August 20, 2026

Familias y fe: se buscan rebeldes para una tarea inesperada

Familias y fe pueden ser oportunidades narrativas para defender derechos, conectar luchas y ampliar mayorías. Las pusimos a prueba.

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La llegada al poder de un proyecto autoritario produce una pregunta inmediata para quienes defendemos la democracia, la justicia y los derechos humanos: ¿qué podemos hacer? Tal vez parte de la respuesta esté en reconocer formas de rebeldía menos obvias que la denuncia, capaces también de cambiar los términos de la conversación pública.

Una parte de la respuesta estará, inevitablemente, en proteger derechos amenazados, defender instituciones y contener daños. Pero hay otra tarea más estratégica que puede resultar decisiva: disputar los relatos desde los cuales el autoritarismo construye pertenencia, legitimidad y lo que consideramos deseable para una sociedad.

Las familias y la fe ocupan un lugar central en muchos de esos relatos. No porque sean, en sí mismas, intrínsecamente autoritarias —las familias y las experiencias religiosas son profundamente plurales—, sino porque estos proyectos políticos han conseguido presentar una interpretación particular de ambas como el modelo legítimo de sociedad: una familia consanguínea y jerárquica que exige obediencia e impone roles predeterminados, y una lectura religiosa que presenta ese orden como natural, moral o sagrado, y estigmatiza, excluye o castiga las vidas, vínculos y creencias que se apartan de él.

Su potencia radica en que conectan con algo mucho más profundo que una agenda política. Las familias y la fe condensan anhelos humanos fundamentales: sentir que pertenecemos, cuidar y ser cuidados, encontrar sentido y creer que es posible salir adelante. El autoritarismo conecta esas búsquedas con una promesa de restauración: el mundo perdió el rumbo, alguien debe volver a poner las cosas en su lugar y una autoridad fuerte —como la figura del padre estricto que promete protección a cambio de obediencia— es la única capaz de devolvernos el orden perdido.

Esa narrativa circula hoy entre gobiernos y movimientos de extrema derecha, sostenidos por una infraestructura transnacional que desde hace años conecta actores religiosos, financiadores y dirigentes políticos alrededor de agendas sobre familia, género y sexualidad.

Colombia conoce bien su eficacia. En el plebiscito por la paz de 2016, el enfoque de género del Acuerdo fue convertido en una supuesta amenaza contra la familia y la infancia. Diez años después, con la llegada de Abelardo de la Espriella al poder, reaparecen elementos conocidos: una masculinidad hegemónica como fuente única de autoridad y protección, defensa de una determinada idea de familia y una interpretación religiosa del orden social presentada como fundamento de la acción pública.

La tentación para el activismo democrático puede ser responder únicamente denunciando el carácter excluyente de estos proyectos. Esa defensa seguirá siendo necesaria. Pero tiene un límite: deja en manos del autoritarismo algunas de las narrativas que mejor permiten hablar de pertenencia, cuidado, comunidad y futuro.

Familias y fe son demasiado importantes como para no ocuparnos de ellas. Además, pueden ayudarnos a contar otra historia: las familias como espacios desde los cuales cultivar el cuidado mutuo, construir vínculos transformadores y exigir las condiciones necesarias para una vida digna; y la fe como una experiencia guiada por el amor, la solidaridad, la justicia y la libertad de conciencia. Ambas pueden, además, ayudarnos a recuperar la libertad —otro de los grandes terrenos narrativos que disputa el autoritarismo— como la capacidad concreta de amar, cuidar, creer, dudar, participar y construir un proyecto de vida.

Habitar estos lenguajes implica reconocer también las relaciones de poder, violencia y exclusión que pueden atravesarlos y hacer visibles otras maneras de entenderlos y vivirlos.

De esta reflexión, compartida desde distintos lugares por otras organizaciones y movimientos, surgió una apuesta concreta: reimaginar las narrativas sobre familias y fe para defender derechos, conectar causas y abrir conversaciones con audiencias más amplias. Desde 2019, en Puentes hemos trabajado para convertir esa intuición en una hipótesis que pudiéramos probar.

Pusimos la intuición a prueba

Para explorar esa posibilidad, creamos dos iniciativas narrativas. Familias Ahora busca reabrir conversaciones sobre democracia, justicia y cuidado desde la experiencia cotidiana de las familias. CREO trabaja la fe como fuente de sentido y pertenencia para replantear desde allí las conversaciones sobre derechos humanos, democracia y justicia.

