
Escribir desde un cuerpo trans y travesti y disidente siempre marcará una forma de hacer memoria, de territorializar la vida, una forma de delimitar nuestra voz en el mundo que habitamos y que termina atravesándonos de formas múltiples. Lo he entendido cuando he usado mi cuerpo propio en función de ello: de darle una idea a quien me observa de lo que vivo, de lo que me duele, de lo que nos duele en esta experiencia compartida que terminamos siendo, de lo que significa ser trans y travesti en este momento, inclusive a costa de mi intimidad, porque cuando tanto te amenaza, es imposible quedártelo y callarte. En otras palabras, la escritura que surge de todo ello es un marcapasos de la necesidad viva de politizar lo que a muy pocos les importa, por no decir que a casi nadie, desde el recurrente espectro de la desesperanza rompiéndonos.
De eso se trata este texto, de delimitar una declaración de que ya no solo resistimos, sino que re-existimos, la resistencia se queda corta en medio de asesinatos, ataques digitales, criminalización, desprecio y persecución de lo que seguimos representando para estas sociedades egoístas y crueles que se alimentan poco a poco y con descaro como buitres del dolor travesti.
Pienso en la madre Constanza, una mujer trans encontrada asesinada en su casa el 18 de febrero de este año. Ella, reconocida como la “abuela de todas las travestis”, como se menciona a través de Caribe Afirmativo, y una referente de la lucha travesti, a quien le arrebataron la posibilidad de vivir su entera vejez y sus últimos años de vida como lo que siempre serán: una victoria y una declaración de esperanza. Ella y otras travas asesinadas este año dirigen el ritmo de mis palabras, porque llegar a superar tanta desidia estructural con el paso de los años es, sin duda, una venganza poética y trava sin precedentes. Y ha sido inexplicable el peso simbólico y emocional del arrebato sobre sus vidas y de toda la indiferencia hacia ellas, porque cuando creemos que la transfobia no es el límite, termina dándonos una cachetada.
Dejé de escribir durante muchos meses, lo que para mí me cargaba de una enorme libertad, porque me permitía resignificar lo que el día a día ha implicado para mí en cuanto al peso de la visibilidad, del ir con la frente en alto, del habitar la normalidad y la comodidad de la gente CIS; se convirtió en una huida de eso que ya mi escritura y mi cuerpo no han querido narrar, ni poetizar para transformar, ni nada, y ahora puedo decirme: está bien. Llegando a preguntarme: ¿de qué sirve la escritura política en manos trans cuando la vida propia no vale para nadie?
De repente empecé a sentir que tenía una obligación política de lanzarme al sufrimiento, de darme contra la pared todo el tiempo, que le debo mi propia violencia al otro para que despierte de alguna forma. Y en eso me he perdido estos últimos años: demostrando que sí, que una trans, que una travesti sufre y sufre mucho.
Y entonces, cuando se trata de hablar de dignidad, de orgullo, de reivindicación, lo he hecho con un nudo en la garganta porque así como quieren verte en el lodo, también esperan que estés siempre en pie, que les sonrías, que sostengas la narrativa interminable de superación y de resiliencia. Y es que ahí radica el problema: nunca hemos estado por fuera de un sistema inmenso y estructurado para obligarnos a desaparecer, a normalizar nuestra caída y asesinatos, a sembrar en nuestra mente que quizás sí somos suficientes para la cisgeneridad —cuando claramente nunca lo hemos sido— y entonces, parece que el quiebre histórico que recorre muchas partes en nuestro interior y exterior se manifestará silencioso, y eso me resulta extremadamente peligroso: que nuestro cansancio termine anestesiando la necesidad inevitable de estar para otrxs hermanxs y de construir esa resistencia cuando más la necesitamos, porque el presente que tenemos está edificado en la misma violencia cada vez más naturalizada y directa y al menos así lo siento desde esta esquina.
Es así que cuando una hermana trans-travesti aparece asesinada, contabilizada en redes sociales como una forma indicativa del horror acumulándose, pero también como un mensaje ácido que rompe esas fronteras y llega a cada existir desde esta carne compartida, parece un recordatorio de que ninguna está eximida, que ningunx lo está, que definitivamente corremos riesgos inmensos, que nunca ha sido una mentira, que cada transfeminicidio se queda en nosotrans, que vivimos un año entero sumergidas en la cotidianidad frente a cuerpas apareciendo en las peores circunstancias y que muchas veces no sabemos ni qué hacer con todo eso.
Es allí cuando resistir se vuelve insoportable y cuando la impotencia llega a afectarnos tan profundamente que o nos aferramos a la vida con mucha fuerza o claudicamos en silencio frente a ella y a tenerla aún en nuestras manos.
