marzo 19, 2023

Crónica de un espía en el pacto patriarcal

Un hombre trans hace una reflexión sobre el patriarcado y su experiencia con este, antes y después de su transición.

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Ilustración de Carolina Urueta

Desde el inicio de mi transición social me siento como un espía. Los 250 mg de testosterona  que entran a mi cuerpo cada veintitantos días eventualmente fueron generando cambios físicos que terminaron dándome acceso a espacios, conversaciones y escenarios que antes eran ajenos por ser leído como mujer. Cuando me he encontrado en esas situaciones me río imaginando que soy un espía en el pacto patriarcal porque si me conocieras por primera vez no sabrías que pasé 20 años de mi vida siendo leído como una mujer. Y es que como dice Preciado: Lo más extraño de convertirse en hombre es conservar intacto el recuerdo de la opresión.

Cuando me quedó claro el cambio súbito que había acontecido en mi cuerpo fue la primera vez que en una calle solitaria, una mujer se cambió de acera al verme de noche caminar hacia ella con paso apresurado. Me sentí extraño, sentía la necesidad de salir corriendo detrás de ella y explicarle que no era uno de “ellos”, que soy trans, que no tenía por qué preocuparse. Pero de solo imaginarme la escena me reía de lo ridículo que sería verme correr detrás de una total desconocida, pues eso solo terminaría por darle más miedo.

Otra de las veces que esto me quedó claro fue en los antros. Salir de fiesta de noche durante los primeros meses después de la primera dosis de testosterona, me hacía sentir  invadido al permitir a hombres desconocidos tocarme en lugares donde antes no tenían permitido ni siquiera rozar por equivocación. Ver cómo mis amigas pasaban al lado mío en los filtros de seguridad – asumiéndolas inofensivas, cuando todo grupo de amigos tiene a la que guarda el blunt en algún lugar prohibido que sabemos que no tienen permitido tocar– mientras tocaban mi cuerpo buscando armas o drogas hasta que llegaban a la altura de mi pecho y el guardia se asustaba al sentir mis senos. Entonces me dejaba pasar y yo me reía. No había nada mejor qué hacer. Si algo me quedó claro es que ante los ojos de los demás, ahora mi cuerpo era un arma:este mismo cuerpo que ahora habito es leído potencialmente como violento. Y esto es algo que vino con la transición que no sé si estaba listo para afrontar.

Y digo que no estaba listo porque asumir esta nueva realidad era también voltear a verme a mí. Implicaba cuestionar quién había sido antes y preguntarme qué pensaba “ella” sobre los cuerpos que la asignación binaria de género asocia a lo masculino.

Debo admitir que en esas épocas yo no tenía muy buena relación con los hombres. Si bien, no los odiaba, mis pensamientos hacia cualquiera de sus acciones o palabras siempre era muy polarizante: blanco o negro, bueno o malo. Me costaba mucho humanizarlos. Me ponían de malas, no los comprendía ni ellos a mí, cualquier cosa que dijeran me ponía los pelos de punta, me era muy fácil categorizar a las mujeres como buenas y a los hombres como malos. En mi boca siempre salía un: “pues, vato, ¿qué esperabas?”, “los hombres valen verga”. Y aunque me cueste admitirlo, no comprendía, incluso, a las mujeres bisexuales que decidían estar con un hombre cuando claramente “les iba a ir mal”. Hoy entiendo que verlas así, le quita agencia a las mujeres y  refuerza la idea de son víctimas pasivas de las circunstancias.

Antes de mi transición social pasé muchos años involucrado en feminismos y de esos espacios aprendí muchísimas cosas sobre género, capitalismo, colectividad, patriarcado, etc. De hecho, a esos años militando en el feminismo les debo mi transición. Porque no fue sino dentro de esos espacios donde cuestionaba el género de formas no convencionales, que me pude dar cuenta que no era una mujer. El feminismo me dio coraje y un espacio para poder pensar libremente sobre cuestionamientos que atravesaban el cuerpo, la cotidianidad, la teoría, la vida. Y no solo eso, un sentido de pertenencia que jamás he vuelto a sentir con esa efusividad. La primera vez que se me puso la piel chinita en una marcha fue coreando a gritos: ¡al patriarcado hacerle bomba! Mientras bailaba con las compas de la batucada.

