
Hay una pregunta incómoda que pocas veces nos hacemos: ¿por qué nos resulta más fácil hablar de violencia, riesgo o enfermedad cuando hablamos de sexualidad, pero tan difícil hablar de placer? La respuesta parece estar fuertemente relacionada con este enfoque biomédico y del control del ejercicio sexual, particularmente de las mujeres. Aprendimos a nombrar los peligros antes que los deseos, y a conocer las consecuencias antes que las posibilidades, como proceso aleccionador de la vivencia de nuestra sexualidad.
Y aunque en los últimos años en América Latina se habla más de sexualidad, muchas cosas no han cambiado, a pesar de que hoy se puede encontrar información que generaciones anteriores no tuvieron en internet, básicamente. Eso no significa que la culpa, el estigma o la desinformación hayan disminuido.
Tenemos generaciones, particularmente de mujeres, que crecieron en el tránsito entre el silencio y la conversación más abierta; pero recibieron educación sexual enfocada casi exclusivamente en evitar embarazos o infecciones, mientras aprendían a navegar relaciones, maternidades, trabajos y proyectos de vida sin herramientas para hablar de deseo, consentimiento o disfrute. Por eso resulta tan importante preguntarnos, luego de casi tres décadas de trabajo intenso por ampliar derechos y luchar por la igualdad de género: ¿qué significa ejercer plenamente nuestros derechos sexuales y reproductivos si el placer sigue siendo un tema proscrito?
Desde El Proyecto Placer y su Centro para América Latina queremos aportar en ampliar esta conversación, para justamente ir respondiendo a esta interrogante. Hablar de placer no significa ignorar los riesgos. Significa reconocer que las personas toman decisiones sobre su sexualidad no solo para evitar consecuencias adversas en sus vidas, sino también, y quizá prioritariamente, porque buscan afecto, conexión, intimidad, deseo y disfrute.
Históricamente, gran parte de las políticas públicas y los programas de salud reproductiva se han diseñado bajo una lógica centrada en el riesgo. Esa mirada ha sido importante, pues necesitamos información sobre prevención, acceso a anticonceptivos, atención en salud y protección frente a las violencias. Pero cuando la sexualidad se reduce únicamente a aquello que debe evitarse, perdemos de vista una dimensión fundamental de la experiencia humana: la capacidad de vivir nuestros cuerpos con autonomía, dignidad y bienestar. El Centro del Placer para América Latina y el Caribe nace precisamente con esa convicción: el placer también es un derecho.
Incorporar el placer también es fundamental para prevenir los embarazos no intencionales y las violencias basadas en género. Una educación sexual centrada exclusivamente en el riesgo o en un enfoque biologicista suele dejar fuera conversaciones esenciales sobre deseo, límites, consentimiento, comunicación, roles de género y toma de decisiones. En cambio, abordar la sexualidad de manera integral permite construir nuevas relaciones, donde las personas pueden ejercer sus derechos, identificar conductas abusivas y tomar decisiones informadas sobre sus cuerpos y sus proyectos de vida.
Por ello, el enfoque de placer debe formar parte de los servicios de salud sexual y reproductiva. Esta mirada también tiene implicaciones para las políticas públicas. Reconocer el placer como parte del bienestar incluye diseñar programas, servicios y procesos educativos que promuevan la autonomía corporal, la igualdad de género y el ejercicio pleno de los derechos sexuales y reproductivos. En una región donde persisten profundas desigualdades y discursos y narrativas que insisten en controlar la sexualidad, particularmente de las mujeres, incorporar el placer en las políticas públicas constituye una apuesta democrática por la libertad, la dignidad y la justicia social.
Con el lanzamiento del Centro del Placer para América Latina y el Caribe, alojado en Promsex, buscamos abrir un espacio regional para producir conocimiento, compartir herramientas, fortalecer capacidades y construir nuevas narrativas sobre sexualidad desde una perspectiva basada en derechos e igualdad de género. Un espacio donde la evidencia científica dialogue con las experiencias de vida, los saberes comunitarios y las demandas de los movimientos feministas y de diversidad sexual. Cuestionar las narrativas que han convertido la culpa y el miedo en una herramienta de control es reconocer que una sexualidad libre de violencia no debería ser la meta máxima, sino apenas el punto de partida para construir relaciones más justas, más seguras y satisfactorias.
La apuesta puede parecer sencilla, pero es profundamente transformadora, porque después de tantos años hablando de lo que debemos temer, quizá sea momento de empezar a hablar también de lo que merecemos, especialmente en estos tiempos tan desafiantes para nuestra región. Y, entre esas cosas, está el derecho a vivir nuestras sexualidades con información, autonomía, consentimiento, seguridad y placer.