “estás así”. 

Frente a la misma pregunta LI, una persona no binaria del Tolima, responde: “Una psicóloga me preguntó desde cuándo era homosexual y me dijo que era posible que lo fuera porque crecí sin mi padre”. Y Carmen, mujer lesbiana de Bogotá, escribió: “La primera psicóloga que tuve dijo que tal vez a mí en realidad no me gustaban las mujeres, que todo se trataba de un acto de rebeldía contra mi familia”. Asumir que una persona homosexual, trans, no binaria, asexual o bisexual está en una “condición” a raíz de un capricho, una moda, una violación, un trauma, un trastorno, o que es una condición congénita o patológica es atentar contra la dignidad de las personas. Más aún, si para contrarrestar esos factores se ejercen estrategias que van desde las terapias psicológicas para erradicar el mal hasta la medicalización con antidepresivos, antisicóticos, hormonas y terapias de electroshock, como lo denuncia Víctor Madrigal, experto independiente de Naciones Unidas sobre la protección contra la violencia y la discriminación por motivos de orientación sexual o identidad de género en su informe para el Consejo de Derechos Humanos sobre la protección contra la violencia y la discriminación por motivos de orientación sexual o identidad de género.

Juan Pablo, por ejemplo, llegó a Resurgir a la vida, una IPS que tenía sede en Normandía, un barrio de Bogotá. En este supuesto centro de rehabilitación para personas con problemas derivados del consumo de drogas le dijeron que según evidencia científica, la homosexualidad era dañina para el ser humano. “La idea era hacerte una terapia de choque para ver si realmente estabas seguro de que querías cambiar; te cogían y te metían en una pila de agua y mientras te ahogaban te insultaban ‘eres un maricón, eres un maricón, estás enfermo, eres una abominación’. Luego me llevaban a una silla y me torturaban con taser mientras veía pornografía. Buscaban que asociara el placer con el dolor”, narra Juan Pablo. Resurgir a la vida fue intervenida en 2021 por la Fiscalía.

Para Nelson Torres, psiquiatra de la Asociación Colombiana de Psiquiatría y líder del Subcomité de Género de esa entidad, las mal llamadas terapias de conversión en ningún caso se pueden nombrar como prácticas terapéuticas ni psiquiátricas, porque es un contrasentido hacer terapia para algo que no existe. Esto concuerda con la opinión de Andrés Lasso, psicólogo clínico, quien explica que los profesionales de estas áreas que realizan de una u otra manera estos procedimientos llevan a cabo una práctica de discriminación. Se hace daño porque en realidad no hay ninguna justificación que amerite este tipo de prácticas en esos ámbitos. 

Por otra parte, Lasso, agrega que al ser “intervenciones” que producen daño, no hay investigación que respalde su “efectividad” para el propósito que persigue y por ende tampoco hay una formación para la ejecución de estas prácticas. Incluso, en el hipotético caso de que esto se pudiese hacer, no hay ciencia que respalde su uso, ni mucho menos un camino formativo que garantice que quienes ejecutan estas prácticas lo hacen bajo un referente adecuado. 

Así, los ECOSIEG son prácticas que van en contra de los principios éticos que tienen as personas profesionales en psicología. “Nosotros tenemos en Colombia unos principios éticos que son la beneficencia, una búsqueda de producir bienestar y no generar daño; el principio de justicia, que es tratar a todos por igual; la autonomía, que es respetar que la otra persona toma las decisiones en su vida: nosotros no estamos para decir qué está bien o mal”, explica Lasso.

Las consecuencias de estas violencias pasan por las nombradas en contextos anteriores: la salud física y salud mental se pueden ver comprometidas, pueden tener efectos a largo plazo en las vidas de las personas. También inciden en el relacionamiento que tienen las personas con el sistema y los profesionales de la salud y psicología. 

Nelson Torres explica que la APA (American Psychological Association) fomenta las psicoterapias que afirman las orientaciones sexuales y las identidades de género de las personas en su diversidad. Aun así, aunque son muchas las personas que contaron que en sus psicólogues han encontrado personas que les han ayudado a aceptarse como son y les han acompañado en diferentes procesos, otras han tenido experiencias que las alejan de estos espacios, que deberían ser de cuidado y atención para personas que están el proceso de explorar y afirmar su identidad de género o su sexualidad.

Adicionalmente, agrega Lasso, el hecho de que existan intervenciones que están orientadas a intentar cambiar la orientación sexual en escenarios médicos y psicológicos, manda el mensaje de que las identidades no normativas son indeseables, problemáticas y abre el camino justamente a que haya discriminación en otros niveles de la sociedad. 

“Si no tuvieras esos gustos, no sufrirías tanto”: La historia de Jaime  

“Hable como un hombre” y “los hombres no se paran así”, fueron los primeros esfuerzos que recuerda Jaime por parte de su familia para que él dejara de ser como era. En su casa y en su colegio lo juzgaban por lo que decía, por cómo se movía, por lo que le gustaba hacer. ¿Manualidades?, ¿hacer bordados? No, eso es para niñas. 

