March 11, 2025

FEMINISTAS Y GALANES

Nuevamente al alcalde Galán le importa más la higiene de una estatua que las demandas de las mujeres por vidas libres de violencias

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Portada por Isabella Londoño. Fotos de Victoria Holguín.

El 8M del 2024, a la altura de La Casa del Florero y a pocos metros de llegar a la Plaza de Bolívar, agentes de la UNDMO (antiguo ESMAD) violaron todos los protocolos y, ante un incidente aislado, dispararon aturdidoras al cuerpo de defensoras de derechos humanos, perfectamente identificadas con chalecos y brazaletes. Esto, mientras miles de mujeres, incluyendo a niñas, adultas mayores, personas con discapacidad y periodistas pasábamos por esa calle. Al llegar a la plaza, que estaba en absoluta oscuridad y completamente rodeada de policías, cerrando toda salida posible, nos gasearon. Fue el primer cara a cara entre el alcalde y fundador del “Nuevo Liberalismo”, Carlos Fernando Galán y las feministas. No salió bien para el alcalde que, además de vulnerar nuestro derecho a la protesta, puso en riesgo la vida de niñas y mujeres que marchábamos. Todo un galán.

Este sábado, a un año de ese primer “desencuentro”, volvimos a llenar las calles, esta vez sin el peso aplastante de la violencia estatal sobre nosotras. O eso creíamos al finalizar la jornada sin ser gaseadas ni estar acorraladas por la policía en una plaza sin luz. Eso, que debería ser lo normal, ya era un avance porque la vara había quedado bajísima, nivel subsuelo, en el gobierno de Duque y el local de Claudia López. También debería ser normal, cuando hablamos de protesta social, el acto de grafitear sobre muros, paredes, calles, estatuas y monumentos. Infelizmente, para políticos, grandes medios y líderes de opinión, lo normal es estigmatizar el grafiti como un acto de vandalismo que merece criminalización y así lo hicieron ver los galanes -el alcalde y su hermano- pidiendo en redes y medios de comunicación identificar a las responsables de pintar de verde, morado y rosa y plantarle un par de pañoletas a la estatua de Luis Carlos Galán ubicada en la plaza del Concejo de Bogotá, punto final de la marcha. Lo que no debería parecernos normal son las razones que nos convocan cada 8 de marzo y cada 25 de noviembre a decenas de miles de mujeres a salir a las calles a marchar y reclamar.

Pero lo normal es tan relativo y siempre tan conveniente para los galanes… En los años sesenta, era normal, por ejemplo, que los hombres iniciaran su vida sexual con las empleadas del hogar, muchas veces menores de edad, las embarazaran y se desentendieran de esos hijos… Y era normal también no pagarle a las empleadas del hogar lo justo, asumiendo que con darles un techo y comida se les retribuía por su trabajo. Hoy sabemos que nada de eso estaba bien, y aunque fuera lo normal, era a todas luces abusivo y violento con esas mujeres trabajadoras.

Fue gracias al escándalo que armaron los galanes por la pintada de la estatua de su padre, que volvió a ser noticia el hijo no reconocido que tuvo Luis Carlos Galán a sus 22 años con una empleada que llegó a trabajar desde los 14 años a la casa de los padres del político. Su nombre es Luis Alfonso Galán Corredor y aunque ha dicho en entrevistas que su padre siempre respondió por él y le enviaba una mensualidad a su madre, lo mantuvo oculto y no le dio su apellido. Luis Alfonso solo pudo tener el apellido Galán en 1998 y mediante un proceso jurídico. Él mismo cuenta su historia en la novela “Las Distancias”. Esto, por supuesto, no fue de conocimiento público hasta después del magnicidio de Galán, un hecho doloroso para todo el país y una mancha en la democracia que no se borra jamás. Igual que el asesinato de las más de 800 mujeres víctimas de feminicidio del año pasado en Colombia, pero ellas no tienen estatua.

Entre esas mujeres estaba Yelena Stefi Arboleda Mendoza, conocida como Naomi, la joven afro de 25 años asesinada entre la noche del 10 y la madrugada del 11 de noviembre en el barrio Las Cruces, en Bogotá, atacada por un grupo de hombres mientras se dirigía a su casa. No en una riña, como el comandante de la policía y el alcalde afirmaron, revictimizándola a ella y a su familia. Todo un galán. Hoy, seguimos esperando justicia para Naomí y para las 84 víctimas de feminicidio del año pasado en Bogotá, entre ellas Stefanny Barranco Oquendo, asesinada a puñaladas el 29 de mayo en un local del centro comercial Santafé de Bogotá. Otro caso que nuestro galán aprovechó para revictimizar, poniendo sobre ellas la responsabilidad de saber “identificar las señales para evitar que la situación escale”. Esto, justo después de que la Jefa del Comando Púrpura, Viviana Alvarado, se refiriera al feminicidio como ‘un crimen pasional’. Galán también dijo que las autoridades no conocían la situación de violencia que Stefanny había denunciado, información que la familia de la víctima desmintió en repetidas ocasiones. Todo un galán.

