February 13, 2026

¿Se puede amar a una trava?

¿Es posible amar a una travesti en un mundo hecho a la medida de la cisgeneridad y la heterosexualidad blanca? Desde su propia experiencia y corporalidad política, Mikaelah desmantela las expectativas binarias del deseo y el amor.

COMPARTIR ARTÍCULO
Compartir en Facebook Tweet Enviar por WhatsApp Enviar por WhatsApp Enviar por email

Este texto es un pienso en voz alta que transmito en papel. Me permitiré ser sincera y hablarles desde la desnudez de mi corazón y la vulnerabilidad que me arropa todos los días, de admitir lo que no quiero sentir, pero que a veces siento, e incluso me provoca vergüenza, especialmente viviendo como un sujeto político transnegro en un mundo hecho a la derecha y a las medidas de la cisgeneridad como horizonte obligatorio de vida y la heterosexualidad blanca: siempre productiva y reproductiva, como expectativa necesaria para alcanzar a ser persona. Cuando digo que quizás me provoca un poco de vergüenza, es porque me gustaría mentirles; en vez de decirles lo que estoy pensando y sintiendo, me gustaría decirles que soy un cuerpo moldeado por mí misma que escapa de los deseos binarios de género y de la mirada masculina, y que soy una existencia al margen de la colonialidad de género y del cuerpo binario, que nos enseña a querer ser un tipo concreto de sujetos. 

Si bien es cierto que no soy mujer ni deseo serlo, estoy más cercana a ser una mula, una chiva, que a una mujer. No transito a ser mujer trans, sino que devengo travesti como una forma de disputar el sentido de humanidad obligatoria, que siempre es cis; porque seremos mujeres y hombres o no seremos, y por tanto, solo humanas siendo mujeres y hombres (categorías hechas a la medida para el cuerpo blanco) podemos ser comprendidas en este mundo. Entonces terminamos deseando/reproduciendo lo que nos encarcela, transitando entre los cuartos de la cisplantación para pasar de habitar una cabaña en calidad de esclavas a compartir la casona con los amos en calidad trans, pero humanas, sin percatarnos de que la estructura que otorga y quita humanidad cis es la que debe ser abolida, es decir, la referencialidad de lo trans ante lo cis. 

Este texto es un cúmulo de pensares juntos situados en mi carne, pero en diálogo con prácticas y sentires de otros cuerpos de travestis que me rodean, que hablan conmigo, y algunos que escucho a la distancia. No pretendo explicar la experiencia de todas, solo brindar mi mirada de algo que es tan inmenso, que seguro no logro ver ni las complejidades ni sus múltiples rostros. Permítanme solo contarles…

No hay mejor manera de iniciar una incisión en la carne que con la pregunta incómoda; aquellas interrogantes que nos permiten ver lo que traemos dentro y que esquivamos por miedo a ver la secreción molesta que saldrá como resultado de la pregunta, por miedo a vernos como parte del problema. Yo tengo estas: ¿Cómo nos construimos un cuerpo? ¿Cómo nos construimos un cuerpo fugado de la mirada cis masculina? ¿Cómo nos construimos un cuerpo cimarroneado de la mirada cis mujerista? ¿Cómo nos construimos un cuerpo fugado del horizonte de deseabilidad estética femenina? ¿Qué mujeres queremos ser y luchamos todos los días por ser? ¿Y qué sabemos que aún no somos y chance ni llegaremos a ser, sea por cómo nos vemos, la circunferencia de nuestras carnes y las maneras en que nos movemos no ajustadas a la mujer deseable? ¿Cómo nos construimos una vida desterritorializada del deseo cis binario? ¿Cómo somos sin necesidad de referencialidad al binomio mujer y hombre cishetero? ¿Hasta qué punto somos lo que somos? ¿Cómo nos escapamos de los regímenes de lo deseable ontológicamente por el régimen cisheteroracial? ¿Cómo nos construimos sin estar mediadas por la mirada cis masculina y de la feminidad blanca? ¿Cómo nos hacemos sin base en las expectativas binarias de la feminidad y la masculinidad?

