noviembre 23, 2021

Menos aliados, más traidores del patriarcado

COMPARTIR ARTÍCULO
Compartir en Facebook Tweet Enviar por WhatsApp Enviar por WhatsApp Enviar por email
Ilustración de Carolina Urueta

¿Pueden los hombres ser feministas? Por un lado, claro que sí. El feminismo es una postura ética y política y todos, todas y todes, deberíamos ser feministas. Y deberíamos serlo no para posar de “buenas personas”, sino porque reconocer la humanidad de las mujeres y personas trans y no binarias es un gesto de mínima decencia. ¡Qué bonito sería que todas las personas nos asumiéramos públicamente feministas! Ese sería un triunfo del movimiento social…

Sin embargo, muchas feministas sentimos desconfianza de esos hombres heterocis que van por la vida tomándose fotos con una camiseta que lee “This is what a feminist looks like” y proclamándose “buenos” al recitar con cuidado su vocabulario feminista. ¡Gran red flag! 

“Pero, Catalina, si excluyes a los hombres de entrada sospechando de sus buenas intenciones nunca van a hacerse feministas y no es estratégico seguir haciendo esta lucha sin involucrar a los hombres.” Y sí, los hombres son claves para la lucha feminista, entre otras cosas porque tienen monopolizado el poder. Pero es ingenuo pensar que los hombres van a hacerse feministas solo por entender la justicia de nuestras ideas. 

Creo que todas, en algún punto de nuestro camino feminista, llegamos a pensar que “se conquistan más moscas con miel que con vinagre”. Que si tan solo los hombres entendieran que el patriarcado los oprime a ellos también, se motivarían a cambiar. ¿Qué tal que pudieran expresar sus sentimientos y hasta llorar? Quizás solo se necesita usar “el tono correcto” para que se sientan incluídos y decidan actuar en contra del patriarcado. 

Esto, en papel, suena como una muy buena estrategia. Además, toda nuestra vida nos han enseñado a agradarles a los hombres así que ya tenemos esa habilidad. Por eso tenemos la tendencia a imaginarnos que le feministo será una especie de Caballo de Troya que por fin logrará hablarle a personas por fuera del movimiento haciéndonos a todes feministas y ¡el mundo por fin lograría cambiar! 

Es así como surge la figura de aliado. Ese hombre que por fin entiende y que está dispuesto a asumir los costos de decirse feminista en público por el bien de nuestros derechos. ¡Qué valiente! ¡Nuestro héroe! ¡Ronda de aplausos! Así que los sentamos a la mesa, los llevamos a los foros, les damos el micrófono. ¡Por fin feminismo para todas y todos! ¿Qué podría salir mal? Pues muchas cosas. “Los feministos” se han construido una mala fama a pulso y son mucho más problemáticos de lo que parecen en el papel. Para explicarlo, tengo varias historias. 

Hace unos años, el movimiento He for She en México buscó a mi esposo para ser uno de sus representantes. Tenía que hacer una intervención pública y yo lo ví como mi gran oportunidad de hacer el experimento de poner mis palabras en su boca. Así que escribí su discurso. En realidad era un resumen de lo que yo había estado diciendo en mis columnas, redes sociales e intervenciones públicas en los últimos cinco años. En ese punto de mi carrera, yo estaba acostumbrada a que hablar de feminismo era un problema porque generaba muchas resistencias, que con frecuencia se convertían en odio y agresiones. Mi vida diaria en redes consistía en que, en el mejor de los casos, me decían puta y, en el peor, me mandaban la foto de un arma con mi @ de Twitter escrita a mano en un papel. Los trolls machistas son encantadores. Sin embargo, mis palabras enunciadas por el cuerpo de mi pareja, un hombre blanco heterocis, eran otra cosa: pasaron de ser cáusticas a ser un llamado de esperanza. El auditorio se desvivía en aplausos y hasta alguien me mencionó lo afortunada que era por estar con un hombre como él. 