Sus compañeros del colegio le pegaban, le hacían bromas y se burlaban de él. Le bajaban la sudadera, le escribían insultos, lo toqueteaban: “mi cuerpo ha sido muy irrespetado, las personas asumen que el cuerpo de los maricas es para tocar”, expresó. Ante las agresiones, una profesora le recomendó a su mamá que lo llevaran a consulta psicológica. Era, según contó, un niño solitario, triste y algo agresivo. Tenía siete años. La psicóloga le dijo “usted está acá porque sus compañeros le están diciendo marica”.

En su adolescencia su hermana lo descubrió en un encuentro sexual. Su mamá lo llevó donde un sacerdote. Allá lo forzaron a exponer su intimidad, a expresar lo que sentía, lo que pensaba, lo que deseaba. El sacerdote le decía que tenía que confesarse, que, cuando se tenían encuentros sexuales con personas del mismo sexo, espíritus se podían apoderar de su cuerpo. Entonces, solo confesándose, podría pasar de “tener una vida pecaminosa y oscura a una vida blanca como la nieve”, solo así podría “limpiar ese pecado”. 

Estaba en ese proceso cuando su mamá le dijo que irían con un médico bioenergético. Una tía le había hablado a su doctor sobre su sobrino y sus conductas femeninas. Él le había dicho que eso se podía corregir con hormonas masculinas. La mamá aceptó, la tía pagó el procedimiento y a sus 14 años a Jaime lo inyectaron. Una inyección por semana durante 20 semanas. “El doctor me decía que tenía una deficiencia de testosterona, que eso se veía en mis acciones y en que no tenía barba, que era delgado y no tenía vello en la zona genital; que lo que necesitaba era tener más hormonas para poder ser un hombre normal”. Para medir la transformación, el doctor le preguntaba qué sentía, qué pensaba, qué le causaba deseo “¿qué sientes cuando ves el cuerpo de una mujer?. Incluso le dijo que se masturbara en el consultorio para medir su producción de semen.

Hubo un momento en que Jaime no aguantó más. Él había asistido a la fuerza a ese procedimiento. “Nunca nadie contó conmigo, yo solo quería que la tierra me tragara”, cuenta. Un día, llorando y desesperado le imploró a su mamá que no quería volver allá. Ella accedió. Se preocupó y dimensionó el daño que le había causado a su hijo; sin embargo, para Jaime los lazos de confianza ya estaban muy rotos.

La experiencia en su casa, en el colegio, con el sacerdote y con el médico bioenergético minaron la autoestima de Jaime, le tiene miedo al rechazo y ha optado por vivir en soledad. Señaló que es algo que hoy, a sus 41 años, no ha podido superar y que ha estado presente toda su vida. “Cuando entré a la universidad a estudiar economía me encontré con un panorama de libertad, pero yo no tenía las herramientas para vivir en libertad; no sabía cómo relacionarme, mucho menos entablar una relación afectiva con alguien”. 

La culpa, mencionó, es el sentimiento que predomina. Cuando le invitaban a salir, a tener una cita, él sentía que estaba obrando mal, que no era algo apropiado. “Lo lograron a cabalidad, comenta Jaime, lo hicieron muy bien, dejaron en mí la idea de que si fuera una persona normal, un hombre normal, no sufriría, no tendría ese tipo de problemas”. Por ello, durante años se sintió culpable, se negó a sentir. “A veces es tan fuerte el dolor que uno preferiría cambiar para no sufrir más”. 

Con terapias psicológicas, Jaime inició un proceso de aceptación. Claudia, su psicóloga, le dio herramientas para entender y reconocer el daño que había vivido de niño y para dejar a un lado la culpa. Estaba intentándolo, cuando a sus 30 años le diagnosticaron VIH. “El chisme se regó como pólvora y me echaron de mi trabajo”. Ahí la culpa se disparó. Si bien por parte de su familia y conocidos no hubo recriminación, su propia mente lo culpaba una y otra vez “si yo no fuera era gay, es posible que yo hubiera tenido esto”, “esto me pasa por ser así”. 

Aún hoy Jaime vive con esas cargas. Comenta que está en un proceso de perdonarse a sí mismo y a ese entorno que le hizo tanto daño. Para él, sin duda, las violencias más fuertes no fueron las ejercidas en el médico o las iglesias; para él el daño más significativo lo vivió con su familia.

Jaime reconoce que las herramientas jurídicas pueden llevar a que en comités de ética médicos se sancionen este tipo de prácticas y sean escenarios para denunciar a profesionales que atentan la integridad de las personas. Aun así, su llamado principal es a actuar desde los hogares y al interior de las familias: “es urgente que los papás tengan las herramientas necesarias para apoyar a esa persona cualquiera que sea su realidad, que las familias tenga respeto por la individualidad, que amen a sus hijos y prefieran que sean felices desde la libertad a que tengan una historia de dolor”. 

(Espera este domingo la publicación de la tercera parte de este reportaje)

Créditos:

Investigación: Irene Alonso Acosta

Reportería: Irene Alonso Acosta–Mariana Guerrero

Ilustración: Carolina Urueta–Lina Rojas

Edición: Alejandra Soriano W.

Dirección: Catalina Ruiz–Navarro

Convocatoria: All Out

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