Todas las racializadas somos travestis 

Estamos encarceladas. Nuestra construcción de feminidad y masculinidad, tanto de personas cis como trans, está atravesada por la mirada binaria de género. Medirnos unas a otras es la norma y aspirar a la feminidad blanca es una condena de “liberación” de todas las realizadas, sean estas cis o trans. Cuando las negras se preguntaron si era posible ser mujeres, mientras eran consideradas carne negra, mercancía negra, herramientas de trabajo y no mujeres y sujetos políticos autodeterminados, se planteaban ese ser “mujeres” como la posibilidad de compartir el lugar de humanidad de las mujeres. Esa idea de travesti/transitividad de pasar de ser cosa mueble-inmueble a sujeto humano-mujer fue una idea calculada, tal vez en la colonialidad; quizás un gesto más revolucionario y radical pudo haber sido cimarronear la humanidad, es decir, no aspirar a ella y fugarnos del deseo de querer ser mujeres, que siempre será una aspiración que nos coloca en desventaja perpetuamente porque no somos ni seremos mujeres blancas, entendiendo la feminidad blanca como un atributo de blanquitud. Sojourner Truth, en vez de preguntarse, ¿acaso no soy yo una mujer?, y aspirar a verse-entenderse como mujer y, por defecto, como humana, quizás no sabiendo que un cuerpo negro estaría en insuficiencia ontológicamente en un mundo racista y cisgénero. Quizás una afirmación negra radical y abolicionista hubiera sido: “¿Son tan ilusas de creer que, después de haber sido negada como sujeto, querría ser yo una mujer, cuya única referencia es la blanca?”. Dejar de ser mujeres y hombres es un acto radical antirracista, por eso insisto en no querer ser mujer trans, cuya idea está anclada al aparato médico-científico-psiquiátrico y la colonialidad del saber institucional cis, que diagnostica el cuerpo trans como enfermo con disforia de género y cuyo remedio es la transición que no cuestiona lo humano, sino que busca la “diversidad” dentro del orden binario de género. Pienso todo esto porque creo que los discursos de la diversidad sexual y de género son narraciones e ideas de cuerpos propias de la humanidad que no cuestionan el carácter raCISta del mundo cisheteroracial que in-vivimos muchxs, y cuya normalidad naturalizada se ha impuesto con base en la violencia colonial. 

Escucho hablar de conceptos como “género expansivo”, como algo bueno por tener un tinte de inclusión, de ampliación, de “democratización”, pensando que todo lo democrático es bueno. Es un error político que nos impide ver los caminos de fuga y liberación política; sigue siendo el mismo ejercicio reformatorio de género dentro de la cárcel de lo humano y dentro de las lógicas, donde ser cis, mujeres y hombres, sigue siendo la norma, lo que significa que las categorías pueden ser ampliadas y otros cuerpos incluidos, pero seguimos viviendo como “mujeres y hombres” y seguimos entendiendo ese binarismo como la norma de inteligibilidad del cuerpo. Todo este pensamiento me lleva a plantear el cimarronaje de género como un ejercicio de fuga de lo humano y de superación de las categorías ontológicas coloniales “mujeres y hombres”, donde disidencias del CIStema heterocisracial de género nos inscribimos sin buscar la abolición de dicha plantación, donde la única forma de ser es siendo mujeres y hombres. Por lo tanto, el mundo, ante su posible destrucción, nos preferirá mujeres y hombres trans, que mulas, yeguas, travestis y subjetividades no humanas fugadas del binarismo de género, que reproducimos e imaginamos mundos otros, donde el heterocisracialblanco no cabe. 

En este punto, les confieso que no les vengo a hablar de cimarronaje de género y las necesarias imaginaciones radicales anticoloniales que debemos ensayar para fugarnos del mundo que aún gobierna. Estoy convencida de que en la destrucción del mundo blanco radica la mayor liberación, y eso implica sus sentidos comunes de cuerpos, género y racialidad; cimarronear eso es necesario, mientras sostenemos las vidas travestis/trans no limitativas a la sexualidad y el género, sino a todo sentido humano. Por eso se me hace inevitable pensar sobre cómo nos construimos travestis, trans, mujeres y hombres siendo racializadas y de clase subalterna en relación con el orden heterocisracial. Pensar este escenario de fuga radical es la base para pensar cómo, mientras ensayamos la fuga y cimarroneamos la plantación, muchos de nuestros procesos de construcción subjetiva están mediados por la necesidad de aprobación del deseo cis y la mirada masculina, también femenina, que nos posibilitan el verdadero passing de género y, por tanto, racial. Todas las no humanas por nacimiento, dígase las no heterocisblancas, pelean por el passing a ser mujeres, a ser femeninas, a hombres, a existir. Pensemos en Imane Khelif, boxeadora argelina, quien no es trans, pero, como muchas otras mujeres negras racializadas, queda corta al estándar de la feminidad blanca que está hecha a la medida eurocéntrica de mujer blanca, haciendo que la transfobia no sea un efecto experimentado solo por travestis y personas trans, sino también por todo aquel cuerpo racializado que, derivado de su lugar no blanco y subalternidad en términos heterocapitalistas, experimenta también esta forma de violencia colonial. 