Durante varios años desarrollamos estas hipótesis mediante investigación de audiencias, grupos focales, experimentación narrativa y comunidades de práctica. La apuesta era desarrollar narrativas de familias desde el cuidado y el bienestar, y narrar las experiencias de fe desde el amor y la humanidad compartida, de una manera capaz de resonar entre audiencias flexibles sin diluir nuestros valores ni adoptar los marcos de los sectores antigénero. En 2025, con el apoyo de Nebula Fund, recurrimos a Swayable, una plataforma que permite comparar la resonancia de distintas narrativas, para probar estas hipótesis en nueve países latinoamericanos.

En Argentina, México y Perú contrastamos la narrativa de Familias Ahora —las familias son fuertes cuando generan cuidado y bienestar para quienes las integran— con otra que asociaba su protección con prohibir el aborto, el matrimonio igualitario y la llamada “ideología de género”. En los tres países, la narrativa del cuidado obtuvo mayor resonancia entre personas que se identificaban con la izquierda, el centro y la derecha.

En Costa Rica, El Salvador y Honduras contrastamos la hipótesis de CREO —una fe centrada en amar a todas las personas sin condiciones— con otra que ponía el énfasis en la firmeza de las convicciones y la obediencia. También aquí, la narrativa del amor obtuvo mayor resonancia a lo largo del espectro político.

Finalmente, en Colombia, Guatemala y Chile utilizamos la metáfora de una comida familiar para hablar de democracia. Contrastamos una mesa larga y jerárquica, presidida desde la cabecera por un hombre blanco alrededor de quien se concentran la autoridad y los recursos, con una mesa circular y plural, donde todas las personas ocupan un lugar equivalente y los recursos se comparten. Las personas reconocieron la primera como una imagen cercana del mundo actual, pero eligieron la segunda para representar la democracia que deseaban y, con todavía mayor fuerza, el futuro que querían dejar a las próximas generaciones. El patrón se sostuvo desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha.

Estos experimentos miden el potencial de nuestras hipótesis narrativas, no la eficacia de contenidos específicos ni la existencia de una fórmula replicable. Aun así, la consistencia de los resultados entre países, temas y posiciones políticas señala una oportunidad estratégica clara: el cuidado, el amor, la pluralidad y las relaciones más horizontales pueden resonar mucho más allá de las audiencias simpatizantes y ofrecer una base real para disputar el sentido común que alimenta al autoritarismo.

Ahora el desafío es convertir ese potencial en poder narrativo.

Cinco pistas para empezar

Nuestras pruebas apuntan a una oportunidad concreta, aunque quizá contraintuitiva: reimaginar las narrativas sobre familias y fe para defender derechos, conectar luchas y reconducir la conversación hacia las condiciones que permiten a las personas vivir mejor. Tal vez parte de la rebeldía que este momento exige consista también en cuestionar nuestros propios supuestos, mirar donde antes no mirábamos y dejarnos sorprender por las posibilidades políticas que allí podemos encontrar.

Estas son cinco maneras de empezar.

  1. Habitar las narrativas de familias y fe

Las familias y la fe son fuentes de sentido, pertenencia y posibilidad para millones de personas. El activismo democrático necesita hablar desde ellas con legitimidad y convicción, reconociéndolas como territorios plurales desde los cuales también pueden construirse democracia, dignidad y derechos.

Mirar nuestras luchas desde la vida cotidiana de las familias permite además conectar agendas que con frecuencia avanzan por separado, pero que conviven orgánicamente en los ecosistemas familiares. El tiempo y las condiciones para cuidar, la autonomía de las mujeres, nuevas masculinidades, el bienestar de la infancia, los derechos de las personas LGBTIQ+, los apoyos que requieren las personas con discapacidad, la dignidad de quienes envejecen o el acceso a vivienda, salud, educación y un medio ambiente sano forman parte de una misma pregunta: ¿qué necesitan las personas para construir los vínculos que eligen, generar formas recíprocas de cuidado con quienes aman y vivir con dignidad?

Algo similar ocurre con la fe. Habitarla supone reconocerla como fuente de sentido, consuelo, comunidad y compromiso con otras personas, y hacer visibles las tradiciones religiosas desde las cuales también se habla de amor al prójimo, justicia, solidaridad, dignidad, cooperación, responsabilidad social y libertad de conciencia.

2. Hacer visible la pluralidad

Cuando un proyecto autoritario intenta imponer una determinada forma de familia o una interpretación de la fe como norma para toda la sociedad, una respuesta poderosa consiste en hacer visible la pluralidad que ya existe.

