
En los últimos diez años, la Ciudad de México ha vivido un proceso de gentrificación sin precedentes. Miles de personas han perdido sus locales por la expansión de grandes cadenas comerciales; comunidades enteras han sido desplazadas y el encarecimiento de la vivienda ha transformado barrios y vecindades, hoy cada vez más habitados por población extranjera y menos por población local. En una de esas colonias gentrificadas se encuentra Las Panas, una organización feminista que nació de la necesidad de construir comunidad entre mujeres para identificar y acompañar situaciones de violencia; su forma de hacerlo fue a través de la cocina, juntando a muchas mujeres en un lugar para hacer pan, hablar sobre sus vivencias y recibir talleres de acompañamiento.
El proyecto comenzó con talleres gratuitos y, poco a poco, se transformó en panadería. Así lograron sostenerse económicamente sin dejar de lado el trabajo de acompañamiento con las mujeres de la comunidad. Las Panas encontraron un local en la alcaldía Cuauhtémoc, una de las más transitadas, pero también una de las más afectadas por la gentrificación en la ciudad. Con el paso del tiempo, han visto cómo su entorno se transforma y, ahora, son ellas quienes deben buscar un nuevo espacio.
Conversamos con Rosalía Trujano, directora y fundadora de Las Panas, sobre la trayectoria del proyecto, los retos de sostener una organización sin fines de lucro, los efectos de la gentrificación y el desplazamiento y la importancia de resistir, construir comunidad, tejer redes de apoyo y apostar por los negocios locales.
Volcánicas: ¿Cómo nacen Las Panas?
Rosalía: Hace 12 años yo iba a salir de una relación horrible de muchos años. Dejé mi empleo porque me dio un bajón y empecé a hacer pan con compañeras que conocía. Esos espacios para mí fueron un refugio. Al poco tiempo me cambié de casa y decidí acercarme a las mujeres de mi nuevo edificio, que la mayoría me llevaba muchos años de edad y que yo escuchaba las peleas que tenían con sus parejas. Pensé que yo podía hacer algo. Compré un horno y empecé a convocar este espacio entre vecinas. Ahí fue cuando comenzaron a hablar de sus vivencias; no le ponían nombre, sino que más bien relataban esos gritos a los que yo ya les daba sentido, esos gritos que yo escuchaba en mi departamento. Ellas tenían que nombrar esas experiencias y nosotras darles los recursos. Ahí se fue armando la metodología: nos dimos de alta como asociación civil para empezar a recibir financiación; le compartí a una amiga mi idea y se unió al proyecto; y empecé a dar lo de las terapias, un poco más acompañamientos, y ella a enseñar a hacer pan.
Hace diez años, hablar de violencia era muy estigmatizado, sobre todo con mujeres adultas mayores. Por eso el proyecto es una iniciativa que permite identificar situaciones de violencia, pero también las herramientas para poder salir de situaciones de riesgo. Todo lo hacemos a través de la panadería. Y surgió así porque el pretexto del pan ayuda a convocar a mujeres de muchas edades, pero especialmente a mujeres adultas mayores de los barrios donde empezamos a trabajar: en la alcaldía Cuauhtémoc y La Merced.
Volcánicas: ¿Qué hay detrás del acto de hacer pan que convoca a tantas mujeres y las impulsa a hablar sobre sus vivencias?
Rosalía: El pan surgió como un dispositivo que permite llamar a las mujeres. Hace 10 años realmente no había talleres de panadería. Había dos formas de aprender a hacer pan. Una era siendo chef; panadero, panadera. Y la otra era como se aprendía antes el oficio, en las panaderías pidiendo trabajo. A las mujeres nunca las contrataban. Las mujeres hacen repostería, no panadería, porque se necesita fuerza; decían que no podían cargar un costal de harina. Con la pandemia hubo un boom de talleres y nosotros empezamos a hacer convocatorias; pegamos carteles que invitaban a aprender a hacer roles de canela, bolillos, pan de caja, entre otros. Era totalmente gratis. Especificamos que era solo para mujeres de ciertas edades que viven en ciertas alcaldías.