La lucha contra la transfobia es una lucha antirracista, que representa todos aquellos cuerpos que se han visto obligados a entenderse humanos, mujeres y hombres, aun sabiendo que nunca serán lo suficiente. La lucha de las travestis es una lucha antirracista y revolucionaria anticolonial. Es por eso que todas, incluyendo a las cis racializadas, sean “hombres o mujeres”, necesitan cispassing y todos los días lo refrendan. Estamos sometidas a una serie de dispositivos culturales, herramientas de género y chirímbolas políticas que usamos para reafirmarnos mujeres y hombres, como forma de afirmarnos humanas. Si hoy el pueblo palestino ha sido desprovisto de género, para ser entendidos como no humanos y objetos de genocidios, nosotras las otras condenadas de la tierra (Fanon) deberíamos también reafirmar nuestra no humanidad y abrazar nuestra subjetivación travesti, en cuanto no humanas, como una forma de romper pacto racial con la blanquitud colonial (y sionista) y entender a aquellas que salimos del canon de blanquitud como las de otra raza que, contra la colonialidad del poder (Quijano), nos entendemos en una forma otra, donde no sea posible la operación de negar “derechos humanos” en cuanto son sinónimos de “derechos para blancos”, y por tanto, un genocidio y un proceso de colonización no sea nunca más.

Mi propuesta es que comprendamos que estos asuntos no están fragmentados. Están íntimamente ligados desde el nacimiento, porque es el proyecto de humanidad, que es colonial y de blanquitud, el que nos mantiene atadas, a pesar de haber “logrado” derechos, representación, reconocimientos y -algunas- formar parte. Mientras lo hagamos en sus términos, en la casa del amo (Audre Lorde) y en su clave humanista-ontológica, estaremos eternamente entrampadas y en profunda desventaja. Un acto de descolonización radical es cimarronear la humanidad, como camino de travesti del no ser. 

En ese tenor, todas las racializadas y de clase social precaria nos validamos humanas, mujeres y hombres, por la mirada colectiva del régimen de vigilancia cisgénero, porque ser mujeres y hombres, sin explicaciones al pie, no solo es un asunto de raza, sino también de clase; la cisgeneridad se sostiene en el capitalismo, en la mercancía y el poder de consumo. Por eso verán a cis y trans llenándose de artefactos biomédicos-estéticos-tecnológicos y modos de ser para reafirmar la inteligibilidad cisgénero. El problema nunca será el uso estratégico de estas chirimbolas políticas para materializar la existencia. Las negras exesclavizadas desearon el vestido y las pelucas de las amas, como Xica da Silva, personaje de una novela brasileña inspirado en la historia de Francisca da Silva, una negra (no mujer) esclavizada, que se liberó porque chapeó (hizo trabajo sexual) a un hombre blanco (amo) y se convirtió en una rica acaudalada en el siglo XVIII. El problema no son las pelucas, los vestidos y los artefactos, sino la lógica de propiedad sobre esas indumentarias, que están hechas para mujeres, por lo tanto para blancas, lo que quiere decir que, cuando deseamos ser mujeres, voluntaria o involuntariamente, estamos deseando ser mujeres blancas, tanto negras cis como travestisnegras, así como varones negros al emular la masculinidad del hombre blanco. El problema es un asunto de urgencia de abolición del proyecto humano. 

¿El amor es propiedad de cis-blancos? 

