October 27, 2026

Detrás de las narrativas apocalípticas de la IA: Los nuevos y bizarros cultos supremacistas de Silicon Valley

Detrás de las narrativas apocalípticas que advierten que la IA podría acabar con la humanidad, crece una subcultura de movimientos como el Racionalismo y el Altruismo Efectivo, financiados por una élite ultrarrica y patriarcal, con ideas misóginas, colonialistas y hasta eugenésicas. Laura Marajofsky analiza cómo estas creencias, que en varios casos funcionan como sectas, se filtran en los laboratorios, la academia y las políticas sobre IA. ¿Qué podemos hacer para disputar esos imaginarios?

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De un tiempo a esta parte se viene hablando con persistencia del acercamiento del mundo tech al ámbito religioso a través del desarrollo de sistemas de creencias que, aunque se alejan de la religión formal y organizada, exploran nuevas y delirantes ideologías que, si bien se muestran en principio como seculares, no son por eso menos insidiosas. Aunque para algunos puede resultar novedoso este viraje cuasi-religioso de los discursos en Silicon Valley, para el ojo atento hace al menos una década que estos discursos pseudo-religiosos —y grupos que operan en varios casos documentados como sectas— vienen creciendo; desde el Aceleracionismo al Racionalismo pasando por el Altruismo Efectivo (EA), que difunden tanto pánico calculado como ideas misóginas, colonialistas, anticientíficas y hasta eugenésicas.

En paralelo, en los últimos meses se sucedieron renuncias de figuras visibles/en cargos jerárquicos dentro de las tecnológicas más nombradas, en la mayoría de los casos advirtiendo sobre las consecuencias del desarrollo sin control de la IA. El más reciente es Jacob Coxon, ex de Anthropic, quien lanzó convenientemente una advertencia en X sobre lo que muchos techies llaman “riesgo existencial”, o sea, la amenaza de que la IA acabe con la humanidad. Aunque Coxon advertía que no se trataba de una maniobra publicitaria, el timing con el que varias de estas corporaciones salieron a validarlo, el propio pedido de Darío Amodei de “desacelerar” el desarrollo de los grandes modelos de frontera y “regular” la IA (curiosamente, son ellos los que se postulan como los únicos capaces de desarrollar estos sistemas de manera responsable), todo en la previa a la salida a la bolsa de sus empresas, dio bastante lugar para dudar. 

¿Cuál es el vínculo entre las narrativas del fin de los días que inundan los titulares y las personas que las promueven? ¿Y entre aquellos discursos que nos hablan del fin del trabajo humano y la adopción “urgente” de la IA y los trillonarios (en su mayoría varones, blancos, cisgénero) que las desarrollan y comercializan? Más importante aún, ¿cómo se están filtrando creencias distópicas y marginales al mainstream a través de los medios, las redes, la academia e impactando en la discusión actual? Y, ¿cuáles son los peligros de estas narrativas tanto para las mujeres y LGBTQ como la sociedad toda? 

Del mito de lo inevitable a la divinización de la IA

Antes de adentrarnos un poco en estos nuevos cultos, vale la pena pensar cómo se articula esta retórica de inevitabilidad de la IA y el cariz cada vez más religioso que toman los discursos del tecnofeudalismo actual. Como explica una nota reciente de The Atlantic, la idea de lo inevitable y la nula responsabilidad que se le atribuye a los desarrolladores formatea en gran medida este pensamiento mágico o de devoción espiritual alrededor de la IA. “Cuanto más se considera la IA como algo inevitable o una fuerza cósmica en lugar de un producto resultante de decisiones de diseño industrial y comercial, menos es posible responsabilizar a cualquier empresa o persona cuando las cosas salen mal”.

En el nuevo libro del periodista Kevin Roose, “The AGI Chronicles” que sigue la carrera millonaria por el desarrollo de la superinteligencia, Roose deja claro que la inteligencia artificial general no era inevitable, sino que fue inventada, desarrollada y comercializada por unos pocos cientos de personas. Es decir, una élite privilegiada y poderosa tomando decisiones que nos afectan a todos, pero que nos quiere hacer creer que esta transformación de la sociedad los excede. Por su lado, la reconocida científica y feroz crítica Timnit Gebru, también apareció en los medios, pero para contrarrestar estas narrativas apocalípticas: hablando de la agenda política y económica detrás y de cómo las empresas se benefician con este marketing engañoso, en busca de la captura regulatoria. “La primera estrategia consiste en promocionarse como creadores de cosas superpoderosas e inéditas para las que no existe regulación, lo cual no es cierto. La segunda es lo que hacen cuando alguien intenta hacer cumplir la regulación: amenazan con retirarse o presionan para que no exista dicha regulación”.