Lo que mostró este pequeño experimento, es que los costos de ausmirse feminista son distintos para los hombres que para las mujeres. Ellos reciben aplausos y nosotras amenazas de muerte. Esto pasa por una desigualdad de poder. Es algo similar a cuando las mujeres blancas decimos algo antirracista y nos celebran por ser “tan abiertas y sensatas” mientras que, si una mujer negra se queja del racismo, es vista como “difícil y beligerante”. Decirse feminista no solo no es costoso para los hombres sino que les trae muchos beneficios, reconocimiento, visibilidad y una silla en la mesa. Y por esto, incluso los hombres con las mejores intenciones, terminan por desviar el foco de las luchas de las mujeres y ni se dan cuenta, cegados por los reflectores. 

Les pongo otro ejemplo. En 2016, el alcalde de CDMX había tenido la brillante idea de repartir silbatos de plástico, “pitos”, para, según él, resolver el problema del acoso callejero en la ciudad. Un grupo de mujeres fuimos al zócalo a protestar la propuesta medida y estuvimos a las puertas de la jefatura de gobierno haciendo ruido hasta que bajó algún delegado a ver qué era lo que queríamos. El burócrata se asomó a la puerta y nos observó a todas. Caminó decidido y le extendió la mano a un hombre desconocido que, por azares de la vida, estaba parado de pie junto a nosotras: “¿cuénteme, cuál es el motivo de su protesta?” Le preguntó al pelele, que se asustó y se fue corriendo. 

Así que un hombre ni siquiera tiene que querer robarse el show para hacerlo. El poder social que tienen los hombres es tal, que si se aparecen a una marcha feminista lo más probable es que los medios se dediquen a cubrirlos a ellos. Así sucedió en una marcha de Ni una menos en Argentina, en donde un hombre marchó sin camisa con un cartel que decía “Estoy semidesnudo, rodeado por el sexo opuesto… y me siento protegido, no intimidado. Quiero lo mismo para ellas”. Los medios se enloquecieron de dicha y su foto se hizo viral. Ya nadie mostraba fotos de las miles de mujeres que salieron a la marcha. Este caballero heróico se convirtió en el símbolo de la movilización. Luego nos enteramos de que Felipe Garrido estaba acusado de maltrato por su expareja, con quien tenía una hija que había abandonado, y que estaba denunciado por no cumplir con la pensión. Marchar con un cartel y decir las palabras correctas es mucho más fácil que hacerse feminista de verdad porque eso implicaría asumir trabajos y responsabilidades y ceder espacios de poder. 

El mayor problema de los feministos son los mismos feministos. Porque son muchos los que han asumido la etiqueta solo para potenciar sus privilegios y han sido bastantes los que han instrumentalizado el feminismo para acosar. Les tengo otra historia: 

Volcánicas comenzó como la revista feminista de un medio independiente centroamericano, dirigido por su propietario, un periodista abanderado de las causas feministas. A pesar de mi desconfianza inicial, pude ver que este periodista entendía y usaba de forma consistente el lenguaje del feminismo. Nos hicimos amigos, entre otras cosas porque él era una figura recurrente en los espacios del movimiento, y él se convirtió en uno de mis ejemplos para mostrar que los hombres “sí pueden ser feministas”. 

Y así fue hasta que lo denunciaron por acoso sexual. Como periodista y feminista me vi en la imposible situación de renunciar a mi trabajo, pues él era mi jefe, y solo desde afuera podía investigar estas denuncias. Meses más tarde terminé un reportaje con 14 testimonios, dos de ellos por presunto abuso sexual, que tuve que publicar por mi cuenta. Había algo verdaderamente escalofriante en todos estos testimonios y era que este periodista usaba todo lo que había aprendido al estar en el tras bambalinas del movimiento feminista, para acosar de forma cada vez más sofisticada. Se ganaba la confianza de periodistas jóvenes y luego las aislaba hasta ponerlas en una situación de vulnerabilidad en donde las podía acosar. 

No, tranquilos. #NoTodosLosAliados son acosadores. Pero es evidente que ser aliado sale muy barato, y da muchos privilegios, así que resulta muy fácil abusar de ese poder que ya tienen por ser hombres para hacerse un traje de oveja con las palabras del feminismo. 

