May 5, 2026

Bloqueo de productos menstruales como táctica de guerra en Birmania (Myanmar)

La prohibición de circulación de productos menstruales en Birmania (Myanmar) se enmarca en una campaña más amplia de genocidio y limpieza étnica.

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El régimen militar de Birmania (Myanmar) prohibió el uso de toallas sanitarias argumentando que hacen parte del botiquín de primeros auxilios de grupos contrainsurgentes. Los militares afirman que las Fuerzas de Defensa Popular usan los productos para curarse las heridas, acolchar los pies y absorber el sudor y la sangre.

La prohibición se conoció el 20 de abril, pero hace parte de una operación de bloqueo más amplia conocida como “los cuatro cortes”, que se intensificó el año pasado y busca privar a insurgentes de suministros básicos en zonas de paso controladas por las fuerzas militares, dejando totalmente prohibido el paso de elementos de salud, como medicinas o gasas. También se limitó el uso del agua. La medida se amplió este año e incluyó a las toallas sanitarias.

Sin embargo, desde 2022, el acceso a las toallas sanitarias, al agua y a otros productos de gestión menstrual ha sido escaso en Birmania (Myanmar), obligando a recurrir a otras alternativas menos salubres para gestionar la menstruación, como trapos, hojas y periódicos. Estas opciones no solo son incómodas, sino que pueden provocar enfermedades. Además, la medida ha propiciado un mercado ilegal de estos productos, en el que los precios pueden llegar a triplicarse: un paquete de toallas sanitarias subió de 3.000 a 9.000 kyat, que son alrededor de 5 dólares. Esto es más del salario mínimo en Birmania, que es de 7.800 kyat, poco más de 3 dólares, y los productos menstruales alternativos, como copas y tampones, son poco comunes, pues siguen siendo un tabú y está mal visto que una mujer busque información sobre el tema. Muchas tienen que quedarse en casa mientras menstrúan, reduciendo forzosamente su movilidad y participación en la vida pública.

La prohibición también afecta a los hombres trans y personas no binarias que menstrúan en Birmania (Myanmar). Aunque aún no gozan de reconocimiento jurídico, las personas trans y no binarias existen y resisten, a pesar de la violencia y discriminación. No hay que olvidar que en Birmania (Myanmar) existe la figura de Nat Kadaw (esposas de los espíritus), médiums espirituales que juegan un papel crucial en el culto tradicional a los nats (espíritus divinos venerados en el budismo birmano). Históricamente, las personas que rompían con las normas de género tradicionales (transgénero/meinmasha) encontraban en esta práctica un espacio donde sus identidades eran aceptadas e incluso veneradas. En los últimos años, con la crisis política y militar, su situación se ha deteriorado aún más: hay persecución, desplazamiento y mayor vulnerabilidad para toda la comunidad LGBTQ+, incluidas las personas trans. La ley todavía criminaliza relaciones entre personas del mismo sexo.

Genocidio, limpieza étnica y control social

Esta nueva violación a los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres, niñas, hombres trans y personas no binarias en Birmania se enmarca en una campaña amplia de genocidio y limpieza étnica.

Una tercera parte de los 46 millones de habitantes de Birmania (Myanmar) son minorías étnicas y, desde 1.948, el ejército ha estado en constante lucha armada desproporcionada contra ellas. En 1989, la junta militar cambió el nombre de Burma (Birmania) a Myanmar.

En 2017, el ejército lanzó una campaña genocida de limpieza étnica contra comunidades rohinyás, una minoría musulmana perseguida en el estado de Rakáin: se cometieron asesinatos, violaciones, quema de aldeas y expulsión forzada. Más de 700.000 rohinyás huyeron desplazadxs a Bangladesh. Esto ocurrió todavía bajo el gobierno civil parcial de Aung San Suu Kyi.

Luego, durante la guerra civil que empezó en 2021 con un golpe de Estado, el ejército amplió sus mecanismos de represión e introdujo campañas de limpieza étnica y contrainsurgencia. Desde entonces, las mujeres han sufrido una violencia diferencial; además de obligarlas a realizar trabajos forzados, encarcelarlas injustamente y expulsarlas de sus tierras, muchas han sido torturadas y violadas.

Según agencias especializadas, de la población desplazada, alrededor del 52–60% son mujeres y niñas. Se estiman más de 7.000 muertes de civiles; miles han sido detenidos arbitrariamente, torturados y encarcelados sin juicio ni garantías. Hospitales, escuelas y zonas residenciales son constantemente bombardeadas; se han impuesto penas severas a periodistas y bloqueado el internet, aislando a la población del resto del mundo.

El caso de Birmania (Myanmar) está actualmente ante la Corte Internacional de Justicia, por presunta violación de la Convención contra el Genocidio. Las audiencias de fondo comenzaron en enero de 2026, y aunque el Estado niega que haya habido intención genocida y presenta el caso como una operación “antiterrorista”, lo cierto es que la campaña de limpieza étnica, exterminio y persecución no ha terminado. Aunque la masacre más documentada fue la de 2017, los rohinyás siguen enfrentando apartheid, restricciones de movimiento, falta de ciudadanía, desplazamiento, violencia y riesgo de nuevas atrocidades. La ONU reportó que en 2024 hubo abusos que recordaban lo ocurrido en 2017, y que en 2025 la situación seguía siendo frágil.

Organismos internacionales han documentado varias formas de violencia reproductiva: restricciones al matrimonio, límites al número de hijos, necesidad de permisos estatales para embarazarse, negación de atención médica, violaciones masivas cometidas por militares, destrucción de condiciones materiales para sostener la vida familiar. Sobrevivientes relataron embarazos forzados, lesiones reproductivas y asesinatos de bebés o niños pequeños.

No son solo “abusos de guerra”, sino mecanismos de terror, expulsión y destrucción comunitaria. En estudios sobre genocidio, la violencia reproductiva se entiende como parte de la ingeniería de destrucción de un pueblo. La nueva prohibición es una forma más de violencia de género inserta en una lógica etnonacionalista extrema que construye a ciertos cuerpos como una amenaza demográfica y cultural, y hace parte de una campaña de genocidio más amplia. ¡Las mujeres, hombres trans y personas no binarias en Birmania (Myanmar) merecen gestionar sus necesidades básicas de manera digna!

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