
A propósito de las elecciones presidenciales en Colombia, quisiera articular una reflexión pública sobre dos cosas que se confunden y no son iguales. Y para ello quiero tomar el caso de Paloma Valencia, una política de derecha colombiana candidata a la presidencia por el Centro Democrático, partido fundado por el expresidente Álvaro Uribe Vélez, y ganadora de la consulta de la derecha.
Me encontré una carta titulada “El feminismo que Paloma sí representa” de Vanessa Gutiérrez, donde se dice: Existe una corriente feminista que el debate público colombiano rara vez nombra, el feminismo centrado en la persona o también llamado feminismo personalista, y es aquel que no parte de una agenda colectiva ni exige adhesión ideológica, sino que nace de la dignidad irrenunciable de cada mujer como individuo. Reconoce a una mujer por lo que es y por lo que logra. Para esta visión, la libertad femenina incluye también la libertad de disentir; es el feminismo en el que yo me reconozco, el que cree en la libertad de pensar por cuenta propia, sin pedirle permiso al colectivo. Y Paloma Valencia, siendo filósofa, abogada, senadora, candidata presidencial, es exactamente el tipo de mujer que ese feminismo celebra, aun cuando el progresista la descalifica”.
Es fuerte, lo sé. Está diciendo que no le interesan los otros feminismos o movimientos de mujeres y disidencias que impulsan agendas colectivas, que cree en el que se centra en la persona; que Paloma Valencia no tiene que representar a las madres de los civiles inocentes asesinados en el gobierno de Álvaro Uribe que ella niega, y que pedirle que represente a estas mujeres es muy egoísta por parte del feminismo progresista. Tal vez Vanessa Gutiérrez se opone a eso que llama “feminismo progresista” porque defiende un feminismo conservador de mujeres privilegiadas en oposición al feminismo negro y de color, que seguro abrazan muchas mujeres desprivilegiadas en Colombia, como el que postulan bell hooks, Angela Davis, Mara Viveros, que se opone al feminismo blanco, centrado en la individualidad de la mujer blanca, y que incluye a mujeres y hombres marcados por toda la matriz de opresiones, es decir, no solo por el género.
Es falso que a Paloma Valencia no se le apoya porque no se sabe “vivir en disenso”; muchas mujeres en Colombia no la apoyan porque les queda claro que ser mujer queda chiquito cuando se niegan crímenes de Estado y se revictimizan a familiares de esas víctimas. No es solo una opinión, es una continuista de la política neoliberal, racista y paramilitar de Uribe. En el proyecto de Paloma Valencia no cabe hablar de justicia, memoria, no repetición y reparación, ya que para hablar de justicia es necesario hablar de paramilitarismo y el rol de las fuerzas armadas en el cometimiento de graves violaciones de derechos humanos en los gobiernos uribistas que ella representa y defiende. Quien escribe esta carta no comprende por qué puede haber un grupo de mujeres que se nombran feministas que no apoyan a la mujer blanca, en mayor escala de privilegios, en detrimento de las madres y padres víctimas.
Ella no entiende, se está rompiendo la cabeza. Quizás necesitaba vomitar ese feminismo de la girlboss, cuya única unidad de medida es el éxito individual de las mujeres políticas y empresarias que, derivado de los privilegios en términos de raza y clase, dan continuidad a sus empresas personales. Muchas mujeres colombianas no apoyan a Paloma Valencia porque comprenden que los éxitos individuales de Paloma al romper un techo de cristal no se traducen en transformaciones generales para mujeres empobrecidas que no nacieron en cuna de oro del país. No es que las colombianas que no apoyan a Paloma sean brutas por no votar por su vulva, que es tal vez, desde un feminismo cisgénero, lo único en común que tengan con ella; es obvio que no se ven representadas en su proyecto político.
Vamos por partes. Todo lo que dice Vanessa Gutiérrez en esta cita es cierto, solo que no se llama feminismo personalista, sino feminismo blanco neoliberal o feminismo girlboss, el feminismo de la CEO, cuyo mayor logro es ser la jefa de una compañía o tener un puesto público. El feminismo blanco liberal-neoliberal es el que comparte y reproduce la tesis del individualismo y la superación personal; que cree que las mujeres oprimidas están donde están porque quizás se victimizan mucho y no se esfuerzan lo suficiente para demostrar que pueden. Es aquel feminismo que no cuestiona el capitalismo como sistema de acumulación, desposesión, explotación territorial y empobrecimiento; no le interesa cómo el capital y las riquezas obtenidas por acumulación están concentrados en manos de unas élites concretas, ni que tal concentración es derivada de estructuras coloniales, patriarcales y de clase históricas que buscan profundizar ese modelo de acumulación por medio de la privatización de todo: la salud, la educación, la vivienda, la explotación territorial; un feminismo al que no le interesa hablar de no discriminación, igualdad, raza, género, desigualdades, etc. Porque hablar de ello, primero, contraviene la idea deseable de la estructura básica de acumulación y herencia de privilegios que sostiene en el tiempo a las élites colombianas, esa familia tradicional antigénero que ella defiende. Y, segundo, porque erosiona la idea neoliberal de progreso y desarrollo, sostenida en el mito de que si te esfuerzas puedes romper el techo de cristal, defendiendo lo privado sobre los derechos colectivos.
