August 20, 2026

Después del símbolo: de la Helena negra, la besatón contra la homofobia y los balones en Buenaventura

¿Qué tienen en común la Helena negra de la Odisea de Nolan, la besatón contra la homofobia y los balones que llevó De la Espriella a Buenaventura en plena emergencia por el terremoto? Una columna sobre el poder de los símbolos, sus límites y la importancia de ir más allá.

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Empezaré por señalar que la incomodidad es un limbo deseable en cada una de las columnas en las que busco hacer crítica cultural. Escribir es transitar ese limbo con rigor y desde la más genuina curiosidad. Inicio así, atípicamente, porque estamos en tiempos en los que urge la autocrítica y el paso siguiente en la cultura, el arte, la política, los movimientos sociales, la literatura, el periodismo; si no damos ese paso adelante, seguiremos en llamas, hasta que no quede nada.  

*Esta columna se escribió antes del 10 de agosto. Es fundamental incluir el tema del terremoto, teniendo en cuenta que esta crisis le compete a todo el país. Además, es innegable que desde que tuvo lugar el terremoto aparecieron símbolos de resistencia, solidaridad y mezquindad que nos afectan.

La Helena negra

Christopher Nolan volvió a encabezar titulares en todo el mundo con “La Odisea”, con la que recaudó 264,1 millones de dólares en su primer fin de semana. Y si bien esta película es, hasta el momento, la más taquillera del director en su semana de estreno, muchas personas se opusieron a la perspectiva a la que invita Nolan y lo hicieron sin haberla visto siquiera. Esto se debe a tres personas del elenco: Elliot Page como Sinon, Zendaya como Atenea y Lupita Nyong’o como Helena de Troya. En redes sociales se pueden encontrar montajes racistas y transfóbicos, como uno en el que se utiliza la imagen de Samuel L. Jackson para decir que interpretará a Helena de Troya o un montaje donde se compara al elenco de Troya de Petersen del 2004 versus el elenco de Nolan, donde se pretende indicar que el elenco de este año está “peor”, porque el casting de aquel entonces priorizó a personas cis blancas, como es el caso de Diane Kruger como Helena o Brad Pitt como Aquiles; recordemos que antes de que la película viera la luz, el rumor era que Elliot interpretaría a Aquiles. 

De tantas cosas que se podrían señalar sobre las prácticas del director que no deberían seguir existiendo, como filmar en territorios ocupados, por ejemplo, la conversación se centra, convenientemente, en el hombre trans y las mujeres negras. Tanta ha sido la crítica sobre las elecciones de Nolan que el reparto ha tenido que salir a defenderse de comentarios racistas y transfóbicos. Lupita, por su parte, aseguró: No se puede actuar la belleza. Yo quiero conocer quién es el personaje, qué hay más allá de su belleza, qué hay más allá de su apariencia

Es inevitable que nos preguntemos si la representación por sí misma lleva a algún lugar, si volver a alguien un símbolo no termina siendo profundamente pernicioso en la lucha contra la supremacía blanca que desprecia lo negro y lo trans. La representatividad en el fascismo termina por crear targets (objetivos bajo la mira), como vemos con Lupita, Zendaya y Elliot, contra los que las audiencias se despachan. En esos “meros objetivos” donde el ojo público se posa, se revictimiza a poblaciones enteras que, queriéndolo o no, se ven reflejadas en lo que las actrices y el actor representan, porque, con toda sinceridad, las personas detrás de los papeles no serán afectadas de manera significativa, porque están en una esfera social y económica que les permite estar en una burbuja. No con esto se defiende ni justifica el asedio virtual, solo se resalta que a quienes esto más impacta es a quienes ellas y él representan. Aquí no digo que Nolan entonces debería solo contratar actores cis blancos, ni mucho menos, pero sí hago una pregunta a la audiencia: ¿por qué la discusión sobre identidades toma siempre el primer plano? ¿A quiénes beneficia? Les garantizo que aquello a lo que le damos foco no se da por azar. 

