mayo 20, 2022

Heartstopper y ¿qué hacer con la nostalgia? 

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Hay pocas series de televisión que veo en más de una ocasión. Son pocos los materiales visuales que me trastocan por días enteros, hasta verme en la necesidad de hablar sobre ellos en terapia. Heartstopper, la nueva serie de la plataforma de streaming Netflix, entra en esta limitada selección. Al ver los episodios sentía que mi pecho se volvía pesado y los diálogos se quedaban atrapados en mi cabeza. Cuando me levantaba del sillón, sentía una especie de desorientación o, más bien, un nudo en mis cuerdas vocales. Escribo entonces estos párrafos en un proceso largo, lento y personal de entender esta serie que me hizo llorar.

Heartstopper es una serie británica de ocho episodios producida por See-Saw Films y basada en el primer tomo del webcómic y novela gráfica, del mismo nombre, creada por Alice Oseman. Esta historia de coming-out y coming-of-age sigue el inicio del romance entre Charlie, un chico gay, y su compañero Nick, en una escuela de varones en Inglaterra, en medio de sus aventuras con amigues y situaciones de acoso escolar. A la semana de su estreno, la serie se posicionó como la quinta más vista en la plataforma Netflix y recibió un puntaje de 100% en la base de reseñas Rotten Tomatoes.

Pero, ¿por qué una serie de adolescentes y amor en los pasillos escolares me habla a mí, un joven adulte no binarie? 

He pasado la última semana tratando de encontrar una respuesta. Tal vez es porque tiene un reparto de actores que tienen edades cercanas a la de sus personajes, a diferencia de Élite o Euphoria. También puede ser porque no réplica la narrativa de la hipersexualidad entre adolescentes y personas LGTBIQ+, como sí lo hacen, otra vez, Élite o Euphoria. Tal vez se debe a que el amor LGTBIQ+ es el centro de la historia y no perpetúa el mito del romance entre agresor y víctima de bullying, en comparación de lo que sucedió en Glee o Sex Education. Incluso, puede ser porque retrata el acceso escolar sin recurrir a la exhibición fetichizada de la violencia, abre conversaciones sobre orientación sexual fuera del lenguaje binario de género, explora el romance trans o, simplemente, porque aparece Olivia Colman.

Pero todas estas razones son respuestas parciales. Mi apuesta central es que el valor de Heartstopper se debe a que abre un diálogo nostálgico con nosotres mismes sobre un pasado añorado. 

Hablo de la nostalgia retomando el desarrollo teórico queer de Sara Ahmed, Carolyn Dinshaw y José Esteban Muñoz sobre el valor político de las emociones. Concibo el diálogo nostálgico como aquellas conversaciones reflexivas sobre el pasado que permiten entender su relación con el presente y activar procesos de resistencia o cambio. La intención no es cambiar el pasado, o vivirlo de nuevo, sino es sanar y aprender de las heridas para abrir nuevos caminos e interrogantes. 

A continuación, comparto mi diálogo.

Una pieza clave en la historia es que Nick inicia la relación con Charlie sin tener claro cuál es su sexualidad, sin sentirse cómodo de compartirlo con sus amigos o familia. Nick pide que sea un secreto, lo cual Charlie acepta y entiende. Sin embargo, el drama de la situación se debe a que Charlie terminó una relación con otro compañero de escuela, llamado Ben, que también le pidió ocultar su romance, pero la petición implicó una total falta de responsabilidad afectiva. Les espectadores nos cuestionamos, en este momento, si el patrón va a seguir. ¿Nick será o no un patán?

A los pocos minutos, nos damos cuenta de que se trata de una situación completamente distinta. Nick sigue siendo cariñoso, asiste a la fiesta de cumpleaños de Charlie y no teme que los vean juntos en los pasillos. Al mismo tiempo, Charlie ofrece un espacio seguro que respeta el proceso personal de su pareja, sin ejercer presiones para que “salga del clóset”. Hearstopper apuesta por narrar un relato en donde acompañar a tu pareja en su búsqueda y construcción de identidad debe ocurrir desde un acto de cuidado y respeto. También nos muestra que mantener un romance en secreto no significa ignorar los sentimientos del otre, crear una vida paralela, construir una coraza afectiva o hacer un performance de masculinidad hegemónica.

