junio 12, 2023

Inconvertibles II: del hogar al consultorio médico. En Colombia las personas LGTB+ luchan por espacios libres de ECOSIEG / Reportaje completo

Los Esfuerzos de Cambio de Orientación sexual, Identidad de género o de Expresión de género (ECOSIEG) generan trastornos de ansiedad, depresión y, como se ha demostrado científicamente, aumentan los pensamientos suicidas en quienes los padecen. Actualmente, en el país se tramita un proyecto de ley que reconoce la violencia de estas prácticas, el riesgo de seguirlas perpetuando y abre el camino para penalizar a quienes las ejercen. En esta investigación se presentan testimonios de personas LGBT+ que han sido víctimas de estos procesos y análisis de expertos sobre sus consecuencias.

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Ilustración de Carolina Urueta

Este reportaje fue realizado con el apoyo de All Out

“Te metían en una pila de agua y mientras te ahogaban te insultaban ‘eres un maricón, estás enfermo, eres una abominación’. Luego me llevaban a una silla y me torturaban con un taser mientras veía pornografía”, así fue el Esfuerzo de Cambio de Orientación Sexual, Identidad y Expresión de Género (ECOSIEG) que sufrió Juan Pablo en una IPS. A Alex, en la Iglesia Manantial de vida eterna, lo tuvieron tres días sin comida, leyendo la Biblia y repitiéndole que dentro de él había un demonio, según ellos, el de la homosexualidad. 

En Colombia, con la excusa de “arreglar” cualquier orientación sexual diversa, se han perpetrado torturas físicas, psicológicas y espirituales. La reciente encuesta de All Out junto a Volcánicas, en la que participaron más de 800 personas, mostró que al 44 % de les participantes alguna vez alguien de su familia le insistió en llevarle a la fuerza a algún tratamiento para cambiar su orientación sexual, identidad o expresión de género.

Los ECOSIEG suelen comenzar en el hogar, pero también se dan en el colegio, iglesias e, incluso, el sector salud. Generan, a su vez, trastornos de ansiedad, depresión y, como se ha demostrado científicamente, aumentan los pensamientos suicidas en quienes los padecen. Actualmente, en el país se tramita un proyecto de ley que reconoce la violencia de estas prácticas, el riesgo de seguirlas perpetuando y abre el camino para penalizar a quienes las ejercen. 

En el mundo aún hay personas que creen que hay un modo correcto y un modo incorrecto de ser, de actuar y de relacionarse afectiva y sexualmente. El hecho de que se considere que hay un modo incorrecto de relacionarse con la identidad de género y orientación sexual está directamente relacionado con que desde ciertos discursos se perciba al otre, o incluso, a sí misme, como alguien que está mal, que hay que corregir, reprimir, convertir, curar o incluso salvar: hay que llevarle por el camino heterosexual y cis—normativo (cis: término que se utiliza para describir a una persona cuya identidad de género coincide con el sexo que le asignaron al nacer). 

***

En el 2021 presentamos Inconvertibles: La lucha en contra de las mal llamadas “terapias de conversión”, una tortura para las personas LGTB+. Este reportaje que reunió 10 testimonios de personas que denuncian haber sido víctimas de algún Esfuerzo de Cambio de Orientación sexual, Identidad de género o de Expresión de género (ECOSIEG) en Colombia. 

A partir de sus experiencias, se identifican las formas y estrategias que usan diferentes organizaciones y personas —en contextos familiares, escolares, religiosos y médicos— para intentar imponer comportamientos y códigos heteronormados y enmarcar la homosexualidad o las identidades trans y no binarias como “enfermedades”, “pecados”, “confusiones inmorales”, “condiciones congénitas”, “patologías” o “traumas”. 

En los ECOSIEG, como muestra el reportaje, participan múltiples actores que se presentan en diferentes contextos. Los más comunes y ampliamente denunciados por organizaciones internacionales como violaciones a los derechos de las personas LGBT+, se presentan en organizaciones religiosas y consultorios psicológicos y médicos. Aun así, el espectro de estas prácticas es muy amplio y por ello hay zonas grises respecto a las herramientas para regularlas e incluso identificarlas. Esta dificultad ha llevado a que estas prácticas sigan operando sin enfrentar consecuencias, que se normalicen y que parezca casi imposible tipificar las violencias con las que se incurre en un tipo penal. 

Inconvertibles I hizo parte de una apuesta por poner en el debate en Colombia estos temas y por hacer un llamado a la acción por parte del gobierno y la legislación colombiana frente a las violencias que viven las personas LGBT+. Incluso, en ese mismo año, más de 50.000 personas de todo el mundo firmaron en contra de las mal llamadas terapias de conversión en Colombia. Dicho mandato ciudadano fue entregado a Mauricio Toro, quien en ese entonces era Representante a la Cámara por el Partido Verde, y quien radicó en 2022 un proyecto de ley para prohibir este tipo de torturas en contra de la diversidad sexual y de género. 

El proyecto fue archivado. Pero este año la conversación se ha retomado con el Proyecto de ley 272 de 2022, radicado por Carolina Giraldo, representante del partido Alianza Verde. Para apoyar esta iniciativa, la organización All Out lanzó una nueva campaña para presionar por la aprobación del proyecto, que ha recaudado casi 30.000 firmas. 

De nuevo aparece la oportunidad de exponer estas prácticas, los testimonios de personas que han sido víctimas de estas violencias y los argumentos para que se tomen medidas en el asunto. ¿En Colombia, en qué contextos se busca que las personas cambien su orientación sexual o se trata de imponer una conducta heterosexual y cisgénero?, ¿cómo operan los ECOSIEG en Colombia?, ¿bajo qué lógicas?, ¿de qué manera generan y reproducen violencias?

En esta nueva entrega, exploramos diferentes contextos en los que se desarrollan estas prácticas en Colombia y se describe la forma en que operan. Tipificar estos escenarios, ponerle nombre a estas violencias e identificar las relaciones entre ellas es un paso necesario para evitar y eliminar estas prácticas que atentan contra la dignidad de las personas LGBT+, y quizás, judicializar a los responsables, así como buscar alternativas para reparar el daño hecho y garantizar la no repetición.

En ese sentido, este reportaje profundiza en las maneras en que las personas LGBT+ en Colombia han sido víctimas de los ECOSIEG en contextos escolares, religiosos, psicológicos, psiquiátricos y médicos de diversa índole. A su vez, amplía la mirada hacia otros lugares en la sociedad desde donde emanan o se reproducen violencias asociadas a los ECOSIEG tales como los espacios íntimos como el hogar y escenarios recurrentes en Colombia como el servicio militar, las redes sociales y las dinámicas en contextos de conflicto armado, entornos en los cuales también se intentan imponer comportamientos, generar culpas, castigar al “diferente” y reproducir el discurso erróneo que le dice a la sociedad que “hay algo que arreglar”. 

Para esta investigación, se realizó un análisis de los resultados de la encuesta realizada por All Out y la Revista Volcánicas ¿Qué te parece ser LGBT+ en Colombia? Sobre las experiencias de personas LGBT+ en entornos como la familia, el colegio, los espacios médicos y grupos de apoyo colectivo; además, presentamos tres testimonios ampliados  de personas que fueron expuestas a esfuerzos para “corregirlas”, “cambiarlas” o “salvarlas”. Esta encuesta surge de la necesidad de exponer que en Colombia aún existen percepciones e ideas indeseables sobre ser LGBT+ y de obtener datos exploratorios sobre este tipo de violencias en los diferentes departamentos del país, que permitan en un futuro profundizar en dichas situaciones y tomar acciones al respecto. La encuesta se realizó entre marzo y mayo del 2023 y participaron 849 personas mayores de edad de 28 departamentos de Colombia; sin embargo, es indispensable que se sigan haciendo esfuerzos para tener información de calidad que permita orientar la toma de decisiones, ya que el subregistro y la falta de información incide en la invisibilización de este tipo de violencias. 

¿Cómo se presentan los ECOSIEG en Colombia?

Ilustración de Carolina Urueta

Si bien en Colombia, como establece la Corte Constitucional, existe la afirmación legal de los derechos de todas las personas, independientemente de su identidad de género y su orientación sexual, y ha habido un avance jurídico que busca garantizar los derechos de las personas LGBT+, aún falta mucho camino por recorrer. En la práctica persiste la discriminación, la violencia por perjuicio y las barreras de acceso a derechos como la salud, la educación, el trabajo, la vivienda, la participación cívica, entre otros.

El informe No se mata lo que no se olvida: informe sobre la situación de los derechos humanos de personas LGBT+ en Colombia 2022 señala que en ese año se tuvo conocimiento de 5.501 casos de violaciones de derechos humanos a personas LGBT+. A partir de los datos entregados por la Fiscalía General de la Nación, los informes anuales de la Defensoría del Pueblo y del Observatorio de Derechos Humanos de la organización Caribe Afirmativo, en el 2022 se registraron en el país 145 casos de Homicidios/feminicidios, 3527 casos de amenazas, 104 de violencia policial y 1.725 casos de discriminación y hostigamiento. Lo anterior teniendo en cuenta que hay departamentos como Amazonas, Guainía, Vichada y Vaupés en donde se tiene muy poco conocimiento de casos o no se registra ninguna información. 

Respecto a los casos de hostigamiento y discriminación, el informe indica que frecuentemente estos se dan de manera simultánea. El informe describe el hostigamiento como aquel acto que está dirigido a causar daños físicos y la discriminación como aquella que impide el acceso a derechos. Además, indica que quien ejerce este tipo de actos pretende “invisibilizar la orientación sexual, identidad o expresión de género diversa de la persona y repetir prejuicios o patrones violentos que por años se han tenido en la sociedad”. 

Sin duda, con los ECOSIEG se ejercen violencias que atentan contra la salud física y mental de las personas y que atentan contra sus derechos. En el informe de la ONU sobre los ECOSIEG, el experto Víctor Madrigal identifica que los ECOSIEG vulneran el derecho a la no discriminación, el derecho a la salud sexual y reproductiva, la prohibición de tortura y malos tratos, el derecho a la libertad de conciencia y de religión, la libertad de expresión y los derechos de la niñez. Es desde ahí que 24 países han argumentado en sus legislaciones la prohibición o regulación de estas prácticas.