La investigación que menciono arriba fue muy difícil para mí emocionalmente porque me sentí usada y engañada. ¿Cuántas mujeres habrían confiado en ese man por ser amigo mío? Y en la labor tortuosa de escuchar esos testimonios y escribir el reportaje, entendí algo con mucha claridad, y por eso lo cerré diciendo: “tendremos que problematizar -de nuevo- qué es lo que pasa cuando un hombre se nombra aliado feminista como si fuera una etiqueta vitalicia o un cheque en blanco. Ser un aliado es una acción constante, -verbo, no sustantivo, como dice otro célebre guatemalteco. ¡Qué coincidencia! Ese también se autonombraba paladín de las mujeres y terminó siendo un agresor. Pero es que quizás, más que aliados hombres, ávidos de reconocimiento y aplausos, lo que necesitamos es hombres dispuestos a perder, una y otra vez, a morder la mano que les da de comer, a ser traidores permanentes del patriarcado”.

Ser aliado es muy bonito pero ser un traidor no. Muchos hombres creen que pueden apostarle a tener lo mejor de los dos mundos y estarán dispuestos a asumirse como feministas en público. “Yo nunca he acosado a nadie” dirán, pero tampoco han sido capaces jamás de romper el pacto patriarcal. 

Cuando salió el audio del entonces candidato a presidente Donald Trump, diciendo que a las mujeres hay que “agarrarlas del coño”, (“grab them by the pussy”), muchos hombres se daban palmaditas en la espalda por no ser unos cerdos -con el perdón de los cerdos- como él. Pero mientras Trump decía esas palabras escuchábamos a Billy Bush riéndose y celebrándolo, y quién sabe cuántos hombres estaban ahí guardando silencio mientras Trump fantaseaba con sus violencias. Muchos de esos hombres que se creen “muy buenos tipos” se dan el lujo de quedarse callados y desapercibidos cuando otro hombre dice cosas violentas y machistas. No van a confrontarlo si no hay un público que pueda aplaudir, porque eso tendría un costo, que los saquen del chat de Whatsapp, por ejemplo, y ya no se ven tan feministas cuando en vez de aplausos hay un costo social. Desproporcionadamente bajo, hay que decirlo, porque mientras a nosotras nos violan y nos matan a ustedes los sacan del chat. 

Tengo una hipótesis derivada totalmente de la observación empírica y es que a los hombres no les gusta la incomodidad. Desde no querer usar condón hasta la urticaria que les da sentirse culpables, uno puede verlos con los ojos moviéndose en el cráneo como pelotas de PinBall, ¿cómo evadirme? ¿cómo escapar? Las mujeres, en cambio, asumimos que parte sustancial de nuestra vida es la incomodidad. Vamos por el mundo metiendo la barriga y esquivando el acoso y la violencia, balanceando dos y tres jornadas laborales en tacones apretados. Si te incomoda llevas curitas en la cartera y sigues caminando. También estamos entrenadas para detectar, a veces antes que los hombres, cuando ellos sienten incomodidad, y sentimos el impulso de ayudarlos y consolarlos, en el mejor de los casos porque estamos cumpliendo con el script de nuestro rol de género, en el peor de los casos porque sabemos que hay hombres que, al sentirse incómodos, se tornan violentos y es un asunto de supervivencia. 

Todo esto se convierte en un problema cuando los hombres blancos heterocis le entran al feminismo de verdad, pues sienten gran culpa e incomodidad. Porque, obvio, crecieron en el patriarcado y las probabilidades de que hayan hecho cosas machistas en su vida son altísimas. El que diga que nunca ha hecho nada machista o es un gran cínico o tiene la capacidad introspectiva de una roca. Al darse cuenta de que no son tan buenos como creían entran en crisis. ¿Tendrán que reevaluar toda su vida para reflexionar sobre sus machismos? ¿Cómo vivir con la conciencia del daño que han hecho? Son preguntas difíciles, y las mujeres feministas también pasamos por ahí aunque de otras formas. 

En este punto muchos hombres eligen echarse para atrás, porque es más fácil vivir con los ojos cerrados a sus propios machismos que enfrentarlos y reparar. En este punto, las feministas también nos ponemos ansiosas y cometemos lo que hoy me parece un grave error:  les damos todo masticado y en bandeja de plata a los hombres mientras sonreímos intensamente como Wednesday Adams: “no te preocupes, sí, fuiste malo pero solo un poquito, y ahora estás bien. Besos y abrazos. ¿quieres un helado? ¡Te invito a comer!” 

