junio 13, 2023

¿Por qué la lucha contra las violencias basadas en género y la militarización son incompatibles?

Con la sanción del Plan Nacional de Desarrollo el pasado 19 de mayo, se declaró la emergencia nacional por violencia de género en el artículo 342. El objetivo de esta declaración es adoptar medidas concretas para atender esta problemática que cobra la vida de más y más mujeres cada día. No obstante, se destaca la medida que contempla la creación de cuerpos en las Fuerzas Militares y la Policía con formación en violencias basadas en género. En esta columna la autora analiza la incompatibilidad entre la militarización y el feminismo.

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Mayo, el mes de celebración de la madre, dejó por lo menos tres víctimas de feminicidio en Colombia —por lo menos de las que se tuvo noticia a través de los medios de comunicación—, nadie dudaría que el país vive en medio de una exacerbada violencia en contra de las mujeres.

Con la sanción del Plan Nacional de Desarrollo el pasado 19 de mayo, se declaró la emergencia nacional por violencia de género en el artículo 342. En palabras de María José Pizarro, Senadora del Pacto Histórico y una de las impulsoras de esta medida, la violencia de género “es un fenómeno que es estructural en la sociedad colombiana(…) que no responde a una coyuntura, una violencia estructural que se exacerbó durante la pandemia y que se ha mantenido.”

El objetivo de esta declaración es adoptar medidas concretas para atender, con sentido de urgencia, esta problemática que cobra la vida de más y más mujeres cada día. Durante los últimos años, la declaración de este tipo de emergencias nacionales ha sido bandera del movimiento social y feminista de mujeres, no solo de Colombia, sino también de países como Chile, México y Perú. 

La declaratoria está compuesta por ocho “acciones estratégicas” que en su mayoría buscan hacer efectivas medidas ya formuladas, así como crear escenarios de articulación entre entidades también ya comprometidas con políticas públicas de este tipo. La formación de funcionarios para la administración de justicia con enfoque de género, por ejemplo, ha sido ordenada en múltiples ocasiones por la Corte Constitucional  aunque su implementación haya sido escasa.

El entramado político y burocrático que ha hecho a estas normas insuficientes ha sido (y seguirá siendo) objeto de múltiples análisis. No obstante, destaca la medida que encabeza el listado de dichas acciones estratégicas y sobre ella vale la pena prestar especial atención:

1. Crear cuerpos élite en las Fuerzas Militares y de Policía con formación en violencias basadas en género para atender a las mujeres y prevenir las violencias. Será obligación de las autoridades competentes convocar al menos un Consejo de Seguridad por violencias basadas en género en el territorio nacional.

Sobre la relación entre el feminismo y el antimilitarismo se ha escrito bastante. En Colombia, organizaciones como la Red Feminista Antimilitarista y su Observatorio de Feminicidios (que registraba 133 feminicidios en lo corrido del 2023 hasta el 31 de marzo), así como la Ruta Pacífica de las Mujeres o la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad, han sido pioneras en el tema y han liderado esta discusión incluso décadas antes de que la solución dialogada al conflicto armado fuera parte del acuerdo social y político del país.

¿Si el debate está tan avanzado, cómo llegamos a que las instituciones militares y armadas sean las garantes y protagonistas de la política nacional para erradicar violencias de género?

La incompatibilidad entre los actores armados y la lucha en contra de la violencia hacia la mujer no solo obedece a la sistematicidad con la que estos, desde todos los bandos, han sido responsables de las más atroces crueldades contra mujeres y cuerpas feminizadas en el contexto del conflicto social, político y armado colombiano.

(Sobre la violencia contra mujeres y población LGBTIQ en el marco del conflicto colombiano, el volumen “Mi cuerpo es la verdad” del Informe Final de la Comisión de la Verdad)

Ambos elementos son incompatibles, porque situar a militares y policías como primera línea de prevención y respuesta ante la violencia de género niega la historia y los principios esenciales del movimiento en contra de la violencia hacia las mujeres, que guarda profundas coincidencias con el movimiento en contra de la guerra. 