Eso significa contar historias concretas de las muchas maneras de formar una familia, cuidar, creer, pertenecer y construir comunidad: hogares organizados de formas distintas, redes de cuidado que van más allá de los vínculos biológicos, personas que crean y recrean sus familias a lo largo de la vida, comunidades religiosas que acogen y celebran la diferencia.

La pluralidad adquiere fuerza narrativa cuando deja de ser una afirmación abstracta y presenta rostros, afectos, conflictos y vidas reconocibles. Esas historias muestran que existen muchas maneras legítimas de construir pertenencia y sentido.

3. Poner el bienestar de las familias en el centro

Durante años, los sectores antigénero han asociado “proteger a la familia” con restringir el aborto, los derechos de las personas LGBTIQ+ o la educación sexual. Podemos llevar la conversación hacia una pregunta más cercana a la experiencia cotidiana: 

¿Qué necesitan nuestras familias para que todas las personas que las integran puedan vivir plenamente?

Tiempo para cuidar y cuidarse. Ingresos suficientes. Vivienda digna. Salud y educación accesibles. Seguridad. Redes de apoyo. Autonomía. Condiciones para desarrollar sus capacidades. Un entorno sano que sostenga la vida.

Si bien el encuadre de familias puede ayudarnos a hablar de los vínculos y cuidados que hacen posible una vida digna, es fundamental que cada integrante conserve plenamente su voz, autonomía y derechos. Cuando la unidad familiar se coloca por encima de quienes la integran, puede terminar reforzando precisamente las jerarquías que queremos disputar. Una expresión extrema de esa lógica aparece hoy en sectores del nacionalismo cristiano estadounidense que promueven la idea de “una familia, un voto”, según la cual el hogar reemplazaría el voto individual y la cabeza de familia asumiría su representación política.

Teniendo eso claro, podemos convertir la narrativa de familias desde el bienestar en una bandera por las condiciones materiales, sociales y afectivas que permiten a cada persona cuidar, ser cuidada y desarrollar su propio proyecto de vida. Mirar estos temas desde el marco de las familias permite además conectar debates que solemos presentar por separado —economía, cuidados, vivienda, salud, educación, derechos o medio ambiente— con algo que las personas experimentan todos los días.

4. Hacer visible otra manera de vivir la fe

Las tradiciones religiosas contienen interpretaciones y prácticas diversas. Muchas han encontrado precisamente en la fe razones para acompañar a quienes sufren, defender la dignidad humana y enfrentar el abuso de poder.

Necesitamos hacer más visibles esas expresiones: líderes y comunidades para quienes el amor al prójimo, la solidaridad, la justicia, la humanidad compartida y la salvaguarda de los ecosistemas forman parte central de su experiencia religiosa. También podemos defender la libertad de conciencia como un valor profundamente democrático: la posibilidad de creer, dudar, interpretar y transformar las propias convicciones.

Aquí hay un terreno de conversación mucho más amplio del que muchas veces suponemos, desde el cual es posible conectar fe, derechos y democracia sin renunciar a ninguno de ellos.

5. Ampliar el nosotros

Uno de los hallazgos más importantes de nuestras pruebas fue que estas narrativas lograron resonar a través del espectro político. Familias y fe pueden abrir conversaciones con personas que no comparten todas nuestras posiciones, pero sí muchos de los anhelos desde los cuales estas se construyen.

Hablar del bienestar de quienes amamos, la responsabilidad de cuidar, la búsqueda de sentido, la libertad para construir una vida propia o el deseo de dejar un futuro digno a las próximas generaciones ofrece puntos de entrada capaces de atravesar fronteras políticas.

Esto exige curiosidad e interés genuino hacia quienes están más allá de nuestras audiencias habituales. Una preferencia electoral no agota la identidad de una persona ni implica adhesión a cada componente del proyecto que considera apoyar. Esa apertura también incluye cuidar y profundizar las conversaciones con quienes consideramos parte de nuestras familias. Allí convivimos con personas que votaron distinto y con quienes seguimos compartiendo afectos, preocupaciones y deseos para el futuro. En contextos autoritarios, la fragmentación social facilita el aislamiento y debilita los espacios donde todavía podemos reconocernos como parte de algo común. Esos vínculos pueden ser uno de los lugares donde empezar a ensanchar el nosotros. Las fronteras narrativas pueden ser más porosas que las electorales.

Familias y fe pueden convertirse, precisamente por la importancia que tienen en la vida cotidiana, en herramientas para ampliar el nosotros democrático sin diluir aquello que defendemos.