Hay actos que pueden parecer “insignificantes” o poco relevantes que se llegan a normalizar en nuestra sociedad. Sin embargo, cuando se mira desde una perspectiva estructural, se puede evidenciar una relación entre estos patrones violentos que se han repetido a lo largo de la historia, y el poco acceso a derechos que tienen las personas LGBT+. Es por eso que un “simple” comentario o una opinión reiterada marca el inicio de un entramado de violencias que permite que se naturalicen, permanezcan y se reproduzcan. 

¿Cómo es ser LGBT+ en Colombia?

Los resultados de la encuesta ¿Qué te parece ser LGBT+ en Colombia? Muestran que el 89% de las personas encuestadas afirmó crecer escuchando opiniones y comentarios negativos sobre las personas LGBT+, el 43% dijo que alguna vez alguien de su familia sugirió llevarle a algún tipo de tratamiento para “arreglarle” y el 26% de las personas respondió que alguna vez alguien de su familia insistió o le llevó a la fuerza a algún tratamiento (religioso, de salud, terapia psicológica u otro) para que dejara de ser una persona LGBT+. 

El 2,47%, 22 de casi 1000 personas, dijo que alguna vez su familia le indujo u obligó a usar medicamentos u hormonas con el objetivo de “curar” su identidad LGBT+. 

Por otra parte, el 82% respondió que alguna vez en el colegio le incitaron a sentir culpa o vergüenza por su identidad LGBT+ aunque no supiera todavía que era LGBT+ y el 65% dijo haber sido víctima de bullying por ser persona LGBT+ aunque no se lo hubiera declarado a nadie. 

Ante la pregunta ¿Alguna figura de autoridad (líder religioso, guía espiritual, coach de vida, padre de la iglesia) de tu comunidad te invitó a participar de encuentros o retiros para que “cambiaras” tu identidad LGBT+? El 30% respondió “Sí” y el 23% respondió que alguna vez le persuadieron o invitaron a participar de algún rito o ceremonia para “curar” o “sacar” su identidad LGBT+. 

El 28% indicó que alguna vez un profesional de la salud (física o mental) igualó ser LGBT+ a una enfermedad y el 9,7% dijo que alguna vez un profesional de la salud mental le ofreció un procedimiento de “cura” por ser LGBT+. 

Estas cifras muestran que aunque diferentes organizaciones internacionales se han pronunciado en contra de los ECOSIEG como la Corte Interamericana de Derechos Humanos, el Comité de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas y la Asociación Psiquiátrica Americana, aún es recurrente que en Colombia las personas LGBT+ estén expuestas y sean víctimas de estos esfuerzos de cambio de orientación sexual, identidad o expresión de género. 

Adicionalmente, estas cifras permiten ver que los comentarios y opiniones desde el rechazo, el estigma y el miedo son muy recurrentes en los entornos más cercanos para las personas LGBT+. A partir de ahí, se genera una especie de embudo que lleva a que algunas personas caigan en escenarios extremos en donde se ejecutan formas de tortura hacia las personas LGBT+ como los electrochoques y penitencias físicas.

Según la trayectoria de vida de las personas que contaron sus testimonios, son los contextos más cercanos como el hogar y los colegios los que llevan a que las personas se vinculen a espacios como organizaciones religiosas y consultorios psicológicos en donde, en muchos casos, han sido sometidas a tratos degradantes que llevan a que se cuestionen sobre su orientación sexual e identidad de género, dejando repercusiones a largo plazo en su salud física y emocional.

A partir del análisis de los testimonios de la Encuesta, a continuación presentamos la forma en que operan estos esfuerzos y las violencias que ejercen contra las personas LGBT+ en diferentes contextos y las historias de tres personas que han sufrido estas prácticas en diferentes momentos de su vida. Indicamos que todos los nombres de las personas que escribieron sus testimonios en la encuesta ¿Qué te parece ser LGBT+ en Colombia?, han sido cambiados para protección de las fuentes. 

Sembrar miedos, dudas y culpas en contextos familiares 

“Deja de vestirte como niño”, “No te pares así”, “Te cuadré una cita con fulanita” han sido frases recurrentes de papás y mamás. El hogar, sobre todo para las personas menores de edad, no necesariamente ha sido un espacio seguro, cuando idealmente debería ser el principal. 

En mi caso fue el crecer rodeada de comentarios ofensivos hacia la comunidad LGBT+ lo que hizo difícil mi proceso de aceptación (….) el hecho de que siempre se hayan referido a ello como si estuviera mal y fuera motivo de asco, incluso el tomarme de la mano con una amiga era mal visto” mencionó Carol, mujer lesbiana de Soledad, Atlántico. 

Como ella, muchas personas se han visto expuestas a comentarios e insultos desde la infancia. “Moderar” el comportamiento y la apariencia frente a la familia extensa, o crecer escuchando comentarios sobre la inferioridad de las personas maricas o lo enfermas que están las personas trans, son experiencias comunes de quienes participaron en la encuesta.

En general, las personas que recibieron este tipo de comentarios experimentaron emociones relacionadas con la culpa, la presión o la vergüenza. Me hicieron sentir que les había fallado”, “me aislaron”, “me castigaron”, “me humillaron”, “rezan por mí” son frases que se reiteran en sus testimonios. Los insultos y burlas hacia personas LGBT+ en general o directamente hacia ellas generaron que muchas cuestionaran si, efectivamente, había algo mal (torcido u enfermo) en ellas y en lo que sentían y deseaban. 

“En mi caso mi familia quiso esconder mi orientación sexual de otras personas en mi familia por miedo y supongo que por vergüenza lo cual es doloroso” expresa Eli, una persona no binaria que nació en Antioquia. En estos espacios, entonces, el miedo también es una constante. Para muchas de las personas, sus familiares sienten temor ante la sociedad, ¿qué dirá la familia extensa?, ¿qué dirán los vecinos?, ¿qué dirán en la iglesia? Y ese miedo se traslada hacia las personas con orientación o identidad de género diversa. Por un lado, lleva a que muchas personas actúen desde el “qué dirán de mí” y por el otro, a que se debiliten los lazos de comunicación y confianza con sus familiares.

Frente a este último punto, es notorio el porcentaje de personas que respondió que no ha “salido del closet” o que no toca esos temas con sus familiares. Muchas de ellas no hablan porque saben que no será bien recibido, porque ya les han amenazado con repercusiones de tipo económico o porque creen que les van a castigar o intentarán “corregirles”. 

“Siempre crecí con miedo de contar que era gay porque mi mamá sufría del corazón y siempre me decían que no le diera disgustos para que no le diera un infarto” comenta Pedro, hombre gay del departamento del Cesar. Como la de él, muchas experiencias de silenciamiento y ocultamiento están relacionadas con los afectos. Son varios los testimonios en donde expresan que no hablan de su sexualidad y sus relaciones sentimentales o que ocultan su expresión de género en su casa para no generarles tristezas, angustias o penas a sus familiares. ¿Qué consecuencias tiene que una madre se sienta “castigada por Dios” por tener un hijo trans? 

Entonces, el silenciamiento no solo cierra las puertas a la posibilidad de encontrar en sus familiares espacios de escucha y diálogo y tener conversaciones relacionadas con la educación sexual, sino que, en muchos casos, se convierte en un tipo de presión que lleva a cuestionar la identidad y decisiones propias.

Tanto la violencia verbal desde el prejuicio como el silenciamiento que provoca esa violencia confirman el trasfondo común que aborda el informe de ILGA Poniéndole límites al engaño: Un estudio jurídico mundial sobre la regulación legal de las mal llamadas “terapias de conversión. Este estudio plantea que durante siglos, la expresión de género de las personas LGBT+ ha sido vigilada por padres y madres, amistades, familiares, personas cercanas y personas extrañas, incluso mucho antes que se tome conciencia de la propia orientación sexual o identidad de género. Esto ha llevado a que desde su infancia muchas personas internalicen que hay algo que está mal consigo mismas respecto a sus deseos y sus modos de sentir, pensar y existir en el mundo. 

Aparte de las personas LGBT+ que han guardado silencio, muchas han hablado con sus familiares, lo cual si bien en muchos casos ha llevado a diálogos y afianzamiento de relaciones desde el amor, el respeto y la dignidad, en otros ha desencadenado eventos dolorosos. 

En particular, hay dos tipos de experiencias que se reiteran en los testimonios de las personas que participaron en la encuesta. Ambas están asociadas con la idea de que ser LGBT+ es una “etapa”, que seguramente esa situación o condición va a cambiar, pero que hay que acelerar el proceso. 

La primera experiencia que viven personas que tienen una orientación sexual diversa está asociada con la idea e intención de direccionar los afectos: “Me obligaron a salir con primos (hombres cisgénero) ya que sospechaban que era lesbiana” señala Marina, una mujer lesbiana nacida en Cundinamarca. “Me presentaron niñas porque pensaban que estaba confundido y que con eso iba a cambiar”, cuenta Andrés, hombre gay de Cali. 

La segunda vivencia está relacionada con llevar a las personas a diferentes instituciones en las cuales se puede ayudar a “superar esa etapa”. Un testimonio muy diciente es el de Manuel, un hombre gay de Boyacá: “Soy asexual, mi familia, en específico mi papá estaba muy en contra de esa idea y me quería llevar a sexólogos o prostíbulos para que dejara de ser asexual, por su parte, mi mamá trajo un cura a la casa e hizo que regara agua bendita por todo mi cuarto”. 

Entre los testimonios hay experiencias relacionadas con esta última vivencia, familiares que llevan a sus hijes y hermanes a comunidades religiosas, consultorios psicológicos, grupos de apoyo e incluso al servicio militar para que salgan de los “procesos de confusión” más rápido o al menos moderen su comportamiento y apariencia. Llama la atención que, de nuevo, las emociones y sentimientos relacionados con el miedo, la culpa y la amenaza tiene un papel preponderante.

De acuerdo con las experiencias de las personas con las que conversamos, también se justifica e invita ir a estos lugares a sus hijes desde la movilización de ideas sobre el futuro que, por un lado, generan presión emocional: “es por ti”, “hazlo por mí para que viva en paz”, “es por la familia”, “es para protegerte”, “no vayas a desarmar el hogar”; y por el otro, presión económica. En muchos casos les dicen que si vuelven a tocar el tema o tienen pareja homosexual les dejan de apoyar con dinero o les prohíben la entrada a la casa. “Si sigue así va a ser solo puta o peluquera” le decían de adolescente a una mujer trans.