Gebru, que está por publicar un nuevo libro sobre estos temas (“Deep Unlearning: The Rise of AI and the Radicalization of a Tech Idealist”), aprovecha además para marcar la agencia real de estos actores y poner la lupa en los daños concretos que está produciendo la IA, desde los impactos ambientales a la explotación laboral de los trabajadores de la IA y de nuestros datos. Para sumar más preguntas, Emily M. Bender, doctora y profesora de Lingüística en la Universidad de Washington, es otra de las voces señalando

Que todo este catastrofismo no se basa en ningún trabajo científico y que ninguna de las afirmaciones es verificable ni falsable. ¿Cómo se llega a estas supuestas probabilidades de extinción que rondan el 10% o 25% según quién lo diga? ¿Cómo se calculan? ¿Cuál es la evidencia en datos detrás? Nadie sabe.

Así como no existe divinidad detrás de la IA, no existe ninguna profecía que dicte que un puñado de empresas de Silicon Valley tienen derecho a hacer lo que están haciendo. Las industrias se configuran a partir de las decisiones de inversores y actores individuales a muchos niveles, y de la acción u omisión de organismos reguladores. O en todo caso, como propone la filósofa Carissa Véliz en su libro “Profecía”, si vamos a hablar de profecías, conviene tener en cuenta que “donde hay predicciones, hay estafadores, poder y abuso de poder”, y que esta actual obsesión con las predicciones (y los sistemas predictivos como principales regentes de la vida, oráculos modernos o dioses) no siempre termina bien.

Los cultos patriarcales de Silicon Valley

Detrás de las voces que advierten sobre el fin del mundo existe toda una subcultura de internet muy específica que surge hace aproximadamente veinticinco años, que consiste en diversas corrientes de pensamiento que se ensamblan en torno a comunidades online y offline, think tanks, “centros de estudio” y otras organizaciones financiadas por una elite ultra rica y patriarcal, que se ven a sí mismos como “agentes de cambio”. Lo que resulta alarmante es el modo en que muchos de estos idearios radicalizados están permeabilizando ámbitos de poder e influencia en Silicon Valley y más allá. Como se explica en una muy buena editorial (“Sexo, IA y el Apocalipsis”) que sigue el entramado de estos cultos al mejor estilo CSI, el problema es que sus miembros integran los laboratorios de vanguardia, los institutos de seguridad y las organizaciones filantrópicas que definen qué significa la seguridad de la IA hoy en día. 

Entre algunas de estas ideologías, que tienen un rol preponderante en la vida de sus integrantes, se encuentran el Racionalismo y el Altruismo Efectivo (EA), dos movimientos distintos pero con orígenes comunes. Por su lado, el Racionalismo surge cerca del 2011 con Raymond Arnold y la ONG Brighter Than Today, que tuvo sus primeros capítulos en California y luego se extendió por Norteamérica y Europa, y que ya en 2025 estimaba que la probabilidad de una catástrofe provocada por la IA superaba el 50%. Y aunque las definiciones dentro del grupo varían, lo que se busca es alcanzar tanto la racionalidad epistémica (llegar a tener creencias verdaderas sobre el mundo) como práctica. También toman aspectos del transhumanismo y están implicados en la seguridad de la IA. 

Pero si se hurga un poco más allá la cháchara sobre buscar la verdad y hacer el bien en el mundo, se terminan encontrando visiones fascistas como el racismo científico e ideas antidemocráticas vinculadas al llamado movimiento neo-reaccionario o NRx en los EEUU, que no es más que un aggiornamiento de movimientos de derecha que abogan por los roles tradicionales y promueven gobiernos autoritarios y capitalistas. Y así también, siguiendo el caminito, se puede llegar a figuras polémicas como Eliezer Yudkowsky, cofundador del Instituto de Investigación de la Inteligencia de las Máquinas (MIRI), el bloguero de derecha Curtis Yarvin , personajes asociados a figuras prominentes como Peter Thiel o el propio Elon Musk, quien converge con algunos puntos del racionalismo. 

El problema crece cuando estos autores son “traducidos” para hacerlos más accesibles y luego, con el avance de la IA y el riesgo de extinción latente, son levantados por medios mainstream y adquieren cierta relevancia en el ámbito académico. En los 2010s se fundan institutos como el Future of Life Institute (financiado por Musk), el Center for Applied Rationality (CFAR) o el Future of Humanity Institute que ya no existe más, pero fue financiado por la mismísima Universidad de Oxford. No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de que, más allá de los nombres grandilocuentes, los idearios detrás de estas instituciones son bastante oscuros, y sus vínculos con el poder y grupos extremistas saltan con un simple googleo.