De igual forma, reparándome en la vulnerabilidad y el asedio social, corresponde admitir que no nos deseo nunca el sentir que la vida que tanto nos cuesta se sienta como un privilegio, como una carga o como un objetivo estructural a terminar. No nos deseo que esa pregunta por el futuro no tenga respuesta, que no nos imaginemos envejeciendo o con miedo de que incluso cuando creamos que hemos vencido la transfobia nos alcance, que no imaginemos una oportunidad en el amor, que nos olvidemos del amor trans-travesti-disidente, que nos acorrale la presión de no poder tirar la toalla, de no poder renunciar o que tenemos la obligación frente a esta humanidad retorcida cuando se trata de medio mirarnos, de deberle resignación, un eslogan de sobrevivientes o una sonrisa, porque no lo merece.
Si hay algo a reivindicar y sostener es la rabia. La rabia trans y travesti que ha forjado nuestro camino y que le ha dado herramientas a nuestras identidades para resurgir e ir más allá de lo que nos dijeron que obtendríamos únicamente por elegirnos. Esa rabia que ha torcido el destino, la narrativa, el fracaso, el odio y la vergüenza. Esa rabia auténtica que también es dolorosa, pero que no espera benevolencia de la cisgeneridad como modelo de la humanidad. Esa rabia travesti que es confrontativa, inaccesible, imperfecta, incontrolable. Esa rabia tan necesaria en este clima de eliminación y arrebatos constantes de nuestros derechos, libertades y de nuestro valor tan peleado.
Y en medio de esa rabia, el futuro que termina armado con las uñas en esta declaración atemporal no existe sin lxs travestis.
Por lo que, desde una profunda honestidad, reconozco que escribirle a la esperanza, a la reparación, a la sanación, también es posible. Aunque resulte necesario admitir que todo ha estado en una ecuación a lo largo de mi transición que me ha otorgado una perspectiva para hablar razonablemente con las violencias que solo nos tocan a nosotrans, porque creía que nunca sentiría otras posibilidades fuera de la transfobia, de la precarización que he habitado, de la instrumentalización conveniente, de las cifras alarmantes, de la condescendencia hipócrita, entre otras tantas.
Pero el tiempo que tanto amortiguamos, es testigo de que ese también es un lugar cómodo: quedarnos atrapadas en el dolor sin preguntarnos por la salida. Y eso también nos destruye.
Las personas trans, inevitablemente, sobrevivimos y sobre-resistimos en un contraste permanente: la dignificación de la sobrevivencia y el arrebato sistemático de nuestras vidas. Es en ese contraste donde se configura nuestra memoria colectiva: celebramos la dignidad de quienes resistimos y, al mismo tiempo, cargamos los nombres de quienes no pudieron hacerlo lo suficiente, porque no les permitieron eso. Y cada logro, cada espacio conquistado, cada reafirmación política que nos ofrece ventajas, estará atravesado por el dolor de haber perdido demasiado en el transcurrir. Eso tampoco debemos olvidarlo, desafortunadamente.
Por ello, no tiene sentido ni nunca lo tendrá, que un sistema sacrifique con indiferencia vidas trans y travestis, demostrando que hay una realidad innegable: nos siguen matando por la desigualdad, la precarización, el abandono del Estado, la cultura transfóbica, la hipocresía del deseo sobre nuestros cuerpos, la incomprensión que conforma una sociedad transodiante, entre tantas razones que están en evidencia y que lamentablemente nunca han sido suficientes. Entonces, ¿qué más se espera para que alguien en este país realmente escuche?
No escribo desde un lugar ajeno, escribo desde mi propio dolor y agotamiento, que también es compartido. Nunca dejo de ser una mujer trans y una travesti en este mundo que se empeña en recordármelo, en gritármelo cada día de mi vida sin descanso, como si se tratara de algo por lo que debo arrepentirme.Nunca alcanzan los discursos políticos desde la ternura que nos nombra, ni nunca alcanza el ser la travesti “buena” y “sensible” y “humana”. Parece que una está por fuera de la humanidad, de la dignidad, de la legitimidad.
Este es también un texto confrontativo, porque pretendo sembrar una declaración que logre quedarse en nuestra memoria: siempre, sin dudarlo, seremos más que sujetxs a disposición de una estructura que nos quiere muertxs. Ese es el camino, el verdadero destino, y será por lo menos la narrativa de quienes reexistimos en este país y en este mundo transfóbico, porque cada cuerpa, cada identidad, cada disidente importa.
Y siempre que la escritura nos abrace profundamente y con honestidad, otorgándome un modo de resistencia frente a los peores escenarios, permanecerá viva e insistente.