Es entonces cuando no se puede distinguir cuál de las consecuencias ante este tipo de violencias al interior de las familias es más grave. Las amenazas, la negación, el silencio o incluso los castigos llevan a que muchas personas rompan vínculos con sus familiares y sientan su rechazo y el estigma social al optar por vivir su sexualidad e identidad y expresión de género libremente, o hacen que la presión abone el terreno para que estas personas lleguen a otros escenarios en donde tratarán de cambiarlas.

 “Hay que trabajar tu sexualidad, esto no es ni saludable ni normal”: La historia de Jade Valencia

Jade, persona no binaria de Medellín, sabía que no era igual a sus amigues cuando estaba en el colegio. “En el medio todo era sexo, sexo, sexo, sexo, y yo me sentía muy diferente, pensaba que había algo malo, problemático conmigo”. En el colegio recibió apoyo por parte de la comunidad queer de Los Conquistadores, un colegio de Medellín, este grupo le escuchó y uno de sus compañeros le mencionó la palabra asexual. Jade empezó a averiguar más en internet y encontró que así era como se sentía. Así fue descubriendo su sexualidad y su identidad de género. Fue un proceso, pero tanto su familia como amigues le aceptaban.

En el 2011, Jade tuvo una crisis psicológica. Tenía 17 años, amaba hacer deporte y por una enfermedad cardiovascular le tocó dejarlo. La depresión llegó y tomó medicamentos no prescritos para acabar con su vida. Su papá, preocupado, le llevó al Hospital de Medellín, y allí ocurrió el ECOSIEG. A la segunda semana de estar hospitalizade, le dijeron que su asunto era psicosexual y que tenían que arreglarle para poder estar en sociedad. Los médicos, basados en el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales de la APA, justificaron que la asexualidad era un Trastorno del Deseo Sexual Hipoactivo y que tenían que trabajarlo, porque aquello no era ni saludable ni normal.

A Jade le cambiaron el medicamento. Durmió horas. Cuando despertó, estaba amarrade a una cama, estaba siendo violentade sexualmente y estaba experimentando alucinaciones. Vivía sedade. “Eran unos electrodos, a veces me dolía y a veces se sentía placentero, ellos me decían que yo podía sentir que me estaban haciendo daño, que era frustrante, pero que no me preocupara, que me iba a poner mejor”, cuenta Jade. 

Elle sabía que no había nada malo consigo misme, no quería continuar el proceso, pero los medicamentos eran tan fuertes que no podía expresarlo. La situación era tan dolorosa y desesperante que en ese momento solo pensaba en querer morirse. Estuvo una semana viviendo esa tortura hasta que su papá le sacó del hospital. Él pensaba que Jade no se iba a curar de su depresión viviendo entre cuatro paredes, entonces le llevó a un hospital en Sabaneta en donde tratan a personas con adicciones. Allá conoció a una psiquiatra quien, cuenta Jade, le salvó. Le dijo que no había sido su culpa y que su sexualidad no estaba mal: le diagnosticaron depresión y le dijeron que no tenía nada que ver con su orientación sexual ni con su exploración sobre las identidades no binarias. “Estuve dos años con ella en terapia, dejé de consumir lo que estaba consumiendo, me dejé de culpar por lo que me había pasado y dejé la depresión a mis 20 años”.

Con los años, Jade ha podido ir superando el asunto, comenta. “Por lo menos durante diez años estuve en medio de un dilema en el que me llamé hombre cisgénero heterosexual cuando no lo era”. Ahora, Jade se identifica como una persona no binaria, demisexual, panromántica. Es profesore de inglés y estudia literatura. A pesar de todo, dice que es una persona con suerte porque su papá siempre le ha apoyado y la Universidad de Antioquia, donde trabajó y estudia, ha sido un espacio seguro y abierto en asuntos de género y sexualidad. 

Respecto a los ECOSIEG, para Jade es necesario contrarrestarlos desde la educación sexual y de género. Para elle, si hubiese tenido más información y conocimiento al respecto, no hubiera permitido lo que le hicieron. “Es necesario que los adolescentes no se maten por ser trans, que sepan que querer eso no está mal, que conozcan que el espectro de la sexualidad es muy amplio y que el sexo no determina quién eres”. Para tener esta educación sexual, agrega, es urgente que los colegios vayan más allá de la educación reproductiva y que como padres y madres hablemos sobre el tema a nuestres hijes, que contestemos todas sus preguntas, que lo comentemos sin ningún tapujo; que les valoremos y respondamos y les acompañemos en su curiosidad. 

Bullying, exposición y represión en contextos escolares

Ilustración de Carolina Urueta

“Estudiaba en un colegio masculino católico, por lo cual el trato era muy de colegio militar, por el simple hecho de ser diferentes, porque ni siquiera se podía decir que éramos gays, nos ponían a hacer trabajos de carga y de volteo como le llaman, para ser machos. Al estar rodeado de sacerdotes y personas de poder, siempre recibí ofertas de rituales, grupos y lugares para curarme. Años después y con mis mismos compañeros me enteré de que en esos grupos se daba, más que todo, abuso sexual de parte de los sacerdotes y profesores hacia los alumnos que confiaban en ellos”. 

El testimonio de Camilo, un hombre gay que estudió en el colegio Salesiano de Leon XIII en Bogotá, es un ejemplo que expone diferentes escenarios en los que se han ejercido intentos de cambio a estudiantes que se salen de la heteronormatividad y las identidades cis, infancias y jóvenes que son “diferentes” a los demás según la institucionalidad. 

Llevar a cabo ciertas tareas para “ser macho” como menciona Camilo, hacerle bullying a una mujer porque le gustaba jugar fútbol o porque se viste “fuera de lo normal” son ejemplos de ello. Las instituciones educativas e incluso otros estudiantes promueven la normalización de comportamientos que se asocian a lo masculino y comportamientos que se asocian a lo femenino. Y a partir de ahí, reprimen, juzgan o castigan lo que difiere de la tradición. “La palabra gay era un insulto o símbolo de debilidad, no era posible estar tranquilo en un ambiente tan pesado y conservador, en especial en un colegio privado” comenta Carlos, un hombre gay del departamento de Antioquia. ¿Cómo operan estos intentos de represión y cambio? Desde la legitimación de prejuicios y estereotipos y, de manera indirecta, con la ausencia de formación sobre diversidad de género, educación sexual y espacios en los colegios y escenarios de formación para hablar sobre ello de una manera abierta y libre. 

“Reprimí e ignoré mis sentimientos por mucho tiempo, principalmente por temor a mi familia, pero me hubiera gustado que en el colegio me hubieran enseñado, apoyado u otorgado un lugar seguro” escribe Juana, una mujer trans de Bogotá.

Sin duda, lo que Juana menciona es reiterado en varios testimonios y ha sido expuesto por varias organizaciones y colectivos LGBT+ en el país. La discriminación a las personas LGBT+ es crítica en los colegios colombianos, a pesar de la existencia de la ley 1620 de 2013 y el decreto 1965 del mismo año que la reglamenta. En 2016 las organizaciones Colombia Diversa y Sentiido realizaron la primera Encuesta de Clima Escolar LGBT en Colombia. En su informe de resultados indican que el 67% de los estudiantes encuestados informó que se sintió insegure en su colegio debido a su orientación sexual y el 54% debido a la manera como expresa su género. Además, cuando se les preguntó por el ausentismo, el 23,3% respondió que no había asistido a una clase al menos una vez al mes porque sentía inseguridad o incomodidad. 

La violencia física y psicológica que han vivido niñes y jóvenes a través del matoneo y la persecución por parte de sus compañeros y profesores, ha llevado a que muchas de ellas decidieran intentar reprimir y/o ignorar sus comportamientos hasta sentirse igual a como se sentían en sus hogares; incluso a intentar suicidarse al no soportar los hostigamientos ante el señalamiento: “me decían que eran ganas de hacerme notar”; “me acusaban de acoso a mis compañeras de clase”; “me miraban con asco”; “me expulsaron cuando supieron que era lesbiana”, respondieron en la encuesta de All Out y Volcánicas.

Por otra parte, el testimonio de Camilo toca un punto relevante en un país como Colombia y es la relación entre el colegio y la religión. La confesión, la misa, los retiros espirituales y las ceremonias en ámbitos escolares, entre otros, aparecen de manera frecuente en los testimonios como escenarios propicios para que tanto directivos como profesores se involucren en la vida privada de lxs estudiantes y se entrometan en asuntos como su sexualidad: 

“En una ocasión, aún muy joven, me invitaron a dar un recital de Clavecín (…) una vez instalado y afinado el instrumento en el salón donde daría el recital, fui forzado a confesarme primero. Me amenazaron con cancelar el recital de no hablar con un cura. Accedí y me interrogó sobre los detalles de mi sexualidad. El cura se rehusó darme la “absolución” por no estar “arrepentido de mi sexualidad””, cuenta Manuel sobre su experiencia en un colegio del Opus Dei. 

Incluso, en 2016, la Organización Caribe Afirmativo analizó los manuales de convivencia de algunos colegios de la región Caribe. En su búsqueda encontró que muchos de ellos mencionaban de manera explícita que se considera como una falta grave que los estudiantes manifiesten una orientación sexual diversa por ser “conductas que atentan contra la moral cristiana y las buenas costumbres”, como señalan algunas de estas normativas. La organización también encontró que existen colegios de corte religioso que incluyen de manera explícita en sus manuales de convivencia lo cis—hetero como una norma y la diversidad sexual como una falla, a pesar de los esfuerzos de la Corte Constitucional por tener una base jurisprudencial fuerte en materia de derechos fundamentales, que establece la protección de estudiantes y docentes LGBT+.

Son varias las repercusiones que tiene la imposición de estas prácticas y visiones de mundo en les niñes y adolescentes que están empezando a explorar su sexualidad y su identidad de género. A partir del análisis de los testimonios, destacamos dos: en primer lugar, los centros educativos dejan de ser lugares de escucha y cuidado para sus estudiantes. Algunas personas narran en sus testimonios que les daba miedo ir al colegio y que sus prácticas perjudicaron su salud mental y su relacionamiento con el mundo y consigo mismos. “Trataba de ser invisible para evitar que me juzgaran” responde Martín, un hombre gay del departamento del Guaviare, ante la pregunta del formulario sobre su experiencia como persona LGBT+ en el colegio. 