Esto abre más que un debate ético entre quienes nos sabemos defensoras de los derechos humanos de las mujeres, en medio de un PND que se nombra a sí mismo “para la Colombia potencia mundial de la vida”. Este es un asunto táctico y estratégico que va más allá de la cuestión de género. No en vano, mujeres parlamentarias que abiertamente han enarbolado banderas antifeministas, como Paloma Valencia, suscribieron con igual emoción la declaratoria. 

¿Qué posiciones  dentro del Estado buscamos ocupar las feministas, si es que queremos hacerlo, y qué puertas estamos dispuestas a abrir desde allí? ¿Qué poderes nos interesa legitimar? ¿Quién se beneficia de que se le encomienden nuevas y más íntimas tareas a la llamada Fuerza Pública?

El trauma de la violencia de género y las heridas de guerra

El entendimiento que tenemos de las consecuencias psicológicas que genera la violencia contra las mujeres, a  nivel individual y colectivo, no habría sido posible sin los avances en el reconocimiento del llamado trauma de guerra o “neurosis de combate” de los veteranos de la primera guerra mundial y de Vietnam. Reconocimiento que, a su vez, se logró luego de retomar las investigaciones clínicas sobre la histeria  que el psicoanálisis había abandonado a finales del siglo XIX. 

En la ya clásica obra de la psiquiatría y psicología moderna “Trauma y Recuperación”, Judith Herman, pionera en la investigación sobre violencia doméstica, incesto​ y trauma complejo, describió cómo los soldados que habían sobrevivido a la primera guerra, y que atravesaban episodios de quebrantamiento emocional o “perturbaciones neuróticas”, fueron diagnosticados con síndromes o episodios “histéricos”.

Sí, episodios de aquella “histeria” considerada hasta entonces padecimiento exclusivo de las mujeres, de origen misterioso o incluso demoníaco según la época, y que luego conseguiría estudiarse como una manifestación nerviosa del trauma de las mujeres que habían sido víctimas de violencia sexual y doméstica.

A los soldados sobrevivientes que evidenciaban heridas emocionales y mentales por la exposición al combate se les cuestionó primero su calidad moral —que no era más que la glorificación de las formas violentas de la masculinidad— y luego se les feminizó a través de dicho diagnóstico, que los relegaba al silencio y a ese mundo ya conocido por las mujeres: el de lo privado, el de lo que no se nombra.

Pero no fue la ciencia, ni el aparato militar, quienes propiciaron los escenarios para hablar de los impactos individuales y colectivos que dejaba en su gente un fenómeno prolongado como la guerra. Fueron los mismos veteranos, organizados en contra de la guerra que aún no terminaba, quienes se encontraron en “grupos de crítica” para conversar acerca de las heridas psicológicas que les había dejado el combate. 

Estos grupos, que hicieron del habla su principal herramienta catártica, fueron replicados y adaptados por las mujeres que empezaban a encontrarse en torno a las violencias que las atravesaban. (“La cura de hablar” le había llamado visionariamente Anna O. una de “las histéricas” abandonadas por el psicoanálisis a finales del siglo XIX.)

Según Herman el estudio de los veteranos de combate permitió el entendimiento de los “desórdenes traumáticos” en gran parte del siglo XX.  Sin embargo, fue el  movimiento de liberación feminista de la década de 1970 el que puso sobre la mesa que los desórdenes más frecuentes no eran los atravesados por los hombres en contextos de guerra, sino los que experimentaban las mujeres todos los días en la vida civil. 

Esta distinción no supuso una ruptura entre veteranos y mujeres, sino el entendimiento de la complejidad de la dominación patriarcal que generaba heridas y sufrimientos casi idénticos en contextos públicos y privados; además, gestó una alianza entre ambos grupos que finalmente se expandió por el mundo a distintos y nuevos contextos bélicos. El movimiento feminista de la década de los 80, por ejemplo, encontró cuerpo en expresiones organizativas como las Mujeres de Negro que rechazaban la ocupación del ejército de Israel sobre territorios palestinos o el movimiento feminista antimilitarista colombiano que pedía acuerdos humanitarios y solución política al conflicto armado de su país.

