
En las elecciones colombianas de 2026, los candidatos “de centro” quedaron reducidos en las encuestas a menos de un 5%. Al parecer, hoy el centro es irrelevante discursivamente e insignificante demográficamente. ¿Cómo llegó hasta aquí el sentir político que logró ser la punta del progresismo en Colombia? Esta es una lectura para entender qué es el centro hoy, y por qué ya no funciona.
El centro está representado por Sergio Fajardo (“centro centro”) y Claudia López (“centro izquierda”), pero, ante la radicalización de la nueva derecha fascista encarnada en Abelardo de la Espriella, Paloma Valencia, la candidata uribista y ultraconservadora, ha querido presentarse como “el centro entre dos opuestos”, ubicando, como muchos, a Cepeda en la “extrema izquierda”.
Para mí, esta lectura está equivocada, primero porque pienso que no existe tal cosa como “el centro puro”, pues hay puntos innegociables que necesariamente nos ubican a la derecha o la izquierda. Por ejemplo, tanto López como Fajardo hablan de hacer un poquito de fracking, llamándolo “piloto”, “prueba” o “fracking pero bien hecho”, cuando en realidad eso no existe; el fracking es malo para el medio ambiente, que es el recurso más valioso de Colombia, y eso no tiene punto medio. Si se considera viable, es porque la explotación, el capital y el lucro están siendo más valorados que los recursos naturales y el equilibrio ecológico, lo que se ubica indiscutiblemente a la derecha. En segundo lugar, porque Cepeda no está en la “extrema izquierda”, pues el Pacto Histórico no ha dado muestras de querer quedarse autoritariamente en el poder, optar por las armas, ni expropiar a nadie; si ese fuera el plan, ya lo habría ejecutado Petro, en vez de arriesgarse a hacerlo en un segundo mandato que no está asegurado.
Es frecuente escuchar que “el centro no es nada” o que “el centro es la derecha disfrazada” (yo misma lo he dicho muchas veces), y a veces es cierto, pero también es verdad que, para muchas personas, el centro es “algo”, a pesar de que no haya una unidad interpretativa. Hoy pienso que el centro sí puede explicarse, y creo que la mejor definición se la escuché en alguna entrevista o discurso a Fajardo: que el centro “no es una ideología, sino un método”.
Uno de los primeros en hacer un intento por definir el centro en el contexto electoral de este año fue Juan Sudarsky, hijo del político John Sudarsky, que dice siempre haber votado con el centro, pero que ahora anuncia su voto por Paloma Valencia. Sudarsky hace una explicación de por qué votará por la derecha y las justificaciones que se han dado para definir a Valencia como el nuevo centro. Dice que pensaba que el centro era ser “ni lo uno ni lo otro” y ahora piensa que eso puede ser “caer en dogmatismos”, y por eso hoy dice que “el centro no es un lugar fijo, ni una corriente política en sí misma, es un punto de encuentro entre polos opuestos”. Pasamos de ser un rechazo de los opuestos a la aceptación de ambos, a pesar de sus evidentes incompatibilidades. ¿Se imagina un punto medio entre querer continuar y acabar con la JEP? Eso no existe. La idea de que Valencia es el centro porque aceptó como vicepresidente a “su opuesto”, un hombre gay, se cae cuando vemos que ella no lo está aceptando realmente: en su cara le dijo que no era apto para ser padre por su orientación sexual, y cuando él le cuestionó que ella dijera que va a poner de ministro de Defensa a Uribe, ella contestó que es ella la que manda. Nada de eso parece muy consensuado. De nuevo, se rechaza la tentación de asociar el centro con alguna postura; la palabra “ideología” les produce urticaria; para Sudarsky, el centro es una vibra, un método, aunque sí hace una afirmación clave: que en el centro hay una tensión entre lo económico y lo social. Esta tensión irresuelta es quizás su mayor problema de viabilidad.
La periodista Yolanda Ruiz, una de las mejores periodistas de Colombia, publicó una columna en El Espectador diciendo que “el centro existe”, y que ella se considera de extremo centro. Pero los puntos medios que identifica Ruiz parecen mucho más echados a la izquierda. Por ejemplo, “el centro reconoce la importancia tanto del Estado como del sector privado y también de las organizaciones sociales”, pero en realidad ese es el punto en el que se paran las izquierdas modernas, que no se oponen al desarrollo de la empresa privada. La idea de que no puede haber ni empresa ni propiedad privada en un gobierno de izquierda es parte de la propaganda histórica antisocialista, y nada del gobierno de Petro ha mostrado que esté yendo contra la empresa privada. Por ejemplo, en mayo de 2026 el grupo Éxito reportó un aumento de más del 64% de su utilidad neta año contra año. Además, los indicadores muestran que, en Colombia, el desempleo, la informalidad y la pobreza están en una baja histórica, y “la deuda pública neta externa ha disminuido considerablemente durante este cuatrienio”, como explica Federico Gutiérrez Naranjo.