Y en segundo lugar, estos tratos en un entorno escolar inciden en los procesos de relacionamiento y posicionamiento de las personas con su orientación sexual o de género. Por un lado, estas violencias conducen a que las personas decidan ocultar o negar su identidad, expresión de género u orientación sexual en sus lugares de formación. Y por el otro, a que algunas de estas personas sean llevadas a otros escenarios como consultorios psicológicos, grupos de apoyo o iglesias en donde persisten estos esfuerzos por cambiarles. Respecto a este último punto, son varios los testimonios en donde profesores o directivas les sugirieron a los familiares de les estudiantes que les lleveran a terapias psicológicas o a organizaciones religiosas para “corregirles”.

Culpa, odio y confrontación en contextos religiosos 

Ilustración de Carolina Urueta

Según Poniéndole límites al engaño de ILGA, “las organizaciones basadas en la fe o la religión son actualmente los promotores de ECOSIEG más activos y prominentes a nivel mundial”. Lo anterior, menciona el informe, se dio después de que la homosexualidad fuera despatologizada en 1970 y de que grupos e instituciones religiosas se involucraran en la administración de las mal llamadas “terapias de conversión”. 

Bajo la imagen de “ministerios” religiosos, una red de organizaciones religiosas que tuvo como epicentro Estados Unidos y se expandió por Centro América y Suramérica, se presentó al mundo como la cura “eficiente” para dejar de ser homosexual. Los grupos con más fuerza fueron Love in Action fundado en 1973 por Frank Worthen, en el que difundían libros con testimonios de personas que se presentaban como exitosas en “abandonar la homosexualidad”y Exodus International, la red más grande e influyente de ministerios “ex—gay” con presencia en 19 países. Esta última se disolvió en 2013, cuando su presidente, Alan Chambers, reconoció públicamente que la misión “reparadora” que promovía era equivocada y dañina. Incluso hoy en día él, al igual que muchos líderes de la organización, se reconocen como homosexuales. 

Frente a lo que señala ILGA, siempre será oportuno insistir en que, como señalamos en Inconvertibles I, si bien existe la trayectoria de estos Ministerios, no todas las organizaciones religiosas tienen estas prácticas ni, por supuesto, son representativas de toda la religión. Más bien, que muchos ECOSIEG operan y se justifican desde lógicas y lenguajes religiosos. 

El informe de ALL OUT y el Instituto Matizes Entre curas esfuerzos de “corrección” de orientación sexual e identidad de género de personas LBGBTI+ en Brasil reafirma esa postura. A su vez, presenta un análisis de cómo operan estos esfuerzos de “corrección” de orientación sexual e identidad de género de personas LGBT+ en este país y describe varias tácticas y estrategias que tienen organizaciones religiosas para ofrecer caminos hacia la “salvación”, la “conversión” y la “cura”. Estas tácticas se implementan a través de amenazas y profecías, consejos y orientaciones, intentos de convencimientos en cultos, misas, sesiones religiosas, ritos, tareas religiosas y espirituales, sanciones y castigos físicos. 

La situación no es diferente en Colombia. Las personas que participaron en la encuesta realizada para esta investigación, hablan de escenarios en los que la homosexualidad y las identidades de género diversas se presentan como un pecado, una enfermedad, una abominación o simplemente algo impensable, que no puede ser. Es diciente que, según los resultados de la encuesta, al 23% les hayan persuadido o invitado a participar en un rito o ceremonia religiosa para “curar” o “sanar” su experiencia de vida LGBT+. 

Estos discursos inician desde el púlpito, las enseñanzas colectivas, los espacios de encuentro. “Las machorras no tendrán salvación”, “las personas maricas están enfermas”, “los trans son violadores o fueron violados”, “los gay tienen VIH, por eso ya están sentenciados a muerte” son sentencias que escucharon personas que participaron en la encuesta cuando han asistido a ceremonias religiosas. Así hayan hablado o no de su orientación sexual o identidad de género, las personas que van a estos cultos están expuestas a escuchar estos comentarios. Es la situación que vivió Víctor, hombre gay nacido en el Magdalena: “Personalmente no he sufrido ese tipo de acoso, ya que comencé a salir del clóset hace poco tiempo, pero es común que en las misas dominicales el párroco expresé comentarios homofóbicos, además de alimentar estereotipos, discriminación y mentiras al respecto”. 

Escuchar que figuras de autoridad, sobre quienes se ha depositado respeto y escucha y que sin duda tienen incidencia sobre las personas que hacen parte de la comunidad (amigos, familiares o por lo menos, conocidos), puede llevar a que muchas personas no se sientan seguras de expresarse y querer en libertad. “Nunca sucedió nada debido a que fui criado como Testigo de Jehová y tuve que vivir toda mi vida en el clóset o siempre asegurando que era heterosexual, de lo contrario estoy seguro de que me hubieran obligado a tratar de cambiar de estilo de vida”, cuenta José que vive en Bogotá. 

Estos discursos llevan a que las personas duden de sí mismas, cuestionen lo que sienten y quieren y en muchos casos crean que, efectivamente, son pecadores/as y que sea como sea, tienen que “convertirse”. La frustración, angustia y miedo aumentan cuando, con el tiempo, se dan cuenta de que nada ha cambiado. 

Al respecto, el psicólogo clínico Andrés Lasso indica que no se pueden dejar de lado las relaciones de poder que se manifiestan en estas organizaciones religiosas, así como en otros contextos en los que se presentan estos esfuerzos de cambio. “Cuando yo planteo un problema en la orientación sexual de una persona, siendo un médico, un psicólogo, un guía religioso o una autoridad en un colegio, estoy usando esa relación de poder”. Por ello, es normal que la persona que está en desventaja en esa relación de poder tenga dudas y empiece a pensar que lo que dice esta persona que considera como experta es verdad, indica.

“Cuando le dije al mundo ‘soy mujer’, en la iglesia cristiana a la que iba hacía ocho años, el pastor desde el púlpito habló de mí como si yo fuera un marica violador de niños y dijo que me iba a podrir en el infierno”, narró Danny, mujer trans de Bogotá. Como ella, muchas personas han sido expuestas y agredidas ante sus comunidades. Sus amistades les dejaron de hablar y se rompieron vínculos que había construido durante años con personas con las que compartía a diario. La exhibición frente a otros feligreses pasa por decirle a las personas LGBT+ que son personas endemoniadas y que requieren de exorcismos y castigos, por pedirle a las familias que oren por sus almas y por acercarles a personas de las mismas organizaciones para que les cuenten “cómo Dios les curó de la homosexualidad”. 

“Llegué a la terapia mientras me congregaba en El Lugar de Su Presencia. Ahí, uno también comparte espacio con personas con problemas de drogadicción, alcoholismo, ludopatía y similares. Básicamente, se trataba de un modelo diseñado sobre la estructura del programa de los 12 pasos de Alcohólicos Anónimos, donde uno hacía devocionales usando un material de referencia pensado para “tratar” la homosexualidad”, cuenta Ramiro de Bogotá.

A menudo, cuando las personas hablan de su orientación sexual o cuando las llevan de manera obligada por sus familiares a estas organizaciones religiosas, las amenazas que se hacen desde el púlpito se vuelven realidad.Estuve obligado a estar en ‘consejería’ consistía en sesiones similares a las terapias psicológicas, donde un pastor hacía seguimiento a mi vida diaria, dándome consejos de cómo llegar a dejar mi gusto por los hombres, expresó Andrés de Bogotá.

También es frecuente la táctica de involucrarles en grupos de ayuda espiritual o grupos de apoyo para personas que por una u otra razón van por “el camino del mal” y tienen que “corregirse para llegar a la salvación: espacios para personas con problemas de drogadicción, alcoholismo, ludopatía en donde también se “trabaja” la homosexualidad. 

Susana asistía a Conbiba, iglesia cristiana de doctrina Bautista en Bogotá. Cuando se enteraron de su gusto por las mujeres, le llevaron donde una supuesta terapeuta. “Ella me dio lecturas donde hablaban de demonios, ataques espirituales, ayuno, luchas espirituales. Me dijo que tenía que cambiarme el nombre porque estaba ligado a una raíz lésbica”, contí Susana. 

En estos encuentros se viola el derecho a la intimidad, se les juzgan sus acciones y les asignan tareas para ir “enderezando el camino”: “Me tocó contar toda mi intimidad, con quién había tenido contacto sexual, contar mis fantasías sexuales y qué parte del cuerpo masculino era la que más me gustaba”, dijo Santiago de Medellín. Las tareas, cuentan algunas personas, consisten en dejar de ver porno, disminuir la masturbación, dejar de navegar en internet y salir con personas del sexo opuesto. 

“Mi mejor amiga después de haber entrado a la comunidad de Emaús—un movimiento laico basado en la doctrina de la iglesia Católica— comenzó a invitarme a reuniones y mostrarme testimonios de personas que “habían dejado de ser LGBT+”gracias a los grupos de apoyo y la sanciones que les hacían”, relató Paula. 

Adicional a las tareas y los juicios, en algunos casos extremos hay ECOSIEG que pasan por la tortura física y emocional. El 4% de las personas que participaron en la encuesta respondió que le aplicaron castigos físicos en su comunidad o grupo de apoyo para curar su identidad. Alex, de Bogotá, cuenta su experiencia en la Iglesia Manantial de vida eterna: 

“Me internaron en lo que ellos llaman ‘aposentos’. Me tuvieron tres días completos sin comer nada, solo podía beber agua. Me obligaban a leer la Biblia, me hicieron creer que yo estaba mal y que había alguna especie de demonio que me poseía. Un pastor dijo que oraría por mí. El tipo me pegaba palmadas fuertes con la mano abierta y puños en la espalda. Luego usó su mano y me la clavó en el abdomen, diciendo que así podía obligar al demonio a salir. Yo lloraba en el piso por el dolor, el hambre y el malestar de esos días sin haber ingerido ningún tipo de alimento. De allí salí convencido de que yo era un error y traté de ser heterosexual”.

Hay testimonios que llevan incluso a que las personas crean que ante sus pensamientos y “acciones pecaminosas” la única opción que tienen es entrar a seminarios, volverse pastores, sacerdotes o monjas, personas que dedican su vida a “intentar corregirse” a raíz del miedo infundido y a tratar de negarse a sí mismas para poder sentir que pertenecen a una comunidad y que no le fallan a su Dios. Como consecuencia, estas prácticas tienen repercusiones tanto en la salud física como mental. 

