
El problema de los condenados de la tierra cuyas conciencias han sido tan colonizadas que creen que los amos desean su libertad.
Un efecto poderoso de haber interiorizado la violencia colonial, materializada en las figuras ficcionales de los Estados-nación, hoy en decadencia ante el ascenso del poder corporativo transnacional, no es concretamente ser facho. De hecho, se agradece la honestidad del fascista. Nadie tiene dudas de que Trump es un agresor sexual que, con prácticas de dictador, oprime y ejerce el poder público de manera personal y unilateralmente, sin considerar ningún contrapeso, institución y regla democrática en el marco de la legalidad moderna del imperio de la ley y del Estado de derecho. Nadie duda de la violencia colonial y genocida profundizada por el régimen de Netanyahu, un criminal de guerra confeso que, en todas las oportunidades, ha roto los acuerdos e insiste en desaparecer al pueblo palestino por medio de un genocidio y una limpieza étnica, violando el derecho internacional y los derechos humanos, con apoyo de los Estados Unidos y Europa occidental, que se supone representan el occidente “democrático y garante de los humanos” en el mundo. Por lo que también sabemos, que si el autonombrado garante de la “libertad, la democracia y los DD. HH.” patrocina el genocidio, es evidente que el único destino es la impunidad.
Podemos decir lo mismo de María Corina Machado, abiertamente sionista y negacionista del genocidio palestino derivado de su alineación al imperialismo yanqui, quien pidió la intervención militar en Venezuela de Israel y Estados Unidos. Y también de Milei, un estafador —no olvidar el caso de la criptomoneda Libra— que está impulsando una reforma laboral que permite pagar en especies a los trabajadores y jornadas laborales de hasta 12 horas, la privatización de Agua y Saneamientos Argentinos S.A., haciendo que el agua no sea un derecho fundamental garantizado y entregando los recursos estratégicos argentinos (litio, tierras raras, etc.) a los Estados Unidos, todo en beneficio del poder privado.
De igual manera con Nayib Bukele en El Salvador, quien gobierna bajo régimen de excepción permanente y recibe en sus cárceles a los migrantes criminalizados por Trump; o con el estadounidense, conservador de derecha y heredero bananero Daniel Noboa. Y podríamos seguir con el pronazi y pinochetista José Antonio Kast, o con el derechista Rodrigo Paz en Bolivia, o el conservador recién electo, Nasry Asfura, en Honduras.
Estos sujetos representan ideas que se materializan en muerte y en un problema continuo que sostiene la colonialidad del poder (A. Quijano), que es aquella que gestiona y administra todos los recursos del mundo a favor de una clase con capacidad de acumulación, precarizando la vida, sirviendo al capital transnacional y soportando una élite criolla en detrimento de nuestros pueblos. Todos ellos promueven, de manera autoritaria, la privatización de los derechos. Todos, gobiernos neoliberales que defienden a sus élites locales y globales y que, a pesar de manifestar intenciones de “achicar” el Estado, precisan ocupar el poder público para garantizar los privilegios de acumulación y dueñidad de los privados. Y aunque estos sujetos representan un problema, ¿quién diría que Trump no es un problema en el mundo? Hasta las derechas “moderadas”, históricamente coloniales, otanistas y supremacistas blancas europeas, reconocen los delirios de matón del patio y sheriff del mundo que ejerce Trump.
A pesar del evidente autoritarismo trumpista, extensivo a las prácticas de gobierno de sus súbditos (pensemos en Milei), estos sujetos, derivado de su declarado interés de amos y capataces de la plantación y desgarradora honestidad fascista, a mi modo de ver, no son el principal problema, ya que, al final, los dictadores y millonarios siempre son minorías; el propio capital como cistema es inviable sin la activa participación de las masas, en términos de producción, fuerza de trabajo, explotación y mercados. Citando a Paulo Freire, la opresión es una relación dialéctica; no olvidamos que Trump fue votado, así como Milei, Kast, etc.
Por ello, creo que el problema más grande es que estamos tan asimilados, colonizados e ideológicamente alienados que, aun sabiendo que el cistema es de muerte, muchos sin poder privado ni público, migrantes criminalizados y bajo condiciones de abuso por parte del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) por orden de Trump, en pobreza y en condiciones precarias, siendo clase trabajadora e incluso víctimas de nuestros propios gobiernos criollos, creemos ilusamente que nos vamos a liberar de la violencia colonial internalizada usando como herramienta de cambio la colonización externa.
Pensar que los Estados que conforman la Unión Europea y las potencias occidentales del norte global, como EE. UU., son horizontes de progreso, al punto de confiar en que su intervención militar e imperialista nos traerá “desarrollo y libertad”, es ignorar que ese desarrollo es despojo y privatización. Además, la libertad que siempre ha defendido el colonizador es la del mercado, donde tanto la tierra como nuestros cuerpos son sujetos a explotación. Pero creo que nuestra colaboración con los amos en nuestra explotación no es por ingenuidad o desconocimiento, sino por algo más profundo, grave y estructural, y es el hecho de que la colonización de nuestras conciencias ha producido, citando a Fanon, un sujeto colonizado “enfermo” que ha internalizado su condición colonial ontológica de inferioridad. Hemos creído en los amos cuando dicen que el capitalismo funciona —aunque la evidencia demuestre que solo permite el enriquecimiento de unos pocos sobre el empobrecimiento de las mayorías—, porque estamos convencidas de la superioridad del saber colonial del amo y de su tutela. Lo creemos, no porque haya evidencia, sino porque aprendimos a admirar a la casona en la plantación y desear un cuarto dentro con la ama y el amo, en vez de imaginar la emancipación total, que pasa, citando a Audre Lorde, por deslabonar la casona, es decir, las estructuras, que generan la violencia, y no usarlas como herramientas de cambio.