Las políticas de la representatividad nos impiden agudizar conversaciones más relevantes, como el hecho de que Nolan ganó el Óscar a la mejor película con una trama donde no se cuestionó uno de los crímenes más horrorosos en la historia de la humanidad. Que desde esa mirada, tal vez, no deberíamos seguir consumiendo sus películas, ni sumándole nada a su proyecto creativo, con el que nos vendió propaganda sin pena ni gloria. ¿Ya olvidaron a la galardonada Oppenheimer? La obra es una supuesta apología de la ciencia, que es en realidad una apología de la guerra nuclear. Algo que recalcó Pam Kingfisher, técnica en sistemas, apicultora y lideresa ambiental de la nación Cherokee: Creo que mucho de esa película es propaganda, mucho es ficción y mucho es alabar al hombre blanco salvador. Parece que olvidamos, tan solo tres años después, la terrible narrativa que nos vendió Nolan. La historiadora Naoko Wake fue entrevistada por diferentes medios para hablar sobre esto: La película solo muestra un aspecto limitado de la historia de la bomba, y Estados Unidos evita plantear preguntas sobre la noción aceptada de que la Segunda Guerra Mundial fue una guerra justa. Esto lleva a cuestionar si Estados Unidos ha asumido alguna vez su responsabilidad por las vidas perdidas y las consecuencias de la bomba atómica.

Olvidamos todo lo anterior, hasta el punto de pensar que las intenciones de Nolan, detrás de elegir a quienes eligió, vienen de una especie de llamado ulterior y emancipatorio. ¡Un héroe que eligió a una mujer negra como la más hermosa en la historia helénica! El mismo hombre que intentó consolidar la narrativa de que una amenaza nuclear no pasa de ser un dilema científico. 

Tenemos que poner el dedo en la llaga y preguntarnos a dónde nos lleva el simbolismo en la era de las redes sociales, donde cada segundo hay un nuevo símbolo e infinidad de interpretaciones. En un parpadeo encontramos otros cincuenta análisis del odio contra Lupita, sobre las elecciones de Nolan, acerca de las pasarelas de Zendaya, de la rutina de tren superior de Elliot. ¿A dónde van los símbolos? ¿A dónde se va su relación con las personas, las comunidades o la sociedad? Parafraseando a la doctora Marimba Ani, antropóloga especialista en estudios africanos, es fundamental recordar que los símbolos son vehículos mediante los cuales las comunidades transmiten su visión del mundo. 

No podemos negar que sí hay una idea un tanto transgresora en poner a un hombre trans detrás del personaje de Sinon, quien abre las puertas de Troya; a una mujer negra como Lupita detrás de Helena de Troya, por cuyo rostro zarparon miles de barcos. A otra mujer negra como Zendaya detrás de la figura de Atenea, quien en la mitología griega representa la sabiduría y la guerra justa. Sin embargo, estos símbolos pierden fuerza y se vuelven gestos a la vista de lo que atraviesa el mundo, a la vista de lo que hace la maquinaria hollywoodense, a la vista de las grandes inequidades que padecemos las personas con la simple existencia de personas millonarias, como lo son quienes producen y actúan en La Odisea. Sin dejar atrás lo que hay después de las grabaciones: estrenos a los que llegan en aviones privados, pasarelas, el uso de joyas que son tesoros culturales en la promoción de la película, la glorificación absoluta del consumo; no del séptimo arte. Pero, por razones que nos deben parecer cada vez más evidentes, mordemos el anzuelo. Llueven las críticas a Lupita, Elliot y Zendaya, llueven las críticas a quienes critican al elenco, se arman bandos, se pierde el foco. ¡Logra su cometido el sistema! Vivimos bajo efectos anestesiantes y factores distractores. Vivimos en enfrentamiento con otras personas y buscando antagonistas. Caemos en la infernal cadena de consumo, no entendemos que Nolan es un problema -no puede ni ocultar sus ángulos misóginos cuando se trata de retratar mujeres-. Todo se evapora y lo que podría ser un símbolo de que las personas negras somos hermosas o de que las personas trans pueden interpretar el personaje que deseen se pierde por completo, no porque no lo veamos, sino porque en la dimensión de toda la estructura que nos cobija deja de importar.