Y aquí permítanme hacer un paréntesis. La propiedad en el neoliberalismo no es tener solo una casa, es tener edificios, hectáreas, fincas, y convertirlas en bienes de especulación para acumular riquezas; es decir, la privatización del techo, que se supone es un derecho, para ponerlo al servicio de las leyes del mercado, para hacerse ricos de rentar casas, de la oferta y demanda, que implican siempre desplazamiento, estratificación en clases, despojo, gentrificación y empobrecimiento. Generalmente, a quien atraviesan estas formas de desposesión es a la clase trabajadora, mujeres, hombres y personas en menores escalas de privilegios, no solo empobrecidas, sino, en su gran mayoría, racializadas, porque la clase también racializa.
A este feminismo personalista, centrado en los logros personales de la mujer que “llega a ser candidata presidencial”, tampoco le interesa hablar de estructuras patriarcales, capacitistas ni de deshumanización, porque para este feminismo no existen tales cosas. Todo el mundo está donde está, fruto de sus decisiones personales; no hay condiciones estructurales, en términos de capitalismo y colonialismo, ni relaciones de poder en clave sexual y de género que analizar; África está subdesarrollada no porque Europa la subdesarrolló, sino porque no son tan inteligentes y no se esfuerzan lo suficiente. Es el mito de la meritocracia en el liberalismo, del pobre es pobre porque quiere; la mujer que no es candidata presidencial también es porque no quiere o no se ha esforzado lo debido para materializar logros tan personalistas como los que hoy podemos ver en Paloma Valencia, que hasta candidata presidencial puede ser.
El feminismo blanco neoliberal es aquel que defiende esa idea de propiedad privada en contra de la defensa de movimientos de mujeres decoloniales o de clase trabajadora, del derecho al techo, que tiene que ser respetado y garantizado, pues la vivienda no puede convertirse en una mercancía de acumulación. Es decir, que no se deberían tener bienes raíces incontables mientras haya personas sin techo. Paloma Valencia defiende esa idea, no como la premisa de que todo el mundo tenga un techo, pues para ello deben existir condiciones estructurales transformadas, como regulación de tenencia de propiedad o incluso hasta derechos; todo lo contrario, defiende que los millonarios no tengan límites ni obstáculos de acumulación. Y lo hace porque el poder que tiene deriva de que su familia y ella representen esa clase terrateniente.
El feminismo de las amas esclavistas
Este mal llamado feminismo personalista (feminismo blanco neoliberal) es representado por las mujeres de una élite conformada siempre por familias que heredan el poder. No es casual que existan estas mujeres herederas del poder, porque en las élites y las familias de las casonas siempre estuvieron presentes las amas.
Paloma Valencia representa esa élite y un tipo concreto de mujeres blancas que buscan ocupar el poder sin mover las estructuras, porque dichas estructuras las han beneficiado históricamente. Viene de un linaje colonial que se remonta al siglo XVII, cuando su familia, instalada en Popayán, administraba minas de oro esclavizando a gente negra que hoy ella pretende gobernar. Su abuelo, León Valencia, fue presidente de Colombia entre 1962 y 1966 e implementó estrategias de contrainsurgencia en alianza con los EEUU, como el Plan Lazo y operaciones de terrorismo de Estado, como la operación Marquetalia, que propició la formación de guerrillas como las FARC, y asesinó a civiles inocentes, cometiendo masacres incalculables. La derecha tradicional uribista y la ultraderecha de Colombia no quieren la paz porque se alimentan de la guerra, el conflicto y la violencia. Paloma Valencia no ha renegado de esto, lo niega y defiende a su abuelo y linaje colonial a rajatabla, así que a esa narrativa victimista del feminismo blanco de cuestionar que se saquen los crímenes los hombres de su familia y de Uribe y los asociamos a ella, le respondo: lo hacemos porque ella se autoproclama heredera de estos hombres y es tan patriarcal como ellos. Por eso ningún cuerpo hace a una mujer víctima y muchas también son victimarias.
Paloma Valencia es una heredera de su raza y clase esclavista. Este feminismo personalista, en el que otras feministas blancas-blanqueadas se sienten representadas por Valencia, es una postura que busca mantener los privilegios de clase, herencia, dueñidad y raza de mujeres blancas privilegiadas en la matriz de poder. Es muy parecido al de las mujeres blancas sufragistas en los EEUU segregados que, derivado de su profundo racismo, defendían la idea de la mujer blanca privilegiada de ocupar espacios de poder, acceder a espacios de formación formal y votar, mientras creían que las personas negras esclavizadas no eran personas.
Un ejemplo fue el de Susan B. Anthony, reputada feminista, líder del movimiento feminista del s. XIX en los EEUU, quien dijo: “Cortaré este brazo derecho mío antes de trabajar o exigir el voto para el negro y no para la mujer”. Otras sufragistas blancas como Elizabeth Cady Stanton manifestaron ideas racistas sobre la igualdad entre mujeres y hombres blancos; de hecho, se creía que podían votar como los hombres blancos por ser educadas como ellos, priorizando así el voto de mujeres blancas sobre personas negras, convirtiéndose en aliadas de los supremacistas blancos que sostenían la idea de que las personas negras esclavizadas no eran personas. Ellas, como mujeres blancas provistas de género, a diferencia de los cuerpos negros de “mujeres y hombres” esclavizados que eran clasificados como no humanos y por tanto no eran mujeres y hombres, pertenecen al grupo social blanco y se beneficiaban directamente de la explotación de personas racializadas; por eso les resultó natural alinearse con supremacistas esclavistas, porque ellas también lo eran.
