noviembre 10, 2021

El terraplanismo de las transexcluyentes

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Ilustración de Carolina Urueta

La idea de que las personas trans estamos enfermas le ha sido muy útil al sistema cisheteropatriarcal que ve en esta afirmación la justificación ideal para excluirnos de las dinámicas sociales que nos permitirían acceder a una mejor calidad de vida. Bajo el argumento de que somos personas enfermas, en una sociedad capacitista, se admiten falsedades como, por ejemplo, que no somos seres capaces de tener una convivencia saludable en centros educativos; que no somos capaces de llevar a cabo de forma eficaz algún trabajo profesional; que no estamos en las condiciones de emitir opiniones dignas de ser tomadas en cuenta; que no podemos formar una familia o sociedad de convivencia; en fin, que no somos aptas para vivir en este mundo.

En respuesta a lo anterior, desde 2009, cada 22 de octubre se conmemora en México el Día contra la Patologización de las Identidades Trans, una lucha impulsada por la Red de Despatologización Trans cuyo mayor logro fue alcanzado en 2018, cuando la OMS eliminó la transexualidad de su lista de enfermedades mentales. Sin embargo, aunque la OMS haya dejado de considerar la transexualidad como una patología, nos seguimos encontrando con escenarios en donde las voces transfóbicas exponen sus “nuevas” formas de mantener vigente la idea de que las personas trans nos encontramos enfermas. Tal como lo expuse en una columna publicada en marzo de este año (texto que fue retirado de su sitio original ante presiones de grupos transfóbicos en redes sociales), existen psicólogas autodenominadas feministas radicales que insisten en convencer a sus pacientes, hombres trans, por ejemplo, de que en realidad son mujeres con una “profunda misoginia internalizada” que les empuja a aborrecer su identidad. ¿El resultado? Algo así como las mal llamadas “terapias de conversión” (ahora renombradas ECOSIEG) acciones que ya son penalizadas en algunos estados de México y que pretenden cambiar la orientación sexual y/o identidad de género de las personas. 

Otra de las formas que tienen las voces transfóbicas para patologizarnos, en este caso a las mujeres trans, es la de llamarnos “hombres autoginefílicos”. ¿Qué quieren decir con eso? Están tratando de reforzar una idea, ya obsoleta, que en su momento fue planteada por el psicólogo Ray Blanchard, y posteriormente retomada por la feminista radical Janice Raymond, para referirse a aquellos hombres con “la tendencia parafílica de excitarse sexualmente ante el pensamiento o idea de sí mismo como mujer”. Es importante destacar que la teoría de Blanchard ya fue refutada en primera instancia por la bióloga estadunidense Julia Serrano (a quien muchas voces transfóbicas han decidido ignorar por tratarse de una mujer trans) y por muchos otros estudios.  

Pero el legado de Raymond ha sido tan fuerte y tan estigmatizante en contra de las personas trans, particularmente en contra de las mujeres trans, que frases calcadas del título de su libro, El imperio transexual. La construcción del maricón con tetas, aún son empleadas como ataques contra la comunidad trans en redes sociales y otros espacios mediáticos. Peor aún: existen feministas autodenominadas “críticas de género” que con la mano en la cintura siguen esgrimiendo en programas de televisión la teoría de la autoginefilia como una de las motivaciones que llevan a las mujeres trans a realizar la transición de género.

El objetivo es claro: mantener vigente la idea de que las personas trans estamos enfermas, que somos seres abyectos o monstruosos. Lo peligroso de esta premisa es que abre la puerta a una segregación que va más allá del feminismo, un movimiento político por la defensa de los derechos de las mujeres, cuyo sujeto político se ha mantenido históricamente en disputa. De esta manera, las voces antitrans no sólo buscan apartarnos de la lucha feminista, sino asegurar que la conquista de nuestros derechos más básicos (a la identidad, a nombrarnos, al acceso a espacios públicos, al trabajo, a la educación, al deporte) pone en peligro a las mujeres cisgénero. Se trata de la hoy famosa idea del “borrado de mujeres”, o como yo prefiero llamarla: el terraplanismo del feminismo. 