Uno de los lugares a donde me llevó el feminismo fue a territorio Zapatista. Por allá en el 2018 cuando no había comenzado las hormonas y apenas estaba explorando los límites del género. La instrucción en la convocatoria era clara:

“Si quieres venir con tus hijos que son varones porque todavía están pichitos, bueno, puedes traer, sirve que se empiezan a entender en su cabeza que, como mujeres que somos, no estamos dispuestas a seguir soportando violencia, humillaciones, burlas y chingaderas de parte de los hombres, ni del sistema.

Si te quiere acompañar un varón mayor de 16 años, ahí lo veas, pero de la cocina no pasa. Aunque tal vez ahí algo alcanza a ver y a escuchar, y algo aprende.

O sea, que no se admiten hombres que no vengan acompañados de una mujer.

Es todo, acá te esperamos compañera, hermana. 

Desde las montañas del sureste mexicano.”

Era un evento separatista. Porque en algunos feminismos no hay cabida para los hombres, no había duda de ello. Y todo lo vivido esos días habría sido imposible si un solo hombre pisaba el campamento donde 8 mil mujeres estaban creando historia. Y entonces, al segundo día del campamento, mientras volteaba a ver la entrada del lugar junto con unas amigas, a lo lejos vi a alguien que leí como un hombre con cabello largo y barba tupida en el registro mientras al lado mío 2 mujeres zapatistas de seguridad iban con paso apresurado hacia la entrada.

Volteé con las compas que estaban al lado mío y les dije: “mira nomás, ¿qué pedo con ese del gorro que quiere entrar? ¿no les queda claro que es un evento de MUJERES?”. A lo que una de ellas respondió “Pues dicen que le van a dejar entrar porque dice que no es hombre. Y las del registro dijeron que estaba bien pero si se comportaba como hombre le iban a sacar”. Nos quedamos mirando, juzgando de lejos la escena pensando que a lo mejor quería infiltrarse. Observando cómo las compas zapatistas lidiaban con el conflicto.

En eso, una señora de alrededor de unos 50 años me toca el hombro y con una sonrisa y un muy marcado acento Argentino dice “Oye, no pude evitar escuchar tu plática… ¿No crees que la feminidad tiene muchos colores?” Y voltea apuntando hacia la persona del registro.

No supe qué decir. Me sentí frente a un espejo, vulnerable. No me bastaron más que esas palabras para notar que todo lo que yo estaba diciendo y pensando sobre esa persona era lo que yo pedía que no hicieran conmigo cada vez que le decía a alguien que por favor usara pronombres neutros para referirse a mí. No recuerdo qué le contesté porque todos los pensamientos se me vinieron encima y me sentí helado. Sentí mucha vergüenza de siquiera haber pensado todo aquello y para entonces la señora ya había desaparecido. Me quedé pensando en eso todo el campamento y en el camino de regreso también.

Esa lección hizo notar que por mucho que estuviera “deconstruide”, mi pensamiento seguía siendo patriarcal. Porque se basaba en la idea de que los cuerpos asignados hombre al nacer no pueden habitar la feminidad, que son inherentemente violentos y que esa violencia es algo inamovible dentro de elles, en lugar de un proceso de socialización complejo. Es una idea machista fundada en el desprecio de la feminidad en los cuerpos no hegemónicos.

Lo cierto, es que el feminismo me había dado todas esas herramientas que conté anteriormente, y era ese lugar donde había encontrado comunidad, expansión, voz y enseñanzas. Pero también, la corriente del feminismo con la que estaba en contacto me hizo expandir narrativas nocivas acerca de la masculinidad y los hombres, que no hicieron más que lastimarme impidiendo que sanara situaciones del pasado con la masculinidad, haciendo más profundas mis heridas.