Pero la verdad es que la única manera en que un hombre heterocis puede hacerse feminista es aprendiendo a vivir en la culpa y la incomodidad. No hay otra manera. Ahí es cuando se distingue al aliado del traidor. 

Algo que identifica a los falsos feministos es su ansia por el reconocimiento. Los veremos en todos lados exigiendo ser reconocido como “uno de los buenos”, llenándose la boca con la palabra feminista: “me visto de rosado y uso esta marca cara de shampoo con olor a flores, ergo estoy deconstruído”.  Esos mismos feministos huyen espantados cuando les decimos que tienen un lugar secundario en nuestras luchas, ellos quieren ir hasta adelante en la marcha y salir con nombre y apellido en la foto del periódico, pero nosotras los necesitamos calladitos, escuchando y aprendiendo, atrás. 

“¡Qué pesada eres, Catalina, ya deja de censurar!” No, Carlos Mario, es hora de entender que no todas tus opiniones son relevantes para todas las cosas. A pesar del sistemático borrado histórico, las mujeres hemos hecho parte activa de todas las revoluciones sociales. Hemos sido lideresas políticas y generalas en batalla, sí, pero también hemos hecho la importantísima labor histórica de hacerle la comida y lavarle los calzoncillos a los héroes de la revolución, esos venerables machistas que no habrían logrado nada sin un séquito de mujeres cuidándoles la vida. Ahora, en la revolución feminista, nosotras estamos muy ocupadas y las calles nos necesitan. Alguien, es decir tú, Juan Diego, tiene que lavar los platos para que yo pueda salir a marchar. Si estás aquí para ayudar, y no para protagonizar, hazte útil y quédate en la casa cuidando a las niñas, Luego, cuando me recibas con una cerveza fría, brindamos juntos por la revolución.

COMPARTIR ARTÍCULO
Compartir en Facebook Tweet Enviar por WhatsApp Enviar por WhatsApp Enviar por email
  • Me indigna
    (4)
  • Me moviliza
    (9)
  • Me es útil
    (2)
  • Me informa
    (6)
  • Me es indiferente
    (2)
  • Me entretiene
    (0)

Autor

  • Feminista colombiana autora del libro “Las mujeres que luchan se encuentran”, columnista del diario El Espectador desde 2008. Creadora del Youtuber Beach Camp, (2019), un campamento para formar a creadoras de contenido latinoamericanas en feminismos y del Creadoras Virtual Camp, un taller virtual para la producción de contenido digital feminista (2020). Hace parte del Consejo Consultivo de la ONG alemana Centre For Feminist Foreing Policy. También es una de las fundadoras del colectivo feminista colombiano Viejas Verdes, que busca divulgar información clara y sencilla sobre nuestros derechos sexuales y reproductivos a través de las redes sociales. En 2017 co-fundadora de la revista Volcánica, la revista feminista latinoamericana de Nómada y fue su directora hasta 2019. También ha sido columnista de el portal Sin Embargo y Vice en México, Univisión en Estados Unidos y el periódico El Heraldo y la revista Razón Pública en Colombia. Su trabajo como periodista ha sido publicado en periódicos internacionales como The Guardian y The Washington Post. Ha trabajado como Oficial de Comunicaciones en Women’s Link Worldwide y como Coordinadora de Comunicaciones para JASS Mesoamérica (Asociadas por lo justo) en donde trabajó con defensoras de derechos humanos indígenas y rurales en Centroamérica. Ha trabajado con organizaciones internacionales como Oxfam y Planned Parenthood en el diseño de estrategias digitales para la promoción de los derechos de las mujeres. En noviembre de 2016 dictó el TEDx Talk “Hablemos de feminismos” en la ciudad de Bogotá. Es maestra en Artes Visuales con énfasis en Artes Plásticas y Filósofa de la Universidad Javeriana, con Maestría en Literatura de la Universidad de Los Andes. Ejerce estas disciplinas como periodista.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Artículos relacionados