La besatón

En Bogotá, el pasado 19 de julio, una pareja de jóvenes denunció un episodio homofóbico en el Centro Comercial Andino, un acto indignante que se viralizó en redes. Como respuesta, muchas personas de la población LGBTIQ+ convocaron a un besatón en el centro comercial, algo que ya había tenido lugar en el 2019. La respuesta fue masiva, como debería ser en cualquier caso de discriminación y de violencia por prejuicio. Quiero traer a la mesa el amplio reconocimiento de un símbolo, en este caso, el beso, como una forma contundente de rechazar la homofobia y les pregunto: si tenemos una noción del poder del símbolo, ¿por qué echó raíces en este caso en particular? ¿Por qué no se da esa respuesta multitudinaria frente al asesinato de María Camila Potosí y Alaia? O bien, ¿dónde está esa noción de que lo simbólico importa a la hora de enfrentar la negligencia médica que padecen las mujeres trans? No se trata de hacer una crítica a que el besatón haya tenido lugar; más bien, me interesa abrir una conversación, eco de otras voces que voy a mencionar, sobre por qué hay ciertas experiencias y ciertos cuerpos que apoyamos y otros que descartamos. ¿Pasa por azar? ¿Qué símbolos validamos? ¿Qué tanto reconocemos en lo simbólico una posibilidad de cambio? 

Santamaría Fundación, organización de base comunitaria de defensa y exigibilidad de derechos de personas trans, publicó en su cuenta de Instagram lo siguiente: El mes de julio nos deja un inmenso dolor, pero también la promesa de que siempre estarán en nuestra memoria y en nuestros corazones. Sara Michel, Juliana, Audacia y Jimena de la O ya no están aquí por culpa de un CIS-tema que no las cuidó, que las abandonó y que nos las arrebató. ¡No podemos ni vamos a callar sobre esto! En solo 25 días, 4 hermanas han fallecido en contextos de salud… la falta de atención integral, oportuna y la violencia sistemática y estructural de este sistema nos sigue cobrando vidas de personas trans. Con estas noticias no pretendo medir desgracias; quisiera mejor dialogar en torno a cuándo consideramos que el simbolismo nos lleva a la restauración, a la justicia y la denuncia, en contraste con cuándo y por qué hay acontecimientos que, en cambio, nos llevan a la impotencia. ¿En dónde radica la diferencia? Si debemos interpelar también las decisiones detrás de nuestra indignación, consideramos abominable lo que en redes le dicen a Lupita, consideramos imperdonable el rechazo que produce un beso, pero lo que sostiene esa indignación y no otras se relaciona con lo que luchamos tanto por erradicar. May Romero, poeta y sociologue, lo manifestó de la siguiente forma en sus redes: “Somos quienes seguimos reclamando la dignidad de nuestros cuerpos, quienes, aun con miedo y desesperanza, humanizamos hasta el último momento. Nosotras ni siquiera tenemos la dignidad de poder besarnos en público. Ni siquiera respetan nuestros nombres cuando morimos. Y, aun así, a ustedes parece no importarles ni un poco, porque el silencio, la indiferencia y la omisión también sostienen este genocidio. Si una travesti muere, también hay una responsabilidad colectiva”. 