Traigo este ejemplo por dos razones. La primera: porque la idea de que Paloma Valencia representa una clase de feminismo personalista es cierta, y no porque ella se nombre feminista, pues ha dicho públicamente que no lo es, sino porque la idea de asociar el feminismo con Paloma y tratar de buscarle un tipo de feminismo que le quede como anillo al dedo es una forma de producirla como un ejemplo de superación por el hecho de ser una mujer cis, sin que cuestionemos que está donde está por las estructuras de poder heredadas que la sostienen, es decir, por su familia esclavista y perpetradora de crímenes de Estado. Las feministas blancas piden el voto a mujeres y a feministas SOLO por el hecho biologista de que Valencia es una mujer cis, a pesar de que Valencia representa más a Uribe que a las mujeres cis colombianas; por eso apelan a aceptar el disenso de opiniones… Vanessa en su carta nos quiere decir: Olvida que es una heredera del uribismo y el esclavismo; enfócate en su vulva.
Que las amas gobiernen no se traduce en la liberación de las esclavizadas; de hecho, las amas gobiernan como los amos, y su diferencia sexual o identidad de género (producida) no las hace representantes de mayorías oprimidas por la estructura; esas mujeres, que pueden votar como la sufragista Susan B. Anthony, pueden romper el techo de cristal, pero manteniendo las mismas lógicas de opresión racial y de clase. Para romper techos de cristal, primero hay que tener casas de cristal y no cabañas; los techos de cristal son una arquitectura de blanquitud, están diseñados en una localización de humanidad y género en la zona del ser. En términos fanonianos, primero hay que ser humana y no habitar la zona del no ser propia de los condenados de la tierra para romper esos techos. Valencia representa más a la élite económica que a la clase racializada trabajadora, y lo que no comprenden estas mujeres blancas sorprendidas con los feminismos antiuribistas es que millones de colombianas no se sentirán seguras con Valencia en la presidencia, porque, aparte de mujeres, son clase trabajadora, víctimas del racismo, el clasismo, la desposesión, el neoliberalismo y el negacionismo de los crímenes de Estado de Uribe, con quien ella quiere gobernar. Paloma Valencia es lo que es porque hace siglos su clase esclavista explotó a miles de mujeres, hombres e infancias negras e indígenas.
La segunda razón es que el sostenimiento de las mujeres blancas privilegiadas sobre las no blancas y empobrecidas siempre ha formado parte de la construcción de las élites en nuestras democracias deficitarias. No hay racismo sin género, heterosexualidad, familia tradicional, reproducción y pacto racial, porque los procesos de racialización siempre han venido con la negación del género a cuerpos racializados, haciendo de esto una característica de humanidad, de la supremacía blanca, pues los procesos de racialización, es decir, de racismo, son procesos de género, siguiendo las tesis de Hortense Spillers. Paloma Valencia representa a estas mujeres, y no tiene por qué representar a todas ni “llegamos todas” con ella, porque, como bien dice Vanessa, es personalista; el logro es que una vulva y no un pene ostente el poder, y que demuestre que puede gobernar como Álvaro Uribe, siendo una mujer. Vemos reflejado el pacto racial y de clase. Ella es tan antifeminista (no critica al feminismo blanco y colonial, y por lo tanto, antipatriarcal) como todas las derechas, porque su interés es sostener los pactos de blanquitud colonial que vienen heredando de generación en generación.
Las mujeres blancas del 1% son girlbosses de éxitos personales y techos de cristal.
El libro El manifiesto de un feminismo para el 99% (2019), escrito por Tithi Bhattacharya, Cinzia Arruzza y Nancy Fraser, hace una tenaz crítica a ese feminismo liberal, representado por mujeres blancas privilegiadas, cuya meta es ocupar una posición en los conglomerados corporativos y en el Estado, pero sin voltear a ver a las explotadas, las empobrecidas, las sometidas por el colonialismo, las jerarquías de raza y clase, etc. Es un manifiesto contra esa economía del 1% que se sostiene sobre la opresión del 99% del mundo, y ese mundo no es solo de hombres, también es un mundo de mujeres basadas en la idea del individualismo y acumulación, no solo de recursos, sino también de logros y éxitos personales. Este feminismo blanco y de girlboss es al que suscribe Vanessa y representa Paloma.
Esta idea es central para el liberalismo y para las mujeres que de él participan, ya que el justificar las posiciones y los recursos que tenemos o no, con el mito del esfuerzo y la meritocracia, oculta las relaciones de opresión, pues da a entender que los ultrarricos lo son por trabajadores y talentosos, y no porque el mismo poder colonial les ha heredado todo y les ha brindado las condiciones para amplificar sus riquezas, en un mundo dominado por el capitalismo racial, justo como lo ha heredado Paloma. Tan solo pensemos en Peter Thiel y Elon Musk, ambos ultrarricos, herederos de familias beneficiadas por el colonialismo en Sudáfrica y en Namibia. Si hablamos de poder, de relaciones raciales, de clase, de género, encontramos que estas estructuras generan desigualdad y dominación; pero, cuando justificamos las posiciones de las élites, que casualmente son blancas e históricamente burguesas, ocultando que los sistemas de opresión reproducen y naturalizan las desigualdades raciales, de clase y género, las diferencias en relación a sus posiciones de privilegios se explican con el hecho de que son “talentosos, inteligentes y trabajadores”, y no con la explotación de territorios y la clase trabajadora racializada desde hace siglos con que hayan podido construir sus riquezas y su lugar en el mundo.