Además, hay escándalos que van desde promocionar ideas eugenésicas (que hay brechas de inteligencia hereditarias entre razas) a escándalos sexuales (una investigación de TIME sobre el EA destapó acusaciones de acoso sexual y un ámbito tóxico para las mujeres), y evidencia de prácticas psicológicas invasivas o coercitivas hacia adentro de varias de estas comunidades; que a su vez entrelazan relaciones laborales, comerciales, familiares y sexuales, creando una red de la que luego es muy difícil zafarse sin un alto costo personal. Lo que se entiende literalmente como el funcionamiento de una secta: entornos con una autoridad carismática, intrusión psicológica, dependencia y la protección de los miembros a toda costa.

La nueva ola de filantropía y el dinero de la IA

Estas sectas no limitan su alcance a libros, cursos para “pensar mejor”, canales de reclutamiento o eventos para los ricos de California. Toca entender cómo las ideas de un bloguero que quiere abolir la democracia lograron captar mecenas millonarios, o cómo estas ideologías llegan a los grupos de lobby político.

Para entender el cómo quizás ayude pensar el quién. ¿A quién atraen estos grupos y qué les ofrecen? Un censo de la comunidad racionalista Less Wrong reveló una población compuesta en un 87% por hombres, muchos con diagnósticos de enfermedades mentales como depresión, con bajos niveles de interacción social y que se identifican como personas “incomprendidas” y “excepcionales”. Aún más interesante, en estos lugares se habla del síndrome del personaje principal, en el que una persona se percibe a sí misma como el centro absoluto de la realidad. Personajes como Musk han sido asociados con este síndrome, que además cuaja perfecto con el protagonismo que ofrecen estas pseudo-religiones (ser el mesías, el salvador, el visionario). Así lo que estos movimientos ofrecen a varones que no pueden criar a sus propios hijos sin la ayuda de un bot o son simplemente incapaces de vincularse emocionalmente con otros (especialmente con mujeres), es un sentido de pertenencia y de validación constante.

Si en el 2026 ya hemos aprendido cómo opera la manosfera para captar a varones decepcionados con el estado de su realidad (no hay que ser un incel), el modus operandi de Silicon Valley es muy similar, ya que las brechas de poder y culturales basadas en el género también persisten ahí. 

Este es el terreno fértil en el crece el Altruismo Eficaz, que pasó de ser una comunidad filosófica y filantrópica centrada en “abordar la pobreza a escala mundial de la forma más efectiva”, a convertirse en una poderosa red global financiada por donantes adinerados, que espera las nuevas olas de capital que van ingresar al sector tecnológico a raíz de la salida a la bolsa de estas empresas. Tampoco te sorprenderá que la mayoría de sus miembros (más del 70%) sean varones blancos y jóvenes—muchos se han comprometido a donar al menos el 10 % de sus ingresos a organizaciones benéficas de alto impacto—. Pero, ¿cómo llegó una subcultura marginal a ocupar espacio en el debate público e inmiscuirse en las políticas sobre inteligencia artificial? 

La respuesta a esto tiene que ver por un lado con la consolidación de una posición financiera de la mano de magnates como Thiel, quien sostiene una visión particular del cristianismo que gira en torno a la idea del Anticristo y plantea abiertamente que no cree que la libertad y la democracia sean compatibles. Asimismo, la presidenta de Anthropic, Daniela Amodei, está casada con el fundador de GiveWell y varios de sus empleados incluyendo a su hermano han estado vinculados al movimiento EA. Otros financiadores son el cofundador de Facebook, Dustin Moskovitz; el cofundador de Skype, Jaan Tallinn y el infame Sam Bankman-Fried, protagonista de una de las mayores estafas cripto de la década, que salpicó a esta doctrina.

Pero no se trata solo de dinero, también de una validación en espacios académicos y empresariales, creando un caldo de cultivo en el que “el altruismo eficaz se ha convertido en una religión secular para los jóvenes y las élites”. Lo secular no lo hace ni más lógico ni menos propenso a caer en escándalos, fraudes o profundos sesgos discriminatorios. El crítico Ted Gioia habló de los “cursos secretos” para nepo babies que asisten a Stanford, con nombres tan pretenciosos como evidentes de esta mentalidad clasista (“Rule”) en donde se imparten contenidos del EA. Así esta filosofía tóxica se extiende en las tecno-élites jóvenes, como cuenta Theo Baker en el libro “Cómo gobernar el mundo”, también alumbrando la próxima generación de escándalos (como ya estamos viendo con Phoebe Gates y la estafa con su app de compras Phia por la que podrían darle 20 años de prisión. Si estás pensando en Elizabeth Holmes y Theranos, no es descabellado. “Lo que hace que esta situación sea tan peligrosa es la combinación de una ambición desmedida con el complejo de salvador narcisista, propio de personas que creen que todo lo que hacen está permitido, siempre y cuando persigan una visión del futuro lo suficientemente grandiosa”, resume Gioia sobre esta tormenta perfecta.