Lo anterior me pareció un preámbulo para hablarles de amor. En su famoso texto Todo sobre el amor, publicado en el 2000, bell hooks define el amor como una acción que implica cuidado, confianza, responsabilidad, reconocimiento y respeto, que contribuye al crecimiento espiritual, trascendiendo la lógica emocional y del sentimiento instintivo, creyendo que es una decisión amar.  bell dice: “El amor es igual a sus efectos. Se trata de un acto de voluntad; esto es, tanto una intención como una acción. La voluntad implica elección. No tenemos que amar, decidimos amar”. Dado que decidimos amar con el fin de contribuir a un desarrollo, esta definición contradice la más comúnmente aceptada, según la cual amamos por instinto. Cuando entendemos el amor como la voluntad de contribuir a nuestro desarrollo espiritual o al de otra persona, salta a la vista que es incompatible con el maltrato, no pueden coexistir”. Aunque son muchas las cosas que no comparto de este texto de autoayuda de la bell hooks, sí estoy de acuerdo con ella en el hecho de que amar es una decisión (política), es una acción que se contrapone al abuso y a la violencia racista, clasista, colonial, transfóbica, capacitista, especista, cuerdista, etc. Parte de esta definición de amor me lleva a imaginar los actos de amor como programas políticos de evolución, donde superamos el individualismo neoliberal propio del capitalismo racial y vivimos en colectividad, donde siempre la pluralidad de existencia es parte de lo colectivo. 

Comprendiendo esta visión de acción del amor y de colectividad, creo que el amor es una acción desterrada de las experiencias cishetero en relación a las experiencias travestis-trans. Básicamente, estoy diciendo que las travestis y personas negras y otras experiencias trans están negadas para ser amadas por hombres cis hetero. Es decir, pienso que no es posible la acción-voluntad de cuidar, respetar, nutrir, alimentar espiritualmente y reconocer a subjetividades travestis/trans por parte de sujetos cishetero, sin que estos antes dejen de serlo o hayan roto el pacto binario de género y de masculinidad.  Hay una imposibilidad ontológica, ya que primero es preciso renunciar a la cisgeneridad heterosexual para amar a una travesti. Cuerpo que decide amar a travestis es cuerpo que renuncia a su pacto cisheteroracial de género, y deviene en paria del CIStema, por eso no muchos son capaces. Así como las travestis pagamos un precio al denunciar el régimen binario de género colonial, hay otros cuerpos que deben pagar un precio por amar a las desobedientes sexuales y del orden cisheteroracial. Aquí, permítanme solo hablar de travestisnegras. Ustedes hagan sus ajustes necesarios trasladando este análisis a otras nomenclaturas subjetivas trans. 

Hace unos días escuché un podcast de unas morras trans mexicanas que hablaban sobre un caso de vaginoplastia. A pesar de ser el tema anunciado, la conversación giró casi en su totalidad en torno al deseo de validación masculina. Mi intención fue escuchar a otras experiencias trans hablar entre ellas sobre asuntos que las interpelan. Nunca imaginé que toda la conversación concluiría en que prácticamente hacen lo que hacen para ser reconocidas, deseadas, buscadas y validadas por hombres cis. Me habría gustado escuchar otro relato más en sintonía con el poder de resistencia que forjamos en construir nuestras carnes como una forma de ser y existir en sociedades que nos niegan. Esto me llevó a pensar si acaso es solo una preocupación de las travestis/mujeres trans, y si acaso también es una intranquilidad de mujeres cis. ¿Será que todas las feminidades cis y trans pasan por una necesidad de validación masculina y una búsqueda tenaz de su mirada?

Les confieso que hace más de un año y medio no me acuesto con hombres, ni he sostenido ninguna clase de encuentro sexual. La respuesta rápida es que, por más que lo intencione, no me apetece compartirme con ellos. A veces siento que estoy perdiendo mis mejores años de juventud, pero por más que lo busco, al momento de materializarlo, tengo la claridad de que no quiero compartir mi voz, tiempo y cuerpo con hombres cis. Eso me ha llevado a replantearme otras cosas, como mi bisexualidad; sin embargo, les seré honesta: me genera satisfacción la mirada masculina, y más cuando es de hombres heterosexuales. Eso me lleva a afirmar que parte de nuestro proceso de autoafirmación no se queda en las prótesis y chirímbolas políticas, sino que pasa también por la mirada masculina externa, que se limita al binomio cishetero del deseo mujer y hombre, por lo que, si dejo de ser vista, en mi caso como hombre, marika, maricón, para ser vista en clave femenina, percibida como una feminidad que causa deseo al sujeto cishetero, mi cimarronaje de género surte efecto en términos de inteligibilidad. 

