
“El desarrollo (como programa de felicidad colectiva) solo existe como una realidad virtual, como una imagen insertada en las características de la globalización” – Gilbert Rist.
En 1999, el Premio Nobel de Economía Amartya Sen popularizó la idea de “Desarrollo como libertad”, que incluso muchos, sin saberlo, hoy utilizan para justificar la intervención de Estados Unidos en Venezuela. Hace tres décadas, el “desarrollo” pasó de ser medido por el PIB (producto interno bruto) de los países a entenderse desde una visión humanista donde la eliminación del desempleo, la inseguridad, la falta de educación, la desnutrición, entre otras barreras que impiden a las personas acceder a sus necesidades básicas y tomar decisiones con libertad, son el propósito final del desarrollo.
Para Sen, «el desarrollo es el proceso de expandir las libertades de las personas… libertades que son un factor efectivo para generar cambios rápidos en la sociedad». Estas libertades abordan todo lo que una persona puede hacer o ser, como estar adecuadamente nutrido y libre de enfermedades evitables, hasta actividades complejas, como participar en la vida de la comunidad y tener autoestima. Sen afirmó que «lo que las personas pueden lograr positivamente está influenciado por las oportunidades económicas, las libertades políticas y el poder social», argumentando que «la mejora de las capacidades humanas tiende a ir acompañada de una expansión de la productividad y la capacidad de generar ingresos» y, en contraste, «las restricciones arbitrarias del mecanismo del mercado pueden conducir a una reducción de las libertades».
Un planteamiento no muy lejano a lo que dijo Trump después de que sus soldados entraran a Venezuela para capturar a Nicolás Maduro: “Esta alianza de Venezuela con EE.UU. lo que puede hacer es que la gente sea rica, independiente y segura… Vamos a tener nuestras grandes empresas de hidrocarburos, las más grandes del mundo, inyectando e invirtiendo millones de dólares para recomponer la infraestructura, que está destruida, y para comenzar a generar recursos para el país”.
La idea de desarrollo que conduce a Occidente desde los años 90 se instaló rápidamente en el mundo con la promesa de que todos los países pueden llegar a ser un “lugar mejor”, y se expandió legítimamente a nivel mundial a través de organismos internacionales como la ONU, que aterrizaron en los mal llamados países del tercer mundo con una visión homogénea, pero con la promesa de disminuir sus índices de pobreza.
Decir que «la pobreza puede resumirse como una familia que vive en un hogar sin combustible para cocinar, instalaciones sanitarias, agua, electricidad, suelo y bienes», como lo ha definido el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en sus informes, es una generalización que desconoce el conocimiento ancestral de, por ejemplo, las culturas indígenas que han habitado la selva amazónica durante siglos sin estas condiciones. Categorías como la desigualdad de género, las privaciones y la pobreza deben considerarse como axiomas para abordar el bienestar de los países, pero sus significados deben ajustarse a los contextos locales para evitar la trampa de la universalidad. De lo contrario, terminarían siendo una tabula rasa, un retrato sin fondo, como lo es el PIB. Estanislao Zuleta decía: “Puede ser mucho más culto un campesino analfabeto que sabe narrar una cacería, hacer una canoa o construir una casa habitación con su propio estilo, que uno de esos bachilleres fabricados por el sistema”.
Detrás de ese enfoque humanístico del desarrollo que teorizó Sen y utiliza Trump, con sus matices, para justificar sus movimientos amenazantes, hay una innegable relación entre la riqueza económica y la capacidad que tienen las personas para vivir la vida que desean.
A la luz de hoy, cuando se habla de los “25 años de atraso de Venezuela” causados por el régimen, una verdad indiscutible, la concepción de “desarrollo como libertad”, que es la misma que intenta justificar la intervención de Estados Unidos en Venezuela, resulta de una relación con un sistema de mercado que difícilmente podría verse por fuera del capitalismo, y que en el caso de Estados Unidos tiene implícito un interés voraz por el petróleo de Venezuela.
La defensa de las capacidades individuales es incontrovertible, pero no lo son los medios a través de los cuales se espera que estas capacidades se alcancen. Entender la pobreza de Venezuela como un problema que tendría que ser resuelto por Estados Unidos, un problema que será eliminado mediante las herramientas ofrecidas por un país desarrollado, sin cuestionamientos, para alcanzar la libertad deseada por los venezolanos, es lo mismo que justificar la invasión de Estados Unidos a Irak en 2003.
Algunas dinámicas de mercado son necesarias porque facilitan el crecimiento económico (con el cual se proporciona a las poblaciones los bienes materiales que requieren) y constituyen ámbitos de libertad donde las personas pueden tomar decisiones que conducen a la mejora de sus vidas. Pero respaldar un discurso atemorizante bajo la promesa de “convertirnos en un lugar mejor” sin reconocer que el “favor” enmascara la ocupación y la explotación de los recursos naturales sería querer tapar el sol con un dedo.
Estanislao Zuleta también decía que la pobreza no es solo la falta de alimento, ropa, vivienda o servicios, sino también la incapacidad de combatir eficazmente estas deficiencias. Definía la impotencia más allá de la que es cuantificable por cifras (en calorías o en las cantidades de agua consumidas diariamente, en medicamentos a los que se tiene acceso, en salarios e ingresos), a una impotencia que se vive en aislamiento; cuando cada familia o cada persona asume su tragedia separada de las demás y sin posibilidad de salir adelante, juntas, a través de una acción comunitaria.
En algunos países, no son aquellos que carecen de bienes materiales los que son vistos como pobres, sino aquellos que no tienen a nadie a quien recurrir y, por lo tanto, son huérfanos sociales. Venezuela perdió un poco de ambas cosas a manos de un régimen autoritario que amasó una fortuna y provocó el exilio de millones de personas. Ahora, ese mismo régimen podría haberse aliado con Estados Unidos y el país, en estos momentos, parece pertenecerles a ellos y no a los venezolanos.
Mientras la libertad y el progreso para Venezuela se perciben en una cuerda floja y para muchos la captura de Maduro se siente como una victoria agridulce, las decisiones están atravesadas por un paradigma económico que restringe el acceso equitativo a las fuentes de libertad; especialmente, cuando el Estado tiene un papel minúsculo, por no decir desdibujado en el juego de poder.