
Este domingo en la Ciudad de México, 120.000 mujeres salieron a la calle y marcharon rumbo a Palacio Nacional. A la una de la tarde, familiares de víctimas de desaparición y feminicidio se reunieron en la Glorieta de las Mujeres que Luchan, sosteniendo lonas con la imagen de sus hijas y hermanas y la razón de su muerte; hacia las cuatro de la tarde, los contingentes tomaron Paseo de la Reforma y avanzaron por avenida Juárez y 5 de Mayo, empujando la marcha hacia el corazón del Centro Histórico; a las seis de la tarde, la marea morada llegó al Zócalo con pancartas, tambores y megáfonos. Minutos después, los policías que protegían el palacio amurallado las rociaron con gas lacrimógeno.
Salí de mi casa a las 11 de la mañana. Llegué al Monumento a la Madre una hora más tarde, donde me junté con un pequeño pero determinado colectivo. Vestida de negro con un pañuelo morado atado a mi muñeca, comencé el recorrido rodeada de feministas que se tomaban de la mano, que se pintaban la piel con todos los distintos tonos de morado, y que coreaban en unísono: “el gobierno no me cuida, me cuidan mis amigas”; “no somos una, no somos diez, pinche gobierno cuéntanos bien”; “con falda o pantalón, respétame, cabrón”. Después de una larga cuadra hasta la Glorieta de las Mujeres que Luchan, un espacio que antes recordaba la conquista de Cristóbal Colón y ahora es casa de las feministas, representadas por una muñeca de metal pintada de color morado, alisté la cámara y el micrófono y aguardé hasta encontrar a alguien que me compartiera su razón para marchar este 8 de marzo.
Mientras eso sucedía, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, se reunió con integrantes del Ejército, la Fuerza Aérea, Marina, la Guardia Nacional y cadetes del Heroico Colegio Militar en el Campo Marte (antiguo campo ecuestre militar), para celebrar los logros de su gobierno y la transformación que encabeza su partido. Junto a ella se encontraban también mujeres representantes de la política mexicana: la presidenta del Senado, Laura Itzel Castillo, la presidenta de la Cámara de Diputados, Kenia López, la Fiscal General de la República, Ernestina Godoy, la Secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez y la titular de la Secretaría de la Mujer, Citlalli Hernández Mora. Este año, el gobierno conmemoró a las mujeres dentro de las fuerzas armadas: “Decidimos iniciar este reconocimiento a las mujeres de México […] que además de dar la vida por su familia están dispuestas a dar su vida por la patria y por su pueblo”, declaró la presidenta.
El discurso estuvo plagado de reconocimientos a las mujeres en los ámbitos políticos y militares, a las doctoras y científicas, maestras y obreras. Ni una sola vez se mencionó la palabra desaparición, feminicidio, violencia obstétrica, física o psicológica. Ni una sola vez se mencionó la palabra cuidado o trabajo para referirse a las mujeres que ocupan esos ámbitos, aún cuando el enfoque de este 8 de marzo fue para visibilizar a las mujeres trabajadoras. Ni una sola vez se habló sobre las cifras de delitos sexuales, desaparición o pobreza. Ni una sola vez se planteó resolver las fallas en el Sistema de Cuidados, el de justicia, o el laboral. Ni una sola vez se recordó la lucha de las madres buscadoras, de las mujeres trans, de las indígenas o afrodescendientes. Ni una sola vez se reconoció a las 120 mil personas pidiendo por justicia.
El 3 de octubre de 2024, tres días después de ocupar la presidencia, Claudia Sheinbaum mandó un paquete de reformas constitucionales para cambiar las políticas de género. Una de las más significativas fue la reforma al artículo 4 que introduce la idea de una igualdad sustantiva. El apellido es importante, pues el objetivo es abandonar la idea de una igualdad meramente formal. La diferencia principal es que la Ley de Igualdad Sustantiva obliga al Estado a eliminar los obstáculos estructurales que impiden a las mujeres avanzar económica y políticamente. Además de eso, la reforma al artículo 41 establece que los titulares del Poder Ejecutivo y Legislativo deberán tener paridad de género, un 50 – 50. Eso quiere decir que tanto hombres como mujeres deben estar igualmente representados en los espacios de dirección y decisión del país.