A este punto me gustaría mentir en este texto. Los textos también nos hacen sentir incómodas. Me incomoda admitir que cuando salgo y los hombres me ven, reafirmo mi situación política femenina. Recuerdo salir con mami en Santo Domingo y verla llamar la atención por la forma de su cuerpo y su belleza. Yo todos los días me reconozco muy parecida a ella. Entonces, cuando logro capturar esas miradas, siento que me parezco más al cuerpo que siempre quise parecerme, al de mi madre.  

En este texto, quiero ensayar algunas formas de fuga de la validación masculina, que vengo haciendo una práctica política por medio de mi cimarronaje de género, reconociendo, por un lado, que estamos entrampadas, lo que quiere decir que no hablo desde arriba para abajo. Disputo y me niego a buscar y ser validada mientras lo soy. Me encuentro habitando una contradicción, admitiendo que debe ser inadmisible el hecho de que el sujeto hombrecishetero sea el centro de nuestras conversaciones. Hace ya mucho tiempo que me siento incómoda al escuchar a amigas que me llevan a hablar de un hombre por mucho tiempo. Sabiendo esto, reconozco que todas observamos y estamos miradas por el ojo cisgénero. 

Derivado de la estructura organizativa de los cuerpos modernos en el régimen heterocisbinario y relacional, parece que la validación masculina y también la femenina acreditan la inteligibilidad y, por tanto, la “autenticidad” de los cuerpos de mujeres y hombres. Por más que hemos dicho que hay formas plurales de moverse, transitar y cimarronear el género, parece que hay un orden social anclado en una colonialidad estética que exige marcos mínimos para lograr aceptación. Aunque yo estoy en pleito frontal contra esta idea, es cierto, escuchando a experiencias trans que me rodean, que existe una necesidad de aceptación, inclusión y necesidad de ser parte en el orden cishumano por parte de personas trans, y esto no es casual; creo que se debe en mucho a la trampa de Estado y el aparato de los derechos. He dicho que los derechos humanos son derechos de blancos, por tanto de humanos. Es esperable que mujeres blancas aspiren a ser iguales a sus valores blancos, pero no que cuerpos racializados lo hagan. Hoy entendemos que todo avance y lucha se materializan en el reconocimiento del Estado, por lo tanto, para lograr eso, necesito ser reconocida y validada por el Estado garante de los regímenes cisheteroraciales.

Reconociendo que las experiencias de vidas trans/travestis tenemos muchos caminos para cimarronear el género, sin necesidad de chirímbolas políticas, sabemos también que, para muchxs, las hormonas y otras chucherías de género han sido herramientas políticas para recorrer este camino, incluso para narrar la carne nombrada cis y obligarla a tomar otros rumbos, creando nuevas materialidades y corporalidades cuya existencia patenta el sentido mutante de lo nombrado “natural”. Sin embargo, hay que reconocer que es un problema anunciado. El simple hecho de que estas chirimbolas políticas se llamen “terapia de reemplazo hormonal – TRH” es un error; la idea de “reemplazar” ya es binaria, hetero, cis y colonial, y su sentido de terapia es medicalizante y reparador del cuerpo que el mundo cisgénero blanco entiende como enfermo, desviado y por ajustar. Ante esto, me atrevo a decir que, aun sabiéndolo, asumimos que “nuestra terapia de género” pasa por una clase de validación del hombre cis; ahí se completa la aceptación de la lógica de transición dentro del orden “natural” cishetero.

Derivado de la colonialidad del ser (Nelson Maldonado-Torres), hay una mirada femenina y masculina, siempre cis, binaria, hetero y blanca, que es un marco de referencia estético-ontológico del que ni cis ni trans racializadas nos escapamos, y donde, por el régimen de control estatal-institucional y producción cultural de nuestras subjetividades, y el hecho de que se supone que todas queremos ser reconocidas como vidas humanas, se hace imperativa la validación cis para todxs en nuestro proceder cotidiano. Si deseo ser mula como una forma de cimarronear la humanidad, quizás no busco la mirada del hombre, sino de otros seres no humanos. Es la intención de querer ser humano, donde la única referencialidad de eso es la feminidad y masculinidad blanca como forma de acceder a ser reconocidas, lo que provoca que sea imposible no querer ser miradas por la cisgeneridad para lograr la validación de ser. Las vidas travestis debemos dejar de insistir en querer ser reconocidas en la humanidad del hombre y la mujer blanca. El problema no es superar la mirada masculina, es superar la humanidad como proyecto vivible. 

