February 27, 2025

La semilla del fruto sagrado: sobre el peligro de los fundamentalismos y la carga de la represión para las mujeres

Con un director condenado en su país de origen y una nominación a mejor película extranjera en los premios Oscar, esta película es una pieza esencial para entender los avances de los fascismos en la actualidad.

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Advertencia, esta reseña contiene spoilers.  

En La semilla del fruto sagrado la vida es narrada por la represión sobre las mujeres. Concretamente, por la represión sobre una madre y sus dos hijas adolescentes. Muestran cómo cocinan, cómo arreglan su hogar, cómo mantienen todo impecable y se limitan a existir sólo dentro de él, con la televisión y las redes sociales como rutas de contacto con el mundo casi únicas. 

Muestran, también, cómo adaptan sus velos para que sus siluetas nunca se marquen; muestran cómo se arreglan con capas y capas de ropa para salir a la calle, o incluso para asomarse por una ventana, y lo cumplen como ley, así sueñen con pintarse las uñas de rojo y el pelo de azul. 

Muestran sus días: cómo se toman fotos que nunca postean en redes sociales, cómo censuran sus mensajes de texto y cada día se les exige más cortar sus relaciones con otras mujeres. Cómo, día con día, sus mundos se van reduciendo a medida que la represión del régimen se agudiza y cómo, cada noche, sus voces se pierden en los silencios. Cómo disponen sus vidas enteras para servir a una sola persona: el padre. 

Ese padre que llega cada noche a la casa, cada vez más tarde y cada vez más consumido por el trabajo al que acaba de ser ascendido. Ese padre que es arropado cada noche como un niño, que deja su ropa tirada por el suelo y recibe la comida en la boca por manos de su esposa. Allí, en el interior, muestra la fragilidad de un bebé mientras afuera, en su trabajo como investigador dentro de los tribunales judiciales, cede a la corrupción interna de un gobierno totalitario y violento, como lo es el ejercido por los talibanes en la República Islámica de Irán. 

La película se centra en la vida cotidiana de esas mujeres que sobreviven a los fundamentalismos que se les impusieron y consiguieron arrebatarles por completo su individualidad. Y vemos cómo, aunque el régimen las controla, todo parece andar con relativa tranquilidad. Eso, hasta que cuestionan al régimen y, con él, al padre. 

En 2022, Jina Mahsa Amini, una joven iraní de 22 años, fue asesinada por la Policía de la Moralidad. Luego de ser arrestada por “usar de manera inapropiada” su hijab, Amini fue víctima de una golpiza que, de acuerdo con una Misión de Investigación Independiente de la ONU, le causó muerte cerebral y posteriormente la muerte. En respuesta, miles de mujeres se tomaron las calles de Irán, enfrentando las políticas totalitarias, manifestándose, saliendo con sus cabellos descubiertos y quemando sus hijabs.  

En retaliación, el Gobierno de Irán hizo capturas masivas y, más adelante, indultó a 22 mil personas por delitos relacionados a las protestas –lo que implica, de acuerdo con la Oficina del Alto Comisionado de Derechos Humanos de Naciones Unidas, que les obligaron a admitir delitos y posteriormente arrepentirse–. 

Además, la Misión creada por esta misma oficina para analizar la brutalidad policial y estatal de aquellos días, encontró que al menos 26 personas fueron condenadas a muerte en relación con las protestas, además de haber condenado a decenas más con delitos que podrían llegar a valerles  penas de muerte en el futuro. Aseguran también, que existieron denuncias que incluían uso de torturas para obtener dichas confesiones, además de la imposición de castigos especialmente severos contra las mujeres, dentro de los que se incluyeron casos de envenenamientos masivos a niñas y adolescentes en colegios y universidades para evitar que se unieran a las manifestaciones. 

Todo esto sin contar los cientos de desapariciones, asesinatos en vía pública y mutilaciones ejercidas en el marco de la protesta. Retratos que recuerdan, muy cercanamente, los escenarios de represión autoritaria que se han vivido en otras orillas del mundo. 

“Irán tiene la obligación de proteger los derechos de todas las personas en el país, de sancionar a los y las responsables de presuntas violaciones de derechos relacionadas con las protestas y abordar las causas estructurales de estas violaciones”, aseguró en su momento Shaheen Sardar Ali, Experta de la Misión. Sin embargo, al día de hoy, la imposición del régimen continúa siendo la misma y la justicia aún no aparece. 

Fragmentos de los videos de estas protestas se entremezclan con los de la familia que, a la vez, enfrenta la brutalidad de la represión cuando a una de las pocas amigas que les quedan a las hijas, que estudiaba con la hija mayor, le desfiguran  el rostro con una munición de arma menos letal. Esquirlas de metales se clavan en su ojo y se convierten en la muestra de lo que se vive afuera. Es la madre de las hijas la que se encarga de sacar una a una las bolas de metal e intentar hacer un remiendo, para luego ordenarle que se vaya, pues teme que el padre las descubra. 

Mientras todo colapsa afuera, dentro del hogar también. El padre, hasta ese momento un cuidador, hace pleno despliegue de sus recursos para trasladar toda aquella violencia de la que supuestamente quería resguardarlas, y así reforzar su poder sobre ellas. 

Es entonces cuando el terror, la tortura y la violencia física invaden la intimidad. 

La semilla del fruto sagrado, que ya está disponible en salas de cine latinoamericanas, es un documento poderoso y esencial que deberíamos ver con ojos que entiendan que esto trasciende, por mucho, la ficción. No sólo por su pertinencia histórica, ni tampoco sólo por la valentía de su director y protagonistas. Lo es, principalmente, por su relevancia para leer los avances represivos que, hoy en día, marcan las agendas políticas globales. Esas agendas que pretenden controlar cuerpos, reducir derechos, sumir la política pública en moralidades individuales y atacar las libertades, sobre todo, de las mujeres y las disidencias sexogenéricas. 

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