¿A qué tipo de mujer le interesa un feminismo liberal basado en logros personales? Pues a las mujeres blancas que, por sus beneficios heredados de clase y raciales, la única desventaja que pueden experimentar es la posibilidad de sufrir sexismo por las estructuras masculinistas y patriarcales, no porque no se les considere personas, como es el caso de mujeres negras, racializadas y empobrecidas que, derivado de su posición racial, no llegan a ser personas ni a representar al género “femenino”, porque son insuficientes como mujeres, valen más como sirvientas, obreras y trabajadoras. Esas trabajadoras son esenciales para el feminismo blanco liberal, porque la liberación de mujeres progenocidio palestino como Paloma Valencia o Hillary Clinton se sostiene sobre el trabajo delegado a las no-mujeres desprivilegiadas. No es casual que el trabajo doméstico y de cuidados sea una extensión de la vida de la plantación, después de la abolición de la esclavitud; las prisiones se convirtieron en el lugar natural de los hombres negros racializados (prisiones que Paloma busca ampliar en su promesa de mano de hierro como todas las derechas, como lo hizo su abuelo y su “papá” Uribe) y las casas de las mujeres blancas, el lugar de trabajo de las “mujeres” negras. En Mujeres, raza y clase (1981), Angela Davis dice que el trabajo doméstico, al que fueron delegadas las mujeres negras, es racializado. Esta forma de trabajo racializado es una forma de explotación concreta que recae discrecionalmente en mujeres racializadas y de clase empobrecida, no necesariamente negras o indígenas, pero tampoco blancas; esas mujeres colombianas racializadas son las que permiten a las mujeres blancas aspirar a igualarse, a ser opresoras como sus pares blancos. En este mismo orden de ideas, Aura Cumes, en su texto “La ‘india’ como ‘sirvienta’: “Servidumbre doméstica, colonialismo y patriarcado en Guatemala” (2024) explica cómo ser “india” se asocia con ser “sirvienta”, es decir, que las mujeres indígenas se subjetivan en una estructura social que las traduce como cuerpos que sirven, explicando que el trabajo doméstico en Guatemala es una extensión de estructurales coloniales de servidumbre que perduran hasta hoy. Las feministas blancas liberales que leen su feminismo desde los logros personales en clave liberal de ocupar puestos de poder en el mundo corporativo, estatal o cualquier otro institucional, se benefician de esas estructuras coloniales para sostener su mal llamado feminismo personalista. ¿Pueden las indias sirvientas o las colombianas racializadas trabajadoras promedio romper el techo de cristal? Aida Quilcué está en una fórmula presidencial, pero ella no es la mujer liberada que representa al feminismo blanco.
Las mujeres liberadas siempre necesitan de mujeres oprimidas para materializar la ruptura de sus techos de cristal, porque la liberación del feminismo liberal siempre ha sido en clave de construir el proyecto del capitalismo avanzado. Me atrevería a decir que ha sido incluso libertario, es decir, que la democratización de la libertad y que la emancipación sea de todas y todos no ha sido una opción porque eso pasaría por reconocer lugares incómodos de privilegios, responsabilidades y por buscar la transformación total de relaciones de poder y estructuras de sociabilidad; en cambio, cuando vemos a mujeres hablar de un feminismo personalista, que es el clásico feminismo blanco liberal corporativo, en realidad se adscriben también a una idea de libertad con límites.
¿Se han dado cuenta de cómo los libertarios, fascistas y supremacistas conservadores y neorreaccionarios defienden la libertad? No es la libertad de todos y todas en clave de igualdad y no discriminación, es la libertad en el mercado, la libertad para seguir con el mantenimiento de la plantación, la libertad para reprimir a los que niegan seguir siendo esclavizados, la libertad para cometer genocidios, la libertad de usar al ICE contra personas migrantes, la libertad para gobernar bajo estado de excepción como Bukele en El Salvador y Noboa en Ecuador; la libertad para oponerse a derechos consagrados de mujeres y personas LGBTIQ+, como Paloma Valencia, que, en contra del ordenamiento jurídico colombiano, manifiesta que está en contra del adopto y la adopción homoparental, argumentando que busca el bien del niño o la niña, e infiriendo que la existencia de personas de la disidencia sexual y de género es dañina para las infancias, apoyando sin mencionarlo hasta las terapias de conversión por defecto. La libertad de la feminista personalista o girlboss, que busca ocupar puestos en la estructura del capital y patriarcal en clave individual, comprende que el feminismo es que las amas puedan gobernar y puedan ser tan crueles como cualquier amo, sin que se les cuestione. Es un feminismo corporativo, va de puestos, estructuras y de poder, que es privado, porque cada mujer es un proyecto privado que muestra su valor en cuanto llegue a conquistar el poder tradicional patriarcal y colonial; es un feminismo de logros que busca “diversificar” la jerarquía social, incluyendo a mujeres en las estructuras de poder, sin cuestionar el funcionamiento de esas estructuras, que buscan solo insertarse sin que sea necesario provocar cambios que transformen de manera radical la vida de muchas.
Convivir en la pluralidad de opiniones no es aceptar que la opresión racista, machista, colonial y sionista sea un horizonte de posibilidad más
En este texto se afirma que una cosa es disentir y otra desmantelar, para decir que no importa que Valencia hable de ideología de género, que no esté en contra de las terapias de conversación, que esté en contra de la igualdad de derechos para personas de la disidencia sexual y de género, que esté aliada a grupos conservadores, provida, trumpistas, evangélicos pentecostales y que esté en contra del aborto, porque según esta persona no nos debería importar qué opine porque ya esos derechos están “ganados y reconocidos”. Cuando leo este tipo de argumentos, no sé si hacen las tontas o creen genuinamente que nosotras lo somos.
