
“El fascismo es la estetización de la política” – Walter Benjamin.
Una gorra, una camiseta, un gesto, un saludo militar, una pose, una frase fácil de replicar masivamente, make lo-que-sea great again, firmes por la patria, heil hitler, la imagen de la familia tradicional, el performance forzado de la masculinidad y feminidad hegemónicas, son códigos más efectivos que un programa político a la hora de ofrecer una identidad grupal a cualquiera que necesite pertenecer a algo. El autoritarismo circula como estética antes que como ideología y, casi un siglo después de la publicación del famoso ensayo de Walter Benjamin, la premisa se sigue repitiendo y actualizando con nuevas tecnologías de masas al servicio de la propaganda. Hoy, además, el fascismo se consume como contenido digital impulsado por los algoritmos y la moda funge como uno de sus vehículos de poder blando más eficientes, ya no solo como vitrina o gancho.
En 2025, la campaña eugenésica de American Eagle protagonizada por Sydney Sweeney actualizó el debate sobre moda, biopolítica y el ascenso de la ultraderecha en el continente, y fue cuestión de meses para que la moda colombiana sumara un ejemplo más. Por décadas, esa industria ha construido el ideal de mujer colombiana desde la imagen, imponiendo estándares de belleza, blanquitud y delgadez como dispositivos de control sobre los cuerpos a disciplinar, administrando el buen gusto y la aprobación al tiempo que refuerza prejuicios de clase y raza. Antes del core estaba el chic como sufijo para tendencias que, en mujeres blancas y de élite eran admirables, pero en mujeres de clases populares se interpretaban como de mal gusto y, en mujeres racializadas, como folclore. Nada de esto funcionaría sin musas, it-girls y mujeres encumbradas que encarnaran el ideal de feminidad y belleza del momento. Una de ellas es Taliana Vargas, samaria, Señorita Colombia (2007), virreina universal de la belleza (2008), actriz, influencer por default y primera dama de Cali.
En el momento más álgido de la reciente campaña presidencial de Colombia, 4 días después de conocer los resultados de la primera vuelta y a menos de 3 semanas de que el candidato de ultraderecha —que hasta hace poco tenía la palabra style en su nombre de usuario en redes— se impusiera en la segunda, la revista Marie Claire tomó la decisión de publicar un video de Taliana, luciendo un vestido del mismo verdiazul asignado a las esposas de los comandantes en la adaptación para TV de El cuento de la criada, un maquillaje “natural” y el pelo recogido, completando el “clean look”. Un styling inmejorable para acompañar la propaganda anticomunista y el prompt de tradwife política que viene a restablecer el orden de las cosas en “la batalla cultural”.
“Liderar una zona del país donde somos como un sostén a que el país no caiga en el comunismo, a sostener un país dividido, violento y ser la cara de la esperanza, ser la cara de la familia, ha sido un reto muy grande”, responde con voz suave, controlada y pausada, como reza el estereotipo de la buena mujer, a la pregunta de qué se siente ser la primera dama de Cali. En otro clip de menor repercusión, Taliana le hace preguntas a ChatGPT sobre ella misma y sobre su esposo, el alcalde de Cali, Alejandro Eder. Quizás si le hubiera preguntado mejor sobre comunismo, no habrían llovido las justas críticas que obligaron al medio a bajar o archivar el primer video.
Lo cierto es que ni Cali ni Colombia iban a “caer en el comunismo” y lo más seguro es que Taliana y la revista, ambas con suficientes recursos y capital cultural para informarse y educarse, lo sepan, y comprendan que la izquierda que llegó al poder en 2022 en Colombia es una izquierda democrática, como la que muchas personas alaban cuando lleva la cara de Zohran Mamdani en Nueva York, pero afianzar estereotipos y prejuicios es un lujo que la moda se suele dar. Para Taliana, su esposo y la élite social y política que representan, el comunismo es un concepto vaciado de cualquier significado, un pánico moral para referirse a cualquier expresión de izquierda o progresista y todo lo que resulte incómodo al establecimiento conservador: redistribución, memoria, diversidad sexogenérica, derechos sexuales y reproductivos, aborto y protesta social. Es un discurso rentable y redituable porque revive un fantasma de la Guerra Fría y lo hace ver como una amenaza real del presente, el enemigo interno que necesitan, la plaga a destripar, el otro, moral y estéticamente inferior, para ofrecer la seguridad militarista y de mano dura de la derecha como respuesta y salvación o, en palabras de Taliana, “ser un sostén para que el país no caiga en el comunismo”. La biopolítica de la moda demarca y legitima ese imaginario de inferioridad/superioridad estética y, si sumamos la familia nuclear y la esposa tradicional a la foto, el imaginario se extiende a lo moral.
