August 19, 2026

Mientras el presidente juega, Colombia se rescata a sí misma

Estamos viendo a un presidente que no sabe salir del personaje de campaña, ni siquiera frente a un país que cuenta a sus muertos; un presidente que se sigue poniendo en el centro de la narrativa como si todavía tuviera que conseguir votos y no como si hubiera ganado un gran poder que también es una gran responsabilidad. Es un tipo de vanidad tan ciega que no sabe leer contextos, que no entiende la importancia de apagarse por un rato. Pareciera que De la Espriella aprendió a existir en cámara de una sola manera, y ni siquiera frente a una tragedia real puede suspender el show.

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El presidente de la república, Abelardo de la Espriella, llegó a Buenaventura rodeado de escoltas y empezó a repartir entre la comunidad balones de fútbol marcados con el logo de su contienda electoral, “firmes por la patria”, como si todavía estuviera en campaña. Me pregunto si acaso le sobraron y le pareció buen momento para regalarlos. La visita a este distrito llega a seis días del terremoto de 7.4 que dejó la red hospitalaria desbordada, más de tres mil infancias desescolarizadas porque sus colegios quedaron destruidos, 3.900 viviendas afectadas, diez personas fallecidas y 300 heridas. En uno de los videos que circula en internet se alcanza a escuchar a una mujer reclamarle: “¿Y balón es que trajo?”.

Si bien la niñez necesita entretenerse en medio de una calamidad, y no siempre es solo necesaria la comida o los insumos médicos, el problema es que esta imagen no está sola: hace parte del mosaico que su equipo ha venido dibujando desde el primer día de gobierno, el mismo día del sismo. Un ministro del Interior que dice literalmente en una entrevista que no sabe qué pasa en Chocó, en donde fue el epicentro del sismo; un ministro de Vivienda al que le tomaron fotos paseando en Santa Marta. Y el propio De la Espriella ya había aportado su trazo a esa pintura cuando decidió limitar la ayuda internacional de rescate a cuatro países aliados de su administración —Estados Unidos, Israel, El Salvador y Ecuador—, dejando por fuera a México pese a que este ya tenía 255 especialistas listos para desplegarse. La Cancillería lo negó como decisión ideológica; la oposición, y buena parte de la prensa internacional, no le creyeron.

Del otro lado, la gente en Colombia, sea cual sea su ideología política, respalde o no al presidente, ha mostrado que existe una forma muy distinta de responder a una catástrofe de esta magnitud. Mientras el primer mandatario reparte balones y raciona la ayuda extranjera, ciudadanas y ciudadanos de a pie trabajan día y noche removiendo escombros y buscando personas desaparecidas. Otras montan centros de acopio en horas. Otras donan sangre en filas que daban la vuelta a la manzana.

No es la primera vez que un país aprende, a la fuerza, esta lección: que cuando el suelo se abre, la respuesta no baja desde el poder, sube desde la gente. Rebecca Solnit lo documentó hace más de una década en A Paradise Built in Hell, un libro que revisó terremotos, huracanes y explosiones de los últimos cien años y encontró un patrón que se repite casi sin excepción. En San Francisco, en 1906, mientras la ciudad ardía, los vecinos armaron cocinas comunitarias en plena calle y compartieron lo poco que tenían con desconocidos. En México, en 1985, mientras el Estado estaba desbordado, brigadas de ciudadanos comunes sacaron gente de los escombros con las manos, antes de que llegara cualquier ayuda oficial. Solnit le puso nombre a la forma de actuar de los poderosos. Dijo que se trataba de “pánico de las élites”, cuando el poder, aterrado de perder el control de la narrativa, trata esa solidaridad ciudadana como una amenaza en lugar de una herramienta a potenciar. Solnit cita ejemplos de cómo en distintos lugares del mundo el poder político ha perseguido y estigmatizado la solidaridad ciudadana ante las tragedias.

Pero lo que estamos viendo en Colombia esta semana no es exactamente pánico. Lo que hemos visto es otra cosa, más pequeña y más triste. Se trata de un presidente que no sabe salir del personaje de campaña ni siquiera frente a un país que cuenta a sus muertos, un presidente que se sigue poniendo en el centro de la narrativa como si todavía tuviera que conseguir votos y no como si hubiera ganado un gran poder que también es una gran responsabilidad. Es un tipo de vanidad tan ciega que no sabe leer contextos, que no entiende la importancia de apagarse por un rato. Pareciera que De la Espriella aprendió a existir en cámara de una sola manera, y ni siquiera frente a una tragedia real puede suspender el show. Porque esto no es un asunto solo de estilo, de preferir un lenguaje o el otro; es que el tiempo y la energía que se gastan haciendo show podrían estar salvando vidas.

Colombia está demostrando una vez más que sabe cuidarse a sí misma con las manos de su gente, no las del poder. Ojalá el presidente y su equipo puedan aprender de esto. Están a tiempo. Solo queda desearles que se cuestionen, escuchen y hagan bien su trabajo. 

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Autor

  • Escritora, periodista especializada en temas de género y divulgadora de contenidos para el cambio social en Internet. Autora de dos libros publicados por la editorial Planeta: la novela Mi Navidad en un psiquiátrico (2019) y El libro secreto de las niñas (2021), una ficción pedagógica para adolescentes y sus familias. Cocreadora y presentadora de Las Igualadas, programa de periodismo feminista que hace parte del diario El Espectador.

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