Ese mismo alcalde, uno de los hijos reconocidos y beneficiados del apellido que lleva el monumento afectado, decidió este domingo 9 de marzo, día mundial de las estatuas pintadas, volver a usar todo el poder estatal en contra de las jóvenes que realizaron la acción, mientras sigue haciendo caso omiso a las demandas justas y urgentes de las mujeres el #8M y cualquier otro día del año. A esto último se sumó también todo el poder de la prensa hegemónica, que prefirió poner el foco en la estatua pintada que en la movilización masiva de decenas de miles de mujeres y personas diversas y afines a la causa, o en el pronunciamiento político de cierre de la movilización que incluyó los discursos de mujeres indígenas, negras y raizales del país. Y esa decisión, tanto del alcalde como de la prensa no fue inocente, como tampoco lo es lo que representa una estatua en el espacio público, aunque sea esta la de un político de ideas progresistas afines a las nuestras, que fue brutalmente asesinado para evitar su ascenso al poder. Y es también la representación de un patriarca, que embarazó a la joven que llegó siendo adolescente a trabajar como empleada de servicio a la casa de su familia, aunque fuera “lo normal en la época”. Porque sí, las estatuas representan las historias oficiales y esas historias por lo general son contadas por quienes tienen derecho a hacerlo, incluso en este, el caso de un hombre progresista asesinado por sus ideas pero también un macho como tantos otros políticos de izquierda idealizados por la ausencia de representación progresista en países tan conservadores como el nuestro. Todo eso puede caber en una estatua: Galán la esperanza de un país que no fue, Galán el mártir, las historias no contadas, el enaltecimiento de un patriarca y el delfinazgo político que vive de ilusiones, clase y apellidos. 

Lo que no debería caber ni en lo que representa la estatua ni en el galanismo es la limitación del derecho a la protesta a una que no se salga del andén ni de las márgenes, que no incomode, que no altere la normalidad ni los colores y tintes de la ciudad. Marchamos para cambiar las cosas, no para dejarlas como estaban. Marchamos para desnormalizar las violencias basadas en género y los abusos laborales que sufrieron y siguen sufriendo tantas mujeres empobrecidas como María Isabel Corredor, empleada doméstica y madre del hijo no reconocido por Galán. Justamente antes de la movilización por el trabajo y la vida digna convocada por Somos un Rostro Colectivo se realizó el conversatorio al aire libre “Mujeres en resistencia”, con mujeres buscadoras, trabajadoras domésticas y sobrevivientes del conflicto armado, pero eso no lo contaron los medios ni los galanes; a ellos solo les importan sus símbolos, su apellido, su estatus.

Iconoclasia y memoria

Deberían saber también los galanes, con tanta educación privilegiada a la que han tenido acceso, que el derecho a la protesta no se agota en marchas pacíficas ni en discursos institucionalizados, y que también incluye la subversión de los símbolos, la acción directa y la iconoclasia o destrucción, rechazo o cuestionamiento de imágenes, símbolos o representaciones religiosas, políticas o de ideologías dominantes, una forma de resistencia y protesta contra el poder establecido desde siempre. Ya sería hora de que los galanes entendieran que encarnan mucho de lo que el feminismo contemporáneo cuestiona y rechaza: patriarcado, clasismo y políticas neoliberales.

Esta forma de descontento social, cultural y política, que es tan antigua como la democracia misma, e incluso más, y ha sido, muchas veces, la única válvula de escape para comunidades marginadas, resistencia contra dictaduras y, en general, la necesaria crítica a sociedades autoritarias y represivas, es también, en activismos más contemporáneos, herramienta de visibilización para reclamar espacios. Eso fue lo que ocurrió el 8M. Reclamamos un espacio, también público, como la estatua: la calle. Un espacio que las vías institucionales no han sabido garantizarnos. Sobra aclarar que la iconoclasia es una forma de acción directa que cabe en el derecho a la protesta, en tanto que no dañe o vulnere la integridad de otras personas, por supuesto. Las estatuas -para sorpresa de muchxs- no son personas. Las mujeres, en cambio, sí; personas y sujetas de derechos a las que el estado les falla todos los días y para las que esta ciudad de galanes no es segura.

Bien lo dijeron mis compañeras de Somos un rostro colectivo en su pronunciamiento político al cierre de la marcha, “no nos callaremos ante una sociedad que promueve y silencia condiciones indignas y violentas contra nuestras vidas; una sociedad que precariza nuestro trabajo, invisibiliza las labores de cuidado y nos subordina por prejuicios de género”, al tiempo que alertaban, casi a modo de presagio, sobre la criminalización y persecución de quienes defienden derechos, horas antes de que el alcalde lo volviera a hacer. Todo un galán.

Quizás si a los galanes les preocupa tanto cuidar la memoria de su padre podrían esforzarse más por rendirle tributo desde acciones que refrenden al menos esa libertad en la que él creía, defendiendo a las personas, no a una estatua. Merecemos una mejor memoria, no solo unos pocos, todas, incluidas las que ya no están porque el patriarcado cegó sus vidas. Y quizás la pregunta no debería ser ¿por qué se “vandalizan” las estatuas?, sino ¿por qué nuestros gobiernos cuidan a las estatuas más que a las personas? o ¿quién fuera estatua para que se indignaran tanto cuando te atacan? Afortunadamente, las feministas no copiamos de galanes.

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Autor

  • Feminista colombiana, cofundadora de la colectiva feminista Las Viejas Verdes y autora de los libros "La suma de todos los afectos" (Planeta, 2025) y “Que el privilegio no te nuble la empatía” (Planeta, 2020). Es economista de la Universidad Icesi de Cali y tiene más de una década de experiencia en análisis de tendencias sociales y culturales, cambio narrativo, creación de comunidades y comunicación digital. Desde 2018 se dedica de lleno al trabajo por los derechos humanos y es, actualmente, la editora general de Volcánicas.

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