octubre 28, 2021

El feminismo abolicionista del trabajo sexual es machista

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Por Alejandra Omaña / Amaranta Hank

Ilustración de Carolina Urueta

En mi trabajo como actriz porno he sido insultada de múltiples formas, pero los insultos más fuertes han venido de feministas abolicionistas que no me dejan claro si para ellas soy una víctima de un sistema machista y violador, o si soy la victimaria partícipe de un sistema proxeneta. Y es en respuesta a esas acusaciones injustas, violentas, y a veces sexistas, que quiero analizar algunos de los argumentos con los que buscan descalificar mi trabajo. 

Mi paso por la pornografía, la creación de contenido, el modelaje webcam y los shows en vivo, no ha sido en su totalidad una experiencia de placer empoderante. A veces se disfruta mucho, otras veces poco, otras veces nada. En algunas ocasiones la interacción con los usuarios puede ser tan excitante que todo puede fluir muy natural. Otras veces, las prácticas pueden no incomodarnos, pero tampoco generarnos placer, así que hay que actuar un poco para cumplir con el trabajo.Y aunque tengo claro que fueron las circunstancias económicas las que me llevaron al trabajo sexual, sé que sin el morbo, y el placer que me producía mostrarme y tener sexo, no hubiese podido llegar aquí. Soñaba con que me pagaran por estar desnuda y tener sexo, pero tenía miedo del rechazo social que vendría con ello. Rechazo que solo puede ser justificado desde el machismo. 

Quizás en un país donde el acceso a la educación superior fuese para todos y todas, o donde graduarse de un pregrado garantizara por lo menos salir de la pobreza, hubiese trabajado en otra cosa, y me hubiese mostrado gratis. Quizás escribiría cuentos de terror y poemas de amor, pero las circunstancias fueron diferentes y nací en un lugar en donde no se puede vivir de los sueños. Pero, ¿mi necesidad me hace víctima de mi trabajo? No lo sé, quizás pudieran responder todos quienes tuvieron que elegir carreras “que dieran plata” porque ser escritor, pintor, actor, cantante, bailarín o filósofo, y vivir de ello, no es posible en este país. 

El por qué y cómo llegamos al trabajo sexual es diferente en cada caso y eso hace que un gran grupo de personas asocie este oficio con violencia y traumas, pero también muchas entramos por nuestra voluntad y encontramos aquí la posibilidad de salir de la pobreza, educarnos, ayudar a nuestras familias, apropiarnos de nuestros cuerpos, venirnos a chorros de placer o simplemente hacer lo que nos viene en gana con nuestras vidas. Y teniendo esto claro, ¿Por qué no nos dejan trabajar tranquilas a quienes queremos hacerlo? ¿Por qué no se concentran en ayudar a las que quieren y necesitan salir de esto y no a las que nos queremos quedar? ¿Por qué prohibir si muchas queremos seguir? ¿No valen nuestros intereses si hablamos desde el placer y no desde la tragedia?

Dicen que somos víctimas de un sistema capitalista que nos explota. Y sí. El capitalismo nos explota a todos, básicamente. Lo contrario sería vivir en una montaña sin acceso a redes sociales o tecnología porque, de resto, somos peones. No hacer parte del sistema capitalista es utópico. Y si algo podemos aprovechar del capitalismo es que nos ofrece la virtualidad, que hace más seguro nuestro trabajo. Lo más acertado -a mi parecer- es cambiar ese sistema desde adentro planteando nuevas formas de consumo que nos favorezcan a todas y todos: mostrar la fuerza de los cuerpos diversos, por fuera de las medidas hegemónicas y apropiarnos de los espacios y los discursos, orientando a los usuarios sobre cómo deben tratarnos y obedecer las reglas de nuestros espacios. Hay redes sociales que aún generan una persecución hacia nosotras, pero la mayoría de páginas de webcam nos ofrecen pagos seguros, difusión y muchas otras garantías. Lo ideal sería que ese capitalismo fuera liderado por mujeres, pero si nos ponen tantas trabas para trabajar, es mucho más complicado ser líderes. 

También dicen que “vendemos” nuestro cuerpo. Es bastante ridículo llamarlo así porque no vamos por la vida descuartizándonos de a poco para darle una parte a quienes pagan por nuestro contenido. Trabajamos con nuestro cuerpo, sí, pero ¿Hay una forma diferente de trabajar? ¿A alguien le ha funcionado trabajar sin tener que usar la boca, los brazos, las piernas o el cerebro? Trabaja con el cuerpo quien levanta un bulto en una obra y también lo hace quien desde una oficina escribe un artículo. ¿En dónde radica entonces el problema? ¿En que trabajamos con nuestros genitales? Durante siglos el machismo nos ha dicho qué debemos hacer con nuestros cuerpos, y cómo debemos sentir vergüenza por exhibirlo, y eso mismo quiere hacer ahora el feminismo abolicionista. En un juicio netamente machista, nos creen tan torpes que no podríamos tener autonomía para elegir sobre nuestros cuerpos y nuestra sexualidad. Nos disminuyen e infantilizan en sus discursos diciendo que no nos damos cuenta que estamos siendo abusadas. ¿No es esto un machismo explícito?

Otro de los argumentos principales de las abolicionistas es que “la pornografía es un producto machista que implanta la idea a los consumidores de que las mujeres pueden ser tratadas como objetos y violentadas en el acto sexual”. ¿Que la pornografía es es un producto mayoritariamente machista? Sí. La imagen inmediata de alguien cuando lee la palabra “porno” es de una mujer arrodillada con expresión de dolor siendo ahogada con un pene. Pero, para la felicidad de muchos -incluyéndome-, este tipo de pornografía está muriendo. Esa industria fracasó. 