Esa corriente que reforzó las narrativas negativas que yo tenía sobre los hombres, y que por ende impactó también mis narrativas acerca de las mujeres, es la que usualmente llamamos feminismo blanco o radical, que más bien se siente como si fuera “mainstream”. Me refiero a un feminismo de fácil acceso (sobre todo para las juventudes), que se encuentra en lugares como twitter y que es muy reaccionario.

Es un feminismo que pareciera reducir todos los problemas a una lucha entre los sexos. Entre hombres y mujeres, dejando de lado todas las demás categorías y las múltiples maneras en que el patriarcado les atraviesa. Lo cual lo hace además de blanco y hegemónico, un feminismo heterocisexista, biologicista, reduccionista y ciego ante las realidades de las periferias. Es un feminismo de ciudad, incapaz de cuestionarse a sí mismo; y encima de todo, es un feminismo que alimenta las narrativas dominantes que indican que las mujeres son irremediablemente víctimas y los hombres violentadores innatos. ¿De qué sirve toda esta lucha sí inevitablemente somos eso que hicieron de nosotros y no hay más que hacer? 

Bajo esa lógica las mujeres no pueden salir de su posición de víctimas porque ahí no tienen agencia –o sea, no tienen capacidad de actuar o tomar decisión sobre sus vidas– y son santas mártires que tampoco son capaces de reproducir violencia; y por otro lado, los hombres son personas que después de dejar de ser niños están destinados a ser malvados machos patriarcales sin posibilidad de resistirse a su inevitable destino y cambiar las cosas. Me niego a creer que hay un determinismo biológico que lo sustenta.

La manera en que la sociedad colectivamente se refiere hacia los hombres y sus formas de ser, es profundamente dañina. Seguir alimentando la narrativa de que los hombres son malos es contraproducente para nuestra lucha. Sin querer, alimentamos más al monstruo que nos asesina. Por mucho que haya evidencia de que el sistema patriarcal le da poder a los hombres para violentar, los hombres no son un grupo homogéneo que es violento por defecto. Y alimentar esa idea es parte del problema.

Esto último me costó mucho tiempo asimilarlo y entenderlo, y no fue sino hasta que transicioné y deserté de la Santa Iglesia Feminista Radical que pude quitarme la culpa de creer que los hombres también viven violencia, al vivir una segunda pubertad a los 22 años, al dejar de lamerme mis propias heridas. Al ver cómo el mundo comenzó a tratarme con mayor crudeza por verme como un hombre, al tiempo que también recibía privilegios. Mientras veía cómo la policía me trataba como un sospechoso, las mujeres como un potencial agresor, otros hombres como un igual, pero también como un rival. Mientras veía cómo mi cuerpo masculinizado con ropas femeninas era mucho más odiado y reprobado que siendo una mujer con ropas masculinas. Mientras iba de la mano con otro hombre por la calle y sentir más la crudeza de la homofobia que antes. Y entonces me preguntaba ¿qué le haría a la psique de alguien de 3 años que el mundo te trate así? ¿Qué se siente venir al mundo y que te asuman violento desde entonces? ¿Cómo no iba a terminar sacrificando mi vulnerabilidad, mi ternura, mis partes femeninas a tan corta edad si no me habían dejado otra opción más que esta? ¿Cómo resistes a no convertirte en un monstruo cuando todos parecen verlo en ti?

Y entonces agradecí no haber crecido como un niño, sino como una niña. Y también me hizo replantearme mis ideas. Sentí mucha culpa por mis formas, por darme cuenta de mi responsabilidad en este juego. Por todas las veces que me sorprendí cuando un hombre me enseñaba “decencia humana”, o sea, todas las veces que un hombre me mostró su vulnerabilidad mientras yo esperaba violencia. Por todas las veces que primero juzgué mal a los hombres en lugar de humanizarlos. Por todas las veces que “me demostraron lo contrario”. Porque eso sólo hablaba de mí y de mis preconcepciones sobre los hombres. Porque no es esencialismo reconocer que existe la violencia de género, pero sí lo es creer que todos los hombres son potencialmente violentos. Por que los hombres no son un grupo homogéneo, sino personas individuales con agencia y multi historias propias. Porque tuve que transicionar y vivir la violencia desde acá para comprenderlo.