Amor imposible

Todo lo anterior ha sido un gran preámbulo para hablarles sobre la (im)posibilidad de amor entre travestis y hombres cis. Yo creo que las personas trans/transitivas/cimarronas de género al devenir no cis nunca son heterosexuales, porque la heterosexualidad es un régimen político (Monique Wittig), no es una orientación sexual, y su significado es delimitado por la relación reproductiva cisbinaria. En otras palabras, es un régimen de control del cuerpo dentro de la CISgeneridad.

La heterosexualidad es binaria y, por lo tanto, cis, y las personas trans/travestis nunca somos binarias, porque nuestra construcción trans/travesti es tautológicamente antibinaria. Quien transita o cimarronea el género está convencido de que el binarismo de género no es destino, se deslocaliza de la clave cis y deviene trans, creyendo que no hay dos caminos, que existen márgenes de fuga y autodeterminación, siendo un cambio radical que implica esencialmente un desplazamiento de ver el mundo a través de dos cuerpos para comprender que pueden existir otros, que son trans, travestis, nbs, etc., y la orden cisgénero es opresiva. Es un posicionamiento pluralista de la existencia, ante el uniformista del binarismo de género. Por eso, algunas travestis sufrimos ante los órdenes deseantes de cuerpos cis-hetero, porque estamos en pleito abierto con el orden cis, donde los vínculos afectivos y relaciones parten del hecho de que solo “hay hombres y mujeres cis”, y la aceptación de esta premisa es la base para el establecimiento de las relaciones sociales.

La radicalidad travesti debe comprender que esta revolución también es de los vínculos afectivos. No podemos aspirar a ser amadas por hombres y mujeres cis porque no somos cis. Lo más que podemos ser son relaciones transitorias, vínculos esporádicos y realización fetichizante, pero no proyectos de vida con hombres cis hetero. Es urgente que comprendamos esto. No espero que nadie me explique que conoce a alguien… A estas alturas sabemos que Estados Unidos tuvo un presidente negro y esa excepción no se traduce en nada. La validación de muchas mujeres trans pasa por el deseo de amor romántico heterocisexual, viendo su realización como mujeres trans en la participación activa de una relación cisheterosexual. ¡Si un hombre cishetero me ama y se casa conmigo, es porque por fin soy mujer! Creo que es una clase de declaración no pronunciada, pero latente en algunos tránsitos. 

Yo creo que hay una imposibilidad relacional y ontológica entre lo travesti y la cisheterosexualidad. Siguiendo a Wittig, sabemos que la heterosexualidad, siempre cis, es un régimen, es una imposición colonial, un pensamiento, no una orientación, y el pensamiento hetero no es travesti, es decir, no está orientado contra las relaciones binarias, institucionales y no normativas. Parte del pensamiento hetero pasa por explorar la experiencia de estar con el cuerpo no humano. Pienso en los amos que, estando casados con la ama, violaban a las esclavizadas y luego las negras esclavizadas eran castigadas por las amas, las “verdaderas” mujeres con propiedad de feminidad, sin necesidad de passing. Las negras no pueden confundir con amor el deseo del hombre blanco, así como las travestis/trans no pueden confundir al chaser (fetichista de mujeres trans) con amor.