En particular, la carga psicológica queda durante años. Dudar y sentir asco por sí mismes, sentirse aislades, rechazades e incluso que fracasan en sus “esfuerzos de cambio”. Sobre ello, el psicólogo Andrés Lasso indica que tanto desde su experiencia como desde lo que reporta la literatura psicológica al respecto, son sobre todo alteraciones del estado del ánimo: trastornos depresivos, trastornos de ansiedad y trastornos por estrés postraumático. Por ejemplo, menciona Andrés, quedan recuerdos intrusivos sobre esas vivencias, pesadillas, hay una activación fisiológica en estado de alerta y se alteran los significados o las creencias que cada persona tiene sobre sí misma, sobre las otras personas y sobre el mundo.

Razones y tratamientos en contextos psicológicos y psiquiátricos

Ilustración de Carolina Urueta

Durante siglos, las orientaciones, identidades y expresiones de género diversas fueron consideradas una enfermedad, una desviación o alteración de lo que es considerado normal. El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Asociación Psiquiátrica Americana (APA) eliminó en 1973 la orientación sexual diversa como un desorden mental y hasta 1990 la homosexualidad dejó de ser considerada una enfermedad por la Organización Mundial de la Salud.

Aun así, en Colombia persisten ECOSIEG con enfoque psicoterapéutico y con enfoque médico. Los testimonios hablan de profesionales que abiertamente ofrecen procedimientos para curar la sexualidad y/o la identidad de género. También nombran terapias psicológicas y sesiones de medicina bioenergética en las que desde los prejuicios se plantea que hay solo una forma —la heterosexual— de amar y relacionarse en el mundo. Así como hay diagnósticos y procedimientos de psiquiatras y médicos para arreglar aquello que “está desviado”. 

Un punto importante que se reitera en los testimonios de las personas que participaron de este reportaje es de entrada la mirada cis—heteronormativa que tienen muchos profesionales y desde la cual ejercen su labor. “Siempre asumen que eres hetero y me incomoda tener que salir del clóset explícitamente cuando se supone que es un lugar abierto y seguro”, cuenta Daniela, mujer lesbiana de Bogotá. 

Sin duda, la falta de enfoques que reconozcan la diversidad sexual y de género en las consultas psicológicas y médicas da el espacio para que las personas LGBT+ no se sientan cómodas en estos lugares y, en muchos casos, sean llevadas a espacios donde se ejercen otros tipos de violencias: “El médico sugirió a mis padres que estuviera con más hombres haciendo trabajo pesado y me llevaron a prestar el servicio militar”, cuenta Carlos, hombre gay del departamento de Bolívar. 

Ante la pregunta ¿Algo más que quieras compartir sobre ser LGBT+ en terapias psicológicas? Del formulario, Mari, una mujer lesbiana nacida en Bogotá, explica: “Siempre le están buscando el motivo detrás del ser LGBT, preguntan cuál fue el trauma que terminó desencadenando esto en mí”. En distintos testimonios se ve esta táctica: conversaciones en terapia psicológica que buscan o dan una respuesta a las razones por las que “estás así”. 

Frente a la misma pregunta LI, una persona no binaria del Tolima, responde: “Una psicóloga me preguntó desde cuándo era homosexual y me dijo que era posible que lo fuera porque crecí sin mi padre”. Y Carmen, mujer lesbiana de Bogotá, escribió: “La primera psicóloga que tuve dijo que tal vez a mí en realidad no me gustaban las mujeres, que todo se trataba de un acto de rebeldía contra mi familia”. Asumir que una persona homosexual, trans, no binaria, asexual o bisexual está en una “condición” a raíz de un capricho, una moda, una violación, un trauma, un trastorno, o que es una condición congénita o patológica es atentar contra la dignidad de las personas. Más aún, si para contrarrestar esos factores se ejercen estrategias que van desde las terapias psicológicas para erradicar el mal hasta la medicalización con antidepresivos, antisicóticos, hormonas y terapias de electroshock, como lo denuncia Víctor Madrigal, experto independiente de Naciones Unidas sobre la protección contra la violencia y la discriminación por motivos de orientación sexual o identidad de género en su informe para el Consejo de Derechos Humanos sobre la protección contra la violencia y la discriminación por motivos de orientación sexual o identidad de género.

Juan Pablo, por ejemplo, llegó a Resurgir a la vida, una IPS que tenía sede en Normandía, un barrio de Bogotá. En este supuesto centro de rehabilitación para personas con problemas derivados del consumo de drogas le dijeron que según evidencia científica, la homosexualidad era dañina para el ser humano. “La idea era hacerte una terapia de choque para ver si realmente estabas seguro de que querías cambiar; te cogían y te metían en una pila de agua y mientras te ahogaban te insultaban ‘eres un maricón, eres un maricón, estás enfermo, eres una abominación’. Luego me llevaban a una silla y me torturaban con taser mientras veía pornografía. Buscaban que asociara el placer con el dolor”, narra Juan Pablo. Resurgir a la vida fue intervenida en 2021 por la Fiscalía.

Para Nelson Torres, psiquiatra de la Asociación Colombiana de Psiquiatría y líder del Subcomité de Género de esa entidad, las mal llamadas terapias de conversión en ningún caso se pueden nombrar como prácticas terapéuticas ni psiquiátricas, porque es un contrasentido hacer terapia para algo que no existe. Esto concuerda con la opinión de Andrés Lasso, psicólogo clínico, quien explica que los profesionales de estas áreas que realizan de una u otra manera estos procedimientos llevan a cabo una práctica de discriminación. Se hace daño porque en realidad no hay ninguna justificación que amerite este tipo de prácticas en esos ámbitos. 

Por otra parte, Lasso, agrega que al ser “intervenciones” que producen daño, no hay investigación que respalde su “efectividad” para el propósito que persigue y por ende tampoco hay una formación para la ejecución de estas prácticas. Incluso, en el hipotético caso de que esto se pudiese hacer, no hay ciencia que respalde su uso, ni mucho menos un camino formativo que garantice que quienes ejecutan estas prácticas lo hacen bajo un referente adecuado. 

Así, los ECOSIEG son prácticas que van en contra de los principios éticos que tienen as personas profesionales en psicología. “Nosotros tenemos en Colombia unos principios éticos que son la beneficencia, una búsqueda de producir bienestar y no generar daño; el principio de justicia, que es tratar a todos por igual; la autonomía, que es respetar que la otra persona toma las decisiones en su vida: nosotros no estamos para decir qué está bien o mal”, explica Lasso.

Las consecuencias de estas violencias pasan por las nombradas en contextos anteriores: la salud física y salud mental se pueden ver comprometidas, pueden tener efectos a largo plazo en las vidas de las personas. También inciden en el relacionamiento que tienen las personas con el sistema y los profesionales de la salud y psicología. 

Nelson Torres explica que la APA (American Psychological Association) fomenta las psicoterapias que afirman las orientaciones sexuales y las identidades de género de las personas en su diversidad. Aun así, aunque son muchas las personas que contaron que en sus psicólogues han encontrado personas que les han ayudado a aceptarse como son y les han acompañado en diferentes procesos, otras han tenido experiencias que las alejan de estos espacios, que deberían ser de cuidado y atención para personas que están el proceso de explorar y afirmar su identidad de género o su sexualidad.

Adicionalmente, agrega Lasso, el hecho de que existan intervenciones que están orientadas a intentar cambiar la orientación sexual en escenarios médicos y psicológicos, manda el mensaje de que las identidades no normativas son indeseables, problemáticas y abre el camino justamente a que haya discriminación en otros niveles de la sociedad. 

“Si no tuvieras esos gustos, no sufrirías tanto”: La historia de Jaime  

“Hable como un hombre” y “los hombres no se paran así”, fueron los primeros esfuerzos que recuerda Jaime por parte de su familia para que él dejara de ser como era. En su casa y en su colegio lo juzgaban por lo que decía, por cómo se movía, por lo que le gustaba hacer. ¿Manualidades?, ¿hacer bordados? No, eso es para niñas. 

Sus compañeros del colegio le pegaban, le hacían bromas y se burlaban de él. Le bajaban la sudadera, le escribían insultos, lo toqueteaban: “mi cuerpo ha sido muy irrespetado, las personas asumen que el cuerpo de los maricas es para tocar”, expresó. Ante las agresiones, una profesora le recomendó a su mamá que lo llevaran a consulta psicológica. Era, según contó, un niño solitario, triste y algo agresivo. Tenía siete años. La psicóloga le dijo “usted está acá porque sus compañeros le están diciendo marica”.

En su adolescencia su hermana lo descubrió en un encuentro sexual. Su mamá lo llevó donde un sacerdote. Allá lo forzaron a exponer su intimidad, a expresar lo que sentía, lo que pensaba, lo que deseaba. El sacerdote le decía que tenía que confesarse, que, cuando se tenían encuentros sexuales con personas del mismo sexo, espíritus se podían apoderar de su cuerpo. Entonces, solo confesándose, podría pasar de “tener una vida pecaminosa y oscura a una vida blanca como la nieve”, solo así podría “limpiar ese pecado”. 

Estaba en ese proceso cuando su mamá le dijo que irían con un médico bioenergético. Una tía le había hablado a su doctor sobre su sobrino y sus conductas femeninas. Él le había dicho que eso se podía corregir con hormonas masculinas. La mamá aceptó, la tía pagó el procedimiento y a sus 14 años a Jaime lo inyectaron. Una inyección por semana durante 20 semanas. “El doctor me decía que tenía una deficiencia de testosterona, que eso se veía en mis acciones y en que no tenía barba, que era delgado y no tenía vello en la zona genital; que lo que necesitaba era tener más hormonas para poder ser un hombre normal”. Para medir la transformación, el doctor le preguntaba qué sentía, qué pensaba, qué le causaba deseo “¿qué sientes cuando ves el cuerpo de una mujer?. Incluso le dijo que se masturbara en el consultorio para medir su producción de semen.

Hubo un momento en que Jaime no aguantó más. Él había asistido a la fuerza a ese procedimiento. “Nunca nadie contó conmigo, yo solo quería que la tierra me tragara”, cuenta. Un día, llorando y desesperado le imploró a su mamá que no quería volver allá. Ella accedió. Se preocupó y dimensionó el daño que le había causado a su hijo; sin embargo, para Jaime los lazos de confianza ya estaban muy rotos.

La experiencia en su casa, en el colegio, con el sacerdote y con el médico bioenergético minaron la autoestima de Jaime, le tiene miedo al rechazo y ha optado por vivir en soledad. Señaló que es algo que hoy, a sus 41 años, no ha podido superar y que ha estado presente toda su vida. “Cuando entré a la universidad a estudiar economía me encontré con un panorama de libertad, pero yo no tenía las herramientas para vivir en libertad; no sabía cómo relacionarme, mucho menos entablar una relación afectiva con alguien”. 