Ruiz también le adjudica al centro el reconocer “las inequidades”, y “entiende que la deuda social es inmensa y hay que saldarla sin que paguen por ello otros sectores vulnerables”, entender “que el hambre y las necesidades básicas no dan espera, que es obligación del Estado ayudar a distribuir riqueza para garantizar que todos tengan acceso a lo mínimo”, “que la seguridad es prioritaria y que garantizarla no implica violar derechos humanos en la acción de las autoridades que siempre deben moverse en el marco de lo que permite la ley”, que abraza “la diversidad, cree en la inclusión y en la necesidad de enfrentar con responsabilidad el cambio climático, defiende las libertades individuales, la equidad de género, los derechos sexuales y reproductivos”, y defender “el Estado laico que respete el pluralismo”. Pero el reconocimiento de la desigualdad, el centrar las políticas sociales para saldar deudas históricas a grupos vulnerables, las políticas redistributivas de la riqueza, una aproximación a la seguridad garantista de los derechos humanos, el reconocimiento de la diversidad, los derechos sexuales y reproductivos y el Estado laico son todos planteamientos de la izquierda.
Pareciera que Ruiz rechaza una izquierda que no reconoce al sector privado, que no prioriza “generar oportunidades de empleo y de emprendimiento bien remuneradas”, que deja “a su suerte a los civiles en medio del fuego cruzado”, o que no ve en la corrupción un problema, y quizás esto puede verse en el modelo de la Venezuela chavista y la Cuba castrista, pero, definitivamente, no aplica a otros modelos de izquierda contemporáneos, que no son perfectos, pero que tampoco son autoritarios, como es el caso de la izquierda mexicana, la chilena, la uruguaya y la brasileña. Mi impresión es que Ruiz y yo compartimos todos nuestros valores; definitivamente ambas somos socialdemócratas, pero en su percepción estamos al centro, y en la mía, estamos a la izquierda.
Otro gran pensador colombiano, Rodrigo Uprimny, se aventuró a definir el centro en su columna para Dejusticia. Uprimny diferencia dos dimensiones: la de los ideales (donde quizás es más difícil encontrar puntos medios) y la del método. En sus ideales, Uprimny se identifica como de izquierda: cree en la igualdad y en el papel redistributivo del Estado. Estos son, sin duda, los dos pilares de la izquierda, y los de la derecha son la aceptación de las desigualdades como si fueran una jerarquía natural y las políticas favorables al libre mercado (que conducen a los monopolios y a las grandes acumulaciones de capital). En lo que Uprimny se reconoce centrista es, una vez más, en el método: “El centro no tiene que ver con los propósitos o fines de la política, sino con los medios o las maneras de hacer política, por lo cual se sitúa en el eje entre moderados y extremistas. El centro es para mí una reivindicación de la moderación y un rechazo de los absolutismos y extremismos en política”. El centro vuelve a ser una manera de hacer las cosas más que una serie de ideas o posturas, y para mí, esa falta de compromiso lo hace peligroso porque puede cobijar desde posturas socialdemócratas hasta sionistas, siempre y cuando vengan revestidas de modales y mesura. La preferencia por la mesura es también un privilegio de las personas que pueden simpatizar con una causa, pero cuyos derechos no están en juego de forma inminente.
En este punto, el análisis de Mauricio Velásquez en Razón Pública me pareció muy revelador. Velásquez dice que en el contexto del conflicto armado colombiano, y después del hartazgo producido por el Frente Nacional, “se abrió un espacio para un tipo de outsider —profesor como Mockus y Fajardo, periodista como Claudia—”, que “podía criticar el orden sin parecer una amenaza total contra él”. Velásquez cita una serie de puntos que son lo más cercano a la definición de una agenda centrista en Colombia: defender la Constitución de 1991, “derechos individuales, anticorrupción, pedagogía cívica, cultura ciudadana, litigio estratégico, ciudadanía, transparencia, denuncia del poder criminal en la política, incluso del paramilitarismo, sin activar del todo la pregunta más explosiva: quién tenía que perder para que otros ganaran en un país de extrema desigualdad.” En esa medida, buena parte del movimiento contemporáneo de derechos humanos, en especial la parte vinculada a las ONG, se debe a esa tercera vía centrista que emergió en los noventas, pero que se gastó rápidamente en el contexto del nuevo siglo. Para Velásquez, esa fue la fortaleza del centro pero también su límite: “El centro fue creíble mientras pudo reformar sin hablar de redistribuir.”
Velásquez explica que el proceso de paz nos permitió ver que “el problema del país no era solo de orden público, sino de estructura social”. El proceso de paz generó una era de movilización social que gestó lo que hoy es la izquierda colombiana. El mundo cambió, llegó la pandemia, el estallido social con la represión policial transmitida en redes sociales; las instituciones mostraron sus descosidos. En medio de esto, el centro ha seguido sosteniendo la idea de que el acceso a los derechos puede ser gradual, pero esa gradualidad se ve “absurda frente al mal”, y parece que se queda en “proponer correcciones parciales a la perversidad del oponente que terminan sonando a complicidad”.