Es obvio que nos interesa que los elegidos por elección popular estén convencidos de que la esclavitud no es una opción, aunque el marco legal la prohíba. Se vota al sujeto por las convicciones que representa, porque ese sujeto gobernará con base en sus principios políticos. Los programas y la política pública son decisiones presupuestales que se materializan por medio de la voluntad política. Pero no podemos apostarle a elegir a un fascista bajo el argumento de que el fascismo está prohibido; un ejemplo es Donald Trump, que, con menos de dos mandatos, cambió la conformación de la Suprema Corte haciéndola conservadora. Esa decisión ha terminado con la reversión del precedente Roe vs. Wade (1973) que, amparándose en el derecho a la privacidad, permitió la interrupción del embarazo. Hoy, gracias a Trump y a pesar de la ley que decriminalizaba el aborto, ya no es posible abortar de manera legal a nivel federal y muchas personas se deben poner en riesgo o viajar a otros Estados para acceder a un aborto. Los derechos de las personas trans y homosexuales igual están protegidos bajo el principio de igualdad y no discriminación, pero hoy con Trump están en jaque, así como los derechos de las personas migrantes, ilegalmente deportadas e incluso encarceladas, pues quiere cambiar el hecho legal de que se es estadounidense por nacimiento. A Trump, el movimiento MAGA le votó porque creía en sus ideas y que usaría el poder público para revertir estos derechos ganados. Y no solo pasa en EEUU; a pesar de los avances en reconocimiento de derechos en Argentina, en el Foro de Davos (2024), Milei asoció la homosexualidad con pedofilia, traduciéndose esto en el aumento de crímenes de odio. Igual pasa en gobiernos alineados a posturas del Centro Democrático, partido al que pertenece y representa Paloma Valencia, como El Salvador o el recientemente elegido José Antonio Kast en Chile, quien ha dicho estar en contra del aborto y contra los derechos de las poblaciones de la disidencia sexual y de género. No son opiniones personales. Las opciones de quienes aspiran a gobernar un país representando a millones de personas deben proteger en narrativa, discurso y hechos el acceso a derechos de grupos históricamente oprimidos. El punto de vista de un candidato o candidata presidencial no es una opinión más, es una opinión que se puede materializar en efectos concretos en la vida de muchas personas, porque nunca los derechos están garantizados; es una batalla constante, como diría Angela Davis.
Se argumenta también que Paloma Valencia debería ser apoyada por todas las feministas, porque es “autora de la Ley «Estado Contigo», que protege a madres cabeza de hogar en condición de vulnerabilidad, impulsó casas de refugio para víctimas de violencia sexual, logró que las congresistas pudieran tomar licencia de maternidad sin abandonar su curul. Propone redes de cuidado con empleo formal, horarios flexibles y guarderías compartidas”. No me detendré en estas iniciativas, pero sí diré que apoyar algo que no se traduce en un proyecto de transformación. Parece que Claudia Sheinbaum es descolonial por reconocer la conquista como un proceso de exterminio; luego veo cómo se alinea con el poder económico de la FIFA, desplazando a trabajadoras sexuales, o cómo apoya el fracking y cómo militariza el país, permitiendo que siete complejos hoteleros sean administrados por la SEDENA junto al Tren Maya, y me percato de que es más complejo. Y miren que Claudia Sheimbaun no es Paloma Valencia, uribista y sionista confesa que niega el genocidio. Pero estas son razones suficientes para no votarla; a veces no es lo poco que hizo antes, sino lo que defiende y representa hoy. Valencia ha demostrado que representa toda la agenda uribista, ha dicho que Uribe es su padre y que lo quiere como ministro de seguridad en su gobierno.
Uribe es mi papá, exclamó la feminista Valencia
Álvaro Uribe es indefendible, como la familia esclavista de los Valencia; un aliado eterno del imperialismo yanqui en la región y responsable último de los falsos positivos en su gobierno que, para quienes nos leen fuera de Colombia, son casos de ejecución extrajudicial de miles de civiles por parte del Ejército Nacional. Recientemente, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) elevó la cifra de 6402 a 7837, después de ampliar el período de revisión de casos, antes comprendido entre 2002 y 2008, ahora entre 1990 y 2016. Pero la mayoría de los casos siguen ubicándose en el periodo de Álvaro Uribe en la presidencia 2002-2010; las víctimas eran jóvenes precarizados que asesinaban y hacían pasar por guerrilleros muertos en combate para mostrar resultados, ganar prebendas en el ejército y legitimar su estrategia de seguridad, el mismo discurso de la seguridad nacional y la mano dura que hoy busca trasladar Trump a toda América Latina a través del Escudo de las Américas. Ese criminal es hoy la propuesta de ministro y consejero político de Paloma Valencia.
El Escudo de las Américas es una coalición impulsada por Donald Trump, que junta a todos los gobiernos de derecha y extrema derecha de América Latina, bajo un discurso de seguridad, defensa y guerra contra las drogas, el crimen organizado y contra la migración irregular; se ha dicho que EEUU proporcionará las armas y la artillería para que desaten sus propias guerras a nivel interno. Es una clase de palestinización de la región; armas probadas en el genocidio en Palestina e inteligencia que pasa por Palantir, misma empresa que proporciona las bases de datos de seguridad al ICE en los EEUU y al ente sionista de Israel.