Los consumidores de pornografía pagada (quienes influyen fuertemente en las tendencias del contenido para adultos) están buscando opciones bastante segmentadas de diversos fetiches. Una corriente muy fuerte de usuarios le paga a las modelos por videos personalizados donde ellas simplemente muestren sus pies, coman, hablen, se quiten la ropa o incluso se vistan. ¿No lo creen las feministas abolicionistas? Es porque han limitado la sexualidad al básico encuentro de genitales en una penetración, pero la sexualidad y los placeres son tan amplios que aún hoy, después de toda mi experiencia, me sorprendo con historias propias o de mis compañeras. Es por eso que las plataformas de venta directa de contenido tienen mucha más fuerza ahora, porque el trabajo de las productoras está cumpliendo su ciclo y los usuarios ya pueden tener contacto directo con las modelos y actrices para hacer sus peticiones especiales. Eso quiere decir que la lucha del feminismo abolicionista puede estar desactualizada en su argumento principal.

Sin embargo, es bueno aclarar que, en lo poco que queda de porno convencional, las actrices, antes de iniciar una escena, tenemos el derecho de indicar qué tipo de prácticas hacemos y cuáles definitivamente no queremos hacer. Así que en muchas escenas esos ahogamientos con el pene fueron planeados y acordados. Dentro del infinito espectro de la sexualidad, hay personas a las que les genera placer ser dominadas y agredidas y, en muchos casos, eso sucede con las actrices que hacen ese tipo de escenas. Que no siempre es de mutuo acuerdo, es cierto. En algunas escenas las actrices no tienen suficiente información sobre lo que va a pasar en la escena y es por eso que el trabajo se convierte en un abuso o violación, lo cual es inaceptable, un delito. 

Además, el hecho de que los hombres repliquen lo que ven en la pornografía tiene más qué ver con la ausencia de educación sexual que con la propia pornografía. Los padres de familia y maestros también han tenido miedo de hablar de sexo y no nos explicaron –tampoco a las mujeres- cómo es que funcionan nuestros genitales, cómo se siente tener placer y mucho menos sobre consentimiento. Ante la ausencia de información, los hombres empezaron a replicar lo que vieron a escondidas y lo asumieron todo como cierto y acertado. La pornografía debería tomarse como un género del cine –puede ser serie B muchas veces- destinado a adultos, pero el inconsciente colectivo cree que quienes hacemos ese tipo de escenas vivimos en el personaje que interpretamos, que recibimos la pizza en lencería o que nos culeamos al fontanero que viene a arreglar los problemas del lavaplatos. Creer que estamos calientes todo el tiempo es como pensar que en su vida cotidiana Henry Cavill sale de su casa con su capa de Súperman a salvar a cualquiera que esté en peligro. 

También argumentan “Que somos parte de una industria que explota personas y graba pornografía infantil” y esto es falso. Los que explotan sexualmente a personas y niños son delincuentes que deben estar presos y tenemos que sacarlos de la industria. Las feministas abolicionistas necesitaban encontrar un enemigo público y las trabajadoras sexuales hemos sido las perfectas candidatas. Claro, enfrentarse a las mafias que manejan la explotación y la pornografía infantil es más peligroso que señalarnos a nosotras. Con esta narrativa, hay un culpable (nosotras) y unas heroínas (ellas). Y nos han puesto de culpables a nosotras porque es fácil echarle agua sucia a quienes no tienen pudor. Nos creen capaces de cualquier cosa. Creen que hemos borrado los límites del respeto por el ser humano, cuando lo que exigimos es respeto e igualdad para todas.

Al no ser el trabajo sexual uno completamente formalizado y legal, llegan delincuentes que se camuflan de empresarios o actores y así abusan de muchas personas. Pero prohibir no hace más que aumentar el consumo irresponsable y alimentar las irregularidades del ambiente. Las trabajadoras sexuales necesitamos ambientes laborales más seguros donde podamos tener las garantías a las que cualquier persona tiene derecho. No negamos que existen abusos como en todas las profesiones, pero ¿cómo podemos denunciar si no estamos formalizadas y nos criminalizan?

Satanizarnos por lo que hacemos no es más que discriminarnos. Trabajar no nos hace víctimas, pero tener obstáculos para hacerlo sí nos victimiza. 

Que las feministas abolicionistas cuenten con nosotras para ayudar a quienes han sido víctimas de abuso, explotación o violación, pero que no se metan con quienes queremos trabajar en esto. Gracias por su defensa, pero no la necesitamos. Tiene más impacto trabajar por causas realistas que pensar en la utopía de desaparecer este trabajo que no acaba, solo se transforma.

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Autor

  • Alejandra Omaña, conocida como Amaranta Hank, estudió comunicación social y se dedicó 6 años al periodismo de frontera, en ese tiempo escribió un libro llamado Relatos de Frontera. Desde hace 5 años se dedica al trabajo sexual desde la pornografía y la creación de contenido para adultos. Ahora se prepara para publicar un nuevo libro en diciembre de 2021.

Comentarios

4 thoughts on “El feminismo abolicionista del trabajo sexual es machista

  1. Un artículo inteligente, muy bien planteado, con argumentos, y un tono civilizado. Ojalá los debates de ese tipo se dieran siempre así.

  2. Se abre un interesante debate, entre el trabajo, la violencia y la lucha anticapitalista, todo ello debe adelantarse, siempre ubicando nos desde una perspectiva de derechos y respeto. Alas diferencias

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