Del simbolismo a la memeficación del discurso 

Otra serie de preguntas que quiero resaltar y que conversan con lo que intento presentarles, fueron expuestas por el periodista e investigador, Holger Santamaría, conocido en redes como VirusdeMiel: “Y vi algo que no había visto cuando acompañé el caso de Andrea: una capacidad de movilización impresionante. Organizaciones, activistas, políticos, creadores de contenido, medios de comunicación y cientos de personas reaccionaron en cuestión de horas. Y me pareció bien que ocurriera. Lo que no pude evitar fue hacer la comparación. No entre las violencias, porque ambas son inaceptables, sino entre las respuestas. ¿Qué hizo que esta vez apareciera toda esa infraestructura de solidaridad?” Considero que resaltar a estas dos voces es fundamental, porque ambas nos están planteando algo desde su trabajo antirracista: el sistema prioriza los símbolos que están más cerca de la estructura hegemónica. Importa más lo cis, lo bello, lo que nos permite una buena foto en redes. La muerte y la cárcel, en cambio, no son instagrameables, es decir, ¿cómo podemos hacerlas símbolos en nuestro tiempo? Ojo, aquí no estoy siendo cínica. Sé que un símbolo que no vaya a favorecer el algoritmo se puede perder en el infinito de la internet. Es más fácil salir a defender a tres personas absolutamente hegemónicas dentro de su propia identidad, como lo son Zendaya, Lupita y Elliot, que salir a recordar el horrible atropello que cometió Estados Unidos contra Japón y contra los pueblos originarios de su propio territorio en medio de su carrera armamentista. No es una burla al criterio de nadie, todo lo contrario, es una preocupación genuina. ¿Cómo volvemos a los símbolos que instigaron revoluciones? ¿Cómo salimos del laberinto de autosarcofagia en el que nos comemos nuestra propia cola?

Entonces, si volvemos al simbolismo como la sumatoria de vehículos mediante los cuales transmitimos nuestra visión del mundo, debemos reconocer que no lo hacemos desde una libertad completa; más bien, como presas de una estructura que nos lleva a mirar algunas barbaries y otras no, que nos adoctrinan para que dentro de la crítica también hagamos omisiones, que incluso aquello que debería ser fuente de información, como los medios de comunicación, está interpelado por intereses particulares y miradas racistas, transfóbicas, capacitistas, gordofóbicas, clasistas, misóginas. Sin duda, estamos participando de un sistema sofocante, multinivel, inescapable. No obstante, persiste la idea de que sí se toman medidas para dar un paso más, que no se quede en la discusión contra el racista que peló el cobre por una contingencia del momento; o en una besatón que, aunque pedagógica, no confronta lo suficiente al Centro Comercial Andino, pese a su reiteración en la violencia por prejuicio. 

Es hora de que los símbolos tengan otras dimensiones. El paso a dar es el boicot y la desinversión, como afirma la pensadora Angela Davis: el boicot, la desinversión y las sanciones son estrategias importantes que permiten a las personas participar en las luchas por la justicia. La filósofa ha señalado estas estrategias como maneras de acorralar al gobierno estadounidense y a las empresas privadas que siguen invirtiendo en el estado ilegítimo de Israel, para que desistan de financiar el genocidio contra Palestina; lo cierto es que se pueden aplicar los mismos principios en otros contextos. Son estrategias de largo aliento que requieren de organización y divulgación, porque serán más efectivas entre más masivas sean. Aunque ambas estrategias van contra las aspiraciones de inmediatez de nuestros tiempos, tenemos que entender que son herramientas que potencialmente sacuden la economía, las ganancias de una empresa o un gobierno; por tanto, serán las únicas opciones para mostrar inconformidad con contundencia y como consecuencia. No es una mera fantasía; lo vimos con el boicot a Starbucks que inició en el 2023 y no se ha detenido. Hasta el momento, Starbucks ha perdido 11 billones de dólares de valor en el mercado debido a su rechazo al sindicato de trabajadores que apoya la causa de Palestina libre. 

