October 18, 2026

Contra viento y marea: la maternidad elegida como acto contracultural

La maternidad elegida hoy es un acto contracultural. Pero muchas mujeres la siguen sosteniendo solas, con culpa y sin aldea, en un sistema que exige cuidar sin sostener a quien cuida.

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Ilustración de Carolina Urueta

¿Qué significa hoy maternar? ¿Qué significa vivir una maternidad feminista? Adrienne Rich cuenta en su clásico libro sobre maternidad, publicado en los años 70, que alguien le preguntó por qué nunca escribía poemas sobre sus hijos, y ella respondió: “Porque en la poesía podía vivir sin ser la madre de nadie, existo como yo misma”. ¿Por qué las madres tenemos que serlo todo el tiempo y en todos los planos de realización? ¿Acaso podemos criar, pero además tener carreras, estudiar, habitar otros espacios, gozar? Rich propone distinguir dos cosas que solemos confundir: la maternidad como experiencia, con su vínculo, su deseo y su cuerpo, y la maternidad como institución, ese conjunto de reglas, mandatos y expectativas que el patriarcado le impone a esa experiencia. ¿Y entonces, cómo queremos vivir nuestras maternidades?

Vivir la experiencia de ser madre hoy, en los contextos que atravesamos en Argentina y en toda Latinoamérica, implica una tarea de riesgo: un acto contracultural, un acto de amor solitario, difícil, juzgado y a tiempo completo. Contra viento y marea. Vivimos en una época que premia la productividad y el individualismo y deja a quienes cuidamos infancias cada vez más solas. Porque criar nunca fue, ni debería ser, un asunto privado de cada madre. Es una tarea social: una crianza necesita de todxs. Entonces, ¿por qué se volvió tan difícil y tan solitario?

La culpa es de las madres

Cuando estuve embarazada de mi hijo mayor, hace 10 años, recuerdo que había muy poca información sobre cómo maternar. Las redes sociales aún eran un reducto para buscar y conversar con personas allegadas, y para postear fotos de comidas y lugares. Sin embargo, entre ese momento y el embarazo de mi segundo hijo, dos años y medio después (y ni hablar luego de eso), la cantidad de información que se genera para informarnos a quienes criamos sobre qué productos debemos elegir, cómo deben dormir y qué debemos hacer con lxs niñxs ante cualquier situación es abrumadora: sobreinformación, demandas, exigencias, colapso mental. Pero, peor aún, es caer en esas trampas en las que, aunque lo sepamos, amigas, caemos todas: estándares imposibles de cumplir, que nos hacen creer que hacemos todo mal o que, en el mejor de los casos, la cantidad de privilegios, poder adquisitivo y redes de apoyo necesarios solo puede reproducirse en escasos hogares, los mismos que viven de los contenidos sobre cómo deberíamos estar criando.

La culpa entra en escena: no somos lo suficientemente fuertes, poderosas, ni capacitadas para llevar adelante la tarea de criar a nuestras crías. Pero aquí está la trampa: el sistema neoliberal lleva años haciéndonos responsables de muchas grietas de las que, lamentablemente, tenemos que ocuparnos puertas adentro, o callar, o justificar.

Victoria Viola es Lic. en Comunicación, productora de podcasts e investigadora, y fundadora del podcast Comadre, donde desde hace 8 años trata temas de maternidad, crianza y feminismos. Le pregunté: ¿Cuándo empieza la culpa en la crianza y qué la activa?

“Para mí empieza antes del hijo, con el mandato de cómo es una ‘buena madre’. La socióloga Sharon Hays lo llamó maternidad intensiva: un modelo que hace responsable principal a la cuidadora primaria y exige una crianza centrada en el niño, guiada por expertos, emocionalmente absorbente y costosa en tiempo y en dinero. Es un estándar imposible que ya viene instalado cuando llegás al embarazo. Y esto, claro, ocurre sobre todo en los sectores más privilegiados. Cuando la maternidad se da de la mano de la precarización, priman la culpa por la ausencia y el agotamiento.Lo que la alimenta es una falla estructural. Según la Encuesta de Uso del Tiempo del INDEC, entre quienes hacen trabajo no remunerado, las mujeres le dedican 6 horas y 31 minutos por día y los varones, 3 horas y 40 minutos. Cuando el reparto es así y el Estado y el mercado laboral no se hacen cargo, ese vacío lo llena el cuerpo que cuida. La culpa y el agotamiento son los costos emocionales de un sistema que descansa en que una madre lo sostenga todo.”

Los mandatos sociales de quienes vivimos en esta época son quizá de los más altos jamás exigidos. Lo que se espera de una madre se espera también de quienes no desean maternar y, si así lo deciden, tienen que dar explicaciones ante familias conservadoras que insisten, ante un sistema de salud patriarcal, heteronormativo y rígido, y ante una mirada social exigente que nos quiere jóvenes, productivas, madres a tiempo completo, profesionales, en pareja y con vida social activa. ¿Quién puede sostener estas normas sociales imperantes sin deprimirse y autoflagelarse en silencio?