Seamos honestas. Considerando que Paloma Valencia niega el genocidio en Palestina y es proisraelí, y ha dicho que restablecería relaciones diplomáticas y comerciales, dándole continuidad a la venta de carbón a Israel, y está alineada con la derecha global y el trumpismo, preguntémonos: ¿es posible que adquiera UN programa de vigilancia como Pegasus o servicios de Palantir, teniendo como secretario de seguridad a Álvaro Uribe, y se una al grupo de Escudos de las Américas, que literalmente considera escudos a los países del sur donde las únicas Américas son los Estados Unidos, usando como brazos armados a los gobiernos a favor de sus intereses nacionales anti-migración? Claro que sí. Paloma Valencia, por lo que cree, por quienes apoya y por lo que ha dicho, será una entreguista más alineada a la política yanqui y sionista; por eso no se apoya a esta mujer, porque su cuerpo e identidad no garantizan nada. Es la hija sana del patriarcado blanco colonial sionista, es la hija sana de Álvaro Uribe y es tan hija sana del fascismo como Abelardo de la Espriella.
Vanessa Gutiérrez afirma: El feminismo tiene más de tres siglos de historia y no pertenece a ningún partido; ha sido liberal, socialista, personalista, libertario. Por su parte, el progresismo es otra cosa, es una agenda política contemporánea que incorporó el feminismo como emblema, pero con su propia lista de condiciones, y esa lista se vuelve una problemática cuando entra a la política electoral porque toda campaña política elige sus banderas para gobernar, porque gobernar exige prioridades”. Aquí hay un problema y es que para ella toda postura es igualmente válida y todo partido, sea de derecha o ultra, neoliberal, anti-derechos o supremacista, es una postura más. Pero se debe asumir que hay proyectos de muerte que buscan privatizar la vida y poner al Estado al servicio de una clase dominante, y es ahí donde surgen alternativas y resistencias que se deben leer y asumir como posturas que estarán en contra de las derechas, aunque estas vengan con cara de mujer. Las mujeres que se llaman feministas y no votan a Paloma son mujeres que no son de derechas, seguro tampoco sionistas y probablemente antiimperialistas. Aunque el feminismo nació blanco, burgués y colonial, hay otros feminismos negros, decoloniales, antirracistas, imbricados o incluso hay movimientos de mujeres que no son feministas, que se nombran antipatriarcales, y ahí no cabe el esencialismo cisgénero del feminismo blanco, que cree que por tener vulva se es hermana, cuando muchas mujeres son representantes directas del patriarcado blanco. Pienso en la genocida Isabel II.
Si te reconoces en ese tipo de feminismo blanco, deberías mejor preguntarte: ¿por qué miles de mujeres no apoyan a Paloma? Responder esta pregunta implica ser honesta y reconocerte como hermana de la ama y no de las esclavizadas.
Feministas uribistas en defensa de la uribista no feminista: “El feminismo blanco de derecha puede ser sionista y racista”
Dices también que “nadie puede con todo a la vez, y elegir un énfasis no es declarar guerra a lo que no se enfatiza. Cuando el feminismo progresista olvida eso y se apropia del relato entero, cualquier mujer que no comparta su agenda queda automáticamente excluida, se la descalifica, se la etiqueta, se la borra, y eso es sectarismo con perspectiva de género”. Volvamos al principio: ¿niegas el genocidio y apoyas un proyecto sionista que ha matado a más de 72.000 palestinos? ¿Estás alineada con María Corina Machado, que pide a Israel una palestinización de Venezuela bajo el argumento de que allí están Hamás y Hezbolá y pide el endurecimiento de sanciones contra el mismo pueblo venezolano y contra Cuba para que mueran de hambre mientras regala su medalla del Nobel de Paz a Trump? ¿Defiendes los falsos positivos? ¿Apoyas las políticas trumpistas e intervencionistas en la región y no condenas la militarización del Caribe por parte de EEUU y el asesinato de más de 100 lancheros? Karen, no es que todas DEBAMOS opinar lo mismo. Es una cuestión de básicos esenciales que permitan transformar el poder heterocisracial y patriarcal que Paloma defiende. Aquí la pregunta es: ¿Todas las mujeres, por ser mujeres, son nuestras hermanas? ¿Todas las feministas son nuestras hermanas? Hillary Clinton es feminista y cometió una masacre en Libia, asesinando a un presidente inocente no alineado con los intereses yankis, y es una defensora a ultranza de Israel. ¿Es Hillary Clinton hermana de las palestinas y las mujeres más oprimidas-migrantes por el colonialismo y el capitalismo racial? No. Por esta misma situación, quizás muchas colombianas no apoyan a Valencia, porque es más clara la violencia patriarcal en ella que, incluso, en otros candidatos. Un ejemplo de que el cuerpo no garantiza nada. Hasta Cepeda ha demostrado ser más antipatriarcal, ni hablar de antirracista, no homotránsfobo y antiimperialista que Paloma. Es falaz eso de apelar a la pluralidad de ideas y opiniones; no toda opinión es válida y legítima. Hay opiniones nazis, neoliberales, antiderechos, que apoyan la criminalización del acceso al aborto, sionistas, imperialistas, racistas, etc., y esas no son ideas que solo conviven, sino que son proyectos y modelos de mundos en desencuentro. Cuando estamos frente a trumpistas y con personas como Valencia, que ha dicho “estamos con Israel”, estamos en disputa y no en diversidad de perspectivas. El fascismo, el sionismo y el neoliberalismo no son una opinión más; se combaten.