A esta altura, creo que todo sujeto que ama a una travesti deja de ser cis, por eso es tan difícil materializar esos amores radicales. Hay tránsitos y cimarronajes derivados de la voluntad de amar, por la decisión de amar. Nadie permanece cis cuando ama a una trans/travesti, así como nadie trans/travesti sigue siendo binaria o hetero cuando se construye como un cuerpo trans. No hay trans binarias; todas somos antibinarias, incluso nombrándonos mujeres trans, ya que la transitividad y el cimarronaje que nos llevó a ser lo que somos es una política sexual y, en mi caso, antirracista, no binaria. Ni la orientación sexual ni nuestra identidad en clave mujer u hombre trans nos hacen sujetos binarios, sino subjetividades que, derivado de que hemos denunciado la cisnorma, siempre binaria por ser producida por el aparato clínico occidental como un elemento común y esencial de todo cuerpo humano, las vidas y cuerpos trans son expresiones no binarias por su desobediencia sexual y de género. La binariedad en clave mujer u hombre es producida por la cisgeneridad, por lo que nuestra experiencia trans-travesti es una situación política opositiva al régimen binario de género. Un cuerpo trans/travesti autodeterminado no se traduce en que estemos descolonizadas, pero al ser el orden cisgénero colonial y obligatorio (pienso en la heterosexualidad obligatoria de Adrienne Rich), nuestros devenires no cis se traducen en una confrontación por una pluralidad y transitividades de género, que cuestionan la unicidad universal del binomio “mujer-hombre cis”, que sostiene que el sexo-género es binario, por lo que, al transitar/cimarronear, las experiencias trans/travestis contravienen esa lógica organizativa de los cuerpos. El cuerpo trans/travesti es una muestra material y filosófica de la binariedad del mundo.

Nuestro deseo está politizado por el camino que recorremos, está hecho al derecho y para cisheteros y nuestras materialidades travestis/trans también están moldeadas con base en las referencias vivibles del mundo que habitamos, incluso si este es colonial y profundamente binario cishetero. No hay una vida hoy más vivible que una cisheteroblanca. Por eso, mientras escucha el programa de las morras, reconocía que, a pesar de la decepción que experimenté al reconocer que hay experiencias de vida trans que se hacen con base en el cumplimiento de la expectativa cis-masculina, y este reconocimiento forma parte de su terapia de afirmación de género, también reconocí que no todas estamos libres de lanzar la primera piedra y creernos que estamos totalmente libres de esa mirada cis-femenina-masculina. Que denunciemos lo que nos reprime no nos pone fuera de la plantación. Después de mucho tiempo esclavizadas, nuestra mirada de liberación se limita a emular los modos de vida de la dominación; deseamos ser amas y amos, y no necesariamente su desaparición. La tarea urgente es ver que sus modos son cárceles identitarias solo entendidas en el error ontológico de lo humano, un proyecto humanista que solo se materializa en la materialidad colonial cisgénero, evitando que veamos los horizontes posibles, aquellos donde hay cuerpos y vidas fuera de la humanidad cis de los blancos.

Cispassing y orientación heterocis

Sara Ahmed, feminista de color, investiga sobre la política de las emociones; dice que no son sentimientos que una siente y ya, como si estuvieran despolitizados y no atravesados/producidos por el entorno que es político, sino que son respuestas y formas de relaciones culturales que moldean nuestras orientaciones con el mundo. Ella dice: “… sentimientos de vulnerabilidad y miedo moldean los cuerpos de las mujeres, así como la manera en que esos cuerpos ocupan el espacio. La vulnerabilidad no es una característica inherente a los cuerpos de las mujeres; más bien, es un efecto que funciona para asegurar la feminidad como una delimitación del movimiento en público y una sobre-habitación de lo privado”.  Sobre esto, matizaría la idea de mujer y conceptualizaría el lugar de enunciación de “la mujer”, que siempre es referencial a otras relaciones sociales, que hablan con la raza, la clase, la estética, la geografía, etc. Yo, como travesti, siento miedo en espacios exclusivos de mujeres. Me causa angustia la violencia que puede desplegar el cuerpo de una mujer cis en un baño de mujeres. Sé también que mujeres indígenas, negras y empobrecidas pueden sentirse vulnerables en espacios exclusivos de mujeres, llamados “seguros”. También podríamos problematizar la idea de privado y público, acercándonos al espacio privado como femenino. Sabemos que el espacio privado propio de la feminidad es para feminidades blancas y no precarizadas ni esclavizadas. De hecho, pienso en cuál es el espacio privado de las palestinas, cuyas paredes de sus casas han sido bombardeadas con la colaboración del feminismo blanco imperial femioccidental. Las emociones que experimenta el pueblo palestino no son simples sensaciones, son provocaciones directas del genocidio, por lo que lo que sentimos en la carne está gestionado por el entorno político-cultural. Eso nos pasa a las travestis: deseamos la mirada masculina y femenina que valida nuestro passing femenino, no porque somos unas malas desconstruidas, sino porque esa “necesidad” de validación es un efecto provocado por el cis-tema heteroracial blanco, donde la mayor referencialidad de mujer es la blanca. Chance deberíamos apostar a parecernos más a las negras. 