Neoliberalismo vs. las madres

La lógica del capital es hoy el sentido común de nuestra época de posverdad: somos productos a la venta, y las exigencias, las demandas y la imagen son lo que rige nuestras formas de vida. Byung-Chul Han sostiene en La sociedad del cansancio que lo intenso de la vida quedó relegado por el consumo y la comunicación. Y si eso nos pasa a todas, ¿qué pasa con quienes además tienen que cuidar? Pero ¿cómo afecta esto a las madres, las mismas que, además de desarrollarse ellas y cumplir con los estándares del modo de vida, deben velar por pequeñxs que no pueden manejarse solxs en la jungla capitalista? ¿Quiénes cuidan a las madres?

El cuidado es un tema central no solo para quienes tenemos hijes: cuidar implica también pensar en las personas mayores, en los animales de compañía, en la naturaleza, en los hogares, en los espacios comunes. El cuidado está en todas partes. Está instalada en el inconsciente colectivo la idea de que solo quienes criamos tenemos que ocuparnos del cuidado, mientras que la sociedad y, fundamentalmente, los Estados dan la espalda a esta tarea fundamental y de obligación colectiva. Escuché decir a Sol Prieto, docente argentina e investigadora del CONICET, que “los niños los tiene un país”, y me pareció una frase contundente: nos invita a pensar esta responsabilidad colectiva, que incluye todas las tareas de cuidado que mencioné más arriba y todas las que existan.

Idealizar no es sostener

Hay un dato que empieza a circular en las redes y en los titulares: la natalidad cae y, según el informe “Natalidad en Argentina. Descenso reciente y perspectivas”, de UNICEF Argentina (2026): en 2036 habrá casi un millón menos de niñas y niños que hoy. Los nacimientos pasaron de 777.012 en 2014 a 413.135 en 2024, una caída de casi el 50%. La noticia suena a alarma demográfica y alguien se apura a ofrecer una respuesta. Milei osó culpar a “las pañuelos verdes” mostrando una ignorancia absoluta en el tema, y desconociendo las cifras que apuntan a un marcado descenso del embarazo adolescente desde la legalización del aborto y políticas sociales como el acceso a métodos anticonceptivos en Argentina. Sin embargo, quienes estudian el tema hablan de un fenómeno multicausal, que no responde a una sola tendencia, sino a decisiones personales, procesos históricos y regionales, formas de vivir, ideas de progreso y, claro, el contexto socioeconómico. ¿Quién puede pensar en traer hijxs al mundo en este panorama?

En este contexto, las derechas presentan a las familias como modelos tradicionales: hablan de las madres apelando a estéticas de ternura y sostén, y de familias que, según “incitan fortalezas, valores y principios”. Pero lo que no hacen ni proponen es sostenerlas, ni a ellas ni al entorno que las cuida. Nos idealizan sin ofrecernos tiempo, ingresos, servicios ni red. Y, lo que es peor, nos toca asumirlo. Como plantea Catalina Navarro-Ruiz en su libro Deseada, “Cuando los Estados hacen recorte a la inversión social, el trabajo necesario para el cuidado de la vida no se disminuye ni desaparece mágicamente al no estar financiado, solo se desplaza al trabajo no remunerado de las madres. El costo de los recortes en bienestar que hacen los Estados neoliberales lo asumimos las madres con nuestra fuerza de trabajo”.

El meollo es que ese discurso encuentra terreno fértil entre muchos votantes. Si el feminismo responde solo con crítica a la maternidad como mandato, cede ese espacio. Y quien se queda con la palabra se queda también con la escucha: las derechas pueden presentarse como las únicas que hablan con las madres. Muchas, cansadas y solas, van a sentirse más interpeladas por quien las abraza en un discurso que por quien solo les advierte lo que no deberían aceptar, en lugar de acompañarlas a vivir maternidades según su propio deseo.

Entonces, ¿cómo pueden los feminismos acompañar el deseo de maternar? Le pregunté a Vicky Viola.

“Primero, dejando de lado la maternofobia y el adultocentrismo que priman en algunos sectores progresistas. Un feminismo que suma otra exigencia y nos lee como víctimas del patriarcado en vez de como sujetas políticas con capacidad de elegir expulsa y le hace el juego a la más cruda misoginia. Segundo, moviendo el blanco de la crítica: de la conducta individual a la estructura. Y tercero, aceptando la ambivalencia: se puede amar a tus hijxs y estar agotada, desear la maternidad y cuestionarla”.

Es difícil, pero debemos dar esa batalla. Por eso, la pregunta no debería ser si la maternidad es una trampa o un tesoro. La decisión debe basarse siempre, pero en el propio deseo, y es tan personal como política cuestionarla. La pregunta que viene a continuación, insisto, es: ¿Quién sostiene realmente a quien cuida? 