Ahora, decir que en Colombia no ha habido comunismo sería impreciso y ruin. El comunismo ha sido una opción democrática, con representación política y participación en coaliciones más amplias. Una de esas coaliciones amplias fue la Unión Patriótica, pero la estigmatización y falsos señalamientos de ser el brazo político de la guerrilla terminaron en el asesinato de miles de sus militantes, concejales, alcaldes y dirigentes, a manos de una alianza de paramilitares, narcotraficantes y agentes estatales y, finalmente, con el genocidio político del partido. Entre las víctimas mortales hubo dos candidatos presidenciales: Jaime Pardo Leal (1987) y Bernardo Jaramillo Ossa (1990). La Corte Interamericana de Derechos Humanos declaró la responsabilidad del Estado colombiano por este exterminio y el Partido Comunista Colombiano (PCC) fue el primer partido político del país reconocido como sujeto de reparación colectiva por las desapariciones forzadas, el desplazamiento forzado, las amenazas, exilios y asesinatos sistemáticos que han sufrido sus integrantes. En Colombia el comunismo nunca operó el poder, pero el anticomunismo sí, siempre, y desde ahí ha funcionado como dispositivo de silenciamiento y muerte.
Lo que también ha operado en Colombia es una profunda desigualdad, derivada de sistemas opresivos, violentos y racistas que sí han ocupado históricamente el poder, y la familia de Alejandro Eder, perteneciente a la quinta generación de herederos de uno de los ingenios azucareros más grandes del país, lo sabe. Cuenta la historia que, en 1864, los Eder compraron la hacienda La Manuelita, que había sido propiedad de Jorge Enrique Isaacs, padre del poeta y escritor Jorge Isaacs (el autor de la novela María). Para ese momento ya se había abolido la esclavitud, pero las haciendas azucareras del Valle fueron, en el siglo XVIII, de las mayores empresas esclavistas del Nuevo Reino de Granada; es decir, que el suelo cañero que pasó a ser propiedad de los Eder se labró con manos esclavizadas, aunque en Cali hayan tratado de lavarle la cara a los Isaacs, con el eufemismo paternalista de “el humanitario trato dado a los esclavos” como rasgo familiar y tierras expropiadas. Esas mismas tierras pertenecieron antes a pueblos indígenas, desplazados y masacrados en la conquista.
Hoy, esas haciendas son el set de matrimonios inspirados en el colonial chic y engalanan las páginas de revistas de estilo y sociedad. El discurso anticomunista, en teoría antiexpropiación pero sostenido por quienes han expropiado desde tiempos inmemoriales, es la defensa contemporánea de esa colonialidad del poder (A. Quijano), tan naturalizada por los medios, las imágenes que consumimos masivamente y que más promueven los algoritmos (blancas, delgadas, hegemónicas) y que nos enseñaron a leer como bellas y aspiracionales. La moda colombiana ha tenido y sigue teniendo una mirada predominantemente colonial, que solo vuelve la mirada a lo indígena, a lo negro y a lo popular con fines exotizantes y de más explotación. Cuando la industria replica el discurso anticomunista en un shooting, en boca de una de sus musas, solo está reafirmando el mensaje que envía permanentemente con sus campañas, editoriales y portadas; lo que valida y defiende vs. lo que castiga y expulsa; lo indeseable y descartable vs. lo disciplinado y deseable.
Pero ni Taliana ni Marie Claire son actores aislados de esta maquinaria. Tres días antes de la segunda vuelta, el empresario Arturo Calle reunió a sus empleados para darles una charla anticomunista. Una reconocida diseñadora caleña reunió a sus empleadas para decirles “que si la izquierda gana, les tocaba llevarse la empresa y todos perderían el empleo”. Fueron muchas las marcas señaladas entre las empresas que infundieron miedo a sus trabajadores contra la “izquierda comunista”, a días de votar y, aunque hubo denuncias similares de empresas de otros sectores, la moda tiene la capacidad particular de construir discurso y mundos desde la estética y hay que reconocer que la mejor propaganda es esa que no se identifica y se consume como “estilo de vida”.
Abelardo de la Espriella leyó el manual. Hasta hace unos años, representaba todo lo que la moda colombiana repudiaba: el nuevo rico, el corronchismo, lo ordinario. Pero son pocas las cosas que el dinero no resuelve en los círculos de poder, donde pesa más la defensa del statu quo y sus imaginarios que sostener la falacia del estilo, la elegancia, el old money, así que gran parte de esa industria se volcó a apoyarlo y ahora él devolverá los favores. Recientemente nombró a Silvia Tcherassi embajadora ad honorem de la moda y la creatividad colombiana, un cargo antes inexistente pero crucial en el enclave estético de esa “batalla cultural“. Tcherassi representa bien ese imaginario de la moda aspiracional, excluyente, la que naturaliza las opresiones y no solo ha vestido y adornado el performance del poder, sino que también lo conforma. El pacto de lavado del autoritarismo por la vía del prestigio estético, el desfile, el espectáculo, se renueva y cautiva a miles.
En su ensayo “Fascinating Fascism” (1975), Susan Sontag se refirió a esa fascinación por la sumisión, una seducción fascista que no opera por el argumento, sino por la belleza del espectáculo, la coreografía de masas, el cuerpo perfecto, la comunidad purificada, la sensación de orden, fuerza y pertenencia. Nosotras lo llamamos fascismo-core.