Estamos viendo que se llevarán nuestras vidas por delante sin miedo, sin vergüenza; estamos viendo cómo utilizan nuestros símbolos para burlarlos, como fue el caso con la posesión del presidente Abelardo de la Espriella en Cali, uno de los epicentros de su oposición y la ciudad en donde nació Puerto Resistencia; no es menor pensar en los símbolos y lo que estos representan a nivel político y social. No podemos caer en la ingenuidad de creer que todo lo que tiene un impacto en los imaginarios del país, de las comunidades, de las personas aparece por azar. Es un hecho que numerosos líderes mundiales se han valido de memes para encontrar votantes y que han hecho campañas exitosas no teniendo miedo de esa simbología. Bien lo señala Marina Bulatovic, periodista y consultora de comunicaciones de política internacional, en su texto El juego de la imitación: la memeficación del discurso político: “A medida que cada vez más personas utilizan las redes sociales como su principal fuente de información, el espacio para un debate matizado se está reduciendo. En lugar de quejarse de que la democracia se verá arruinada por fenómenos como los memes, el sector político tradicional debería aceptar esta nueva realidad y encontrar una forma de operar con la que se sienta cómodo para comunicarse, al tiempo que aprovecha las ventajas que ofrece la memificación”. Mencionar este panorama nos permite entender que la batalla que libramos es cognitiva, parte también de cómo nos comunicamos y qué herramientas usamos para decir lo que queremos decir y cómo disputar narrativas que son dañinas. 

Subestimar el poder de lo simbólico ha permitido que la extrema derecha se exprese como quiera, que incluso lleguen a decir en ruedas de prensa, transmisiones en vivo o comunicados de prensa todo tipo de barbaridades; aseveraciones que antes considerábamos impensables o atroces se despliegan públicamente como si fuese normal, hasta deseable; no hay vergüenza detrás de admitir que son genocidas, racistas, transfóbicos, misóginos y más. Lo vimos con el Ministro Nacional de Seguridad de Israel, Itamar Ben-Gvir, asegurando, en micrófono abierto, que las fuerzas de su ilegítimo estado deberían llevar a cabo asesinatos selectivos en Gaza de 30 a 40 personas por noche. Carolina Mejía, anterior jefa de comunicaciones del Ministerio de Trabajo y experta en comunicación política, nos explicó: “el relato que ha venido avanzando muy bien en América Latina ha sido poner en la narrativa y los medios de comunicación ideas que tal vez en algún momento consideramos que no eran posibles; eso es lo que se llama la ventana de Overton. Así se normalizan ideas políticas que antes podrían ser consideradas extremas e inaceptables, pero en la actualidad vemos discursos que están intentando pasarlas por aceptables, razonables.”

Balones en Buenaventura y otros símbolos

Un terremoto de 7.5 golpeó al país el pasado 10 de agosto y una de las ciudades más afectadas fue Buenaventura, el puerto de Colombia, una ciudad que ha padecido negligencia estatal por años y con diferentes gobiernos. Christopher Derek, habitante y oriundo de Buenaventura, resaltó algo que se ha reiterado a lo largo de este texto; esto no fue una torpeza: El balón es una estrategia para invisibilizar algo mucho peor, mucho más grande. El ojo público y la gente se concentraron mucho en lo que significó el balón en un momento tan trágico para Buenaventura, en donde edificios, colegios, clínicas, casas colapsaron y las personas sufrieron una afectación general. Lo cierto es que en paralelo están sucediendo muchas cosas que también repercuten y siguen afectando a la ciudad, como las supuestas toneladas de ayudas que debían llegar aquí y al final la gente se sigue preguntando dónde están.