Conciencias colonizadas para defender a los amos.
Cuando presenciamos fenómenos como “Latinos por Trump” y concentraciones de evangélicos en países del Caribe o Centroamérica por Charlie Kirk ondeando banderas de Israel, justificando un genocidio porque “Israel es el pueblo elegido”, migrantes venezolanos que apoyan a Vox y a las ultraderechas, allá donde llegan, y se alían con antimigrantes, racistas, machistas, islamófobos, negacionistas del cambio climático, etc y gente racializada y empobrecida que cree que dejará de ser pobre si trabaja mucho e invierte en criptomonedas, ignorando las estructuras sistémicas que generan la acumulación desmedida en el capitalismo y leyendo como comunismo y “woke” a todo aquello que hable de derechos, aumento de salario mínimo, redistribución de la riqueza, etc, estamos frente a sujetos enfermos por la colonia, a colaboradores activos, y no necesariamente porque sean conscientes de su rol, sino porque por una ausencia de conocimiento de la posición que ocupan como sujeto oprimido, lo que los lleva a no tener una conciencia opositiva y critica que les haga ver sus cadenas. Paulo Freire decía que los sujetos oprimidos tendemos a tenerle miedo a la libertad y lo que terminamos buscando es parecernos a los opresores, porque es la imagen del deber ser que tenemos; por eso apreciamos, en términos de la colonialidad del saber (E. Lander), todo en lo que cree y defiende, en mis palabras, el opresor, su sistema económico, sus valores, sus tradiciones, sus narrativas, su visión de cómo debe ser el mundo, aunque esa idea de mundo me mantenga como esclavizada. Es lo que ocurre cuando vemos a venezolanxs defender el ideario de Trump y apoyar al fascismo y al supremacismo, a pesar de que Trump les llama “las personas más feas que ha visto” y hasta lxs deporta; no logran ver las formas radicales de emancipación, que pasan no solo por despreciar a Trump y, por defecto, a MCM, sino a sus propios gobiernos internos en Venezuela. Esa imposibilidad de no ver la tercería vía y preferir la del amo es el mayor éxito del colonialismo, la colonización de nuestras conciencias que nos subjetivan en la inferioridad.
Nunca el norte global ha dejado de ser imperial, colonial y supremacista. Ignorándolo o sabiéndolo, las masas y mayorías, quizás por tanto tiempo siendo colonia, hemos aprendido a ser esclavos domesticados y a odiarnos como clase. La colonización de nuestras conciencias por tanto tiempo ha infundido un sentimiento de autoodio, pensando en Fanon, por esta larga historia de jerarquías raciales y de clase, e interiorización de nuestra “inferioridad colonial”, que ha hecho que, siendo lo que somos, defendamos al poder y toleremos a sus elites, provocando una incapacidad de comprender que este modelo político-económico que nos administra permite que hombres blancos como Elon Musk amasen fortunas encima de los 600,000 millones de dólares, y que la dueñidad de estos hombres causa la pobreza de millones en el mundo y el deterioro de la tierra. Aun sabiéndolo, hay quien, siendo empobrecido, cree que Musk tiene lo que tiene por sus habilidades y talentos, y el buen uso que les dio, gracias a las bondades del libre mercado.
El amo y la ama nos han educado para odiar todo aquello que amenace su lugar en el mundo; a pesar de ser parte de las condenadas de la tierra (Fanon), hemos aprendido a defender élites y a estar en contra de las resistencias de nuestros pueblos, contra toda prueba de la inviabilidad del sistema actual. Muchas aún no reconocemos que todas las crisis de la vida y genocidios del mundo son efectos del modelo económico y político del capital y la acumulación por despojo, que es la política del corazón de los imperios de hoy, como el gringo.
Estos malestares han sido provocados por el capitalismo tardío y la colonialidad del poder, concretamente desprendido del asedio del imperialismo yankee, europeo y la cultura capitalista impuesta a fuerza en todo el mundo como política imperial, con armas, guerras, golpes de Estado, diplomacia forzada, amenazas, discursos imperialistas, a veces bajo la excusa de “la liberación de las mujeres, la paz y los DD. HH.”, con implantación de iglesias evangélicas en sectores populares para que encuentren fe dentro del error de mundo y vean los problemas del sistema, y a través del soft power hollywoodense, la propaganda comunicativa de sus medios de comunicación y la cultura.
Contra nuestra voluntad, en mi opinión, nos han hecho interiorizar el fascismo a tal nivel, que hasta podemos llegar a celebrar invasiones militares gringas. Y no hablo solo de algunos corinistas, sino también de mexicanos, colombianos, etc., que están convencidos de que ser colonia gringa nos dará mejor calidad de vida. Creo que estas personas nunca han visto las condiciones de vida de sus colonias; pensemos en Puerto Rico o los altos niveles de pobreza dentro del propio EE. UU., que evidencian la ilusión progresista del sueño americano aún arraigado en nuestras mentes. Es urgente iniciar la descolonización por el desmonte de los deseos de blanquitud introyectados.