Vanessa también escribe: Paloma Valencia es una mujer que ha roto techos de cristal reales, y pretender ignorarlo, o convertirlo en evidencia de retroceso, dice mucho sobre la estrechez del espejo que la mira. Si el feminismo progresista cree que solo merece reconocimiento la mujer que piensa igual al colectivo, entonces su arenga de libertad pierde todo sentido”. El feminismo del techo de cristal debería preguntarse quién recoge los cristales rotos y si quedan representadas las mujeres negras y empobrecidas que quiso desaparecer Paloma Valencia cuando propuso hacer un sistema de apartheid en el Cauca. Karen, no pidas que el colectivo de víctimas apoye a la feminista personalista, porque es claro que el colectivo pedirá las demandas generales que representa, que se enfrente a la violencia estructural que Valencia encarna y promete perpetuar. Y es evidente que la feminista personalista está concentrada en llamarse mujer rompedora de techos de cristal, pero siendo acérrima defensora de los oligarcas, las élites y los mayores patriarcas blancos del país. Un poco de seriedad. Con la carta “El feminismo que Paloma sí representa”, Karen en resumen nos dice: Valencia va en contra de todo lo que ustedes creen, pero es mujer; ignoren las enormes diferencias, que sea sionista o de derechas, próxima aliada de las derechas en la región y el mundo, heredera de esclavistas terratenientes y uribista; hay que apoyarla porque es mujer y porque está bien que piense diferente, aunque sea fascista y antiderechos. Deben aprender a vivir con la diferencia de opiniones, incluso si esas opiniones niegan los falsos positivos y justifican el asesinato de más de 70 mil palestinxs. Tenaz Karen.
Otra carta y otra feminista uribista en defensa de las amas
Por otro lado, me topé con otra columna, esta de Juana Botero Piedrahita, quien igual se manifiesta inquieta porque no comprende que las feministas no apoyen a la única candidata presidencial mujer. Expresa no entender por qué “darle palo” a “la única mujer enfrentada a dos poderes masculinos que no han demostrado, ni en sus propuestas ni en sus formas, nada distinto a lo que ya fue o a lo que no queremos que sea”. Botero se pregunta: ¿Cuál es el argumento para decir que ella no nos representa? ¿Qué es lo que ella ha hecho mal? ¿Los techos de cristal solo se rompen cuando a quien los rompe les agrada?
En este punto ustedes dirán que ya dimos respuestas a estas preguntas, porque el único argumento de las feministas blancas liberales que apoyan a Paloma Valencia es uno esencialista de género y basado en la sororidad obligada por el hecho de ser mujeres cis. Es decir, no importa qué tan racista, sionista, esclavista, colonialista e imperialista sea; como mujeres cis, no importa qué reproduzca otra mujer, hay que respetar el pacto entre mujeres y que los cuerpos con vulva hagan lo que hagan con independencia de sus ideas y sus proyectos políticos, porque la política y el poder siempre han estado históricamente en manos de hombres. Entonces puede ser genocida, pero es nuestra genocida mujer, por primera vez. Cuando las feministas blancas llaman a respetar a ciegas el pacto entre mujeres, pierden de vista que se apoya a alguien por el proyecto político y las ideas que promueven, porque el cuerpo y la identidad no son garantía de nada y tampoco nos salvarán. A Paloma le interesa hablar de mujeres en clave binaria y de diferencia naturalizada, tal como habla la iglesia de mujeres y hombres e ideología de género.
Contra el feminismo de techos de cristal
El techo de cristal es una idea propia del feminismo más blanco y elitista, porque representa a las mujeres que pueden romper ese techo, derivado de los pactos de raza y clase que sostienen, y no todas lo consiguen; eso solo opera para beneficio de quienes ya ocupan posiciones de poder y cuentan con condiciones materiales garantizadas; y muchas veces lo rompen justo por ser guardianas de los poderes fácticos y económicos de las élites. ¿Por qué se piensa que ser mujer, o negro, o persona con discapacidad representa a estos colectivos en automático?
Se pide apoyo cuando se persiguen horizontes de mundos comunes, y eso hasta la derecha lo tiene claro, y apela a nacionalistas, a evangélicos antigénero, a sionistas, etc. ¿Por qué convergen las derechas nacionalistas antiinmigración, supremacistas blancas, sionistas, libertarias pro capital y pro ultrarricos, terfas y grupos antigénero? Porque, a pesar de las diferencias, comparten bases ideológicas. Paloma Valencia cabe más en este grupo, porque es de derechas, que con movimientos populares de mujeres, no necesariamente feministas, subalternas y con conciencia de clase. Si seguimos la fórmula de pensamiento de Juana y de Vanessa, nos toca pedir apoyo por el hecho de ser mujeres, para las mujeres colonas israelíes del ejército de Israel que han matado a miles de personas, incluyendo mujeres, infancias y “hombres” palestinos. Es decir, se puede disentir solo mientras se apoya, porque si no apoyamos a las mujeres de derechas, las de izquierda o subalternas son unas intolerantes. Nos piden que nos envenenemos contra nuestros propios intereses ontológicos de existencia y políticos, porque toca apoyar a la mujer por principio feminista, según Juana y Vanessa. No importa que Otzma Yehudit haya liderado la aprobación de ley de pena de muerte electiva para palestinos, llamándola pena de muerte para terroristas, convirtiendo en no humano y en terrorista a todo palestino y palestina, porque se trata de una mujer. Hay que unirse sí o sí al brindis con champagne en el masculinizado Congreso israelí porque es un logro de una iniciativa impulsada por una mujer.