Y, ojo, no vengo a defender a los hombres que generan violencia. Yo mismo he sido víctima de ella y lo seguiré siendo. Pero me queda claro que los hombres deberían hablar de la violencia que por ser hombres viven, y creo rotundamente que en el momento en que comiencen a hacerlo, el panorama va a cambiar para el resto de las identidades. 

Porque todas las veces que les dijeron “no llores”, todas las veces que les dijeron “no seas niña”, cada vez que les han dicho “maricón”, les arrebatan una parte de sí. Porque cada una de esas enseñanzas mutilan un extremo de las complejas y diversas identidades que habitan los hombres en toda su expresión como personas. Porque la masculinidad hegemónica es una identidad construída a partir de lo que no tienen que ser para ser hombres: no tienen que ser mujeres, no tienen que ser niños, no tienen que ser maricones. Y sólo entonces pueden ser hombres. Si no puedes ser todas esas cosas, entonces solo queda un pequeño marco de cosas que puedes ser, y en el proceso pierdes mucho de ti.

Me queda claro que la vara está puesta en la masculinidad, que los hombres cisgénero y todo aquél asignado a la categoría “hombre” al nacer, desde que son pequeñes son reclutades y adiestrades de manera sistemática para ejercer tecnologías de poder y opresión. Porque no es un determinismo biológico, es un proceso de socialización que les despoja de una parte de sí, que les despoja de características inherentemente humanas como: amor, ternura, compasión.

El momento en que los hombres dejen de ser violentos entre hombres, entonces y sólo entonces… las cosas van a cambiar. Porque los hombres son violentos con los demás en la medida en que son violentos entre ellos y consigo mismos.

Los hombres tienen la tendencia de voltear a ver al lado, tratando de resolver cómo ser menos violentos con las mujeres y las disidencias sexuales, cuando la respuesta está en ellos mismos. No hay camino posible a seguir para parar la ola de violencia de género si no logran voltear a verse y resolver primero la violencia que viven entre ellos. Si no se resisten a las maneras en que les han enseñado a dominar, si no se resisten a seguir reproduciendo las lógicas de opresión y violencia que desde niños les han enseñado. Si no construyen otras formas de habitar la masculinidad y ser en el mundo. Si no desertan de las lógicas y los pactos patriarcales que han moldeado las formas en que se relacionan con sus propios cuerpos. No va haber camino posible para que el clima de violencia merme hasta que los hombres puedan ver sus heridas, sean capaces de reconocerlas y entender que es su relación con la masculinidad la causa y efecto de las formas en que se lastiman y nos lastiman.

El problema es que los hombres no están acostumbrados a colectivizar sus dolores, a pensarse con ternura, a cuestionar sus formas. Y en eso nosotres les llevamos mucho tiempo de ventaja. Los hombres no alcanzan a ver todo lo que han perdido y cómo esta estructura que parece darles privilegios también los mata uno a uno, todos los días. No han sido capaces de voltear a verse y cuestionar de qué manera el patriarcado les ha arrebatado tanto. Porque en el mundo de la masculinidad –en este mundo patriarcal– es más importante la dominación que la vulnerabilidad, el poder que la ternura, el control que el amor. Entonces, a sus ojos no han perdido nada.

Y como dice Bell Hooks: “todos los pensadores masculinos visionarios que desafían la dominación masculina insisten en que los hombres pueden volver al amor solo repudiando la voluntad de dominar.” Los hombres que aman más su lealtad a afianzar su masculinidad frente a otros hombres, están eligiendo ser partícipes en la mutilación de su propia identidad.

Hoy en día me queda claro, al igual que algunas teóricas feministas, que la primera víctima del patriarcado es el hombre. Estoy convencido de que los hombres en el proceso de volverse hombres primero matan su feminidad –por que todas las personas tenemos masculinidad y feminidad en nosotres en mayor o menor medida– y es en ese proceso que también asesinan todo lo relacionado con lo femenino.