El amo supo colonizar. No solo se instaló, robó y nos desplazó de la tierra, sino que también nos convenció de que robar, desplazar y colonizar cuando eres el blanco está bien, y que todos los que resultamos desplazados y colonizados, en cuanto no somos blancos, deseamos parecernos al blanco colonizador, colaborando con nuestros opresores en nuestra dominación, pero, por obvias razones, con la certeza de nunca llegar a ser los amos. No solo colonizó la tierra y el cuerpo, sino que instaló el deseo que hoy pone a Trumps, Kasts, Mileis, Noboas, etc. en el poder.
Sin generalizar, aún hay millones de venezolanos dentro y fuera, con críticas a sus gobiernos, que se han resistido al deseo neoliberal de pertenecer y de ser colonia. Pero no hay que dejar de reconocer un problema enorme, y es el fenómeno colonial de los muchos venezolanos fuera, que celebran la colonización y el intervencionismo, incluso reconociendo que si el costo es entregar los recursos del país y el asesinato de centenares de personas, están dispuestos a aceptar esas consecuencias.
Muchos en este punto dirán que hay que comprenderlos, pero me niego a comprender a un fascista que, bajo el argumento de que no eligen a sus aliados, piden al sionismo y al imperialismo yankee colonial, que intervengan un país. Y no es limitativo a Venezuela. Por naturaleza de las intervenciones imperialistas, el colonialismo, en el marco de una política de seguridad que criminaliza a toda la región en clave narcoterrorista, tiene consecuencias graves en toda América Latina, sentando un precedente que hoy más que nunca viola toda norma consagrada, al menos en papel, en el derecho internacional.
Ante este escenario, cada que acudimos al imaginario legal y “democrático” del imperio de la ley y del respeto al derecho internacional, hay que hablar mejor de la colonialidad de la ley, del derecho y del derecho internacional. Este orden de resolución de controversias y de la legalidad es inoperante cuando no hay humanos involucrados y es hoy inservible ante la política del gran garrote trumpista y sus aliados tecnobros, favoreciendo a gobernantes fascistas ya confesos a quienes no les interesa respetar ningún acuerdo colectivo, como la mismísima Carta de las Naciones Unidas que ordena a sus Estados miembros a respetar la integridad territorial y la soberanía de los Estados (aunque ya sabíamos que la ONU ha sido todo menos democrática y sus objetivos han estado condenados a resquebrajarse por el origen colonial e imperialista de la misma organización). Esta arquitectura institucional siempre ha estado bajo el servicio de los gobiernos del norte global; sin embargo, hoy hay una manifestación distinta.
Sabemos que a Trump no le importa lo que dice el derecho internacional ni pretende disimularlo; tampoco a Europa occidental, que, junto a EE. UU., a pesar de las disputas, ha sabido ponerse de acuerdo para financiar y apoyar, a pesar de las pruebas, los informes y la sobredocumentación, el genocidio en Palestina. Sabemos también que los genocidios no son nuevos, sino una práctica inherente a los procesos coloniales; no hay ocupación sin genocidios ni limpiezas étnicas. En la era trumpista estamos ante dos formas de ser amos: el sincero, que se reconoce amo y a los demás esclavizados, y el mentiroso, que usa el lenguaje de la igualdad mientras mantiene las maquinarias del genocidio y la supremacía blanca. EE. UU. es el primero, y Europa Occidental, el segundo. Para los gringos en la época Trump, ya ni existe el derecho internacional, entonces, no están violando nada mientras apoyan una agenda supremacista “antiglobalista” de la derecha reaccionaria y, por ende, la superioridad de EE. UU. como imperio, que pasa por la destrucción de organizaciones como la ONU; no existe motivo que justifique que un imperio se entienda igual con otros que concibe como parte de su patio trasero… Todo esto desencadena que no se considere humano al pueblo palestino y, por tanto, no haya ninguna violación de derechos humanos.
Con Palestina ha quedado claro lo que ya sabíamos: no hay derecho internacional que valga y se aplique. Ya no podemos apelar a la moral del agresor colonizador; es inservible. Por eso, quizás hoy más que nunca, resuena la vigencia de Fanon para enfrentar la violencia colonial-imperial: es necesario que los condenados de la tierra, es decir, los colonizados, también hagan uso de ella, pero nunca se puede considerar como violencia anticolonial la que proviene de los amos, sino la de los pueblos, porque los amos rara vez liberan a nadie, solo materializan sus intenciones.
La liberación de un pueblo no se logra con la ayuda de los genocidas y colonizadores de otros. El mayor problema hoy no es decir lo que todo mundo sabe, incluso muchos venezolanxs corinistas que ni pueden defender a sus aliados, pero aun así, avalan la política imperialista gringa que busca someter a la región y se hacen trumpistas y sionistas por defecto. Sabemos que Netanyahu, Milei, Kast, Bukele, etc., son sujetos indefendibles; el problema es cómo explicar que apoyar a ciegas, sin crítica, en modo celebratorio, la intervención militar yankee en América Latina y previa militarización del Caribe, junto a ejecuciones extrajudiciales de más de 100 personas y el secuestro de un presidente bajo cargos inventados, como la existencia del “cartel de los soles”, es un error político y no se traduce en ninguna alternativa de liberación para los pueblos de la región. Por lo que este texto no se basa en explicar que las acciones militares de Trump son violencia imperial y colonial, sino en la urgencia de no callar ante esta agresión del trumpismo en la región.