El movimiento social que busca erradicar la violencia contra las mujeres guarda una profunda intimidad, de la más cercana vulnerabilidad, con el movimiento pacifista y antimilitarista. Ambos movimientos se prestaron palabras, métodos y diagnósticos cuando no sabían cómo llamar a las heridas que les latían en el cuerpo. Se nombraron, unes a otres, más que víctimas, sobrevivientes.

Así, hacer de sujetos activos de la guerra, sujetos activos en la política contra la violencia de género es, cuando menos, una negación de la esencia del movimiento feminista. Un esfuerzo vital que nace muerto.

¿A quiénes beneficia ampliar el campo de acción de Fuerzas Militares y Policiales, mientras se niega el camino avanzado por la  lucha histórica de las mujeres, los feminismos y aquelles que hicieron del cobijo colectivo una forma de sanación y superación del trauma?

Esta guerra ya no es la misma

La transformación del conflicto social, político y armado colombiano, luego de la firma del Acuerdo de Paz con las Farc, ha dejado al país a merced como nunca antes de lo que Rita Laura Segato llama “las nuevas formas de la guerra”. Formas que se expandieron y configuraron cautelosamente bajo la sombra de esa Guerra con mayúsculas que durante mucho tiempo se nos mostró como la confrontación de dos bandos antagónicos divididos por la legalidad. 

Esta nueva modalidad de la guerra, que ya no deja ver bandos claros y que actúa de modos informales, con actores múltiples y difusos que pueden cobrar forma de pandilla, mara, cartel, mercenarios corporativos, fuerzas estatales y paraestatales (siempre estuvieron allí ¿no?) consolida también su propio paradigma territorial en el que la violencia contra el cuerpo de las mujeres ya no puede considerarse “daño colateral” del conflicto, sino que se instala en el centro de la acción bélica. Esta ya no es una guerra que firme acuerdos, ceses al fuego o fines de hostilidades; estamos viendo a los ojos una masacre permanente que se sabe de larga duración y que se considera efectiva en cuanto se mantenga viva. 

Para Segato, la violencia contra las mujeres en este contexto tiene un fin expresivo: comunica. No es un instrumento, como suele ser la de los varones en contextos de una guerra más tradicional, que busca la consecución de un objetivo militar determinado. En esta nueva forma de la guerra, no se asesina a las mujeres para obtener un rédito o beneficio particular, un “avance” en términos de combate, un espacio físico particular liberado. Se mata a las mujeres porque se puede, se mata a las mujeres en espacios públicos y de formas carroñeras porque lo que se busca comunicar es justamente eso: “nada va a pasar, acostúmbrese”. La impunidad es el mensaje. La normalización de la crueldad es la victoria. 

En este contexto, es cada vez más difícil hacer distinciones entre los feminicidios mediados por un vínculo de cualquier tipo entre la víctima y el victimario y aquellos que hacen parte de la consolidación territorial de los actores difusos de las nuevas formas bélicas. Para Segato, la guerra ha entrado al espacio doméstico y se sostiene en la cotidianidad.

Los feminicidios acontecidos en lugares públicos, como el reciente caso de Érikha Aponte a manos de su expareja Christian Rincón en el centro comercial Unicentro de Bogotá, deben entenderse bajo esta nueva dinámica de la guerra. Leerse como parte de un dispositivo discursivo más amplio y no como un caso particular que inicia y termina en sí mismo. ¿Cuál es el mercado detrás del arma con la que Christian asesinó a Érikha? ¿Quiénes lo integran? ¿Qué parte de la estructura social se rompe cuando se normaliza que una atrocidad así quede registrada en videos que se hacen virales, en hilos de twitter autorreferenciales, en selfies anecdóticas desde el lugar de la tragedia? ¿A quiénes beneficia que la muerte violenta se mantenga como paisaje? ¿Quiénes acumulan recursos y capital en nombre del sostenimiento de la guerra? 