Mi secundaria y preparatoria la viví esperando que los chicos con quien me besaba pasaran por su proceso de coming-out, mientras aceptaba su rechazo y los pocos afectos que estaban dispuestos a ofrecerme. Al igual que Charlie con su primera pareja, Ben, creía que solo merecía vivir en las vidas paralelas de mis parejas y que esperarlos incluía ser ignorade la mayoría del tiempo, siendo solo un culo y unos labios para pasar el rato. Creí por mucho tiempo que acompañar los procesos de salida del clóset era soportar el desprecio y la rabia que las otras personas experimentaban.

Tengo pena y un poco de tristeza al escribir estas palabras, pero ahora tengo claro que acompañar y esperar el proceso de coming-out de mi pareja debe partir del entendimiento, la comunicación y el respeto por el otre. El aprendizaje fue gracias a la reflexión que incentivo la nostalgia, que me obligó a ver atrás y recordar las repetidas ocasiones que me rompieron el corazón.

No voy a mentir. La reflexión es dolorosa porque también recuerdo la violencia y las lágrimas de una década atrás. Me hace sentir rabia de no haber encontrado el amor en el pupitre de al lado y tomarlo de la mano en las canchas. La serie me expone a una historia ficticia que por muchos años soñé. Estas sensaciones me orillan a querer ver la serie como un anhelo, un “hubiera”, un escapar de la reflexión e imaginarme ser Charlie en su versión mexicana. Sin embargo, este impulso es propiamente el riesgo de la nostalgia. Desde la tradición zizekiava se nos advierte que ser nostálgica puede ser negativo porque nos lleva a un estado de profunda melancolía que desorienta a las personas y resulta en un retraso o regresión.

Entonces, la serie no es perfecta. Ella puede ser una trampa melancólica que atrape a su espectador en un juego de recelos y juicios desproporcionados sobre sus acciones pasadas. Sin mencionar que la trama dejó fuera conversaciones sobre salud mental, trastornos alimenticios y conflictos familiares que sí se abordan en la novela gráfica. 

La nostalgia es abrumadora, se va acumulando en el cuerpo y vuelve atractivo quedarse con solo el anhelo. ¿Cómo actuamos cuando el corazón se detiene por un momento frente al “hubiera” del pasado? No hay una receta única y dependerá del contexto de cada persona. En mi caso, la respuesta que he encontrado es aprender a vivir con la nostalgia y permitir que, con el tiempo, catalice reflexiones útiles para el presente.

Heartstopper es un vehículo nostálgico para conversar desde la compasión, en vez del juicio, con el adolescente interior, muchas veces incomprendide y heride. Este acto, que debe partir de la crítica y reflexión, posibilita entender qué vivimos, cómo sobrevivimos y qué debemos cambiar. En particular, propongo tomar la serie como una herramienta analítica que catalice conversaciones sobre qué prácticas construimos, nos impusieron o copiamos, para aprender a amar en un intento de evitar la soledad.

En un contexto político donde las infancias y adolescencias se han vuelto un botín de guerra, es radical conversar y sanar con nuestre yo del pasado. Espero que Hearstopper sea para ti, como lo ha sido para mi, una herramienta que lo posibilite.

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Autor

  • Geras (el/ella/elle) estudió políticas públicas en CIDE (México). Actualmente, es oficial de proyectos en Equis Justicia para las Mujeres. Ha colaborado en diversas organizaciones de derechos humanos de América Latina en áreas de investigación y fortalecimiento institucional. Su línea de investigación se centra entre los cruces del género, violencia y Estado, aportando en temas de acceso a la justicia y medidas antidiscriminación.

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