Para el politólogo Karl Pike, ser de centro es oponerse a un populismo percibido, y la tendencia a presentar sus posturas como si fueran “técnicas”, y “objetivas”, ocultando la agenda ideológica que siempre está detrás. Parece que siempre hay un tecnócrata listo a declarar que los números no dan, que la revolución social es inviable, que hay derechos que pueden esperar y otros que son negociables y que debemos conformarnos con que su opinión es un dato. Pienso en el famoso ideólogo centrista gringo, Ezra Klein, y su idea de que el Partido Demócrata acogiera a políticos antiaborto para ser “estratégicos” y ganar esos votos, o en la “estratégica” alianza de Dignidad & Compromiso con el Mira, un partido anti-derechos, cristiano y fundamentalista.
Pero, como explicó Fabrizio Méjía en el periódico de izquierda mexicano La Jornada, “La naturalización de la técnica como una respuesta no ideológica a los problemas fue una manera de despolitizar la política y desdemocratizar la democracia, ya que la ciencia no tiene por qué darle explicaciones a nadie. El centro se alimentaba de la idea de que el neoliberalismo no era una ideología, sino un conjunto de herramientas de gestión de las decisiones”. Pero las políticas económicas del libre mercado no son una fuerza de la naturaleza, sino una postura política que, como mostró Naomi Klein en su clásico Doctrina Shock, cuando corren sin límites, aumentan la desigualdad y empujan a los gobiernos al fascismo. La queja por la “ideología”, además, parece reservada para estigmatizar las posturas de izquierda, porque las ideas neoliberales, extractivistas y conservadoras se toman por “sentido común”, como si fueran el aire que respiramos.
La idea de que los extremos son malos en sí mismos, solo por ser extremos, es difícil de congeniar con las conquistas totales de derechos. Por ejemplo, la defensa del aborto libre es sin duda una postura extrema; se pide descriminalización total y total autonomía corporal para las mujeres y personas que decidan abortar. Cualquier pero o matiz que se pida al derecho al aborto (por ejemplo, querer que solo puedan abortar las personas violadas) no resiste una argumentación sin revelarse miserable.
Para Pike, el centrismo comienza y termina con su crítica “a la derecha y a la izquierda”, porque está más preocupado por la forma, por ubicarse en el medio, y acaba a merced de un contexto político que termina siendo definido por la izquierda y la derecha que rechaza. El problema es que esta actitud de creer que ambos lados son equidistantes, hace que los centristas terminen “tratando a los fascistas como actores legítimos en el espectro político, intentando cooptar su retórica o matizar sus exigencias, lo que permite a las ideologías autoritarias normalizar sus narrativas”.
Así las cosas, el centro a veces (cuando no está vistiendo al neoliberalismo de tecnocracia) parece una mera postura estética. Una manera de hacer las cosas que se alinea con ciertas formas: un performance de contención, racionalidad, tecnocracia y orden, que solo es posible para ciertos individuos, con la formación, los modales y los privilegios que hacen esa pose creíble. Muchas personas tienen ideales morales de izquierda, pero “no les gustan sus maneras”, así que se adscriben al centro por un gusto estético, que no es menor, pues todas nuestras elecciones morales tienen una dimensión estética, y por eso nos sirven para marcar o romper la pertenencia a un grupo. En este caso, el grupo de “los inteligentes”, “los virtuosos”, “los informados”, “los favoritos del profesor”, como nos recuerda Fajardo en cada TikTok que sugiere que, si no votamos por él, es porque somos “irracionales” y “tontos”.
Para mí, esto también es un problema de clase, porque nombrarse de izquierda es estar abiertamente en oposición a los intereses de las élites capitalistas que han definido el buen gusto y las buenas formas, y en ese gusto por las formas, el orden termina siendo más importante que la justicia. El centro también es una fantasía de gente bienpensante y educada, que es “socialmente liberal pero fiscalmente conservadora”, pues están de acuerdo con garantizar derechos, pero no en gastar la plata necesaria para hacerlo, y terminan planteando políticas públicas que le dicen a los derechos humanos: “Estaría cool, pero es mucho lío”. Exigir derechos sin redistribución de la riqueza siempre llega a un punto insostenible.
Se puede asumir una postura de izquierda sin ser partidista, porque se puede creer en un modelo de país más justo y más igualitario, al tiempo que se hace veeduría de un gobierno o de un partido de oposición que comparte ese proyecto. Desde la izquierda se le puede exigir a la misma izquierda, tener valores feministas, garantizar los derechos humanos, no ser corrupta y no ser autoritaria. Y, frente al giro regional (al fondo) a la derecha, también considero importante pararse públicamente a la izquierda para reivindicar los feminismos y la igualdad, en un momento en que nos enfrentamos a una campaña global para hacernos creer que los derechos son moneda de cambio y que se pueden tener “puntos medios” frente al fascismo”.