“No hay que infantilizar a los venezolanos”, imperialismo y sionismo.
Nos dicen que debemos comprender y sumarnos sin refutar la alegría de muchos venezolanos que hoy ven a su ‘dictador’ fuera del poder. Que, debido a tantos duelos y migraciones, es comprensible que celebren que Maduro ya no ocupa Miraflores. Que no tenemos que explicarle a ningún venezolano nada sobre el derecho internacional, ya que ese duelo justifica la esperanza que sienten al ver a Maduro depuesto y preso. El problema con este argumento es que pide una empatía ciega que implica alineación y apoyo por defecto al imperialismo yankee y, en consecuencia, al proyecto sionista y de ultraderecha trumpista. Es grave lo que nos están pidiendo. Piden comprensión y empatía a lxs venezolanxs que se alegran de la detención de Maduro, pero sin matiz y ante el más mínimo pero, la respuesta es “si no eres venezolano, no opines”, negando la posibilidad de condenar las arbitrariedades del madurismo y la acción imperialista y militar de Trump y la gravedad del precedente que esto sienta, reiterando el historial de intervencionismo de EE. UU. en la región que no nos ha dejado más que muerte, sufrimiento y dictaduras.
El problema con este argumento es que implica aceptar las razones que lo sostienen; nos compromete a validar una agresión militar contra un país soberano, violando su integridad territorial y secuestrando a su presidente, bajo la acusación de terrorista y conspirador, sin ninguna prueba, sabiendo que el uso de categorías como “terrorista, narco y comunista” son relatos que usa el imperialismo yankee para justificar bombardeos, intervenciones y genocidios con fines de garantizar sus intereses. Todo esto, previa militarización del Caribe, el cometimiento de más de 100 ejecuciones extrajudiciales de personas inocentes, bajo el mismo argumento con el que se intervino en Venezuela y se amenaza con intervenir en México y en Colombia.
Cuando nos detenemos a explicar por qué no podemos celebrar la agresión de USA en Venezuela, no lo hacemos porque queramos infantilizar a lxs venezolanxs explicándoles de derecho internacional, sino porque esa celebración acredita el actuar ilegal, colonial e imperialista de Trump en toda la región. Aplaudir esta agresión y no condenarla implica adherirse a lo que representa Trump. Es un criminal y agresor que ha diseñado una “paz” impuesta en Gaza sin el pueblo palestino, apoyando y financiando el genocidio. Además, ejecuta migrantes a través del ICE y ha impulsado un corolario Trump que reactiva la política Monroe y de Gran Garrote, sin ocultar operaciones “secretas” de la CIA en clave intervencionista para garantizar sus intereses políticos en el mundo. Trump concibe nuestra región como su patio trasero y sin soberanía alguna. Entiende que América Latina es la zona de influencia gringa y una región subordinada política y económicamente.
Cuando decimos que no podemos admitir que Trump secuestre a un presidente bajo cargos de narcotráfico no comprobados y amenace a otros países de AL con una intervención militar en el nombre de su seguridad nacional y del combate a las drogas, todo sin que nos conste, porque, como Trump no necesita demostrar ni probar, solo lanzar la acusación e intervenir con el poder que le confiere su supremacía y la ley del más fuerte, mientras indulta a Juan Orlando Hernández, expresidente de Honduras, narcotraficante demostrado, juzgado y encarcelado, pero alineado a sus intereses políticos e ideológicos en la región, estamos afirmando que luchamos contra un problema de connotaciones regionales-globales y no locales en el terreno venezolano.
Cuando decimos que no podemos celebrar, nos responden “que no eligen a sus aliados”, aceptando que sus aliados son matones, agresores y genocidas, es decir, que eligieron compartir proyecto político con esos actores, exigiéndonos alinearnos involuntariamente en nombre de la empatía; eso se llama manipulación. Nos exigen una empatía a ciegas que implica tragarnos hasta el sionismo como posibilidad política en la región; Netanyahu ya expresó felicitando la agresión de Trump, diciendo que la región será más segura. ¿De qué seguridad habla un hombre que ha matado en dos años a más de 70 mil personas palestinas por medio de un genocidio? Seamos honestas, si un genocida es tu aliado político, estás tan destinada al fracaso como él y es un proyecto político con el que no me interesa empatizar; parece que apoyar a lxs corinistas es devenir sionista y justificar el genocidio palestino. Y no seamos tontas, María Corina Machado es amiga y aliada política de Netanyahu y Trump, que hasta migajeramente le dedica y quiere ceder el premio Nobel de Paz a Trump, el mayor patrocinador del genocidio en Palestina; en consecuencia, todos los que suscriban ese proyecto también suscriben al sionismo.