También, es de preocuparse que se crea que todo aquella persona asignada hombre al nacer responde de la misma forma al reclutamiento. Pues aquelles –personas no binarias, hombres gay, mujeres trans, etc.– que se resisten a ese proceso de hombría y virilidad son castigades. Y todes hemos sido testigos y cómplices de que eso siga sucediendo, cada vez que reproducimos las narrativas hegemónicas sobre la masculinidad. 

Y bueno, en Febrero de 2019, cuando yo apenas comenzaba a llamarme Dante y me encontraba cuestionando si comenzaba hormonas o no y si era un hombre o no… cancelaron el segundo encuentro de mujeres que luchan, y en el comunicado leía:

“Tal vez no lo sabemos de qué es el mejor feminismo, tal vez no sabemos decir “cuerpa” o según cómo cambian las palabras, o qué es lo de equidad de género o esas cosas que hay tantas letras que ni se puede contar. Y ni siquiera está cabal eso que dicen “equidad de género”, porque sólo hablan de equidad de mujeres y hombres, y hasta nosotras, que nos dicen ignorantes y atrasadas, lo sabemos bien que hay quienes no son ni hombres ni mujeres y que nosotras les llamamos “otroas” pero que esas personas se llaman como se les da la gana, y no les ha sido fácil ganar ese derecho de ser lo que son sin esconderse, porque les burlan, les persiguen, les violentan, les asesinan. ¿Y a poco todavía les vamos a obligar que o son hombres o son mujeres y que tienen que ponerse de un lado o de otro? Si esas personas no quieren pues se hace mal si no se les respeta. Porque entonces, ¿cómo nos quejamos de que no nos respetan como mujeres que somos, si no respetamos a esas personas? Pero bueno, tal vez es porque hablamos de lo que hemos mirado de otros mundos y no tenemos mucho conocimiento de esas cosas.”

En esa época el auge de la corriente feminista transexcluyente estaba creciendo muchísimo. Vi compañeras leer el texto y pasar de largo ese párrafo. Las mismas compañeras que pensaban que si yo transicionaba estaba desertando de la feminidad y eligiendo al lado del “opresor”. Que me volvería “uno de ellos” y una parte de mí les creía.

Encima, esas creencias de que la masculinidad es inherentemente nociva no permitía que abrazara mi identidad como persona trans masculina justo cuando me preguntaba si quizás yo era un hombre. Porque si los hombres eran así, yo no quería ser uno.

Lo cierto es que en esta sociedad patriarcal lo masculino es glorificado y lo femenino minimizado, sin importar qué corporalidad tengas. En lo cotidiano es común hablar sobre la violencia que la mujer cisgénero vive –con justa razón–, pero hay un vacío abismal cuando se trata de hablar de otro tipo de corporalidades que también son afectadas por la violencia de género. Me parece que hasta ahora tenemos una lectura simplista y esencialista en el tema, que hace parecer que la lucha es entre hombres y mujeres cisgénero (heterosexuales y en su mayoría blancos) cuando lo cierto es que el enfoque debe ser más amplio si queremos realmente observar hasta dónde ha llegado a permear este problema. 

Mencionar lo anterior es expandir las barreras del género binario y aceptar que la violencia machista cisexista alcanza a todo cuerpo que se feminice ante sus ojos: esto incluye hombres gay y bisexuales, mujeres y hombres trans, etc.

Siguiendo lo propuesto por el trans feminismo, estoy convencido de que la categoría género en sí misma es violenta. El género viene siendo otro de los sistemas de poder que modifican, controlan, alteran y limitan nuestros cuerpos para adaptarlos al orden social establecido. Las lógicas que nos separan entre hombres y mujeres, y las maneras en que nos despojan de partes de nosotres dependiendo lo que tengamos entre las piernas es violento.  Pareciera que la expresión de género y la identidad de género son solo el vehículo a través del cual esta violencia se expresa.