La culpa, mencionó, es el sentimiento que predomina. Cuando le invitaban a salir, a tener una cita, él sentía que estaba obrando mal, que no era algo apropiado. “Lo lograron a cabalidad, comenta Jaime, lo hicieron muy bien, dejaron en mí la idea de que si fuera una persona normal, un hombre normal, no sufriría, no tendría ese tipo de problemas”. Por ello, durante años se sintió culpable, se negó a sentir. “A veces es tan fuerte el dolor que uno preferiría cambiar para no sufrir más”. 

Con terapias psicológicas, Jaime inició un proceso de aceptación. Claudia, su psicóloga, le dio herramientas para entender y reconocer el daño que había vivido de niño y para dejar a un lado la culpa. Estaba intentándolo, cuando a sus 30 años le diagnosticaron VIH. “El chisme se regó como pólvora y me echaron de mi trabajo”. Ahí la culpa se disparó. Si bien por parte de su familia y conocidos no hubo recriminación, su propia mente lo culpaba una y otra vez “si yo no fuera era gay, es posible que yo hubiera tenido esto”, “esto me pasa por ser así”. 

Aún hoy Jaime vive con esas cargas. Comenta que está en un proceso de perdonarse a sí mismo y a ese entorno que le hizo tanto daño. Para él, sin duda, las violencias más fuertes no fueron las ejercidas en el médico o las iglesias; para él el daño más significativo lo vivió con su familia.

Jaime reconoce que las herramientas jurídicas pueden llevar a que en comités de ética médicos se sancionen este tipo de prácticas y sean escenarios para denunciar a profesionales que atentan la integridad de las personas. Aun así, su llamado principal es a actuar desde los hogares y al interior de las familias: “es urgente que los papás tengan las herramientas necesarias para apoyar a esa persona cualquiera que sea su realidad, que las familias tenga respeto por la individualidad, que amen a sus hijos y prefieran que sean felices desde la libertad a que tengan una historia de dolor”.

Las nuevas marcas, fachadas y contenidos en contextos de Internet

“Yo tenía 16 años y mi familia se había convertido al cristianismo evangélico. Yo me metí mucho dentro del contexto religioso y en internet encontré un foro cristiano llamado Foros Cristianos Evangélicos Ekklesia Viva, allí discutían la homosexualidad a la luz de la biblia y se compartían testimonios de personas que habían dejado de ser gays”, relató Iván, de Bogotá. 

Internet y las TIC se han convertido en otro escenario social y político del siglo XXI. Y aunque sus cambios e innovaciones son evidentes, la participación en la sociedad de la información sigue reproduciendo desigualdades y violencias estructurales. El testimonio de Iván pone en la mira este escenario. En la red, a través de páginas web, redes sociales y foros, circulan y se ofrecen discursos que dicen que se pueden y deben cambiar las orientaciones sexuales diversas a través de “asesoramientos”, “consejerías” y “cursos”. 

Motivado por la presión indirecta, según contó Iván, escribió a uno de los usuarios del foro, una especie de guía o consejero para las personas que querían dejar de ser homosexuales. “Yo le manifesté que quería dejar de ser gay y de ver pornografía. Él se ofreció a ayudarme, me dio su mail privado y comenzamos a charlar”. 

A partir de ahí, Iván empezó a hacer las tareas que le indicó el guía: instalar un software, para mantener la pureza y evitar contenido pornográfico homosexual, hacer una lista relacionada con las cosas que odiaba de mi padrastro, pues, según él, la homosexualidad tenía que ver con problemas o resentimientos con la figura paterna y hacer el curso web Libertad Pura. En este curso tenía que responder preguntas que “lo alejarían y lo soltarían de las cadenas de la impureza”. 

Muchas personas que se sienten en conflicto o presionadas por la sociedad recurren a estos espacios buscando ayuda y bienestar. En 2021, el Proyecto Global contra el Odio y el Extremismo (GPAHE) realizó una investigación a nivel mundial sobre las terapias de conversión en línea. La investigación se aplicó en Estados Unidos, Irlanda, Australia, Brasil. Alemania, Kenia y Colombia y concluyó que internet está lleno de desinformación al respecto y que las medidas que han tomado los creadores de las redes sociales sobre contenidos de ECOSIEG, son ineficaces. 

El informe relata que en 2019, Google tomó medidas al respecto al eliminar una aplicación de “terapia de conversión” de su tienda de aplicaciones; expuso que da el ranking de búsqueda más bajo a páginas que son “dañinas para grupos específicos” y que promueven o aprueban “malos tratos a un grupo específico”. Además, señaló que en el 2020, Facebook e Instagram anunciaron la prohibición de contenido que promoviera o anunciara estas prácticas. Sin embargo, los resultados en Colombia muestran que la búsqueda de Google arroja resultados autorizados sobre “terapia ex—gay”, “terapia para curar la homosexualidad”, “¿es un pecado ser gay?”, “terapia de reintegración” y “terapia reparadora”. El informe muestra que sus páginas y videos, en su mayoría, hacen parte de organizaciones religiosas y terapéuticas de países como Estados Unidos, Canadá y Chile. 

También en el informe indicaban que hay contenidos relacionados con políticos y figuras públicas de Colombia que son vistos por miles de personas en el país. Como ejemplo presentaron los contenidos de la fallecida Ángela Hernández, exdiputada del departamento de Santander, quien tenía más de 30.000 seguidores en Twitter y hacía tweets sobre la restauración de homosexuales y promovía a individuos “ex—gay”. También exponen los contenidos de Andrés Corson, líder de la iglesia El Lugar de Su Presencia, quien promueve que la homosexualidad se puede curar y tiene un canal de YouTube con casi dos millones de seguidores, una página de Facebook con 640.000 seguidores y más de 300.000 en Instagram.

Desde luego, tener acceso a contenidos como estos e incluso a espacios que permiten la interacción con personas que hablan de ECOSIEG desde fachadas “científicas” y basadas en la “evidencia”, da lugar a la generación de condiciones que reafirman discursos que buscan contrarrestar la atracción hacia el mismo sexo. Aún más si, como muestra el informe, son tácticas calculadas que a partir del marketing y la comunicación estratégica se distancian de la idea de “terapia de conversión” y se presentan como espacios seguros y amigables con nombres asociados a la libertad, como “Sexual Attraction Fluidity Exploration in therapy” y a la reintegración. 

Vigilancia y control sobre los cuerpos en el conflicto armado 

El informe del Centro Nacional de Memoria Histórica Aniquilar la diferencia: lesbianas, gays, bisexuales y transgeneristas en el marco del conflicto armado colombiano menciona en su introducción “(…) el conflicto armado colombiano ha dejado la huella de la ruptura del amor, en múltiples dimensiones. A quienes viven por fuera de la heterosexualidad les ha lesionado la posibilidad de entablar relaciones amorosas, porque hacerlo ha significado para algunas personas la tortura y la muerte”. 

Con el conflicto armado, las violencias contra las personas LGBT+ se exacerbaron. Organizaciones como Colombia Diversa, el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) y Caribe Afirmativo entregaron a la Jurisdicción Especial para la Paz informes que evidencian que las FARC—EP, paramilitares y fuerza pública cometieron graves crímenes contra ellas como violencia sexual, amenazas, agresiones físicas y desplazamientos. En el marco de estas violencias se plantearon escenarios de esfuerzos de cambio de orientación sexual y de género. El ejercicio de investigación del CNMH permite ver que existían proyectos de control social que pasaban por la regulación moral de las poblaciones. En ese sentido, los grupos armados buscaban “limpiar” los territorios de presencias que resultaban incómodas o “corregir” opciones de vida que consideraban diferentes a las “correctas”. 

Andrés Martín, abogado de Colombia Diversa, explica que tanto guerrillas y paramilitares como las fuerzas armadas han ejercido el control y legitimado su autoridad impuesta no solo a nivel territorial, sino también sobre la vida y los cuerpos de las personas: si eres homosexual está mal, si eres heterosexual está bien. Ahí, menciona él, empiezan estos esfuerzos de cambio, pues afectan la integridad de las personas porque no cumplen el esquema socialmente aceptado y supuestamente dan un mal ejemplo a la sociedad. 

El informe indica que la presencia de los actores armados dificulta la aceptación de las personas LGBT+ por parte de familiares y de la comunidad en general y hace que se limiten las libertades por temor al accionar de los grupos armados. Un ejemplo que presenta el informe, es la historia de Alejandra, una mujer lesbiana de Putumayo que cuando regresó de vacaciones a la casa de su familia, en un municipio de Nariño, empezó a recibir amenazas por su orientación sexual. Una noche del 2012 ingresaron a su casa dos hombres encapuchados y vestidos de negro, insultaron a Alejandra por ser lesbiana y la agredieron físicamente. Así, sus padres se dieron cuenta de que ella era lesbiana y la expulsaron de la casa. 

Adicionalmente, el registro de acciones violentas a personas LGBT+ por parte de actores del conflicto muestra que los grupos armados realizan prácticas que buscan cambiar la orientación sexual de las personas, ya sea con amenazas o acciones concretas. 

En el informe Entre silencios y palabras de Caribe Afirmativo describen que tanto las FARC como los paramilitares inspeccionaban los comportamientos de personas LGBT+ desde la infancia y procuraban que los niños, niñas y adolescentes crecieran dentro de sus mandatos morales; iban a las casas y le decían a las mamás que estuvieran atentas ante los comportamientos “indeseados” de sus hijos porque si ellas no los corregían, ellos lo harían. 

Las acciones se tomaban en sus mismas filas y en las comunidades donde tenían presencia. En el mismo informe de Caribe Afirmativo está la historia de un hombre gay que fue reclutado cuando era menor de edad. Cuenta que cuando los actores armados se enteraron de su orientación sexual le impusieron labores de cocina y doble carga de leña con el propósito de “corregirlo” y de “volverlo hombre”. 

Con respecto a las violencias en las comunidades, el caso más extremo es la violación, una muestra de que para estos actores los cuerpos diversos y los de las mujeres son apropiables, corregibles: “Cerca a mi casa me estaban esperando unos ‘manes’. Eran ocho. Mire, yo les puedo asegurar a ustedes que esos tipos eran militares, por la forma en que tenían cortado el pelo, tenían unas botas, pero no estaban camuflados”, cuenta Sebastián, persona trans de Bogotá. “Ellos me gritaban y me decían: —Para que sea más macho o para que se arregle”. “(…) Me decían “machorra”, que yo era una hembra. Siempre me nombraban como hembra, hembra”, se lee en un testimonio registrado en el informe del CNMH. 