Algunas personas podrán creer que el balón se convirtió en un símbolo de la mezquindad del nuevo gobierno o su indolencia frente a las necesidades del pueblo, pero lo cierto es que este nuevo símbolo parece esconder algo más macabro todavía: el balón nos distrae, nos conduce a la indignación y a la disputa, pero no podemos aceptar que fue un accidente. Aquí hay intención y un discurso que se propone normalizar ese tipo de acciones o esconder la agenda presidencial peligrosa y antiderechos. Algo así, que se sabe va a generar reacciones masivas, no ocurre de manera accidental. Carolina Mejía también nos lo indicó: No es normal que un presidente llegue a un territorio que históricamente ha sido olvidado por el Estado, que es uno de los territorios más atravesados por la desigualdad, con balones de fútbol, o el hecho de que el presidente llegue a un espacio donde tiene que anunciar cuántas vidas humanas se han perdido por el terremoto, dando besos y ocupando ese espacio como si estuviera en un reality show o en un certamen de belleza; eso también es simbólico. Además, denota la realidad de cómo estas personas que llegaron en este momento a ser gobierno, cómo ven a la ciudadanía más vulnerable de este país. Y ahí deja de ser simbólico, porque es una realidad. Pasan de la palabra a la acción, pero necesitan primero el símbolo para despojarnos de la sensibilidad, la empatía y la rabia que esto produce. Así lo describe Andy Santana, diseñadore de modas no binarie de Buenaventura: Buenaventura necesita ser escuchada y valorada por lo que realmente es, el puerto más importante de Colombia. Sabiendo las necesidades que se tienen, entregar balones es un acto insensible con la comunidad.

Algo que hemos visto en lo que ha transcurrido de su cargo es que también quiere imponer símbolos sobre lo que será el país bajo su cargo, y digo imponer porque algunos han sido disputados no solo por la institucionalidad y las organizaciones civiles, sino por la misma ley, como es el caso de la orden de eliminar “niñas” en las comunicaciones del ICBF, que desobedece el artículo 12 del Código de Infancia y Adolescencia, que establece el principio de perspectiva de género, una medida que invisibiliza el enfoque de género. El lenguaje es parte de la formulación y la ejecución de la política pública, no está ahí por capricho. 

Dar un paso más allá de crear símbolos o de aceptarlos es innegociable; estamos en medio de un mundo cada vez más fascista, más utilitarista e indiferente ante la protesta social, que por lo general se manifiesta desde la expresividad. No se trata de abandonar los símbolos, sino de devolverles su potencia política: ¿qué hacemos con nuestra indignación? ¿Qué viene después del beso, después de compartir un post, después del meme del balón en el plato de sopa? ¿Cómo podemos darle alas a nuestro descontento? La indignación ya no puede ser selectiva ni quedarse atrapada en aquello que el algoritmo le hace eco según nuestras preferencias o de acuerdo a lo que este favorezca en el día. 

Después del símbolo tiene que venir la disputa por las condiciones que lo hicieron posible. Ahora es cuando usamos los símbolos para ser una ciudadanía más crítica, más consciente; para exigir responsabilidades, para organizarnos, para boicotear, para desinvertir, para acompañar las luchas que no siempre tienen rostro amable ni viralidad. No va a pasar de la noche a la mañana, pero debemos, como mínimo, intentarlo con cada película que elijamos ver, con cada beso fuera de la norma, con cada compra local, con cada denuncia que decidamos sostener cuando deje de ser tendencia. No hay esfuerzos menores, ni deberían seguir surgiendo símbolos sin consecuencias materiales, éticas, consecuencias más tangibles. El símbolo debe pasarle la antorcha al boicot cuanto antes.

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Autor

  • Escritora y educadora antirracista. Es columnista de América Futura de El País (España), Volcánicas, Manifiesta y El Espectador (Colombia). Sus reseñas, cuentos y poemas pueden encontrarse en publicaciones internacionales como el Southwest Review de la Universidad Metodista del sur de Dallas, Purple Ink de la Universidad de Brown y la plataforma digital America Hate Us. Es autora de Arraigos (2023), y pueden leer su trabajo en publicaciones colombianas independientes como Neutrina, Ex-libris, Literariedad o Sinestesia. Hace parte de la antología Afloramientos de Fallidos Editores y ganó una mención honorífica en el XII Concurso de Poesía Eduardo Carranza.

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