En este contexto, el gabinete de la presidenta incluye a diez mujeres a cargo de Secretarías, hay 13 estados gobernados por mujeres, cinco ministras en la Suprema Corte, 251 diputadas y 65 senadoras. La mayor presencia de mujeres en cargos públicos ha sido un avance, pero no se ha traducido en el fin de las desigualdades que históricamente han oprimido y violentado a los y las mexicanas. Tener a una mujer como presidenta parece un símbolo de retribución histórica, pero habría que mirar con más cuidado para no caer en la absurda y lastimosa simplificación de lo que representa la lucha feminista.
¿Llegamos todas?
En junio de 2024, Claudia Sheinbaum ganó las elecciones presidenciales de México. Se convirtió en la primera mujer en la historia de nuestro país en obtener ese puesto. En su acto de celebración, rodeada de simpatizantes (probablemente acarreados, pero quién soy yo para juzgar) e integrantes de su partido, subió al escenario vestida de morado y se dirigió a las mexicanas: “por primera vez en 200 años, llegamos a la Presidencia. Y digo en plural porque no llego sola, llegamos todas”. Ese discurso la ha acompañado durante toda su gestión, y no necesariamente en el buen sentido, pues abrió pasó a qué colectivos feministas y organizaciones de derechos humanos arremetieran en contra de la ideología de un partido que le ha dado la espalda a las mujeres en numerosas ocasiones.
Este domingo, casi 2 años después de su discurso, las mujeres todavía toman las calles para exigir por los resultados que nuestra presidenta feminista nos prometió. En la glorieta de la muñeca morada, tuve la oportunidad de hablar directamente con algunos de ellos.
Renata Martinely fue víctima de feminicidio en noviembre de 2020 a los 13 años de edad a manos de Carlos Daniel Gutiérrez Tamia, el ex novio de su mamá, Karen Reyes. Renata vivía con su mamá en Ixtapaluca, Estado de México. El feminicida ubicó un celular en el baño de Renata para grabarla mientras se bañaba y Karen lo denunció, pero el caso fue puesto a un lado. Cinco meses después, Carlos Daniel ingresó a la casa de Karen y Renata, abusó de la niña y la asfixió hasta matarla. “Nunca imaginé que la matarían dentro de mi casa, siempre crees que la violencia está en las calles”, me dice Karen. “Nosotros seguimos el protocolo, denunciamos y presentamos las pruebas. El Estado es el que queda en deuda con ella”. Karen describe a su hija como la luz de la casa; una niña con una sonrisa peculiar y una risa contagiosa que dedicaba cartas a sus seres queridos. A Renata le arrebataron la vida en su propio hogar.
Fernanda Sabalza fue víctima de feminicidio en 2020 a los 19 años cuando un amigo cercano la llevó a un salón de belleza en Reyes Iztacalco en el Estado de México y se la entregó al feminicida que la mató a balazos. Su papá, Mauricio Sabalza, dio con el asesino y entregó las pruebas a la fiscalía. No fue hasta cinco años después, cuando tuvo una reunión con la titular de la Secretaría de la Mujer, Citlalli Hernández Mora, que se abrió el caso y por fin se inició una carpeta de investigación. “Vengo a exigirles que se pongan a trabajar”, les dijo Mauricio. “Creo que ya es lo justo que vean por nuestras mujeres”. Fernanda creció muy cercana a su familia, de pequeña usaba los tacones de su mamá y de su tía y jugaba. Más tarde, fue estudiante de pedagogía y luego madre de un niño. A Fernanda la mató un feminicida, pero también la impunidad y la incompetencia del sistema de justicia mexicano.
Dalia Carolina Fernández Pascual desapareció el siete de diciembre de 2021 tras acudir a un encuentro con su esposo en la colonia Espartaco, Ixtapaluca, Estado de México. Su hermano Johnny emitió a través del Ministerio Público una orden de aprehensión en contra del presunto agresor, y aún espera una sentencia, pero lo que más anhela es saber dónde está su hermana. Marcha este ocho de marzo para que esto no le suceda a nadie más y para visibilizar la violencia de pareja: “pido no normalizar un beso detrás de un golpe, una rosa detrás de una golpiza”. A Dalia le gustaba escuchar música, pasar tiempo con sus hijos y comer pozole. “Lo último que recuerdo de ella fue un beso que le dio a mi mamá. Por la noche ya no estaba”, dice Johnny. Dalia es una de los más de 128 mil víctimas de desaparición.