El taller dura seis horas, por lo que toma el tiempo de hacer el pan: dejar la masa reposar, amasar, cocinar, dejar que se enfríe. Les dijimos que iban a aprender a hacer pan, pero que en los momentos de esperar les íbamos a dar talleres para aprender a hablar sobre sus emociones y sus vivencias, que íbamos a identificar temas de violencia y a ser participativas y respetuosas.
El pan permite ser el pretexto para que las mujeres se acerquen, que no corran riesgo con sus agresores como lo harían si les dicen que van a terapia, algo que de entrada puede estigmatizar. Porque la persona, la agresora, ya sea familiar, pareja, las impulsa a ir porque quieren un pan, porque el pan sabe rico, porque hacemos muy buen pan. Económicamente, es muy bueno para las mujeres que dependen de sus agresores. Ellas se dan cuenta de que pueden hacer un producto con sus propias manos, que son capaces, y luego lo venden y el dinero es para ellas, para sumar a su libertad, para poder salir de situaciones de violencia y de dependencia económica.
Volcánicas: ¿Cuáles han sido los principales retos para sostener este proyecto?
Rosalía: Lo que más nos preocupa siempre es gestionar nuestros recursos. Yo empecé este proyecto poniendo mi propio dinero. Poco a poco fuimos buscando más fondos, pero estuvimos muy cerca de cerrar. Lo complicado siempre es conseguir los recursos económicos para los materiales y para otras compañeras que pudieran apoyar en el proyecto. Fue y sigue siendo algo muy complejo.
Tuvimos una reflexión importante hace años sobre eso, hace cuatro años, cinco años, cuando pusimos este espacio de poder hablar de nuestra propia autonomía económica. Les enseñábamos a las mujeres que venían a ser autónomas y nuestra propia autonomía estaba en riesgo. En ese momento fue que decidimos comenzar a vender nuestros productos para sostenernos; convertirnos en una tienda. La intención no era competir con cadenas panaderas, sino solo hacer algo que pudiera contribuir a darnos estabilidad. Seguimos con los talleres, dando clases, pero ahora también hacemos pan para vender y así nos sostenemos económicamente.
Volcánicas: La gentrificación en la Ciudad de México ha aumentado de manera exponencial en la última década. ¿Cómo impactó esta realidad a la comunidad y a Las Panas?
Rosalía: Nosotros llegamos hace cuatro años a la alcaldía Cuauhtémoc, en la colonia Tránsito. Este punto era considerado una zona roja, sobre todo por robos de autopartes. No era tan transitada como ahora lo es. Hoy hay muchos más negocios de cadenas grandes que han sustituido a comercios locales de las mismas personas de la comunidad. Hay más extranjeros y todo eso.
Todo se amplificó con el Mundial y con la creación de la calzada flotante, que la tenemos aquí a una cuadra, en Tlalpan (una alcaldía muy cerca del Estadio Azteca, ahora Estadio Ciudad de México). En esa zona hicieron muchas adecuaciones por el mundial, sustituyendo comercios locales por cadenas más grandes. El predio en el que estamos nosotras también lo vendieron. El lugar es muy grande y probablemente lo van a tirar para hacer departamentos. Se la vendieron a una inmobiliaria. No queremos irnos, le hemos invertido muchísimo a este lugar, pero nos están desplazando.
El problema es que están rompiendo con la comunidad. Hacer comunidad con todas las personas te permite estar en paz en un espacio y apostarle a largo plazo a un territorio. Esa también es la similitud entre las mujeres que vienen a atenderse; que todas son de la misma comunidad, y que nosotras podemos ofrecerles un espacio seguro y constante. Este desplazamiento implica un montón de cosas para todos los proyectos que estamos acá. Buscar un nuevo lugar es empezar desde abajo, hay que volver a generar una red de apoyo. Esperamos quedarnos por la zona, pero eso va a depender de si encontramos un espacio adecuado que no sea tan caro.
Volcánicas: En este contexto, ¿cómo imaginas el futuro de Las Panas?
Rosalía: Me imagino a Las Panas como un espacio muy fortalecido. Como un espacio seguro y constante con las mujeres y las personas que se acerquen, y como una apuesta también de la colectividad, para poder continuar con estos acompañamientos. Para lograr eso, yo creo que lo más importante es apostarle a la propia gente de la comunidad, a los proyectos que resisten y que tienen esta contranarrativa de lo que comúnmente se escucha en medios comerciales.
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