En esa misma vía, menciona el informe del CNMH, los actores armados han querido castigar a mujeres lesbianas. Cuando ellas entablan relaciones sentimentales, sienten que les están quitando “lo suyo”, porque en su lógica las mujeres del territorio les pertenecen, a partir de esta lógica asumen que su cuerpo también les pertenece, que es “normal que estén con hombres” y así ejercen violencia sexual sobre ellas. 

“Libérate, seremos santos o moriremos en el intento”: La historia de David Zuluaga

David nació en El Carmen de Viboral, en el oriente antioqueño. De niño fue una persona reflexiva, introspectiva y enamorado de los libros y la historia. En su escuela sufrió bullying porque no era como los demás, no tenía amigos, era silencioso y lo maltrataban físicamente. Su compañía eran los profesores, pero aun así se sentía juzgado y en soledad. En esa etapa de su vida tuvo dos intentos de suicidio. 

A los once años, David conoció Lazos de Amor Mariano, un grupo religioso que nació en 1999 en Medellín como un grupo de oración para jóvenes bajo la doctrina católica. Llegó allá por una prima que era misionera y le invitó a las charlas. En Lazos de Amor Mariano, Carlos encontró un espacio donde era escuchado, su palabra importaba, le trataban como un niño inteligente, curioso. A los 12 años tuvo su primer retiro espiritual; un retiro de conversión —como le dicen desde la comunidad— para alejarse del mundo pecador y acercarse a la vida del Señor. “Entonces tienes que convertirte para entrar en el camino del Señor, para eso tienes que renunciar a todo lo que te da el mundo, todo lo que te propone que son cosas pecaminosas: hacer cosas mundanas, salir de fiesta, no asistir a ciertos lugares, no rodearte de ciertas personas”. En el retiro les hacían examen de conciencia. Durante tres horas, mandamiento por mandamiento, les hacían preguntas para que confesaran sus pecados; desde luego salirse de lo heteronormativo, estaba ahí. 

David se convirtió en misionero de Lazos de Amor Mariano, daba charlas, dictaba las preguntas en los retiros, era un servidor. “Pero en un momento eso empezó a ser insostenible, yo era quien hablaba en las charlas sobre la culpa, pero empiezo a sentir que no soy sincero con eso. Intentaba ser coherente, pero no era suficiente; una cosa era lo que David pensaba y sentía y otra era lo que David tenía que preguntar y presentar”.

A los 16 años, David habló con su guía espiritual. Le contó que tenía ideas invasivas, que sentía deseo y atracción por otros hombres, que eso le preocupaba, le asustaba. Le dijeron que esas eran ideas para ponerlo a prueba en su camino hacia el señor y que por ello debían hacer un proceso de quiebre. Los misioneros hicieron pública su situación, lo alejaron de todas las actividades que compartía con sus amigos y empezó la prueba: días enteros de oración, ayunos los miércoles en honor a San José y los viernes a Jesús Cristo Crucificado, estar todo el día con una piedra en el zapato, estar de rodillas durante 40 minutos con las manos extendidas, en forma de cruz, acostarse en el piso agarrado de pies y manos mientras le rezan la bendición de María auxiliadora. Todo, decían, hacía parte de un proceso de liberación. 

Estuvo en ese proceso más de un año, creía en él, se culpaba por sentir, entendía por qué le juzgaban. Sabía, a partir de lo que le habían inculcado, que no necesariamente le iban a dejar de gustar los hombres, pero tenía claro que “tenía” que pagar un sacrificio por ello, que tenía que buscar la santificación de su alma durante toda su vida para lograr la liberación después de la muerte “seremos santos o moriremos en el intento”, recuerda que le decían. 

Después de que se graduó del colegio y ante la culpa por sentirse pecador, David decidió tener una vida de celibato. Estaba convencido de que entrar al seminario sería el sacrificio que iba a tener durante toda su vida para poder estar más cerca de la gracia de Dios. Su mamá, también misionera de Lazos de Amor Mariano y quien no sabía del proceso que su hijo llevaba respecto a su sexualidad, lo apoyó. David encontró amigos en este nuevo lugar, se adentró en la teología gracias a su inmensa biblioteca y se deslumbró con la vida de los santos. 

Sin embargo, se decepcionó. “Me empecé a dar cuenta de que había prácticas sexuales entre los mismos seminaristas e incluso con los sacerdotes. Usualmente, los que estaban en grados superiores buscaban a los de más abajo. Era como un elefante en la habitación, nadie hablaba en público de eso, a mí me buscaron muchas veces, pero yo estaba muy fijado en que mi camino era la santidad”. David ya no quiso estar allá, no le gustaba esa situación, conoció casos de pederastia y, en general, se desencantó de la iglesia. Cada vez más se acercó a la teología de la liberación, entró a estudiar a la Universidad y decidió salir del seminario y alejarse de aquello que le habían inculcado durante tantos años. El proceso no fue fácil, se quedó sin un norte, sufrió una fuerte crisis espiritual y existencial durante años, pero con el tiempo aceptó su orientación sexual. Se enfocó en la terapia psicológica, la academia, la escritura y el teatro para sobrellevar las violencias que había vivido: entendió que no había una única forma válida de ser y de hacer las cosas. 

Su mamá lo llevó a sacerdotes cuando se enteró de que era gay, se culpó a ella misma por tener como hijo a un pecador y el vínculo se rompió. “Después de eso, ella no volvió a ser mi mamá”, cuenta David. Sin embargo, con los años volvieron a hablarse. Y su relación, aunque ya no fue madre – hijo, generó nuevas conversaciones: hablaron de sexualidad, de represión, de libertad “cosas que no se le comentan a un hijo y mucho menos a un hijo sacerdote”. 

Hoy en día David trabaja en la formulación de la política LGBTI de su municipio. Su “venganza” ante lo sucedido es hablar del tema, hablarlo mucho para que no le pase a otras personas. Para él, expresarlo en diferentes contextos, con diferentes lenguajes, es el primer paso para que las mal llamadas terapias de conversión dejen de ocurrir. El año pasado participó en la comparsa inaugural del festival de Teatro El Gesto de su municipio. Vistió como Cristo, uno que carga una cruz con pañuelos rosas y azules. Un cristo con el pecho abierto, desgarrado. ¿Dónde está mi corazón? ¡Me han robado el corazón! Gritaba a los curiosos asistentes. El corazón estaba en la cruz, a lo que él respondía: ese ya no sirve, está clavado. Así, David le muestra al mundo que estas prácticas ocurren y que te llevan a negar y alejarte del amor. 

En realidad no culpa a su madre, ni a su prima, ni a las personas de esa organización en la que en cierto momento llegó a sentirse escuchado y valorado. Para él, la respuesta no es ensañarse con las personas. Es más bien exponer que hay grupos que están del lado conservador de la iglesia que ejercen maltrato psicológico y físico: “lo que debe haber es una problematización del tema, debe haber conversaciones, debe salir en medios de comunicación. Así, cuando salga la Ley no será válido que las iglesias se escuden en que con esta norma se quita la posibilidad a la gente de profesar su fe. Cuando se vea que hay dolientes, la sociedad entenderá que es necesario y se aprobarán las medidas para condenar a estos grupos y penalizar este tipo de prácticas”. “No se puede atacar a un fantasma que no tiene rostro, que no tiene víctimas, mostrarlos es el primer paso para que no se vuelva a repetir”, finaliza. 

¿Qué hacer con los ECOSIEG? ¿Cómo hacemos para que no siga pasando? 

En el mundo, 24 países han legislado respecto a los ECOSIEG. Por ejemplo, en Ecuador, con el Acuerdo Ministerial No. 767, prohibieron a los centros de rehabilitación y a las personas naturales o jurídicas ofrecer, practicar o recomendar tratamientos o terapias que tengan como finalidad la afectación de los Derechos Humanos. Chile, con la ley 21331, y Brasil con la ley No. 5766 son países que prohíben la patologización de la diversidad sexual y de género y en ese sentido, su normativa está relacionada con la restricción de los ECOSIEG en el sector de la salud. En Canadá se han tipificado de manera independiente como delitos con penas privativas de la libertad para quien los publicite o los practique. 

La diversidad de enfoques, que van desde lo regulatorio hasta la judicialización y el énfasis que han puesto las legislaciones en ciertos actores, nos muestra que no parece fácil controlar o eliminar estas prácticas. Los testimonios de las personas que participaron en la encuesta lo ratifican: son muchas las tácticas, personas y escenarios que dan lugar a que en Colombia estas violencias sigan ocurriendo, lo cual abre el debate sobre qué hacer al respecto para que no siga pasando, cómo se puede evitar y a quién se puede responsabilizar. 

En este momento, en la Comisión Primera de la Cámara de Representantes está en debate el Proyecto de ley 272 de 2022. Con este se busca prohibir los ECOSIEG en el territorio nacional y promover la no discriminacion por motivos de orientación sexual, identidad y expresión de género diversas en las redes de salud mental y otras instituciones. El proyecto de ley retoma la propuesta que se archivó el año pasado, liderada por el Congresista Mauricio Toro. Esta vez, lo radica Carolina Giraldo, representante del partido Alianza Verde, con el apoyo de 58 congresistas y con ponentes del Partido Liberal y del Partido Conservador a favor del mismo. 

El proyecto de ley busca incorporar en la legislación penal, medidas para sancionar conductas dirigidas a modificar, negar o restringir la orientación sexual, la identidad o la expresión de género.Pone la mirada sobre técnicas conductuales y psicoanalíticas, y enfoques médicos, religiosos y espirituales que se practican con o sin consentimiento de las personas. 

El argumento es claro. Los ECOSIEG someten a las personas a torturas, tratos y penas crueles, inhumanas y/o degradantes. Estas tácticas representan una vulneración a las libertades fundamentales de las personas, particularmente el libre desarrollo de la personalidad, la libertad de expresión, el derecho al reconocimiento de su personalidad jurídica y el derecho a la salud. 

El proyecto también toma medidas relacionadas con la prohibición de diagnósticos basados en orientación sexual, identidad o expresión de género y de publicidad que busque persuadir al respecto. También busca la garantía de atención psicosocial diferenciada, la formación profesional del talento humano en salud y la prohibición de usos de fondos públicos para promoción y práctica de los ECOSIEG.