México en cifras
En México el 70% de las mujeres ha vivido algún tipo de violencia al menos una vez en su vida. Cinco de cada diez han sido agredidas de forma psicológica o sexual y tres de cada diez, de forma económica o física. Estas violencias se manifiestan en formas más sistemáticas y desproporcionadas de agresión: por cada delito sexual contra un hombre se cometen ocho delitos sexuales contra las mujeres. Entre julio y diciembre de 2021, 371 mil 252 mujeres fueron víctimas de violación. Según la Encuesta México Evalúa, en el 97.3% de los casos no hubo una denuncia o no se inició una carpeta de investigación. La impunidad en casos de violencias machistas se acerca al 100%.
Según la ENVIPE, en 2025, se registraron 4.848 asesinatos de mujeres, lo que equivale a un promedio de 13 casos diarios. De estos, 672 casos fueron clasificados como feminicidios. Eso significa que al menos dos mujeres en México son asesinadas todos los días por razón de género.
El expresidente de México, Andrés Manuel López Obrador, tenía como lema de campaña (y después como lema de gobierno) la frase: “por el bien de todos, primero los pobres”. La pobreza en México ha sido, durante décadas, uno de los problemas más graves por atender, en la base de la desigualdad social y la falta de acceso a justicia, salud, educación y seguridad. En ese contexto, las mujeres enfrentan una doble vulnerabilidad: la precariedad económica y la violencia de género, que se sostiene, en gran parte, en la imposibilidad de autonomía financiera de las mujeres . Los hombres reciben un salario promedio mensual de 12.016 pesos, un 52% mayor a los 7.905 pesos que reciben las mujeres en promedio. Por cada 100 pesos que gana un hombre, una mujer gana 80 por el mismo trabajo. Hay 2,8 millones de mujeres más que hombres en pobreza y medio millón más en pobreza extrema. Con esto en mente, la política debió haber sido “por el bien de todos, primero las pobres”.
En 2022, 31,7 millones de personas de 15 años o más brindaron cuidados a integrantes de su hogar o de otros hogares: el 75% de esas personas fueron mujeres. Los hombres dedican 25 horas semanales a los cuidados, mientras que las mujeres dedican 38. El 79% de las personas que asumen la mayor parte de las tareas de cuidado lo hacen dentro de su propio hogar y no son remuneradas. El 87% de ellas, son mujeres. La brecha es de más de 12 horas de diferencia cada semana. Eso son 624 más horas al año que un hombre: un mes de trabajo no remunerado.
¿Feminismo?
El Día Internacional de la Mujer fue dedicado a reconocer el trabajo de las mujeres en las fuerzas armadas por proteger al país, y aunque esa labor es real e importante, la presidenta dejó fuera a muchas otras mujeres que pierden la vida por culpa del abandono de su gobierno. Las madres buscadoras se organizan solas, sin apoyo gubernamental, para dar con el paradero de sus hijos. Los buscan en fosas clandestinas, muchas veces creadas por el crimen organizado, a quien el gobierno de López Obrador prometió combatir con “abrazos, no balazos”. Las familias de las víctimas de feminicidios marchan horas bajo el sol para pedir un cambio en el sistema de justicia y mantener abiertos casos que, de otro modo, quedarían apilados entre expedientes. Las mujeres que han sufrido delitos sexuales denuncian aun sabiendo que tendrán que atravesar procesos largos, revictimizantes y, la mayoría de las veces, inútiles frente a un sistema que protege más a los agresores que a las víctimas.
La llegada de Claudia Sheinbaum al cargo más alto del poder político en México es, sin duda, un hecho importante, pero no basta con celebrar la representación si no se mira también a quién representa y, sobre todo, a quién deja fuera. El feminismo no puede reducirse a la igualdad para unas cuantas dentro de la esfera de poder que, por su clase social, formación académica o nepotismo, lograron entrar a espacios históricamente inaccesibles para las mujeres. En México hay precariedad laboral, desigualdad en las tareas de cuidado, violencia familiar y de pareja, pobreza, un problema brutal de desapariciones y de inaccesibilidad al sistema de justicia. Una política feminista no puede consistir en celebrar el ascenso de una minoría mientras la mayoría sigue siendo desatendida. Y en el caso de Claudia Sheinbaum, la exigencia es todavía mayor, porque no se trata sólo de una presidenta mujer, sino de una que se nombra feminista y de izquierda. La representación no basta y mucho menos si es solo para unas pocas.
Entonces, presidenta, seguimos sin llegar todas.
Paula
Muchas felicidades por tú artículo, me encanta como escribes. Quedé muy impresionado con las cifras!