Por una maternidad feminista, deseada, amorosa y con derechos 

“Somos hijas de una generación que peleó porque la maternidad sea una elección y no un mandato, y creímos que con eso bastaría”, plantea Esther Vivas en Mamá desobediente y agrega: “El mito de la madre perfecta y devota, casada, monógama, que se sacrifica por sus criaturas y está feliz de hacerlo, que siempre antepone los intereses de sus hijos e hijas a los suyos, porque supone que no tiene propios.” La maternidad no es un proyecto único, ni tiene por qué serlo; la elección de convertirnos en madres supone un deseo y un camino lleno de desafíos, incertidumbres y angustias. Esta elección no debería alejarnos de otros deseos, ni tampoco debería ser un camino solitario. Las instituciones públicas, los estados y la sociedad muchas veces dan la espalda y es muy doloroso ver que se pretende que quienes deseamos y decidimos traer hijxs al mundo debemos ser devotas, perfectas y cumplidoras.

La clave probablemente sea el acompañamiento, desde la escucha, de cada necesidad puntual, porque no todas las maternidades son iguales, no solo por las condiciones materiales, sino también por las elecciones personales y familiares sobre cómo criar. La respuesta de los feminismos debería ser siempre cuestionar a quienes disputan la narrativa de la maternidad y de los modelos clásicos de familia y sostener a quienes cuidan, en vez de idealizar su tarea. La crianza es política: implica una suma de decisiones, espacios, voces y luchas sociales que marcan y marcarán nuestra sociedad y las sociedades venideras. La maternidad es algo muy personal y, por eso, cada experiencia es única; pero también es profundamente política, porque de ella depende cómo se sostiene y se reproduce una sociedad. Quizá tengamos que construir, como sociedad, espacios donde puedan circular razones, experiencias, consejos y angustias, y donde se reconozcan los privilegios de cada una.

¿Cómo es una maternidad deseada, amorosa y con derechos entonces? Para Vicky Viola: “Es deseada porque empieza antes de la maternidad: con derecho a decidir, que incluye acceso real a anticoncepción y aborto legal, y también derecho a no maternar sin condena social. Amorosa, pero no sacrificial. Si una madre tiene que relegar todos sus deseos personales para que el vínculo funcione, falló el sistema pero impactó en ella” 

Argentina tiene una vasta historia en la construcción de políticas públicas orientadas a ampliar derechos y garantizar condiciones de vida digna: la educación pública, el matrimonio igualitario, la Asignación Universal por Hijo (AUH) y la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) son parte de ese camino.

Por eso, el cuidado debe reconocerse como un derecho y como una responsabilidad compartida entre el Estado, las familias, las comunidades, las organizaciones sociales, los sindicatos y el sector privado, como un proyecto de país. Así lo plantea el Acuerdo Nacional por los Cuidados, una propuesta impulsada en agosto de 2026 por más de 250 organizaciones sociales, sindicatos, universidades nacionales y municipios para visibilizar y reorganizar las responsabilidades del cuidado como un derecho social, en un contexto de ajuste. Poner los cuidados en el centro significa profundizar la democracia, porque amplía derechos y fortalece la responsabilidad colectiva sobre lo que hace posible la vida. Y esa responsabilidad no puede volver a recaer sobre las mujeres.

Dice un proverbio de origen africano que hace falta una aldea entera para criar a un niñx. Entonces, ¿dónde está nuestra aldea? Muchas veces no solo no la tenemos, sino que hay personas que miran para otro lado frente a las niñeces que nos necesitan. Mientras exigimos que el Estado asuma lo que le corresponde, podemos afianzar lo que ya tenemos o podemos generar: comunidades de crianza, amigas, comadres, personas que se organizan de manera colectiva. Salgamos a tejer redes y sostengamos espacios como las plazas, el club, el entramado colectivo, que es en definitiva quien más nos sostiene, sobre todo en momentos de políticas de destrato y recorte. Eso definitivamente no reemplaza al Estado: lo complementa. Nuestras vidas actuales son el resultado de decisiones políticas que, por suerte, pueden cambiarse: podemos imaginar otras y transformarlas.

La responsabilidad que tenemos como sociedad es hablar de esto, sostenerlo y seguir luchando.

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Autor

  • Jazmín Luzzi es licenciada en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires y diplomada en Antropología Social por FLACSO. Periodista y realizadora audiovisual, trabajó durante años en la industria publicitaria y luego fue directora de Comunicación en organizaciones de la sociedad civil, donde coordinó campañas de incidencia, informes y proyectos colectivos. En 2022 fundó MINGA, una plataforma de comunicación, formación y activismo que busca impulsar la transformación social a través de nuevas narrativas. Tiene dos hijos: Hipólito y Salvador.

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