October 12, 2025

“Día de la Raza”: un legado colonial

Una invitación a disputar la palabra y la idea del "Día de la Raza", a reapropiarnos de las historias que nos han contado y contarlas desde los cuerpos y las vivencias que han sobrevivido.

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Gente que me lee, no me enloquecí: este título tiene una razón de ser y se las voy a explicar. Días atrás escuché a alguien preguntar cómo se podía celebrar correctamente “el Día de la Raza”, ya que la fecha se aproximaba y quería hacer una mención especial en redes. Yo me quedé paralizada. Menos mal, la pregunta no iba dirigida a mí. Por suerte, quien respondió alcanzó a decir que aquella conmemoración ya no lleva ese infame nombre. Yo, mientras tanto, me retiré del espacio para evitar un desmayo.

Sin embargo, pensé mucho en lo difícil que es transformar imaginarios y en lo fácil que pueden sembrarse ideas y replicarse cuando la hegemonía las favorece. No olvidemos que, desde tiempos inmemoriales, se han contado historias: la humanidad las ha usado como herramientas para mantener tradiciones, transmitir conocimientos a futuras generaciones, echar chisme, entender cómo funciona el clima, mostrar interés romántico… Mejor dicho, las historias son la columna vertebral de importantísimos estamentos de la humanidad.

El 12 de octubre —renombrado como Día de la Diversidad Étnica y Cultural en Colombia, Día del Respeto a la Diversidad Cultural en Argentina, Día del Encuentro de Dos Mundos en Chile, Día de la Interculturalidad y la Plurinacionalidad en Ecuador, entre otros— pretende rendir un homenaje al mestizaje, desconociendo que este supuesto “crisol de razas” ha sido, en realidad, un proceso que sostiene gran parte del racismo antinegro en América Latina.

Retomemos entonces definiciones críticas sobre el mestizaje con la esperanza de que la narrativa sobre esta fecha cambie para siempre.

“En América Latina y el Caribe, el mestizaje ha sido fundamental para la definición de las identidades nacionales. Pero más que un reconocimiento de mezclas raciales y culturales (europea, indígena y negra), se convirtió en una ideología basada en la homogeneización y muchas veces también vinculada a una idea de blanqueamiento y de ‘mejoramiento de la raza’. Como idea nacionalista y racista, esta ideología significó la negación de grandes poblaciones negras e indígenas y el ocultamiento del racismo del que eran víctimas, en defensa de la supuesta democracia racial como matriz civilizadora de las naciones latinoamericanas” – Ochy Curiel.

Cuando empecemos a ver que la disputa identitaria de Latinoamérica tiene raíces en la negación del racismo, veremos formas más transparentes de abordar la racialización, el clasismo, el machismo y la transfobia que azotan a nuestros países. Sin embargo, la peligrosa historia del “descubrimiento” de Colón y del supuesto “intercambio” entre grupos raciales y étnicos en tiempos de colonización es un veneno que mantiene a las personas negras y de comunidades originarias bajo un yugo narrativo complejísimo: el de las víctimas eternas y/o la gente más resentida. Es evidente que, a nivel de imaginarios, se han usado estas dos perspectivas para responsabilizar a las propias víctimas del racismo, ocultando la maquinaria colonial que sigue operando detrás de la antinegritud y del exterminio de los pueblos originarios.

Una reflexión que quiero compartir con ustedes sobre las historias que dominan nuestras dinámicas de todo tipo está relacionada con una muerte reciente: la de Assata Shakur. Esta mujer fue descrita por bell hooks como “una de las mujeres negras más vilipendiadas por el poder blanco precisamente porque encarna la posibilidad del amor radical y la insumisión absoluta”. Siendo Assata Shakur una de las activistas, poetas e intelectuales más prominentes en la historia de la liberación afroamericana, resulta increíble que la noticia de su fallecimiento fuera enmarcada y reducida a titulares que invisibilizaban su lucha y legado, presentándola como una “terrorista”. Aquí algunos ejemplos:

Con la muerte de esta librepensadora afroamericana pasó lo que pasa con muchas memorias de la negritud, del levantamiento de los pueblos que resisten a la colonización, de las historias que no llegan a ser contadas desde los anaqueles del “canon”: sirven para moldear resultados sobre vencedores. Es necesario entender que la hegemonía busca contar la historia de una manera maniquea: no hay espacio para preguntas ni posiciones críticas. Lo cierto es que, en estructuras socioeconómicas donde prospera el fascismo —como el capitalismo—, es conveniente contarlo todo desde los opuestos y sin matices. Assata, entonces, fue retratada como una villana, como una prófuga, y desde ahí se vende la narrativa de que no hubo más que la asociación de su figura con el “terrorismo”. Desde esa perspectiva se pretendía que nada más trascendiera.

Con el caso del infame “Día de la Raza” y con la muerte de Assata Shakur, vemos cómo pueden prosperar con una fuerza avasalladora narrativas que corroboran la continuidad del poder colonial en los discursos que creemos —o incluso difundimos— como “reales”. Ambas historias —la de una fecha que celebra la invasión y la de una mujer que encarnó la libertad pero es presentada como una delincuente— revelan cómo el relato dominante, el relato de la supremacía blanca, el relato del capitalismo, tiene como objetivo último domesticar la memoria y despojarla de su filo político.

Cuando decimos “descubrimiento” o repetimos titulares que reducen a Assata a “prófuga”, lo que hacemos es repetir sin cuestionar el guion de la hegemonía. Por eso urge disputar la palabra, reapropiarnos de las historias que nos han contado y contarlas desde nosotras, desde los cuerpos y las vivencias que han sobrevivido y que también han triunfado. Por ejemplo, empezar a contar que Assata murió siendo libre. Y que el “Día de la Raza” rinde homenaje a un genocidio contra las personas esclavizadas de ascendencia africana y de pueblos originarios. Renombrar dicha fecha sin problematizarla solo perpetúa la idea de que, para empezar, merecía ser una conmemoración.

Solo siguiendo en la lucha por la palabra podremos mantenernos en la pugna por descolonizar no solo el lenguaje, sino también la comunicación y la pedagogía.

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Autor

  • Escritora y educadora antirracista. Es columnista de América Futura de El País (España), Volcánicas, Manifiesta y El Espectador (Colombia). Sus reseñas, cuentos y poemas pueden encontrarse en publicaciones internacionales como el Southwest Review de la Universidad Metodista del sur de Dallas, Purple Ink de la Universidad de Brown y la plataforma digital America Hate Us. Es autora de Arraigos (2023), y pueden leer su trabajo en publicaciones colombianas independientes como Neutrina, Ex-libris, Literariedad o Sinestesia. Hace parte de la antología Afloramientos de Fallidos Editores y ganó una mención honorífica en el XII Concurso de Poesía Eduardo Carranza.

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