Es desde esta aproximación que se hace evidente cómo el pacto de la masculinidad, construido en el silencio cómplice y la aprobación tácita de violencias de escala doméstica, se ha convertido en un pacto de tipo mafioso que sostiene la masacre feminicida ante los ojos de toda la sociedad. No hay nadie en este país que no domine como segunda lengua los códigos de la impunidad.

Otros dos feminicidios acontecidos el fin de semana del Día de las Madres en Colombia, ambos en contextos carcelarios, permiten hilar más fácilmente los patrones comunes que configuran este modo discursivo. 

El primero de ellos, al interior de la cárcel de máxima seguridad de Cómbita por parte de un hombre que ¡ya pagaba una pena por feminicidio! Y que acabó con la vida de una mujer (33 años) que le visitaba como cónyuge. El segundo, en inmediaciones de la cárcel Modelo de Bogotá, a manos de sicarios que asesinaron a otra mujer (24 años) que salía de visitar a quien era su pareja. En ambos casos, las víctimas fueron mujeres embarazadas, un dos por uno en el código de la crueldad. 

¿Cómo no estamos cuestionando un sistema carcelario que permite la comisión de crímenes dentro de sus instalaciones? ¿Por qué perdemos la oportunidad de señalar que encarcelar feminicidas no está acabando con el fenómeno?

No será efectiva una política de eliminación de violencias de género que mida sus resultados a partir del engrosamiento de las listas de mujeres que atraviesan sufrimientos, pero tampoco las medidas que se diseñan como placebo, más y más protocolos, más y más líneas de atención, más y más mesas de hombres uniformados que fingen no ser parte de la estructura que sostiene esta violencia. No será efectiva porque alimenta el discurso mismo de la guerra que se erige como mandato sobre el conteo de cuerpos mutilados, expropiados y asesinados de mujeres y cuerpas feminizadas. 

No será efectiva porque agotó su fuerza creativa en la legitimación de la presencia de “cuerpos élite” de fuerzas armadas en escenarios en los que desde las primeras guerras se había entendido que no pertenecían.

Tampoco se trata de desconocer los avances que en el plano estatal y de política pública se pueden alcanzar para la erradicación de todos los tipos de violencia. Sí se trata, en cambio, de desmontar el pacto de normalización que hemos construido en torno a la impunidad. De construir relaciones cotidianas y comunitarias que defiendan un nuevo acuerdo ético en el que la eliminación del otro y de la otra sea inimaginable, en el que incluir cuerpos militarizados en la prevención de violencias no tarde en parecernos inconcebible. 

Necesitamos con urgencia entender la masacre contra las mujeres como el espectáculo que se nos presenta en vivo, con total indolencia y nula compasión, para que mantengamos la mirada lejos del telón de fondo sostenido por las redes de explotación, extractivismo, trata, dominación y eliminación de “la otredad” que sostienen el estado de cosas actual. Entender que no es nada más una violencia que se ejerza como forma disciplinante contra las mujeres, sino que es parte de la profundización de una herida colectiva que se abre en la sociedad con el avance de la violencia narcoestatal, el despojo de tierras, el asesinato de líderes y lideresas, la violación de los derechos ambientales, etc.

Urgen políticas públicas orientadas a fortalecer y defender un movimiento social antimilitarista, anticarcelario y feminista que abra conversaciones cotidianas y prolongadas, pero a todas las escalas, para la superación colectiva del trauma que ha dejado la guerra sobre nuestras cuerpas y nuestras comunidades y que, en palabras de Segato, hacen de la nuestra una sociedad ¿y por qué no una legislación? psicopática.

Referencias:

Rita Laura Segato.(2016) “La guerra contra las mujeres”. Colección Mapas 45. Traficantes de Sueños,

Judith Hernan. (2015). Trauma and recovery. Basic Books.

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Autor

  • Carmenza Zá

    Feminista de barrio obrero, hija del movimiento social por la Paz y la Reforma Agraria. Cofundadora y coeditora de Alharaca Radio Feminista. Desde 2018 lidera un Club de Lectura Feminista con enfoque decolonial.

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