Sin pruebas, Trump afirma que alguien es narco y lo convierte en objetivo de seguridad, actuando unilateralmente, sin legalidad, violando el derecho internacional, mientras persigue a miembros de la Corte Penal Internacional por dictar una orden de captura contra Benjamin Netanyahu por cometer genocidio y crímenes de guerra, y a la relatora especial para los Derechos Humanos del Pueblo Palestino, Francesca Albanese, por documentarlo. ¿Díganme ustedes si podemos hoy aceptar lo que hace con Maduro mientras sostiene toda una lógica de amo del mundo? Aceptar lo que hace Trump con Venezuela y con Maduro, es aceptar todo lo demás; no es apoyar solo una acción, no es que queremos darle lecciones de derecho internacional a lxs venezolanxs corinistas que se alegran de lo que hizo Trump; es que verlo sin replicar ni hacer las críticas necesarias, solo por empatía, implica aceptar el marco fascista del imperialismo, el genocidio en Palestina, el sionismo como proyecto, el autoritarismo trumpista y su proyecto de derecha conservadora antigénero, antiderechos, antimigrantes, antiderechos humanos, supremacista blanco; y es también alinearnos a los gobiernos de derecha de la región, sus multimillonarios amigos de Silicon Valley como Peter Thiel y Elon Musk, que apoyan las ultraderechas neonazis en Alemania, por ejemplo. Apoyar a estxs corinistas sin replicar es, sobre todo, entrar al juego del doble estándar para juzgar, como la UE, que no condena esta intervención-agresión militar de Trump en Venezuela, pero sí condena la intervención militar de Rusia en Ucrania, y apoya el genocidio en Palestina. ¿Ven el problema?
Esto pasa porque quedó demostrado que el derecho internacional es papel mojado y que, si hoy cualquier país puede ser intervenido unilateralmente por los EE. UU. si este lo nombra terrorista, incluso el cometimiento de un genocidio es posible en cualquier lugar y el derecho internacional no se activará porque está muerto, derivado del poder dictatorial que ejercen sujetos como Trump. La agresión militar yankee contra Venezuela es una expresión más de la inoperancia del derecho internacional que quedó patentada en el genocidio palestino normalizado. No condenar la intervención yankee en Venezuela y solidarizarnos a ciegas con lxs venezolanxs que la apoyan, en su mayoría corinistas, por defecto sionistas, trumpistas, etc., es aceptar todo este marco colonial que no solo afecta a Venezuela, sino a todos los pueblos del mundo. La pregunta es: ¿queremos que EE. UU. tenga ese poder sabiendo quién es y lo que hace? No es un asunto solo de empatía con lxs venezolanxs corinistas en la diáspora; se trata de apoyar o no un proyecto de muerte de ramificaciones coloniales de supremacía gringa y dominación regional, que se sostiene sobre la colonialidad del poder (A. Quijano), entendida como la administración de una élite de todos los recursos del mundo, incluyendo nuestros cuerpos, como herramientas a explotar como tierra, es decir, es control y dominación. Y eso no lo podemos permitir.
No es casual que tanta gente y movimientos antirracistas, antiimperialistas, incluso no alineados a gobiernos de izquierdas, condenen lo que pasó el sábado 3 de enero en Venezuela. Lo que pasó es una acción dentro de un proyecto de dominación y excepcionalismo gringo mayor, que no le trae nada bueno a nadie, y desconocerlo por empatía implica ignorar que Trump promueve y financia el genocidio palestino, que es un agresor sexual que viola el derecho internacional, que ahora va por el canal de Panamá y Groenlandia, que indulta a narcotraficantes y agarra a otros sin prueba, que va por Colombia y México, que puede llamar terrorista a cualquiera y eso ya lo legitima como objetivo militar (como hizo con Petro metiéndolo en la lista Clinton), que es sionista, transfóbico, racista, supremacista, antiaborto, antiderechos. Quien te pide esta empatía a ciegas porque en Venezuela hay presos políticos y también se violan derechos humanos, sabiendo que es un tiro en el pie, no es tu amigo revolucionario ni defensor de derechos humanos, es un manipulador que ignora las ejecuciones por el ICE y los genocidios en el mundo financiados por el trumpismo sionista, en nombre de una supuesta “libertad”.
Nos han dicho que apoyan a Israel porque “se violan derechos de los gays en Palestina”; hemos respondido que no hay lugares tan letales como Occidente para poblaciones de la disidencia sexual y de género. Tan solo ve cómo Trump, que financia el genocidio en Palestina, persigue y violenta desde el discurso público y el poder a las personas trans. No se justifica en Occidente un proceso de colonización y genocidio en nombre de los derechos humanos, porque, aparte de estúpido, no se defienden derechos humanos genocidando un pueblo. En México y en Brasil es donde más matan a travestis y mujeres trans; aun sabiendo eso, siendo una travesti negra, condenaré cualquier proceso colonial e intervención militar en Abya Yala. Apoyar la intervención militar de Trump en Venezuela de manera acrítica con el imperialismo yankee es apoyar todo lo que sostiene hoy Trump como proyecto de mundo, incluyendo el genocidio como destino de los pueblos del sur global. Así que no, no apoyaré a lxs corinistas de manera acrítica; se puede criticar a Maduro y estar en contra del imperialismo de Trump al mismo tiempo; lo que no se puede hacer es apoyar a los esclavizadores que hoy intervienen en nombre de sus intereses de dominación.
“Yo sé que Trump es una mierda, pero fue lo que nos tocó, no elegimos nuestros aliados”.