Este argumento parece tonto, pero es fundamental del feminismo blanco. Es básicamente que la mujer es universal; no podemos meterle raza, clase, colonialidad, porque se nos fragmenta el sujeto mujer del feminismo, y como queremos un sujeto unido, solo usaremos una lectura biologicista: todo cuerpo con vulva es mujer y toda mujer comparte la misma opresión, por lo que buscaremos que todas las mujeres apelen a la sororidad y hermandad a pesar de que muchas son las opresoras de otras mujeres, hombres y sujetos políticos disidentes sexuales y de género.
A esta lectura simplista del feminismo blanco ya se le ha rebatido, propiciando el surgimiento de una multiplicidad de feminismos. Ya en los 70s, el Colectivo Río Combahee escribía: Creemos que la política sexual bajo el patriarcado es tan omnipresente en la vida de las mujeres negras como lo son las políticas de clase y raza. A menudo también nos resulta difícil separar la raza de la clase de la opresión sexual porque en nuestras vidas la mayoría de las veces se experimentan simultáneamente. Sabemos que existe una opresión racial-sexual que no es únicamente racial ni únicamente sexual; por ejemplo, la historia de la violación de mujeres negras por hombres blancos como arma de represión política, demostrando que las mujeres blancas no las representaban, porque ellas no solo eran “mujeres”, sino que estaban simultáneamente atravesadas por una multiplicidad de sistemas, y por eso es que quizás muchas mujeres destestan a Paloma Valencia, porque es claro que es más su opresora que su compañera.
Juana dice que Paloma Valencia no recibe apoyo por tres cosas: “sus posturas sobre el aborto, sobre el matrimonio homosexual y la adopción de parejas del mismo sexo, y la relación que tiene con Uribe, a quien le ha dicho “mi papá”. Pero no es solo eso; además, es sionista, neoliberal, racista, apoyadora de ideas de apartheid y negacionista de crímenes de Estado. Juana repite el argumento de Vanessa, nos dice que estemos tranquilas y la apoyemos, que es una opinión personal, que no importa que sea homófoba, tránsfoba y antiaborto; al final, Colombia tiene unos contrapesos que impiden que revierta estos derechos por decreto, cuando sabemos, como ya dije, que es esencial lo que opine el presidente porque la voluntad política es fundamental para los avances en derechos y porque lo que piensa la figura de presidente produce discursos, imaginarios, respalda posturas y genera apoyos.
No es casual que los racistas tránsfobos estén envalentonados. Son posturas que se normalizan en impunidad, derivado del ambiente político derechizado y las opiniones fascistas cada vez más aceptadas. Es fundamental que lo que piense el presidente o presidenta promueva narrativas de garantías y respeto de lo que dice ser el Estado de Derecho, de igualdad y no discriminación, hablando en términos liberales. Si tus opiniones racistas, clasistas y homófobas persisten, es una buena señal para considerar que no tienes las cualidades para representar a todo un pueblo. Entonces es vital que quien ocupe la presidencia de un país esté comprometida en acompañar con acciones y discursos a los colectivos que sufren violencia.
Juana llama a mirar a las mujeres con independencia de los hombres, refiriéndose a su relación con Uribe, pero Paloma Valencia ha dicho que es su padre, que lo consulta 24/7, que formará parte de su gobierno y que ella morirá uribista. A veces, Juana, no hay que defender lo indefendible. Ha quedado claro que no se trata de una cuestión de sesgo o mirada sexista hacia Paloma Valencia; es que Uribe es parte de Paloma. En su texto, Juana no defiende a Uribe, solo nos reclama porque hay otros políticos que dialogan con criminales paraestatales; el problema aquí es que hablamos de un responsable de crímenes de Estado para justificar su estrategia de seguridad. Es como cuando nos dicen que no denunciemos el genocidio de Israel contra el pueblo palestino porque no denunciamos con la misma fuerza otras violaciones de derechos humanos en el mundo. Usan este argumento no porque estén en contra de los genocidios en Palestina, Sudán o el Congo, sino porque no quieren que señalemos a Israel como perpetrador. Este es un argumento de complicidad.
Juana afirma que “el feminismo es una pregunta abierta, es global, no es un fenómeno colombiano y como tal no está circunscrito a un partido”. Lo que Juana dice es cierto, siempre ha existido un feminismo blanco, racista, colonialista, feminacionalista y clasista. Y es cierto, hay feministas de derechas y de izquierdas. Dicho esto, quizás Juana debe percatarse de que le está pidiendo a feministas no blancas ni de derechas que apoyen a la feminista de derechas; ahí está su incongruencia argumentativa. Para ser de derecha, quizás se necesite honestidad con sus votantes: mujeres blancas que piden el apoyo a sus iguales para seguir sosteniendo sus privilegios de clase y clase en el capitalismo racial.
Siempre apoyar lo que busca abolición de las élites: ese es el proyecto político
La conclusión es que mujeres de derechas blancas-blanqueadas piden que ignoremos las diferencias ideológicas, reivindican la convivencia de feministas racistas con antirracistas, y votar sin que importe el proyecto político de Valencia, solo votar por ella porque tiene vulva; ni siquiera importan sus ideas y eso es profundamente patriarcal, porque son las ideas las que justifican los apoyos y no el determinismo biológico. Por eso, el feminismo blanco históricamente ha apelado al binarismo cisgénero para explicar la falsa universalidad del sujeto mujer. Pero ningún cuerpo garantiza liberación. Solo aquellos proyectos políticos que se sostienen en la práctica política y buscan siempre que herederos y herederas de esclavistas nunca más tengan poder de gobernar y de adueñarse de nadie.