Bajo esta estructura nadie se salva y dependiendo de qué lado del espectro del género te encuentres, –junto con una mezcla de factores más como: qué lado de las fronteras habitas, qué color de piel tienes, la cantidad de dinero que posees–, es la forma en que esta violencia se expresa. De un lado del espectro tenemos el alza de la violencia hacia la mujer con feminicidios diarios y del otro lado el Estado–Nación junto con el crimen organizado reclutando hombres para usar como carne de cañón. Adiestrándolos en centros militares para la dominación de la población o como sicarios en la sierra de Sinaloa en México.

Las transmasculinidades son otras formas de ejercer la masculinidad que existen más allá de la narrativa hegemónica de qué son y cómo se construyen los hombres. Los hombres trans, las personas trans masculinas, estamos en un claroscuro en el que los espacios disponibles para nuestras voces son limitados. Hemos experimentado ambos lados del espectro del género, y muchos concordamos en que si la narrativa hegemónica sigue asociando a los hombres como inherentemente violentos, entonces nosotres vamos a estar eternamente destinados a vivir en este claroscuro. Un lugar donde no entramos en el mundo de los hombres cisgénero porque no somos uno de ellos, y tampoco en el de las mujeres por que nos vemos como el opresor.

No es que tengamos respuestas concretas sobre qué hacer con todo esto, pero por lo menos a mí me queda claro que aunque los espacios separatistas siempre van a ser necesarios, jamás va haber un cambio sustancial si permitimos que siga encendida la llama que permite que el sistema patriarcal nos mantenga divididos bajo la ilusión de que “somos nosotras contra ellos”, cuando cada uno de nuestros cuerpos es categorizado y atravesado por la violencia.

No vamos a dejar de tener vagones exclusivos para mujeres, no van a dejar de matar a nuestras hermanas trans, no van a dejar de intentar meternos a terapias de conversión, si no admitimos que estamos todes bajo el mismo régimen capitalista y patriarcal. 

Es nuestro deber rebelarnos ante las lógicas impuestas sobre nuestros cuerpos y proponer narrativas que nos hagan transitar a nuestros territorios preferidos con paciencia y dignidad. Lo cual no significa que vamos a trabajar en conjunto, pero sí que vamos a construir desde nuestras propias trincheras otras formas de narrarnos que no incendien nuestros caminos hacia la promesa de nuevos mundos y otras posibilidades.

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Autor

  • Dante Ureta

    Artista trans multidisciplinario. Productor en CUIR: Historias Disidentes. Músico, escritor, tallerista y psicólogo de formación. Interesado en la psicología social, el arte y las prácticas narrativas.

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Comentarios

2 thoughts on “Crónica de un espía en el pacto patriarcal

  1. Gracias por este poderoso artículo, muy necesario para lo que está pasando en el movimiento lebofemistaCuir de Bogotá debido a la poca o equivocada comprensión que hay de los transitos de las personas asignadas femenino al nacer. Algunas organizaciones y compañeras feministas en Colombia sienten el separatismo cómo única herramienta de acción, reduciéndonos a los lugares en el que el patriarcado nos quiere seguir teniendo, perpetuando las violencias históricamente impuestas por sistemas opresores como el binarismo de género. Y aquí, es donde nosotres las personas trans no binarias asignades femenino al nacer, alzamos la voz y hacemos un llamado urgente al movimiento feminista del mundo para que sigamos cuestionando esas brechas que nos están dividiendo…y así, con más conciencia poner fin a los mecanismos colonizadores y de opresión que están tan interiorizados tanto en lo personal como en lo colectivo…

  2. Como hombre me sentí identificado con tu artículo, me gustó mucho aquello que mencionas sobre qué “el género es una forma violenta”. Soy maestro de escuela y el feminismo me ha llevado a escenarios donde puedo vincular a las estudiantes a estas luchas, sin embargo feminizarme me ha excluido de espacios que son para los hombres, y aunque no lo dicen me como “un traidor” me excluyen de conversaciones o no tocan ciertos temas porque sienten “presion”. Eso me parece bien, me deja claro que expresarme en el espacio de otros hombres ha hecho que lleguen otras masculinidades más afectivas y menos violentas, que de hecho me hacen sentir mucho mejor y que como maestro también les brindo a los niños para que sientan que hay un feminismo pata todes.

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