Los aliados, por acción u omisión, siempre se eligen; siempre hay una voluntad de colaborar o no. Cuando cooperamos con alguien, a menudo existe un marco de valores comunes e ideas compartidas con elementos innegociables e irrenunciables que provoquen una ruptura o no colaboración; esto no quiere decir que estemos 100% de acuerdo con las ideas de quienes colaboramos, pero sí quiere decir que no existen elementos tan disruptores que imposibiliten un proyecto común. Por ejemplo, yo no soy feminista, pero trabajo, coopero y promuevo el trabajo de feministas negras, antirracistas, decoloniales y de color porque su marco de ideas feminista negro no es contrario a mi mirada antipatriarcal y anticolonial. No tienes que estar de acuerdo necesariamente con la totalidad de las ideas de con quien colaboras, pero puedes vivir con ellas; eso también te hace apoyar un proyecto.
Cuando Netanyahu y Trump, ambos genocidas, Kast pinochetista y nazi y Vox racista e islamófobo de ultraderecha, se alían con MCM y, por tanto, con lxs corinistas, el hecho de cometer genocidio, un elemento que no necesariamente apoyan los corinistas, se convierte en algo con lo que pueden vivir; por eso pueden perfectamente pedir la intervención de Netanyahu en Venezuela mientras este asesina a un pueblo. Y eso, en mi opinión, los hace fascistas. Además, las coincidencias de pensamientos no son accidentales, surgen de posturas y miradas comunes, que no necesariamente forman parte de un mismo proyecto, pero sí de una visión colectiva. ¿Creen que es casual que María Corina Machado sea aliada de Netanyahu, Trump, José Antonio Kast, Milei y la UE, que fue y es incapaz de romper relaciones con gobiernos genocidas como Israel? No es una coincidencia, es la alineación consustancial de ideales políticos y una visión neoliberal y colonial de mundo que se imaginan y coinciden en términos de fuerzas.
¿Por qué las TERFs, a pesar de ser feministas, “a favor de los derechos humanos de las mujeres”, terminaron alineadas al trumpismo? ¿Fue un accidente, una coincidencia o una clara alineación derivada de las ideas que defienden? En política no hay coincidencias, hay apuestas. Si crees que el capital es bueno y no genera opresión, explotación y desigualdad, lo más seguro es que también creas que Israel tiene derecho a cometer un genocidio contra todo un pueblo bajo la mentira del “derecho a defenderse”. También es posible que seas racista, orientalista e incluso transfóbico, a menos que quieras defender a conveniencia a las travestis para decir que solo pueden vivir en Israel, única democracia de Asia Occidental. No es que se hayan puesto de acuerdo, es que existe una conciencia de valores que hace que coincidan en la defensa de un proyecto político, que muchas veces dá vergüenza defender, como los valores de derecha, que reivindican la desigualdad, la meritocracia, la propiedad privada desmedida, la primacía de lo individual sobre lo colectivo, la privatización de la vida y los derechos, y que solo necesitan el Estado para garantizar la supremacía de unos pocos sobre muchas, incluso con el apoyo de clase trabajadora que no tiene ni donde caerse muerta, pero que se ha criado en la propaganda gringa que repite una y mil veces que el comunismo es el diablo y el capitalismo la liberación, y que son los empresarios quienes generan riquezas y no la clase trabajadora; es porque comparten una visión de mundo conservadora, donde prefieren devenir en islamófobos y creer que la civilización musulmana es peor que a judeo-cristiana.
Estas terfs, al ser terfs, terminarán siendo también putofóbicas por convergencia de valores conservadores. Así como son conservadoras al comprender la construcción histórica de género, y estar aferradas a la idea tradicional de nacer mujeres y hombres, sin preguntarse cómo llegamos a ser las mujeres y hombres que somos, y qué aparatos culturales y semióticos se usaron para nombrar el sexo-género que encarnamos y ser inteligibles en términos binarios… (Butler). Estas feministas se convirtieron en TERFs. Se alinearon con Trump, con la católica blanca islamófoba que está en contra del hiyab, con la que criminaliza el trabajo sexual en el capitalismo, donde todas vendemos la fuerza de trabajo de nuestros cuerpos, y con la sionista. Trump y toda la cultura tradwife comparten ideas tradicionales de género. Habrá feministas, transodiantes y esencialistas de género que seguramente están a favor del aborto. Sin embargo, como comparten la idea tradicional, antitrans y conservadora de ser hombre y mujer, terminaron sentadas del lado del opresor sexual y pedófilo, dentro de un marco de valores compartidos.
Recordemos el famoso caso Roe vs. Wade de la Corte Suprema de EE. UU. (1973) hizo legal el aborto en todo el país bajo la protección del derecho a la privacidad. Cuando Trump fue presidente en su primer mandato, fue conformando su corte conservadora. En 2022, a través del caso Dobbs v. Jackson, esa corte revirtió el precedente de Roe vs. Wade, dándole el poder a los estados que prohíban el acceso al aborto. Lo más seguro es que habrá feministas transodiantes, que están en contra de Trump en este punto. Sin embargo, al creer que la “cultura woke y queer está en contra de los derechos de las mujeres y que las están borrando como único sujeto político del feminismo”, prefieren votarlo y asumir el costo de la criminalización del aborto. Terminan siendo “sin querer” providas antiderechos reproductivos. No existe un trumpista a favor del derecho a decidir o antisionista. Las TERFs no tienen todas que amar a Trump, pero, derivado de la convergencia en valores conservadores, terminan siendo parte del mismo problema fascista y antiderechos, y fortaleciendo a las ultraderechas nostálgicas que extrañan los tiempos de las plantaciones y la esclavitud. Eso mismo pasa con lxs corinistas. No es que todxs apoyen a Netanyahu y quieran un genocidio. No es que todos amen a Trump y apoyen su evidente e indiscutible autoritarismo. Es que, debido a que comparten un interés en común, deciden alinearse a lo que hoy representa el cáncer del mundo. Esto no es un accidente, es falso que no eligieron a su aliado; es todo lo contrario; aun reconociendo que están del lado de un dictador, deciden apoyar bajo la falsa premisa de no tener opción. Eso es una decisión. Siempre hay alternativa; de hecho, en Venezuela hay una oposición que no es entreguista, ni oficialista, ni trumpista, pero prefieren apoyar a lo que entienden que tiene mayor posibilidad de apoyo y reconocimiento en el exterior, aunque sea este el apoyo de genocidas.
