
Si mis cálculos son correctos, recibirán esta carta dos semanas antes de sus elecciones presidenciales. Sí, vengo del futuro con algunas advertencias para ustedes.
Primero, déjenme asegurarles que estoy viva y bien, pero estos últimos tres años en mi país, Argentina, han sido salvajes, sacrificiales. Gobierna un experimento liberal libertario; el odio es el discurso oficial y la crueldad, una política de Estado. Un candidato de ultraderecha de aquellos que se denominan outsider ganó las elecciones con promesas de estabilidad económica y “mano dura”, con demasiado revanchismo y motosierra. Es cierto: la voluntad popular, el voto, le dio vía libre para sus tropelías y un ajuste inédito en nuestra historia.
Durante la campaña electoral vociferaba con prepotencia sus promesas de recorte y escuchábamos decir a muchos y muchas simpatizantes: “Pero no lo va a hacer”. Bueno, spoiler, sí lo hizo. Su emprendimiento no venía tan de los bordes, ni él estaba tan desenganchado de otros entramados políticos: era y es parte de una reacción conservadora internacional que intenta reescribir los términos y condiciones de la época. Lo más peligroso: nos introdujo en una dinámica bélica que intenta todo el tiempo tallar, destruir, derruir los lazos comunitarios, sociales, empáticos, solidarios que tenemos como pueblo. El proyecto político de esta ultraderecha no es colectivo, es un “sálvese quien pueda”.
Puedo contarles distintas historias de este presente que puede ser su realidad próxima: la de un joven de 25 años que votó a este gobierno y ahora está endeudado en más de 30 millones de pesos con un préstamo y sin trabajo; la de las personas que hicieron más de doce cuadras de fila en busca de un empleo en un frigorífico, pero solo había lugar para sesenta de ellas; la de una mujer militar que maneja un auto de Uber porque no llega a fin de mes con su sueldo; o la del docente que se sube a una moto de Rappi y pasa a buscar a un supuesto cliente, que en realidad es policía y lo termina atravesando con cinco balazos. Si quieren que les hable de la naturaleza, puedo contarles historias detrás de los fuegos que arrasaron con la Patagonia y el gobierno nacional hizo poco y nada porque “no hay plata”. O nuestros glaciares que estaban blindados, protegidos por ley, y ahora están desprotegidos y con ellos, el acceso al agua.
Puedo compartirles algunos números si necesitan información de contexto. Más de 5 millones de personas en mi país tienen deudas que no pueden pagar. Es un dato oficial que surge del propio Banco Central de la República Argentina: la mora en el financiamiento pasó de 2,5% en diciembre de 2024 a 9,3% en diciembre de 2025. En marzo de 2026 llegó al 11,5%. Las personas se endeudan para comprar comida; no lo hacen para mejorar sus casas o hacer un viajecito en familia. No es una deuda porque se imaginan un futuro mejor o para darse un pequeño gustito, sino para enmendar este presente tan roto. Se endeudan con bancos, pero cuando el banco ya no les presta, les piden a empresas fintech, mutuales, fideicomisos financieros y prestamistas barriales. Otro dato: en las billeteras virtuales y entidades financieras no bancarias, la morosidad supera el 30%. El proyecto político de la ultraderecha exige sacrificios para las mayorías.
Desde que gobierna este experimento liberal libertario, se perdieron 300.000 puestos de trabajo formales. El desempleo trepó al 7,5%, según el último cierre del INDEC. Y el pluriempleo es récord: en 2025 alcanzó el 12,2%. Con un solo trabajo no es suficiente para sobrevivir y vivir. Desde finales de 2023 hasta hoy, han cerrado más de 21.000 empresas; esto afecta principalmente a PYMES que sostenían los entramados locales. Lo único que crece es el empleo precarizado: las categorías de trabajadores independientes o monotributistas subieron en más de 110.000 personas. No son más emprendedores con proyectos productivos propios; son personas empujadas a la informalidad y el cuentapropismo desprotegido.
Las feministas lo sabemos: el deterioro del mercado laboral no afecta a todos y todas por igual. El desempleo en la juventud (de 14 a 29 años) escaló de manera pronunciada, duplica al promedio nacional: roza el 16,2% en varones jóvenes y el 16,8% en mujeres jóvenes. Las mujeres, las niñas, las adolescentes absorben el golpe de la destrucción del empleo formal y, en paralelo, asumen una mayor carga de tareas en hogares empobrecidos. Los cuidados están colapsados.
Uno de cada cuatro jóvenes de entre 25 y 35 años no logra emanciparse. La independencia se posterga porque los salarios corren por detrás de la inflación y a esto se le suma el costo de los alquileres, un rubro totalmente desregulado. La ley de alquileres que daba mínimas protecciones a quienes no tienen techo propio fue una de las primeras normas derogadas por este gobierno.
Puedo seguir enumerando desgracias, tragedias, tropelías, la tierra arrasada en materia de políticas de prevención de violencias y salud mental, cómo los gobiernos locales y las redes feministas de la salud hacen malabares para garantizar el aborto legal que supimos conseguir porque el gobierno nacional no compra insumos. Tampoco hay campañas de prevención en materia de salud sexual y reproductiva ni entrega de preservativos, mientras la sífilis congénita aumenta exponencialmente. Es difícil creer que este gobierno defiende la vida y el futuro cuando vemos que la mortalidad materna aumentó un 37% en el primer año de gestión.
Puedo hablar de los ataques sistemáticos del presidente a todas las personas que piensan distinto a él, sus insultos y agresiones, su insistencia con el negacionismo que va desde la desigualdad de género y los crímenes de la dictadura militar.
Por supuesto que nada comenzó únicamente con este gobierno, que hay problemas estructurales en las economías de nuestros países latinoamericanos. Que también hay conflictos globales. Nadie niega ese contexto latinoamericano de fragilidad persistente.
Pero también sepan que estamos en Argentina: aquí, ya saben cómo somos, nos creemos excepcionales y un poco lo somos cuando se trata de manifestarnos, ocupar las calles. Los primeros años fueron de bastante sopor; nos sentimos en un atolladero. Quienes trabajamos en los medios empezamos a ir a las marchas con cascos y máscaras antigases, porque un fotógrafo, Pablo Grillo, quedó al borde de la muerte después de cubrir una de las convocatorias que hacen los y las jubilados los miércoles frente al Congreso.
Algunas fuerzas se reagrupan y reorganizan, las luchas se enlazan: la comunidad universitaria convoca a grandes manifestaciones en defensa de la educación pública cada vez que puede; los y las médicos del Hospital Garrahan se volvieron símbolo de lucha y resistencia; las familias de las personas con discapacidad también ocupan las calles porque les han recortado todo; en 2025 hicimos una marcha antifascista y antirracista que fue enorme; el último 24 de marzo por la Memoria, la Verdad y la Justicia fue multitudinario y vital para gritar Nunca Más; las feministas desbordamos el último Ni Una Menos. Hay muchos frentes abiertos y es agotador, sí.
Estamos en movimiento. Nuestro devenir es incierto. No sabemos a dónde vamos, pero sí puedo enviarles estas historias, estos datos que les enumeré y las estampas de resistencia, desde este presente inefable, para que ustedes cuiden lo que tienen. Están a tiempo de esquivar la distopía y transformar su futuro ahora que les toca ir a votar.