Para la representante Carolina Giraldo, promover el debate y llevarlo al Congreso de la República, así como escuchar los conceptos y testimonios de personas que hablan sobre los ECOSIEG ya abre un escenario de pedagogía en la sociedad. “Con esta Ley se busca prohibir esas violencias, pero también que las personas sepan que esto existe y que atenta contra los derechos humanos; el proyecto busca en últimas que haya un cambio cultural respecto a las actitudes que se tienen frente a la población diversa, pues eso, es lo que nos va a hacer una sociedad más incluyente y más respetuosa”, dijo Carolina.

Una dificultad, desde luego, que busca solventar en el proyecto de ley y que se presenta en este reportaje es la delimitación. ¿Cómo castigar lo que no está delimitado? ¿Es posible regular o controlar las prácticas de esfuerzos de cambio en escenarios como escuelas, iglesias o incluso en espacios íntimos? ¿Cómo abarcar el abanico de posibilidades que pasa por escenarios en donde el profesional de la salud niega la orientación sexual del paciente, hasta llegar a los esfuerzos que implican el dolor y sufrimiento físico? 

Andrés Martín, abogado de Colombia Diversa, ratifica esa dificultad. Los ECOSIEG tienen una gama de colores, una escala de zonas grises. Aun así, indica, el Estado colombiano tiene el deber de garantizar y proteger los derechos fundamentales y tomar medidas respecto a estas prácticas. Las formas en que operan estos esfuerzos inciden directamente en la ausencia de garantías de derechos de las personas LGBT+. 

El 28% de las personas que participaron en la encuesta ¿Qué te parece ser LGBT+ en Colombia? respondieron que no sienten que la sociedad las respete tal y como son. Y, solo el 14% coincide en que siente plenamente que puede expresarse con libertad. Eso incide en su acceso a oportunidades que garantizan la dignidad humana de todas las personas: el 22% respondió que ha tenido dificultades de acceder a puestos de trabajos por ser una persona LGBT+. En un puntaje del 1 al 5 (siendo 5 cuando más aplica), el 7 % puntuó en 5; el 6% en 4 y el 14% en 3, haber tenido dificultades para acceder a la formación educacional por ser una persona LGBT+. 

“Considerar que hay algo mal, dañado, enfermo, torcido en ti, lleva a que se te niegue un trabajo, te expulsen de un arriendo o un colegio, o no te brinden la atención requerida en un consultorio médico”, indica Lasso. Al respecto, los resultados de la encuesta muestran que de un puntaje del 1 al 5, el 6% puntuó en 5, el 8% en 4 y el 16% en 3 haber enfrentado problemas en el servicio de salud por ser LGBT+. 

Actualmente, existe un vacío jurídico respecto a la posición del Estado frente a estas prácticas y lo que no está prohibido está permitido, menciona Lasso. Por eso, lo ideal es que exista una base legislativa sólida que efectivamente permita perseguir, sancionar, juzgar y castigar a las personas y organizaciones que siguen ofreciendo y promoviendo este tipo de prácticas. 

Un tema que se aúna a la ausencia de precisión frente a su delimitación es que si bien los ECOSIEG suelen implicar delitos que ya existen como las malas prácticas médicas, la privación de la libertad, la violencia sexual y la tortura (y que además muchas veces quedan impunes), hay otras prácticas que en Colombia no son criminalizables. Ejemplos de ello son los rituales religiosos que se instrumentalizan bajo objetivos homofóbicos o transfóbicos o los esfuerzos que se hacen en la vida privada de las familias por medio de comentarios y costumbres. 

La situación parece complejizarse al tener en cuenta que muchas personas son víctimas de estas violencias cuando son menores de edad y/o que muchos y muchas de ellas asisten de manera voluntaria. 

Sin embargo, frente a estos últimos reparos, el abogado peruano Alberto de Belaunde invita a hilar fino. 

Respecto a la autonomía de las familias en la formación de sus hijos e hijas, Alberto marca la distinción entre el derecho de padres y madres a criar a sus hijos e hijas y el derecho de los niños, niñas y adolescentes a estar protegidos de prácticas dañinas. Los padres tienen la responsabilidad de cuidar y educar a sus hijos y el derecho a criarlos de acuerdo con sus creencias y valores, pero también tienen la obligación de no poner en peligro su salud y su bienestar. De ahí que cuando se hable de infancias prime el principio jurídico de interés superior de las infancias.

Por otra parte, está el tema de la asistencia voluntaria. Frente a ello, el abogado es enfático en plantear que la idea de elección libre es engañosa, porque las personas que buscan estos “cambios” a menudo lo hacen bajo la presión social y familiar, o porque han sido convencidos de que su orientación sexual o su identidad de género son un problema que debe ser corregido. Las historias de Jade, Jaime y David muestran que elles no llegaron a estos espacios de la nada. Hay una trayectoria marcada por violencias psicológicas, físicas y simbólicas que de una u otra manera influyen y les llevan a acercarse a estos espacios. Están inmersas en un ciclo de violencias que les hace dudar de sí mismas. 

Este ciclo es identificado y explicado en el informe Entre ‘curas’ y ‘terapias’ como un patrón que aparece tanto en las historias y testimonios de este reportaje como en otras narradas en otros países. Consiste en que la persona que es sometida a un ECOSIEG entra en una dinámica reiterada y cíclica que le hace dudar de su sexualidad o identidad de género para luego convencerla de aceptar una cura. El informe de All Out indica que sus etapas son: 

  • La duda: momento en que la persona se convence de que ser LGBT+ es algo equivocado
  • La convicción: el momento en que la persona cree que se le puede “corregir”.
  • La conciencia: el momento en que la persona toma consciencia de la manipulación
  • Flecha hacia afuera: sobreviviente logra despojarse de la influencia ejercida por los actores que intentaron “corregir” su orientación sexual o identidad de género
  • Flecha hacia adentro: sobreviviente permanece bajo la influencia y se le obliga a “corregir” su orientación sexual o identidad de género. Se reinicia el patrón.

Sobre este punto, el psicólogo clínico Andrés Lasso, expone el concepto de homofobia, lesbofobia o transfobia interiorizada que utiliza para entender algunas manifestaciones emocionales y conductuales que tienen las personas LGBT+. Consiste en que al estar expuestas a contextos de alta discriminación, las personas con orientaciones o identidades diversas aprenden a dirigir hacia sí mismas esas actitudes de discriminación, las cuales se manifiestan en rechazo hacia lo que son y hacia otras personas. 

Por ello, tanto De Belaunde como Martín resaltan la urgencia de que haya un enfoque preventivo y pedagógico en la sociedad. El rol del estado no es solo castigar estas prácticas, sino también evitarlas. Tener un enfoque preventivo implica cubrir las diferentes esferas de la sociedad, en especial aquellas que dan lugar a que ocurran los ECOSIEG. 

Es necesario que, por ejemplo, se preste atención psicológica con enfoque de género y que las personas LGBT+ tengan derecho al servicio de atención de salud mental respetando su identidad de género y su expresión sexual. Y además, que si una persona se siente confundida por lo que siente, por lo que quiere, reciba una terapia por parte de un trabajador de la salud que le ayude a aceptarse, a borrar los prejuicios e imaginarios que ha aprendido a lo largo de su vida, y por ende, a tener una mejor calidad de vida. 

Así mismo, es urgente que tanto en los colegios como en las instituciones de educación superior, directivas y docentes asuman una relacón con la sexualidad y la identidad y expresión de género que cuestione estructuras cis—heteronormativas y patriarcales, que se hable de salud sexual y reproductiva desde un enfoque diferencial y que los y las educadoras sean fuente de información y apoyo, independientemente de sus convicciones morales. Tener bases sólidas y una información precisa desde la infancia sobre los derechos y la diversidad sexual y de género es un primer paso para no caer en ECOSIEG de otros sectores de la sociedad. 

De igual manera, se espera que así como el colegio y la familia sean espacios seguros para todas las personas, los lugares en donde practicamos nuestra espiritualidad también lo sean. Fabio Meneses forma parte de la Iglesia Colombiana Metodista de Bogotá y está casado con Jhon, quien es pastor de la iglesia. Fabio fue víctima de ECOSIEG en Romanos VI, un grupo de apoyo de la organización internacional Exodus con sede en Bogotá y en la Iglesia Carismática Cuadrangular del Chicó. Allá, a través del Ministerio de Restauración Sexual, Relacional y Emocional, buscaban “liberarlo” de la homosexualidad. 

Hoy en día, la espiritualidad es parte transversal de su vida y a pesar de que sufrió esfuerzos de conversión desde pequeño, nunca se separó radicalmente ni dudó de su fe. Está convencido que las personas LGBT+ que quieran retomar o acercarse al camino de la espiritualidad (ya sea a través de una u otra religión) encontrarán lugares y discursos en donde sientan que pueden ser ellos mismos: “Jesús acepta a las personas que en su época no eran aceptadas y toda la Biblia se resume en una historia de amor, Dios es amor y nos ama a todos” agrega. En ese sentido, espera que con el tiempo cada vez más iglesias reciban a todas las personas, y que quienes creen en Dios se sientan bien y tranquilas consigo mismas. 

Sin duda, el camino es largo. Y los procesos de reparación de las personas que han sido sometidas a estas violencias también. Muchas de ellas no buscan justicia ni tienen rencor frente a las personas que les acercaron o hicieron parte de estas prácticas. Reconocen que muchas de estas personas son también víctimas de esa visión de mundo heteronormativa y patriarcal.

Lo que sí quieren es que los ECOSIEG no operen más, y por eso, hacen un llamado a que desde diferentes sectores de la sociedad como los ambientes laborales, los espacios de culto, los medios de comunicación e incluso las mismas familias se respete y reconozca la diversidad. El primer paso es tocar el tema, conocer cómo y dónde operan estos esfuerzos para que la sociedad sepa que esto ocurre en Colombia y que atenta contra la dignidad de las personas. Hablar para abrir el debate sobre cómo nos relacionamos con la orientación sexual y la diversidad de género en el país y para promover, poco a poco, un cambio cultural en el que se dignifique en todos los sectores el derecho a amar y ser desde la diversidad.

Créditos:

Investigación: Irene Alonso Acosta

Reportería: Irene Alonso Acosta–Mariana Guerrero

Ilustración: Carolina Urueta–Lina Rojas

Edición: Alejandra Soriano W.

Dirección: Catalina Ruiz–Navarro

Convocatoria: All Out

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