Así lo nombro porque la forma en que las voces transodiantes se ha planteado la idea del “borrado de mujeres” es tan descabellada como cualquier otra teoría de conspiración. Me explico: el borrado de mujeres existe. Lo podemos palpar en las altas cifras de feminicidios y transfeminicidios en México y muchos otros países de la región y lo podemos ver también en una historia de la que se ha eliminado el importante papel de las mujeres y su incidencia en múltiples ámbitos de la vida pública. Sin embargo, el sentido actual de la frase “borrado de mujeres” se refiere a que, con la aprobación de las leyes que permiten la libre autodeterminación del género, se borraría la palabra “mujer” del plano jurídico y, de esta manera, la posibilidad de hablar de procesos vinculados con su materialidad corpórea: menstruación, aborto, lactancia, maternidad, vulva, etcétera. 

Nada más falso que ello, pues las leyes vinculadas con los derechos de las personas trans y no binarias no “borran” la palabra mujer, sino que comienzan a saldar una deuda histórica al por fin nombrarnos. Muestra de ello es la reciente decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación en México que, al declarar inconstitucional la penalización del aborto, incluyó a “mujeres y personas gestantes”. No hay tal cosa como “el borrado”, sino un reconocimiento de otras posibilidades identitarias más allá del binario avalado por el sistema sexo-género occidental. 

Por ello vale la pena tener en mente que, si bien la OMS eliminó la transexualidad de su lista de enfermedades, la lucha por la despatologización de las identidades trans sigue y seguirá más vigente que nunca mientras estos discursos discriminatorios permanezcan en la sociedad, mientras los medios de comunicación continúen dándoles cabida bajo el pretexto de “libertad de expresión”. Y es que una gran cantidad de medios aún hoy consideran que es fundamental dar espacio a “todas las voces”, como si los discursos de odio o discriminatorios pudieran considerarse “el otro lado de la moneda”. 

Aún hoy los medios pretenden que poblaciones vulneradas, en este caso personas trans, debatamos la legitimidad de nuestras identidades frente a quienes consideran que nuestras existencias son problemáticas, o que el avance en la conquista de nuestros derechos puede llegar a menoscabar los derechos alcanzados por otro sector de la población. Bajo esta premisa, los medios dan por sentado que los distintos grupos poblacionales nos encontramos en condiciones de igualdad, y eso es falso. Como apunta la filósofa Siobhan Guerrero, habría que criticar la idea de democracia liberal en tanto ésta presupone que las voces de todas las personas serán consideradas por igual: 

“Si el subalterno no puede hablar, como dice Gayatri Spivak, es porque no es reconocido como un igual; muchas veces ni siquiera es reconocido como un ser humano. Sus acciones no son leídas como actos políticos y sus protestas son reducidas a agresiones ‘incivilizadas y violentas’. La deshumanización del otro socava así la posibilidad misma de la deliberación porque si el otro no es humano, entonces de qué sirve darle la palabra. Peor aún, dejarle participar en el ágora es abrirle la puerta a los bárbaros que no sólo no saben dialogar sino que son una ‘amenaza’ para la democracia y la sociedad”, sostiene Guerrero. 

De ahí la importancia de que nuestros medios de comunicación reconozcan los límites de la libertad de expresión y también aprendan a identificar discursos de odio y discriminatorios, con el fin de evitar a toda costa darles cabida, pues será sencillo que estos mensajes refuercen los prejuicios de una sociedad que, pese a los avances conseguidos, aún es sumamente transfóbica. Es cierto que como comunicadores es imposible negar u ocultar que en nuestra realidad existen voces discriminatorias y tensiones ideológicas, pero de ninguna manera la función de los medios debe ser la de organizar «debates» sobre nuestros derechos, sino la de contextualizar la información para derribar así los estigmas que hay alrededor de las personas trans. 

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Autor

  • Láurel Miranda es una mujer trans, periodista, licenciada en Ciencias de la comunicación y egresada en Historia del arte por la UNAM. Es SEO Manager en EL HERALDO Media Group y anteriormente en Grupo Milenio; además, se desempeña como profesora de periodismo multimedia en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y de Marketing Digital y Planeación de Medios Digitales en la Universidad de la Comunicación. Ama a su familia, sus gatos y el chocolate caliente.

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