marzo 3, 2024

Anatomía de una decisión: elijo creer

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Portada: Isabella Londoño

Anatomía de una caída, la película dirigida por Justine Triet y protagonizada por Sandra Hüller -una dupla sublime-, no es nada más un thriller judicial para determinar si Samuel Maleski murió por una caída accidental, suicida o provocada por su esposa, Sandra Voyter. Es una metáfora perfectamente construida sobre la manera en que elegimos contarnos una historia para luego creerla y asumirla como verdad. Es la metáfora del relato.

Aunque la muerte de Samuel es el punto de partida para empezar a pelar las capas, al final, si Samuel saltó o se cayó, o fue asesinado por su esposa, intencional o accidentalmente, no es lo que importa. Lo que importa es esa parte de la historia que no se ve pero elegimos creer para tener un desenlace.

La historia de Samuel y Sandra, como la de toda pareja, es un iceberg del que nada más se ve la punta y sólo se puede suponer todo lo demás. Es la historia de una pareja adulta que vive lejos de todo, con su hijo ciego y su perro, en lo que parecería una vida tranquila. Podría ser la historia de cualquier pareja conocida, o de una de esas que vemos todo el tiempo a través de pantallas en las redes, pensando que hacen la vida perfecta. Hasta que el niño encuentra a su padre muerto y se convierte en el único testigo de un juicio que va a destapar un trozo grande del iceberg.

Mientras el juicio avanza, nos volvemos un personaje más de la película, un miembro de ese jurado que pretende llegar al fondo de los hechos y conocer la verdad para determinar la inocencia o culpabilidad de Sandra. Pero, ¿qué pasa cuando la verdad no está en el fondo de los hechos o ya no hay forma de llegar ahí? ¿Qué pasa cuando la verdad está rota y desperdigada y hay que volver a unirla sabiendo que no será completamente fiel a su forma original porque siempre le faltarán fragmentos, esos que nadie más -más allá de los involucrados- ve? Pasa lo de siempre, creamos y creemos versiones como podemos con lo que tenemos para poder contarnos la historia completa. 

Sin poder contar con la versión de la víctima, que se llevó un gran pedazo de la historia, el juicio se empieza a llenar de suposiciones, teorías e información innecesaria que el fiscal va lanzando para ver en qué prejuicio cala, como la bisexualidad de Sandra. Datos que no vienen al caso, pero efectivos a la hora de sembrar juicios morales y crear un relato, el de la mala mujer, por ejemplo, y es que ya no se está juzgando si Sandra mató al marido, la están juzgando a toda ella, su sexualidad, su éxito profesional, su maternidad, su dominio del idioma del país donde vive pero al que no pertenece. ¿Cómo se atreve a triunfar, redistribuir el cuidado de su hijo con su esposo y además no hablar francés?

Al juicio también llega a testificar el psiquiatra de Daniel a reforzar el relato de la mujer arpía que castra los sueños de escritor de su marido, delegándole trabajos de cuidado y de crianza mientras ella escribe, en lugar de hacer lo que una buena esposa debe hacer: dedicarse al hogar y dejar que sea su marido el que persiga sus sueños.

Si bien toda la película, la dirección, las interpretaciones, el guión de Triet coescrito con su pareja Arthur Harari, hasta la actuación del perro, es soberbia y magistral, el monólogo de Sandra en medio de una discusión violenta que fue grabada a escondidas por su esposo, y usada como prueba en el  juicio para determinar la culpabilidad o inocencia de Sandra, es demoledor. Un dato curioso que me voló la cabeza: en una entrevista, Triet contó que ese monólogo fue una especie de respuesta a la escena de Adam Driver en “Marriage Story”, y es interesantísimo pensar cómo dialogan ambas películas en torno a las crisis maritales y personales. En la grabación de Samuel, que se completa con el monólogo de Sandra, se alcanza a percibir la tensión y el vértigo de una relación desgastada que ha pasado por un montón, por un trauma y la culpa y el resentimiento que le sobrevienen y que asientan la cotidianidad y la rutina, y se cruzan con las frustraciones de no llenar las expectativas propias y ajenas hasta que, en algún punto, ese rencor enconado se materializa violento.

“Te quejas de una vida que tú escogiste. Tú no eres una víctima, ¡para nada!. Tu generosidad encubre algo más sucio y perverso. Eres incapaz de enfrentar tus ambiciones y me resientes por eso. Pero yo no soy la que te puso donde estás. Yo no tuve nada qué ver con eso. No te estás sacrificando a ti mismo como dices. Tu eliges sentarte en la banca porque tienes miedo. Porque tu orgullo hace que tu cabeza explote antes de que pueda proponer el germen de una idea. Y ahora te despiertas a tus 40 y necesitas culpar a alguien. Y tú eres el culpable. Estás petrificado por tus propios estándares y tu miedo al fracaso”. 

Entonces tenemos a un esposo infeliz en crisis y a una mujer que golpea de vuelta y no se deja amedrentar, una mujer que no se deja controlar porque se gobierna a sí misma, que no busca generar compasión y que no se presenta como víctima aunque, en algún momento lo haya sido. Sandra no es la víctima perfecta y por eso cuesta creerle; por eso y porque la palabra de las mujeres siempre ha pesado menos, y porque una mujer libre siempre resultará peligrosa y amenazante para la sociedad. Y es ahí donde Triet sobrepasa la pregunta y la trama obvia y se encarna con el juicio y el prejuicio, e intenta roer la médula de las relaciones humanas y la toma de decisiones. Quizás, como dice la genia Tamara Tenenbaum en su reseña (léanla a Tamara siempre), ninguna relación, podría sobrevivir a ese nivel de escrutinio y agrego que ninguna mujer y ninguna forma de intimidad podría hacerlo bajo los estándares morales de este mundo bisagra que no termina de liberarse de los mandatos patriarcales y el deber ser. Y es que quizás ninguna decisión está fundamentada en verdades absolutas; lo cierto es que no siempre decidimos sabiéndolo todo, lo hacemos muchas veces a ciegas, como Daniel, elegimos un camino y confiamos. Y el amor, que también es una decisión, no está exento, y las decisiones también son caídas, saltos al vacío y a veces nos desnucamos hasta que aprendemos que hay que saber caer. Al final del día, elegimos las historias que nos queremos contar, quizás porque son las que necesitamos contarnos para seguir viviendo; elegimos un relato para narrar y para narrarnos, a veces a ciegas, y al hacerlo, lo creamos. Yo aún no tengo claro qué final elegí creer para esta historia.

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Autor

  • Ita María

    Feminista colombiana, autora del libro “Que el privilegio no te nuble la empatía” (Planeta, 2020) y cofundadora de la colectiva Las Viejas Verdes. Ita María es Economista de la Universidad Icesi (Cali, Colombia) y tiene un MBA de Esdén Business School. Desde 2007 ha ocupado cargos directivos en importantes compañías de la industria de moda y tendencias como experta en marketing y estrategia (INVISTA, 2007-2012), análisis de tendencias y comportamiento de consumidor (WGSN, 2013-2017) y más recientemente incursiona en la industria de los medios independientes y alternativos (VICE, 2019-2020). Cuenta con más de una década de experiencia en generación de contenidos, nuevas narrativas, construcción de comunidades virtuales y comunicación digital y ha sido tallerista y conferencista de mercadeo, redes sociales y tendencias en América Latina. Actualmente se encuentra dedicada a apoyar y asesorar en estrategia de comunicaciones a organizaciones con enfoque feminista y de derechos humanos.

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