Del potencial al poder

Los experimentos nos permitieron identificar cambios narrativos con potencial: otras maneras de hablar de familias y fe, y de contar el mundo social desde marcos de cuidado, pertenencia e interdependencia que resuenan con audiencias más amplias. Pero encontrar una narrativa que funciona es apenas el comienzo. El cambio narrativo necesita poder narrativo: capacidad para hacer que esas ideas circulen, sean apropiadas y reelaboradas por muchas voces, ganen presencia y terminen formando parte del sentido común.

Construir ese poder exige, primero, administrar nuestra atención con disciplina. George Lakoff lo explicó en No pienses en un elefante: para comprender la instrucción, tenemos que activar precisamente la imagen que se nos pide evitar. De manera similar, cuando nuestra comunicación se organiza alrededor de desmentir los marcos autoritarios o responder a cada provocación, corremos el riesgo de mantenerlos en el centro de la conversación, como con la narrativa del “voto fusil” en las elecciones colombianas: incluso los intentos por desvirtuarla terminaron repitiendo una expresión diseñada para estigmatizar y deslegitimar el voto de millones de personas.

Si bien hay derechos que defender, abusos que denunciar y daños que debemos contener, también necesitamos dedicar una parte sustancial de nuestra energía a hacer visibles, reconocibles y deseables las ideas que queremos convertir en sentido común. Eso implica hablar desde nuestros propios marcos y conectarlos con las vidas, los vínculos y los anhelos que dan sentido a los derechos que defendemos.

El poder narrativo requiere infraestructura, recursos sostenidos, escala e inmersión. Parte de esa infraestructura ya existe: hay aprendizajes, prácticas y esfuerzos que llevan años desarrollándose en distintos lugares y que ahora necesitamos conectar, amplificar y sostener a mayor escala. Una narrativa adquiere fuerza cuando muchas voces la cuentan, la adaptan y la practican desde lugares distintos. Activistas, artistas, periodistas, comunidades de fe, familias, docentes, organizaciones y agentes de cambio pueden actuar como una banda de jazz: con funciones y audiencias diferentes, pero alrededor de una armonía compartida. Cuando esas ideas empiezan a aparecer en conversaciones familiares, expresiones culturales, redes sociales, medios de comunicación, espacios comunitarios y experiencias cotidianas, dejan de sentirse como un mensaje y empiezan a formar parte del mundo que nos rodea.

Ese mundo también se construye con la manera en que vivimos. Practicar el futuro en el presente es parte del trabajo narrativo. Crear espacios donde las personas puedan experimentar, aunque sea parcialmente, formas de cuidarnos, convivir con nuestras diferencias, construir vínculos libremente, compartir el poder y participar en las decisiones comunes permite sentir que otras maneras de organizar la vida ya están empezando a existir.

Frente al avance autoritario, la urgencia puede llevarnos a concentrar toda nuestra energía en aquello que queremos detener. Nuestra tarea política también consiste en ampliar los límites de lo posible y hacer irresistible lo deseable. Aquello que una sociedad aprende a imaginar y desear moldea los derechos que está dispuesta a defender, las políticas que considera posibles, las formas de ejercer el poder que está dispuesta a respaldar e incluso el tipo de liderazgo político que considera deseable.

Ahí reside una parte importante de nuestro poder. Cuando las experiencias del mundo que queremos se crean, se conectan, se narran y se multiplican, dejan de parecer excepcionales y empiezan a ensanchar aquello que una sociedad considera imaginable, posible y deseable.

Que la oscuridad del autoritarismo no nos haga perder de vista esa tarea. Hemos encontrado una grieta: otras maneras de hablar de familia y fe pueden conectar con personas muy distintas, disputar los marcos autoritarios y abrir una conversación sobre el cuidado, la libertad, la dignidad y las condiciones materiales para una vida buena. 

La grieta está ahí. Se buscan rebeldes para ensancharla.

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Autor

  • Abogada colombiana migrante en España, con más de 25 años de experiencia promoviendo el cambio social en la intersección del derecho, la política y las comunicaciones, y fomentando el intercambio entre diferentes regiones del mundo. Al principio de su carrera, desempeñó un papel pionero en el uso del litigio estratégico para promover el derecho al aborto, la justicia de género y los derechos humanos, formando a una generación de abogadas en el trabajo estratégico con los tribunales. Como respuesta a los nuevos desafíos, amplió su enfoque en 2016 y, en 2019, fundó Puentes, una organización virtual sin fines de lucro que fortalece el poder narrativo de los movimientos que trabajan por la democracia, los derechos humanos y la justicia social, racial, climática y de género en América Latina. Puentes se conecta con redes de distintas regiones del mundo y participa activamente en la construcción de una infraestructura narrativa global.

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