María Corina Machado (MCM) eligió a sus aliados, aunque estos patriarcas muchas veces no la eligen a ella; Trump eligió a Delcy Rodríguez y no a ella, porque EE. UU. no libera a nadie, siempre está a favor de sus intereses geopolíticos dentro de la matriz de poder. Cuando MCM mandó una carta a Netanyahu en medio del genocidio pidiendo intervención, eligió sus aliados; cuando MCM dedicó su Nobel de paz a Trump, escogió a sus aliados; cuando MCM celebró las ejecuciones extrajudiciales de más de 100 personas en lanchas en el Caribe militarizado por Trump, eligió sus aliados, y cuando lx corinistas la apoyan sin importar qué representa en un mundo genocida contra los intereses de los pueblos de América Latina amenazados de ser recolonizados por Trump, también eligió sus aliados. Cuando repiten la propaganda de que están “invadidos” por Hamas, Hezbolá, Irán, Rusia, Cuba, eligen sus aliados. No esperen apoyo del EZLN si apoyan el neoliberalismo. Tampoco recibirán apoyo de los pueblos palestinos y de las organizaciones que luchan por su liberación si apoyan a un sionista. Sus ideas definen sus aliados y sus ideas son vergonzosas. Por ser ideas coloniales, terminan alineadas con Trump. No es causal.
Todos los días están eligiendo. Cuando nos piden silencio, cuando condenamos la intervención militar de Trump en la región y nos exigen que nos callemos ante el sionismo y el imperialismo, nos están pidiendo que elijamos también, que elijamos a Netanyahu, que apoyemos a la UE, que condenemos a Rusia en su invasión a Ucrania, pero callemos ante Palestina ocupada, que elijamos el colonialismo gringo sobre el chino o el ruso, que llamemos dictadura a Cuba, pero sin mencionar el régimen gringo, imperial estadounidense que explica Cuba, que seamos neutrales y mejor callemos, que elijamos su interés y la idea colonial de militarización de Abya Yala por Trump… Así que no vengan a pedirnos que seamos empáticas. Mientras ustedes se alinean con los verdugos que someten a los pueblos, incluyendo al venezolano, al imperialismo del norte global y al sionismo como proyecto colonial común de europeos y gringos. Siempre han sabido elegir de qué lado están y han callado ante los genocidios del mundo para no molestar a sus amos. Ustedes eligen y nosotras elegimos no callar.
“Escucha al venezolano a tu lado, cállate, apóyalo, él/ella sabe lo que dice, lo han vivido”.
Si un día te encuentras con un palestino entreguista, no le creas; sigue creyendo que Israel es un proyecto colonial sin derecho a estar ahí porque está literalmente ocupando una tierra con un pueblo. El esencialismo nacional es un problema; hay mexicanos que hoy piden a Trump que intervenga militarmente a México porque están en contra de MORENA; su identidad nacional no les exime de su posición de genuflexión ante el imperialismo gringo. En México se han cometido violaciones a los derechos humanos y crímenes de lesa humanidad. Ojalá haya un movimiento parecido al EZLN que, bajo el principio de autodeterminación de los pueblos, y no por medio de la intervención militar de una potencia colonial, produzca una transformación radical de las estructuras del país. Yo me uniría, pero nunca apoyaría una intervención militar y colonial de Trump en el nombre de los “derechos humanos”. Eso sería apoyar la misma fórmula genocida aplicada en Palestina ocupada donde, según la narrativa occidental, “las mujeres y gays no son libres, el islam es malo, todos son terroristas y simbolizan una amenaza a Occidente, que defiende tanto los derechos humanos”, justificando un genocidio. No somos idiotas. Obligarnos a creerle a las personas solo por ser de allá es un esencialismo nacionalista que, ante la imposibilidad de contraargumentar y defender a sus aliados sionistas y criminales (como Trump), apela a la nacionalidad y vivencia en Venezuela para evitar que condenemos una intervención yankee en América Latina. Buscan dos cosas: una, que les apoyes e ignores el sionismo, el imperialismo y la violencia colonial trumpista, y dos, que te calles y no les señales. Me he topado con publicaciones condescendientes donde venezolanxs corinistas expresan “gracias por no juzgar, y dejarnos estar felices”; lo que dicen con esto es “gracias por pasar por alto que celebramos la militarización gringa en la región, por tanto sionista, y, por tanto, la palestinización de América Latina a cambio de nuestra ‘libertad’, y no decir nada ni denunciarlo”. No. El silencio es complicidad. Claro que hay que escuchar a la banda venezolana cerca; de hecho, quienes condenan a EE. UU. e incluso tienen críticas fuertes a Maduro, están vetados y son tachados de chavistas; escucha a esos sin comunidad.