Hacia dónde vamos, necesitamos menos tecno-oligarquía

Aún si podemos identificar problemas conceptuales detrás de estas “éticas consecuencialistas” (derivaciones del utilitarismo más cercanas a un lavado de culpas e imagen), un ejercicio interesante es notar los puntos en común de la mayoría de estos “credos”. Rápidamente emerge un patrón claro: la construcción de Estados autoritarios que se parecen más a neo-monarquías y menos a sociedades libres, que privilegian los derechos de las corporaciones por sobre los individuos, y que potenciados por hechos desestabilizantes como la pandemia y la disrupción tecnológica, han crecido al calor de discursos anti-científicos y pseudo-religiosos pero sobre todo antidemocráticos —que hoy se benefician de ciertos proyectos políticos en el poder—.

Que muchos de los impulsores de estas ideas sean varones, blancos y millonarios que parecen más empeñados en pagar menos impuestos o tomar tierra de países subdesarrollados, hablemos de Próspera en Honduras o del nuevo proyecto +Colonia en Uruguay, no es una casualidad. “Acá hay un dato importante y es que en general estas ideas vienen a ser planteadas por varones del Norte Global que vienen a instalar estos estos “guetos” en el Sur Global. Y esto ya se vio en la historia, tuvimos a Colonia Dignidad en Chile, Nueva Germania en Paraguay, Orania en Sudáfrica, todos ejemplos de supremacismo blanco recorriendo la idea de una ciudad con ideal libertario, pero solo para algunos, con nociones eugenésicas para conservar la raza, pero siempre instalándose en el Hemisferio Sur” señala Milagros Miceli, socióloga, ingeniera de datos y fundadora del DWI (Data Workers Inquiry), destacada como una figura influyente en IA según la revista Time.

Entonces, ¿qué estrategias podemos desarrollar en conjunto para contrarrestar estos relatos tecno-fascistas del mundo que imaginan un futuro solo para los que pueden pagarlo? Del mismo modo que como sostiene Gebru que es importante reclamar medidas de gobernanza para la IA que incluyan evitar el marketing engañoso, transparencia en torno a los datos que usan para crear estos “claims apocalípticos”, y por supuesto, marcos legales para regular problemas reales del presente como la explotación laboral de los trabajadores y de datos, también es crucial adueñarnos nosotras de las narrativas propositivas y optimistas en torno a las tecnologías para el futuro. ¿Podemos seguir dejando que los que moldean estas discusiones sean mayormente personas con muy poca humanidad y cuya idea de éxito es que los robots hagan prácticamente todo por ellos? La batalla es claramente de imaginarios, tanto técnica como simbólica, sobre todo si, como ya advertimos, la nueva brecha de género es de expectativas en relación al progreso que trae la IA y su impacto a futuro. En este contexto crece la relevancia de espacios como la “Lista de Resistencia a la IA”, un espacio para listar iniciativas, proyectos y personas que resisten en distintos ámbitos de la sociedad y que quieren crear futuros tecnológicos alternativos.

Como dice Miceli hoy nos encontramos ante nuevas formas de neo-colonialismo:  “Ya no es solamente colonizar los datos y el cuerpo, es también colonizar los territorios, pensando en el fascismo del fin de los tiempos como dice Naomi Klein, donde se acelera la desesperación por encontrar lugares donde haya recursos, condiciones climáticas, donde ellos se puedan salvar de una supuesta catástrofe del fin de los días (hay ahí otra conexión religiosa o pseudo religiosa). El colonialismo en estos tiempos ya no es solo de datos en el sentido de algo intangible, sino que es bien concreto porque hablamos de territorios y recursos”.

Otra pata entonces es la organización como forma de cuidado y de resistencia local. “No es quedarnos solo en la queja o en el arreglar lo que estos tipos vinieron a romper, sino en crear alternativas que sean diferentes, pensando las tecnologías desde una perspectiva situada y desde distintas comunidades, y para lograr eso, ya que el capital, el saber y el poder de cómputo está distribuido asimétricamente, la manera es organizarse”.

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Autor

  • Periodista especializada en cultura, tecnología y género, escribe en diversos medios como La Nación, Forbes, La Diaria, Crisis, Comestible y Pikara Magazine. Es fundadora del Mapa de Barmaids & Afines, la primera plataforma de visibilización y acción para mujeres y disidencias en gastronomía en LATAM. Trabaja como consultora creativa y mentora de proyectos. Investiga y es speaker sobre DEI en gastronomía.

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