Sara propone las emociones como orientaciones. Ella dice: “…las orientaciones afectan lo que pueden hacer los cuerpos. En consecuencia, la imposibilidad de orientarse “hacia” el objeto sexual ideal afecta la forma en que vivimos en el mundo, un afecto que puede leerse como la incapacidad para reproducirse y como una amenaza al ordenamiento social de la vida misma”. Si ser trans es un asunto de disforia de género, cuyo tratamiento es binario, reafirmamos la heterocisnormatividad cuando deseamos ser mujeres y hombres sin política descolonial; por lo tanto, la orientación “natural” de nuestra reafirmación de género, en el caso de travestis/mujeres trans, es el hombre cis hetero como objeto de deseo porque el regreso de su mirada me reafirma en la norma social. Ahmed nos dice: “El miedo, la repugnancia, la vergüenza y el amor funcionan como diferentes tipos de orientaciones hacia los objetos y los otros, lo que moldea tanto los cuerpos individuales como los colectivos”; es decir, el deseo de amor romántico cisheteronormado me moldea individual y colectivamente y reafirma mi identidad de género. La pregunta que me hago, y les dejo a estas morras del podcast, es: ¿cómo des-orientamos nuestra construcción trans/travesti de la mirada cisfemenina y masculina para llegar a ser lo que queremos ser, para no reproducir el régimen heterocolonial y el binarismo de género? Mi respuesta hasta ahora es abandonar las lógicas de la transición para abrazar el cimarronaje de género, que implica ser situaciones políticas femeninas, masculinas, no binarias, etc., sin necesidad de ser humanas. Este último tema lo dejo para la siguiente columna, Cimarronas.

No amen a hombres cishetero sin que antes hayan renunciado a su hombría. 


COMPARTIR ARTÍCULO
Compartir en Facebook Tweet Enviar por WhatsApp Enviar por WhatsApp Enviar por email
  • Me indigna
    (0)
  • Me moviliza
    (2)
  • Me es útil
    (1)
  • Me informa
    (1)
  • Me es indiferente
    (0)
  • Me entretiene
    (0)

Autor

  • Mikaelah, bonita, mujer trans, mula no–humana, afrodescendiente y fronteriza, es una travestinegra habitante del tercer mundo. MarikaMigrante y fugada del Estado ocupacionista dominicano y de la plantación sexo-género, antirracista y contaminadora de categorías, hoy se nombra mexicana no por ciudadana, sino para transpasar fronteras negadas y espacios prohibidos por su no humanidad y su clasificación caribeña termundizada, derivado de que nació en el laboratorio colonial del caribe, lugar de cuerpos negados por nacimiento, contamina sus sentidos, cimarronea sus significados de género, nacionalidad, humanidad…insuficiente en la masculinidad hegemónica y como mujer, deviene cimarrona de género, es una carne indomesticable en la sexuación forzada heterocis. Como cuerpo no apto para moverse, hace uso de la estrategia del Calibán, no es sumisa ni pone la otra mejilla, sabe contestar, defenderse es una necesidad vital en mundo que odia a las travestisnegras/personasnegras. Es parte de las colectiva AFROntera Cimarrona, del Grupo Latinoamérica de Acción y Formación Feminista (Glefas), del proyecto de–formativo DécimaOla, artista, voguera y performance. Creadora del Podcast antirracista Café Marika y Pájaro Negro. Pensadora, educadora popular, comunicadora, antiacadémica y escritora. Estudió la Licenciatura en Relaciones Internacionales y escribe para diversas revistas y medios de comunicación. Ha participado en el Poemario “Aquelarre de Negras un poemario de Negritudes insumisas”, en la Antología ¡Pájaros, lesbianas y queers, a volar” de Dominican Writers y en el Fanzine “siete mil ríos nos comunican” por FRESTAS Trienal de Artes 2021. Es autora del libro el Feminismo ya fue, público por OnA Ediciones. Lleva 10 años trabajando en organizaciones sociales en México, en diseño y formulación de proyectos y en temas de libertad de expresión y acompañamiento a personas defensoras en riesgo.

    View all posts

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Artículos relacionados