Ser venezolanx, mexicanx, dominicanx no te quita lo fascista. Ni la nacionalidad ni ninguna identidad, sea esta de mujer, trans, negra, garantiza nada; el apoyo se construye en el reconocimiento de ideas y del proyecto político. Así que no caigamos en la manipulación de la “neutralidad”; no caigamos en la misma lectura “complicada” ante el genocidio palestino; condenar todo intento colonial de imperialismo yankee sionista hoy es imperativo. Si tu corinista cerca es sionista, fascista y apoya una intervención militar gringa en la región, no valides eso, confronta; lo más seguro es que vote la ultraderecha si pudiera hacerlo, como muchxs lo hicieron con Kast en Chile y Milei en Argentina, porque el único criterio que usan es el anticomunismo y que se condene a Maduro; todo lo demás, sea genocidio e imperialismo, lo toleran, como las terfs toleran la misoginia y los antecedentes de agresor sexual de Trump, porque al igual que ellas odia a las personas trans. Si esa persona no es capaz de entender que se puede críticar a Maduro mientras se condena una agresión militar, lo que pide es complicidad, y recuerden que a las terfs y a lxs sionistas hace rato les invitamos pararse de nuestra mesa.
Corolario Trump – seguridad nacional.
La decadencia de EE. UU. como hegemonía incuestionable ha contribuido a la política ofensiva y de guerra que se ha profundizado en el segundo gobierno de Trump. En menos de un año, ha provocado un caos global, reforzando su Estrategia de Seguridad Nacional (ESN), publicada en diciembre del año pasado. En esta estrategia, deja claro el establecimiento sin titubeos de la doctrina Monroe “América para los estadounidenses”. Habla de América Latina como su zona de influencia natural y patio trasero, donde no debe haber ningún gobierno tan “soberano” que esté por encima de los intereses estadounidenses. La ESN cree que, primero, Estados Unidos refleja la visión del movimiento ultraconservador y nacionalista blanco, MAGA (Make America Great Again), que busca volver a establecer el control económico y el dominio político de EE. UU. como parte de su destino. El control de la política interna en los países de América Latina es primordial en esta estrategia. Por eso, la militarización del Caribe, la demanda de recursos clave de la región y la intervención militar en Venezuela son parte de esta estrategia colonial. No ser categóricamente fuertes en la condena de estas acciones se traduce en su apoyo y, por lo tanto, en la subordinación a los intereses del imperialismo gringo. Nada de esto es nuevo; infiltraciones, espionaje y desestabilizaciones de gobiernos regionales ya se vieron materializados en el Plan Cóndor en los 70s. El dominio gringo y su influencia en América Latina se traduce en el fortalecimiento del colonialismo y el genocidio en Palestina, pues es EE. UU. quien sostiene política y financieramente ese proyecto sionista colonial. Así de claro; no condenar las amenazas de Trump haciendo de América Latina su patio trasero es apoyar su política de bravucón. Todos los intentos globales de dominación territorial, desde las amenazas de tomarse el Canal de Panamá porque, según Trump, igual que el petróleo de Venezuela, le pertenece, pasando por su interés en Groenlandia por las tierras raras y hasta por la posibilidad de considerar el llamado a invasión que le hace el bolsonarismo en Brasil. Este tema no va de venezolanxs y ya, es de connotaciones y efectos globales que afectan al mundo; así como entendimos en su momento que si permitimos pasivamente el genocidio en Palestina, la palestinización sería tolerada en cualquier otro territorio, también hay que leer lo sucedido en Venezuela en esa clave: la intervención militar de Venezuela, violando todo principio de derecho internacional, fue posible porque el genocidio en Palestina lo fue, y así como se invade a Venezuela, mañana cualquier presidente no alineado a los intereses de la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) de los gringos puede ser secuestrado bajo la excusa del combate al narco.
“Era una dictadura, qué bueno que hubo una intervención militar”.
Hasta ahora no se ve la intención de Trump de buscar un cambio de régimen en Venezuela, lo que demuestra que el interés gringo no son lxs venezolanxs, sino sus utilidades y la garantía de alineación al proyecto MAGA. Entonces, apoyar esta acción militar solo ayuda a socavar aún más el derecho internacional y el autoritarismo trumpista, afianzando la idea de que los EE. UU. pueden robar, asesinar, acusar de terrorista y narco a cualquiera, militarizar, violar el espacio aéreo y cualquier soberanía y no pasa nada. Por eso, es urgente condenar la política de gran garrote de los EE. UU. y entender, de una vez por todas, que las revoluciones y los cambios transformadores que ponen la vida en el centro solo se logran con músculo popular —cuando se cuenta con un Estado, a diferencia del pueblo palestino— desde adentro, nunca con los que cometen genocidios en otros lados. Y sobre todo, ¿quién es EE. UU. que puede cambiar gobierno ajeno? La respuesta da cuenta de lo colonial, imperial y poco democrático que es el mundo, y lo poco que se respeta la autodeterminación de los pueblos. Y si hablaremos de dictadura, quiero empezar con la dictadura trumpista-gringa. Llamar dictadores a unos y libertadores a otros como Trump, que ejecuta a personas a través del ICE, es de una hipocresía tenaz.
Nunca sostengamos a quienes nos susurran que apoyemos su causa, mientras su “libertador” es el genocida de otro pueblo y el futuro verdugo del nuestro. NUNCA.